El Club de las Renacidas CAPÍTULO 3 — REGRESO A BELLHAVEN | SELAH #2
16%

CAPÍTULO 3 — REGRESO A BELLHAVEN | SELAH #2

—No puedo contarte todo todavía.

June frunció el ceño.

—Eso es lo que dicen los adultos cuando no quieren decir la verdad.

—A veces. Esta vez significa que hay una verdad que pertenece también a otras personas y debo decidir cómo contarla sin hacer más daño.

June pensó.

—¿Pero tú no robaste?

—No.

—¿Lo prometes?

—Sí.

La niña respiró como si hubiera estado esperando hacer eso durante tres años.

Selah sintió rabia.

No contra June.

Contra cada adulto que había permitido que una niña cargara con aquella duda porque proteger el apellido correcto resultaba más conveniente.

—¿Vas a vivir aquí? —preguntó June.

—Con Miriam, por ahora.

—¿En esta casa?

—Si ella me soporta.

Miriam se rio de forma inesperada.

—Ya te soporté dieciocho años.

Aquello aflojó algo.

June sonrió.

—Puedes usar el cuarto pequeño.

Selah miró a su hija.

—Gracias.

No dijo voy a recuperarte.

La idea le parecía equivocada.

June no era un objeto perdido.

No había estado esperando inmóvil mientras Selah cumplía condena. Había vivido.

Selah tendría que conocer la persona en que se había convertido.

Tal vez la maternidad, ahora, consistiría primero en aprender.

***

Después del almuerzo, Miriam acompañó a Selah al cuarto.

Era apenas lo bastante grande para una cama, un armario y una silla.

Sobre la colcha había una toalla limpia.

Selah dejó la maleta.

—Gracias.

—Puedes quedarte todo lo que necesites.

—No quiero convertirme en otro problema para ti.

Miriam cruzó los brazos.

—¿Crees que eso es lo que fuiste?

Selah abrió la maleta.

—No sé qué fui.

—Mi hermana.

—Y una condenada.

—No para mí.

Selah soltó el vestido sobre la cama.

—Miriam, tú criaste a mi hija durante tres años.

—Sí.

—Pagaste comida. Ropa. Escuela.

—Sí.

—Cuidaste a mamá hasta que murió.

Miriam se quedó quieta.

—Sí.

—Y yo no estaba.

—No porque estuvieras de vacaciones.

—Pero no estaba.

Miriam se acercó.

—No voy a permitir que conviertas la gratitud en una forma nueva de castigarte.

Selah la miró.

—No sabes lo que hice.

—Sé lo que dijiste que hiciste.

—No es lo mismo.

—Entonces cuéntame.

Selah apartó la mirada.

Durante tres años había protegido una verdad.

Al principio por amenaza.

Después porque romper el silencio parecía capaz de causar más daño a June, a Miriam, incluso a ella misma.

El silencio se había vuelto hábito.

—Todavía no.

Miriam retrocedió.

—Entonces no me pidas que entienda.

—No te lo pido.

—Sí. Cada vez que me miras como si estuvieras esperando que decida si mereces entrar en esta casa.

Selah no respondió.

Miriam respiró hondo.

—June preguntó durante meses cuándo volvías. Después dejó de preguntar. ¿Sabes qué fue peor? Cuando dejó de preguntar.

Selah sintió el golpe.

—Lo siento.

—Yo también. Pero estás aquí.

Su hermana señaló la cama.

—Eso es lo que tenemos hoy.

Selah miró el cuarto pequeño.

Una cama.

Una silla.

Una puerta sin cerradura exterior.

No parecía mucho.

Era demasiado.

—Necesito trabajo —dijo.

Miriam soltó una risa cansada.

—Claro que sí.

—No puedo quedarme aquí sin...

—Lo sé.

—Pensé en Idella.

Miriam dudó.

—La tienda podría contratarte.

—O podría decir que no.

—Idella nunca tuvo miedo de la opinión del pueblo.

—Eso no significa que tenga dinero para una empleada.

—Ve a preguntar.

Selah cerró la maleta.

—Eso haré.

En el porche, June estaba dibujando.

Selah se detuvo.

—Voy al pueblo.

La niña asintió.

—¿Vuelves para cenar?

Una pregunta sencilla.

Selah oyó debajo de ella otra.

¿Vuelves?

—Sí —dijo—. Vuelvo para cenar.

June siguió dibujando.

Selah caminó hacia Main Street sola.

A cada cuadra tuvo que resistir la tentación de mirar atrás.

No porque temiera que alguien la siguiera.

Porque acababa de prometer volver a un lugar.

Después de tres años en que todas las puertas se cerraban detrás de ella, aquella promesa resultaba casi tan aterradora como la libertad.

Dos calles más adelante apareció el Bazar y Mercería Bellhaven.

Selah recordó a Idella.

Todo el mundo recordaba a Idella.

—Voy a entrar.

Miriam siguió su mirada.

—¿Ahora?

—Necesito trabajo.

—Puede que no tenga.

—Entonces tendré una respuesta.

—Puedo preguntarle a Walter si…

—No.

La palabra salió más dura de lo necesario.

Selah suavizó la voz.

—Déjame hacer esto.

Miriam dudó. Después asintió.

—Te espero en casa.

Selah permaneció frente al bazar hasta que su hermana dobló la esquina.

Luego entró.

La campanilla sonó.

Idella estaba detrás del mostrador. Frente a ella había una mujer más joven inclinada sobre una maleta abierta.

Ruth Calloway.

Selah la reconoció. Viuda del muchacho Calloway. El que había muerto en Europa.

Sobre el mostrador había plata, porcelana y un collar de perlas.

Idella levantó la cabeza.

Durante un segundo no ocurrió nada.

Después salió de detrás del mostrador.

—Selah Marsh.

Selah sostuvo la maleta.

—Hola, Idella.

La mujer la abrazó.

Sin preguntar.

Sin mirar antes quién observaba.

Sin bajar las persianas.

Selah quedó rígida.

Después dejó caer lentamente una mano sobre la espalda de Idella.

—Ya era hora —murmuró la mujer.

Algo amenazó con romperse.

Selah lo detuvo.

—Tres años, más o menos.

Idella se apartó. Tenía los ojos húmedos.

—Sigues teniendo esa boca.

—Era demasiado grande para confiscármela.

Desde el otro lado del mostrador, Ruth soltó una breve risa.

Selah la miró.

Ruth pareció sorprendida de sí misma.

—Perdón.

—No lo sientas —dijo Selah.

Idella miró la maleta.

—¿Tienes dónde quedarte?

—Con Miriam.

—¿Y June?

Ahí estaba.

La pregunta que todos terminarían haciendo.

—También.

Idella comprendió lo suficiente para no continuar.

—¿Qué necesitas?

Selah podía haber dicho muchas cosas.

Mi hija.

Tres años.

Mi nombre.

Que Everett Pruitt se atragante con cada palabra que dijo desde aquel estrado.

En lugar de eso respondió:

—Trabajo.

Idella apoyó las manos sobre el mostrador.

—Eso quizá pueda conseguirlo.

Un movimiento cerca de las telas llamó la atención de Selah.

Una muchacha observaba botones con tanta intensidad que evidentemente no le importaban los botones.

Quince años, calculó.

Delgada. Cabello oscuro mal cortado. Una cinta azul alrededor de la muñeca.

Los dedos de la muchacha desaparecieron dentro de un pequeño expositor.

Cuando salieron, faltaba un broche.

Selah la miró.

La muchacha levantó los ojos.

Durante un instante se observaron.

Selah conocía aquella mirada. Había visto versiones adultas de ella durante tres años.

No era codicia.

Era cálculo.

¿Me has visto?

Sí.

¿Vas a decir algo?

Selah volvió la vista hacia Idella.

—¿Cuándo empiezo?

Detrás de ella oyó el diminuto sonido de metal entrando en un bolsillo.