El Club de las Renacidas CAPÍTULO 6 — EL JUEZ | SELAH #2
31%

CAPÍTULO 6 — EL JUEZ | SELAH #2

Idella guardó silencio hasta que Wren salió a llevar un paquete a la oficina de seguros. Entonces cerró la puerta del almacén.

—Cuéntame.

Selah contó lo mínimo.

Pruitt la había abordado. Había hablado de Thomas. Había sugerido que podía volver a causarle problemas.

Idella no preguntó si Selah era inocente.

Aquello significó más que cualquier declaración de apoyo.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó.

Selah miró hacia el cajón donde estaba el Libro.

—Recordar.

—Ya recuerdas.

—No basta.

Durante tres años había creído que la verdad era una cosa que una persona llevaba dentro y que, por tanto, no podía serle quitada.

Ahora entendía el defecto de esa idea.

Una verdad que solo una persona conoce puede morir con ella.

Necesitaba fechas.

Nombres.

Papeles.

La clase de cosas que hombres como Everett Pruitt respetaban aunque despreciaran a quien las encontrara.

—Quiero ver el Libro —dijo.

Idella entrecerró los ojos.

—No es una libreta de venganza.

—No busco venganza.

—¿Qué buscas?

Selah pensó en June, que la noche anterior se había sentado al otro extremo de la mesa de Miriam y le había preguntado si en prisión había ventanas.

No si había sido culpable.

No por qué se fue.

Si había ventanas.

Selah había respondido que sí.

June dijo bien, como si aquello arreglara algo.

—Quiero que mi hija pueda escuchar mi nombre sin tener que bajar la voz.

Idella la estudió.

Después abrió el cajón.

Sacó el Libro.

—No encontrarás una confesión de Pruitt aquí.

—No necesito eso.

Selah pasó páginas despacio.

Buscó el apellido Pruitt.

No apareció en las secciones recientes.

Entonces retrocedió años.

Encontró referencias al banco.

Tierras.

Préstamos.

Un nombre llamó su atención: Calloway.

No Ruth.

Una entrada antigua de 1933.

Calloway — semillas — banco espera hasta octubre.

Otra de 1934.

Bell — impuesto — Pruitt padre.

Selah tocó la línea.

—¿El padre de Everett?

Idella cerró el cuaderno con suavidad.

—Eso es una historia para otro día.

—Parece que todas las historias de este pueblo terminan en esa familia.

—No todas.

—Las malas tienen talento.

Idella volvió a guardar el Libro.

—Si vas a buscar pruebas, empieza por los registros públicos.

—Eso pensaba.

—El archivo del condado está al lado del juzgado.

Selah sonrió sin humor.

—También lo sé.

—Y el secretario le debe favores a Everett.

—Todo el mundo le debe algo a Everett.

Idella cerró el cajón.

—Entonces necesitarás que alguien le deba algo a otra persona.

La frase quedó flotando.

Selah comprendió por qué Wren había quedado fascinada con el Libro.

No era dinero.

Era dirección.

Un mapa de obligaciones invisibles.

—Quiero nombres de gente que haya trabajado en el juzgado hace tres años.

—Eso puedo darte.

—Y cualquiera que haya visto a Thomas aquella semana.

Idella asintió una vez.

Selah tomó una hoja de papel del mostrador.

Escribió la fecha de su arresto.

Después la del juicio.

Después la del robo.

Al final escribió dos palabras:

Thomas Pruitt.

Las miró largo rato.

Durante tres años había evitado escribir ese nombre en cartas por miedo a que alguien las leyera.

Ahora lo subrayó.

Una vez.

Luego otra.

Si Everett Pruitt quería que el pasado permaneciera enterrado, Selah haría algo que había aprendido bien en prisión.

Cavaría con paciencia.

Selah empezó a visitar el juzgado durante su hora de almuerzo.

No todos los días.

Eso habría sido visible.

Lunes y jueves durante la primera semana. Martes en la segunda. Nunca a la misma hora.

La prisión le había enseñado que la rutina hacía a una persona fácil de observar.

El archivo del condado ocupaba una habitación en el sótano. Allí el aire era más frío y olía a papel húmedo.

Vernon Pike, el empleado, tenía manos manchadas de tinta y la expresión de quien sospechaba que cualquier visitante podía convertirse en trabajo.

—¿Otra vez usted?

—Me halaga que me recuerde.

—No tenemos muchos exconvictos solicitando registros.

Selah apoyó los codos en el mostrador.

—Quizá debería ofrecer un descuento.

Vernon no sonrió.

—¿Qué busca?

—Expedientes del caso Marsh.

—Ya le dije que el archivo está incompleto.

—Entonces quiero saber qué falta.

—Si supiera qué falta, no faltaría.

Selah inclinó la cabeza.

—Eso no es necesariamente cierto.

El hombre la miró.

Durante tres años Selah había conocido guardias de dos tipos: quienes disfrutaban del poder y quienes disfrutaban de las reglas. Vernon pertenecía al segundo grupo.

Las personas así podían ser útiles.

No porque quebraran normas.

Porque odiaban que otros las hubieran quebrado antes.

—El índice menciona siete documentos —dijo Selah—. En la carpeta hay cuatro.

Vernon se quedó quieto.

—¿Leyó el índice?

—Estaba en la carpeta.

—No debería haber...

—¿Qué documentos son los números tres, cinco y seis?

Él respiró por la nariz.

—No puedo divulgar...

—El expediente es público.

—Partes.

—Entonces dígame qué parte no lo es.

Vernon abrió un cajón con brusquedad.

Sacó una tarjeta.

Selah esperó.

—Declaración inicial de Thomas Pruitt —leyó—. Informe suplementario del ayudante Calvin Brooks. Corrección de inventario de evidencia.

Selah sintió un latido fuerte.

—¿Dónde están?

—No aquí.

—¿Retirados?

—No dice.

—¿Destruidos?

—No dice.

—¿Quién tuvo la carpeta antes de archivarse?

Vernon cerró el cajón.

—Eso sí no puedo responder.

—¿No puede o no quiere?

—Señora Marsh.

—Señorita.

Vernon la miró.

—Señorita Marsh, si continúa presionándome, tendré que pedirle que se retire.

Selah sonrió.

—Entonces hoy ya aprendí bastante.

Se fue.

En el corredor pasó junto a una puerta entreabierta.

Reconoció la voz del juez Pruitt antes de verlo.

—No quiero más solicitudes sobre ese expediente.

Selah continuó caminando.

La segunda voz era de Vernon.

—Es público en parte, señor.

—Entonces encuentre la parte que no lo es.

Selah no redujo la marcha.

Subió las escaleras.

Al llegar a la calle, sus manos temblaban.

No de miedo.

No solo.

El juez había reaccionado.

Eso significaba que había algo que proteger.

***

En los días siguientes hizo algo que Pruitt no esperaba.

Preguntó a mujeres.

No a funcionarios.

La viuda de Calvin Brooks vivía a seis calles del centro. Calvin había sido ayudante del sheriff durante el juicio de Selah y se había mudado a Augusta dos años después.

Su esposa, Etta, abrió la puerta apenas una rendija.

—No sé nada de su caso.

—No pregunté si sabía.

—Entonces, ¿qué quiere?

—Saber si Calvin conserva papeles antiguos.

Etta intentó cerrar.

Selah apoyó la mano sin empujar.

—No vengo a meterlo en problemas.

—Los problemas llegaron hace tres años.

Aquello detuvo a Selah.

—¿Qué significa?

Etta miró la calle.

—Mi marido volvió a casa la noche después de su declaración y dijo que algo estaba mal.

Selah sintió que el mundo se estrechaba.

—¿Qué?

—No sé. Papeles. Una declaración cambiada. Dijo que un muchacho había hablado primero y luego todos actuaban como si no hubiera hablado.

Thomas.

—¿Calvin lo escribió?

—Tal vez.

—¿Dónde está?

—Augusta.

—Necesito su dirección.

Etta la miró como si Selah acabara de pedir un arma.

—No.

—Señora Brooks...

—Mi esposo tiene trabajo nuevo. Niños. Se fue de aquí por una razón.

Selah retiró la mano de la puerta.

—Entiendo.

Etta pareció sorprendida.

—¿Eso es todo?

—No voy a obligarla.

Selah se volvió.

—Espere.

La puerta se abrió un poco más.

—No le daré su dirección.

—Bien.

—Pero puedo escribirle.

Selah se giró.

Etta apretó los labios.

—Si él quiere responder, responderá.

Selah asintió.

—Eso basta.

—¿Qué debo decir?

Selah pensó en tres años.

En el juez diciéndole cooperación.

En Thomas mirando el suelo.

—Dígale que la mujer de la declaración cambió de opinión sobre quedarse callada.

***

El pueblo seguía tratando a Selah como una noticia que caminaba.

En la farmacia, una mujer movió a su hija hacia el otro pasillo cuando la vio.

En el café, dos hombres dejaron de hablar.

Una tarde alguien escribió LADRONA con tiza sobre la puerta trasera del bazar.

Selah encontró a Wren intentando borrarlo con agua.

—Lo estás extendiendo.

—Lo sé.

—Entonces deja.

—Parece peor.

—También lo sé.

Wren tiró el trapo al cubo.

—¿No te importa?

Selah miró la palabra.

—Sí.

—No parece.

—Eso es porque llevo años practicando.

Wren metió las manos en los bolsillos.

—Puedo descubrir quién fue.

—¿Y luego?

—Algo.

—No.

—¿No quieres saber?

—No necesito perseguir cada persona que cree lo peor de mí.

Wren observó la palabra.

—Yo sí lo haría.

—Lo sé.

Selah tomó un cepillo duro y empezó a frotar.

—Por eso todavía tienes quince años.

Wren se agachó a ayudar.

Trabajaron juntas hasta que la tiza desapareció.

La madera quedó húmeda y más oscura.

—¿Qué hiciste realmente? —preguntó Wren.

Selah dejó el cepillo.

—No robé.

—Eso ya lo imaginé.

—¿Por qué?

—Eres demasiado mala negociando precios.

Selah rio.

—Excelente evidencia.

Wren se puso seria.

—¿Quién fue?

Selah miró hacia la calle.

—Alguien cuyo apellido abre más puertas que el mío.

—Pruitt.

Selah volvió la cabeza.

Wren levantó las manos.

—No soy estúpida.

—Eso no significa que debas decir todo lo que deduces.

—¿Era el juez?

—No.

Wren pensó.

—El hijo.

Selah no respondió.

La muchacha sonrió sin alegría.

—Eso fue un sí.

—Eso fue silencio.

—A veces es lo mismo.

Selah pensó en el Libro.

No.

A veces el silencio protegía.

A veces condenaba.

El problema era saber cuál era cuál antes de que pasaran tres años.

Esa noche escribió en una hoja todos los nombres que recordaba de su caso.

Vernon Pike.

Calvin Brooks.

Thomas Pruitt.

Everett Pruitt.

Debajo dejó espacio.

No sabía todavía cuántos nombres faltaban.

Por primera vez, eso no la intimidó.