El Club de las Renacidas CAPÍTULO 2 — SIN RECLAMAR | WREN #2
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CAPÍTULO 2 — SIN RECLAMAR | WREN #2

Luego volvió a colocar la carpeta exactamente como estaba.

Antes de salir abrió el cajón de Eddie.

Solo para comprobar.

También tenía formulario.

Y Louise Carter.

Y Amos Green.

No se trataba de ella.

Por extraño que pareciera, eso empeoró las cosas.

***

De regreso al dormitorio, Wren sacó la vieja maleta marrón de debajo de la cama.

Abrió con cuidado una costura del forro.

Billetes doblados.

Monedas.

Veintidós dólares con sesenta y cinco centavos.

Los contó.

Luego otra vez.

Su madre había usado aquella maleta para guardar ropa de domingo.

Wren recordaba muy poco de ella con claridad. Una voz cantando mal. Una mano tibia sobre la frente cuando tuvo fiebre. El olor a jabón barato.

Recordaba mejor el último invierno.

La tos.

La casa demasiado silenciosa.

La mujer del condado diciéndole que llevara solo lo que cupiera en la maleta.

Wren había metido dos vestidos, un libro de lectura, una fotografía y una cuchara.

La cuchara no tenía sentido.

Quizá por eso nunca la había tirado.

Estaba debajo del dinero.

La sacó.

Metal corriente.

Sin valor.

Una parte de Wren quería venderla de todas formas.

Otra no.

La devolvió al escondite.

Veintidós con sesenta y cinco.

Un billete de autobús a Atlanta costaría una parte. Comida, otra. Una habitación, si alguien aceptaba alquilar a una muchacha sola, más.

Podía durar algunos días.

Después tendría que trabajar o robar mejor.

Wren sabía hacer ambas cosas si la obligaban.

Pero mientras guardaba el dinero comprendió algo que no le gustó.

Había pasado seis años construyendo un plan basado en marcharse.

Nunca había pensado qué haría después de llegar a algún lugar.

El dinero era una salida.

No era un destino.

***

Dos días después, una niña pequeña llamada Tess se sentó junto a Wren durante la cena.

—¿Te van a mandar a la granja mala?

Wren dejó la cuchara.

—¿Quién te dijo eso?

—Louise.

—Louise habla demasiado.

Tess tenía siete años y dos trenzas torcidas.

—¿Te van a mandar?

Wren miró alrededor.

Hargrove estaba en otra mesa.

—No si puedo evitarlo.

—¿Cómo?

—Todavía no lo sé.

Tess consideró aquello.

—Tú siempre sabes.

La fe absurda de la niña le provocó más miedo que la amenaza de Hargrove.

—Eso es porque eres pequeña.

—No soy pequeña.

—Tienes comida en la mejilla.

Tess se limpió.

—Si te vas, ¿quién me ayuda con las sumas?

Wren miró el plato.

Era una pregunta ridícula.

También era una cuerda.

—Eddie sabe sumar.

—Eddie huele mal.

—Eso es cierto.

Tess sonrió.

Wren tomó una decisión pequeña.

No huiría aquella noche.

Ni la siguiente.

Primero iría al bazar.

Vendería lo que pudiera vender.

Preguntaría a Idella lo que Idella supiera.

Y solo después decidiría si la única puerta disponible era la cerca floja del bosque.

No llamaba a eso esperanza.

Esperanza era una palabra que los adultos usaban cuando no podían ofrecer un plan.

Esto era estrategia.

Y Wren confiaba mucho más en las estrategias.

Más tarde aquel mismo día, los mayores fueron enviados al patio de lavandería. El orfanato tenía una manera eficaz de colocar trabajo físico inmediatamente después de cualquier noticia que pudiera provocar pensamiento.

Wren y Eddie cargaron sábanas húmedas hasta una cuerda entre dos postes.

—¿Crees que sea verdad? —preguntó Eddie.

—¿Qué parte?

—Lo de la institución.

Wren sacudió una sábana.

—Hargrove no inventaría algo tan aburrido.

Eddie tenía catorce años, orejas grandes y el talento de parecer culpable incluso mientras dormía. Había llegado al hogar hacía dos años después de que su padre desapareciera y su madre enfermara.

—Mi primo estuvo en una —dijo.

Wren dejó de colocar pinzas.

—¿Dónde?

—Al norte. Para chicos.

—¿Y?

Eddie miró hacia la puerta del edificio.

—Dijo que te hacen trabajar.

—Aquí también.

—No así.

La forma en que lo dijo hizo que Wren dejara la broma.

—¿Qué le hacían?

—Cantera. Campo. Si no cumplían cuota, perdían comida o recreo. Se escapó dos veces.

—¿Y después?

—La tercera no lo encontraron.

Wren clavó una pinza con demasiada fuerza.

—Entonces funcionó.

—O murió.

—Gracias, Eddie.

—Solo digo.

Wren terminó la sábana.

—No digas.

Durante el almuerzo, observó a los niños mayores de una manera distinta. Había siete por encima de catorce. Tres chicas, cuatro chicos. De repente parecían pasajeros esperando un tren del que nadie conocía el horario.

Bonnie Hale había ocupado la cama junto a la de Wren antes del traslado. Era una muchacha pelirroja que tenía la costumbre de inventar futuros completos para las personas que veía desde la ventana.

Ese hombre va a casarse con la mujer equivocada.

Esa señora guarda caramelos en el bolso.

Ese conductor terminará en California.

La carta de Bonnie llegó dos meses después de marcharse. Wren todavía la recordaba casi palabra por palabra.

«Querida señora Hargrove. Estoy bien y agradecida por la oportunidad. Aprendo costura y deberes domésticos. La comida es suficiente y las supervisoras son correctas. Espero que todos se encuentren con buena salud».

Bonnie nunca habría escrito «me encuentro con buena salud» ni aunque le pagaran por cada sílaba.

Wren había preguntado si podía responder.

Hargrove dijo que las comunicaciones debían ser aprobadas.

Nunca supo si Bonnie recibió algo.

Aquella tarde, durante la hora de lectura, Wren fue a la pequeña oficina del pasillo con la excusa de buscar un diccionario. La puerta del archivo estaba entreabierta.

Dentro había estantes llenos de carpetas.

Expedientes.

Uno por niño.

Wren localizó la D antes de escuchar pasos.

Doyle, Wren.

Sacó la carpeta.

No tuvo tiempo de leer todo.

Vio fechas.

Evaluaciones.

Una nota: «inteligencia superior a la media; conducta desafiante».

Otra: «tendencia a apropiarse de objetos».

Wren se ofendió por el verbo. Apropiarse sonaba a reforma agraria.

Más abajo encontró solicitudes de colocación.

Dos cuando tenía nueve años.

Una a los diez.

Ninguna después.

En la última, una pareja había preguntado por una niña menor.

Wren sostuvo la página.

No era rechazo exactamente. Ni siquiera habían conocido a la Wren de diez años.

Aun así sintió la vieja herida de algo que no recordaba haber recibido.

Escuchó pasos.

Guardó la carpeta y cogió un diccionario justo cuando apareció una auxiliar.

—¿Qué haces aquí?

—Buscando una palabra.

—La biblioteca está al otro lado.

Wren miró el diccionario.

—Entonces encontré una muy grande.

La auxiliar la echó.

Esa noche, debajo de la manta, Wren abrió el forro de la maleta y contó el dinero.

Veintidós dólares con sesenta y cinco centavos.

Había empezado con monedas. Luego botones antiguos, pequeños objetos, trabajos pagados por Idella. Guardaba cada billete plano entre dos pedazos de cartón.

Eddie, desde la cama del otro lado de la pared, golpeó tres veces.

Era su señal desde hacía un año.

Wren golpeó dos.

¿Despierta?

Sí.

Tres golpes más.

¿Asustada?

Wren miró el techo.

Podía mentir incluso golpeando una pared.

Respondió uno.

No.

Después metió el dinero de nuevo.

No era suficiente para una vida.

Pero podía comprar distancia.

Y distancia, había aprendido, era el primer ingrediente de casi cualquier escape.

Aquella tarde desaparecieron tres cosas en Bellhaven.

La primera fue una polvera de plata del dormitorio de la señora Hargrove.

La segunda, un encendedor de latón que el jardinero había dejado sobre el cobertizo.

La tercera, una cinta azul.

La cinta no valía nada.

Wren simplemente la quería.

Había reglas. Robar sin reglas era vulgar.

Wren no robaba a los niños. Nunca comida. Nunca cartas. Nunca fotografías. Y jamás objetos que alguien echaría de menos más de lo que valían.

Por eso dudó antes de coger la polvera.

La señora Hargrove probablemente la echaría de menos.

Pero después recordó establecimiento estatal y dejó de sentir preocupación por el equilibrio moral del universo.

Guardó el objeto debajo de la blusa. El encendedor entró en el bolsillo de su falda. La cinta la ató alrededor de la muñeca.

A las cuatro, mientras los niños pequeños estaban en el patio, Wren salió por la parte trasera de la lavandería. Había encontrado años atrás una tabla floja en la cerca. Nunca la reparó. Tampoco permitió que otros niños la utilizaran.

Una salida secreta dejaba de ser salida en cuanto la conocía demasiada gente.

Caminó un cuarto de milla por el bosque y salió junto a la carretera. Bellhaven estaba a menos de dos millas. El calor hacía temblar el aire sobre el asfalto.

Wren llevaba sus zapatos buenos colgados de dos dedos. Los pondría al llegar al pueblo.

El polvo era gratis.

Las suelas no.

Bellhaven tenía exactamente tres lugares donde una muchacha de quince años podía vender una polvera robada.