CAPÍTULO 2 — SIN RECLAMAR | WREN #3
En la casa de empeños, el propietario hacía demasiadas preguntas.
En la estación de autobuses, un hombre llamado Curtis compraba casi cualquier cosa, pero tocaba a las muchachas cuando creía que podía hacerlo.
Eso dejaba el Bazar y Mercería Bellhaven.
La tienda ocupaba un edificio estrecho de ladrillo rojo en Main Street, entre la farmacia y una oficina de seguros.
En el escaparate había carretes de hilo, una lámpara usada, dos sombreros, utensilios de cocina y un vestido amarillo que llevaba allí tanto tiempo que Wren sospechaba que se había convertido en parte de la arquitectura.
La campanilla sonó al abrir la puerta.
El interior olía a tela, madera y café.
Detrás del mostrador estaba Idella Bell.
Todo el pueblo la llamaba Tía Idella. La mitad no tenía parentesco con ella. La otra mitad probablemente tampoco, pero en los pueblos las genealogías eran menos importantes que las costumbres.
Idella levantó la vista de unas cuentas.
—No compro nada robado los martes.
Wren cerró la puerta.
—Es miércoles.
—Entonces tienes suerte.
—Siempre.
Idella miró la cinta azul.
—Bonita.
Wren se cubrió la muñeca.
—No está en venta.
—No he preguntado.
—Lo estaba pensando.
La mujer sonrió. Tendría cerca de sesenta años, aunque Wren nunca había conseguido precisar cuántos. Su cabello gris permanecía recogido en un moño tan firme que quizá fuera responsable de la tensión permanente alrededor de sus ojos.
—¿Qué traes?
Wren colocó el encendedor sobre el mostrador.
Idella lo examinó.
—Cinco centavos.
—Vale veinte.
—Entonces ve a buscar a quien pague veinte.
—Dieciocho.
—Cinco.
—Doce.
—Seis porque hace calor.
—Diez porque soy huérfana.
—Siete porque utilizar la desgracia para negociar es de mal gusto.
—Ocho porque funciona.
Idella dejó ocho centavos.
Wren sonrió.
Luego sacó la polvera.
La expresión de Idella cambió.
—¿De quién?
—Mía.
—Entonces nada.
—¿Por qué?
—Porque si es tuya, probablemente la robaste.
—Esa lógica parece defectuosa.
—¿De quién?
Wren miró las estanterías.
—De alguien que no la necesita.
—Eso incluye al presidente.
—Nunca le robaría al presidente.
—Qué patriótica.
—Está demasiado lejos.
Idella cogió la polvera. La abrió. Dentro estaban las iniciales E.H.
—Eleanor Hargrove.
Wren no respondió.
—Devuélvela.
—No.
—Wren.
—Van a mandarme a una institución estatal.
Idella dejó de mover las manos.
El silencio cambió.
Wren deseó no haberlo dicho. Hablar convertía las cosas en reales.
—¿Cuándo?
—Revisarán expedientes.
—Eso no responde.
—Porque no sé.
Idella cerró la polvera.
—¿Quién te lo dijo?
—Hargrove. Esta mañana. Todos los mayores de catorce que no tengan una colocación.
Idella murmuró algo que Wren no alcanzó a entender. No sonó religioso.
—Podrías hablar con alguien —dijo Wren.
—¿Con quién?
—Tienes edad suficiente para conocer a Dios personalmente.
—Y tú para recibir una bofetada.
—Entonces estamos bien conectadas las dos.
Idella intentó no sonreír. Casi lo consiguió.
—Devuelve esto.
Empujó la polvera hacia ella.
Wren no la cogió.
—Necesito dinero.
—¿Para qué?
—Para tener dinero.
—Respuesta brillante.
—La gente hace cosas por dinero.
—También hace estupideces.
—Las estupideces son cosas.
Idella la estudió. Aquella era la parte que Wren odiaba. No los gritos. No los castigos. Que alguien la observara intentando encontrar a la niña debajo de todo lo demás.
—¿Estás pensando en huir?
Wren recogió la polvera.
—Estoy pensando en no ir donde me manden.
—No es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo si una corre suficientemente rápido.
La campanilla de la puerta sonó.
Wren guardó la polvera de inmediato.
Entró una mujer cargando una maleta. No era vieja. Quizás veintitantos. Llevaba un vestido sencillo y tenía la piel bronceada de quien trabajaba afuera, no de quien se sentaba en un jardín. Sus manos estaban ásperas y una de ellas tenía un corte reciente.
Dejó la maleta junto al mostrador con un esfuerzo que fingió no hacer.
—Idella.
—Ruth.
Wren dio un paso hacia las telas.
—Necesito saber cuánto podrías darme por algunas cosas —dijo la mujer.
Idella miró la maleta. Después miró a Ruth.
—¿Cosas tuyas?
—Ahora sí.
La respuesta tenía algo extraño.
Wren fingió examinar botones. Era buena escuchando conversaciones que no le concernían. Sobre todo porque casi todas terminaban concerniéndole a alguien.
Ruth abrió la maleta.
Plata.
Porcelana.
Un reloj.
Perlas.
Wren dejó de mirar los botones.
Aquello no era alguien deshaciéndose de trastos.
Era alguien desmontando una vida.
Idella tocó el reloj.
—¿Qué ocurrió?
—El banco.
Dos palabras.
Suficientes.
Wren miró a Ruth de nuevo. La mujer tenía la mandíbula rígida.
Conocía esa postura.
Era la que usaba la gente cuando había decidido que prefería parecer enfadada antes que asustada.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Idella.
—Cincuenta y nueve días.
Idella no dijo nada.
Wren tampoco.
Pero mientras observaba las perlas de una mujer muerta sobre el mostrador y sentía en el bolsillo el peso de un encendedor robado, comprendió algo que no le gustó.
Ella no era la única persona de Bellhaven a quien alguien había puesto fecha de vencimiento.