CAPÍTULO 2 — SIN RECLAMAR | WREN
Wren Doyle sabía que una noticia era mala cuando la señora Hargrove pedía que todos se lavaran las manos antes de escucharla.
La directora del Hogar Infantil del Condado Bellhaven tenía teorías estrictas sobre las manos. Las manos limpias demostraban disciplina. Las uñas cortas demostraban carácter. El jabón, según parecía creer, podía resolver casi cualquier deficiencia moral que no exigiera directamente una Biblia.
Aquella mañana hizo formar a treinta y dos niños en el comedor después del desayuno.
—Contra la pared. Los mayores detrás.
Wren ocupó su lugar junto a una ventana. Tenía quince años y llevaba seis en el orfanato, lo que la convertía en una de las piezas más antiguas del mobiliario.
—Doyle.
Wren miró al frente.
—Sí, señora.
—La ventana no está hablando.
—Todavía no.
Alguien soltó una risa.
La señora Hargrove clavó los ojos en ella.
Wren puso cara de arrepentimiento. Era una expresión que había practicado durante años y que no engañaba a nadie.
—Una palabra más y limpiarás la cocina esta noche.
—Sí, señora.
En realidad ya pensaba limpiar la cocina. Había visto dos frascos nuevos de extracto de vainilla dentro de la despensa y sabía que uno podía venderse por diez centavos si se encontraba a la persona adecuada.
Pero no hacía falta comunicar todos los planes.
La señora Hargrove alisó la parte delantera de su vestido gris.
—El estado ha modificado ciertos procedimientos relativos a los residentes de mayor edad.
Wren levantó ligeramente la cabeza. A su lado, Eddie Talbot dejó de rascar la pintura de la pared.
Cuando los adultos utilizaban la palabra procedimientos, alguien más pequeño terminaba pagando.
—El Hogar Infantil existe para proporcionar alojamiento temporal —continuó la directora— mientras se encuentra una familia apropiada para cada menor.
Wren miró a los niños pequeños. Dos niñas de seis años se tomaban de la mano.
Ellas todavía podían creer aquello.
A los seis años una persona era adoptable.
A los ocho, posible.
A los diez, difícil.
Después de los doce, uno empezaba a adquirir la condición de mueble.
Wren había llegado con nueve. Al principio guardaba sus pocas pertenencias dentro de la pequeña maleta marrón que había pertenecido a su madre. Nunca colocaba la ropa en los cajones. Eso habría significado instalarse.
Después del primer año utilizó el cajón superior.
En el segundo guardó la maleta debajo de la cama.
En el tercero dejó de comprobar si seguía allí.
—Los residentes que hayan cumplido catorce años —dijo Hargrove— y para quienes no exista una perspectiva inmediata de colocación familiar podrán ser transferidos a establecimientos estatales donde recibirán formación adecuada para una vida productiva.
Eddie susurró:
—Mierda.
—Talbot.
—Sí, señora.
—Cocina.
Wren no sonrió.
Había oído hablar de los establecimientos. Todo el mundo había oído hablar de ellos.
Los adultos los llamaban escuelas de formación, hogares industriales o instituciones estatales según la conversación. Los muchachos mayores utilizaban nombres distintos.
Granja de trabajo.
Fábrica.
Prisión sin delito.
Una muchacha llamada Bonnie Hale había sido enviada a una el año anterior. Dos meses después llegó una carta. Decía que estaba bien. Decía que aprendía costura. Decía que la comida era suficiente.
Bonnie nunca usaba la palabra suficiente.
Wren decidió que alguien había leído aquella carta antes de enviarla.
—¿Cuándo? —preguntó.
La señora Hargrove la miró.
—No he pedido preguntas.
—Entonces puede considerarlo una interrupción.
—Doyle.
—Sí, señora.
La directora respiró por la nariz.
—Los expedientes serán revisados durante las próximas semanas.
Wren sintió un pequeño vacío en el estómago. No lo dejó subir más.
—¿Por edad?
—Por varios factores.
—¿Qué factores?
—No es asunto tuyo.
—Parece bastante asunto mío.
Esta vez nadie se rio.
Ese silencio fue peor.
La señora Hargrove caminó hacia ella. Era una mujer alta, de cincuenta y tantos años, con una cara que parecía construida para mostrar decepción.
—Tu incapacidad para comprender cuándo debes guardar silencio es precisamente la clase de comportamiento que dificulta tu colocación.
Wren sostuvo su mirada.
Seis años atrás aquellas palabras la habrían hecho llorar. Cuatro años atrás le habrían provocado rabia. A los quince, solo eran información.
La señora Hargrove acababa de decirle algo importante.
No había ninguna familia.
No habría ninguna.
—Entiendo —respondió Wren.
—Lo dudo.
La directora regresó al frente.
Wren miró por la ventana. La cerca del orfanato no era alta. Nunca había necesitado serlo. Los niños pequeños creían que algún día se marcharían por la entrada principal tomados de la mano de alguien.
Los mayores entendían que escapar sin dinero solo cambiaba el lugar donde uno pasaba hambre.
Wren tenía dinero.
No mucho.
Pero tenía.
Veintidós dólares con sesenta y cinco centavos escondidos dentro del forro de la vieja maleta marrón. La mayoría no procedía de nada que pudiera explicarse delante de un policía.
Necesitaba más.
Después de la reunión, el Hogar Infantil recuperó su rutina con una velocidad que a Wren le pareció obscena.
Los pequeños salieron al patio.
Las niñas asignadas a lavandería recogieron sábanas.
La cocinera golpeó una olla con la cuchara y gritó que nadie recibiría pan extra por parecer triste.
Solo los mayores se movían distinto.
Como si alguien hubiera colocado una pendiente invisible bajo el piso.
Eddie Talbot alcanzó a Wren en el corredor.
—¿Crees que es verdad?
—Hargrove no inventaría una amenaza tan aburrida.
—Puede que no nos manden a todos.
—Esa es una excelente estrategia. Esperar que le ocurra a otro.
Eddie le cerró el paso.
—No tienes que ser así siempre.
Wren lo miró.
Tenía dieciséis años y una oreja ligeramente más grande que la otra. Había llegado al hogar a los doce después de que su padre desapareciera y su madre muriera de neumonía. Durante cuatro años Eddie había insistido en que un tío de Tennessee vendría por él.
Wren nunca preguntó el nombre del tío.
Algunas esperanzas se dañaban si las examinabas demasiado.
—¿Así cómo?
—Como si ya supieras que todo va a salir mal.
—No lo sé.
—Lo dices como si sí.
Wren se encogió de hombros.
—Si espero lo peor y ocurre algo mejor, obtengo una sorpresa agradable.
—Eso suena miserable.
—Es eficiente.
Eddie se apartó.
—Bonnie dijo que la institución no era tan mala.
Wren dejó de caminar.
—Bonnie dijo que la comida era suficiente.
—¿Y?
—Bonnie llamaba “porquería con agua” al estofado de aquí. Nunca dijo suficiente en su vida.
Eddie entendió.
Su cara cambió.
Wren deseó no haberlo explicado.
Era más fácil ser la única persona que veía una trampa.
—Tal vez leyeron la carta —dijo él.
—Claro que la leyeron.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si yo dirigiera una institución de trabajo, leería todas las cartas.
—A veces das miedo.
—Gracias.
—No era...
—Lo sé.
Llegaron a lavandería.
La señora Price les entregó un montón de sábanas.
Durante la siguiente hora Wren dobló tela mientras pensaba en puertas.
Siempre pensaba en puertas cuando se sentía atrapada.
La de la lavandería tenía una cerradura sencilla.
La de la despensa podía abrirse con la horquilla adecuada.
La oficina de Hargrove utilizaba llave.
La ventana del pasillo oeste no cerraba del todo.
No era todavía un plan de fuga.
Era inventario.
Había diferencia.
***
Aquella noche Wren esperó hasta que las luces se apagaron.
Las niñas dormían en dos filas de camas de hierro. La respiración de veinte personas llenaba la habitación.
Wren contó hasta quinientos.
Luego se levantó.
No llevaba zapatos.
Bajó por el corredor, evitó la tabla que crujía junto al baño y llegó a la escalera.
La oficina de Hargrove quedaba abajo.
Wren no tenía llave.
Tenía una tira fina de metal que había sacado de un cubo roto tres meses atrás.
La cerradura tardó cuatro minutos.
Eso era demasiado.
Si sobrevivía hasta adulta, prometió practicar.
Dentro olía a papel, tiza y perfume de violetas.
Wren cerró la puerta detrás de sí.
No buscaba dinero.
Eso habría sido más sencillo.
Buscaba su expediente.
Los cajones estaban organizados alfabéticamente.
Doyle, Wren.
La carpeta era más gruesa de lo que esperaba.
Se sentó en el suelo.
Había una fotografía de cuando llegó.
Nueve años.
Cabello más largo.
Un vestido que Miriam —no, no Miriam; aquella era la hermana de Selah, Wren corrigió en su mente— una trabajadora del condado le había regalado.
En la foto Wren tenía los ojos hinchados de llorar.
Sintió vergüenza ante aquella niña.
Después se enfadó por sentir vergüenza.
Siguió leyendo.
Fallecimiento materno.
Padre desconocido/no localizado.
Sin familiares disponibles.
Evaluaciones escolares.
Conducta desafiante.
Tendencia a apropiarse de objetos.
Wren sonrió sin humor.
Qué manera tan delicada de decirlo.
Luego encontró tres hojas que no recordaba.
Entrevista potencial — familia Dalton.
No se recomienda colocación. Prefieren menor de menor edad.
Familia Meyer.
Consideraron dos niñas. Seleccionaron a otra menor por compatibilidad.
Señora Gertrude Price, viuda.
Interés inicial retirado. Preocupación por conducta y adaptación.
Wren leyó las frases dos veces.
Así que sí habían mirado.
Tres veces.
Tres puertas se habían abierto un poco y luego cerrado sin que nadie creyera necesario contárselo.
De pronto recordó un domingo a los once años cuando Hargrove le había pedido que usara el vestido azul y no hablara demasiado durante el almuerzo.
Había una pareja en la mesa.
Wren pensó que eran donantes.
La mujer le había preguntado si le gustaban los perros.
Wren respondió que dependía del perro.
Probablemente había sido la familia Meyer.
Se preguntó quién era la otra niña.
Luego decidió que no quería saberlo.
Guardó las hojas.
Al fondo de la carpeta había un formulario nuevo.
Revisión para transferencia estatal.
Su nombre estaba escrito en la parte superior.
Edad: 15.
Capacidad física: adecuada.
Educación: básica completa.
Situación de colocación: sin perspectiva inmediata.
Wren sintió frío a pesar del calor.
El documento todavía no tenía fecha de traslado.
Eso era algo.
Copió mentalmente todo lo que pudo.