CAPÍTULO 1 — CINCUENTA Y NUEVE DÍAS | RUTH #3
—Es mi cuñado.
—Soy consciente.
—¿Eso no es un conflicto?
Larkin cerró la carpeta.
—Señora Calloway, le sugiero que se concentre en las opciones a su disposición.
—¿Cuáles?
—Regularizar. Refinanciar con garantía adicional. O considerar una venta voluntaria.
—¿A quién?
—A cualquier comprador.
—¿Ya hay uno?
El silencio del gerente duró medio segundo demasiado.
Ruth se levantó.
—Gracias por los nueve minutos.
—Señora Calloway…
—Ahora sí voy a concentrarme en mis opciones.
Salió con la certeza de que existía un comprador antes de que ella hubiera decidido vender.
La visita de Louetta, horas después, dejaría de parecer casualidad.
Horas después hacía demasiado calor incluso para odiar a alguien con energía. Ruth dejó los documentos sobre la mesa de la cocina y abrió las ventanas, aunque eso apenas consiguió que entrara más aire caliente.
La casa Calloway era grande para una sola persona. Siempre lo había sido.
Samuel había crecido allí con su hermano mayor y su hermana Louetta, antes de que Louetta se casara con Everett Pruitt y descubriera, según decía la madre de Samuel, que había nacido para vivir en una casa donde otra mujer limpiara detrás de ella.
La madre de Samuel llevaba cinco años muerta. Su padre, siete. El hermano mayor se había marchado a Alabama antes de la guerra. Por eso la granja había terminado en manos de Samuel.
Y por eso, ahora, estaba en las de Ruth.
Excepto que aparentemente no.
Se sirvió agua de una jarra. Sobre el aparador estaba la fotografía de Samuel con uniforme. Ruth la puso boca abajo.
No porque estuviera enfadada con él.
No exactamente.
Había días en que no podía soportar que la mirara desde un tiempo en el que ambos todavía creían saber qué ocurriría después.
Golpearon la puerta.
Ruth cerró los ojos.
—Si es otro banco, puede llevarse primero la cocina.
—Qué recibimiento tan cristiano.
Ruth reconoció la voz.
Al abrir encontró a Louetta Pruitt en el porche.
Sombrero blanco. Guantes blancos. Vestido azul claro.
Ni una gota visible de sudor.
Louetta poseía ese talento irritante de algunas mujeres para parecer recién salidas de casa incluso después de cruzar medio condado.
—Louetta.
—Ruth.
Las dos permanecieron frente a frente.
Antes de la guerra habían sido casi amigas. O al menos habían tenido la clase de relación que una familia llama amistad porque admitir lo contrario complicaría las cenas de Navidad.
Louetta observó los pantalones de Ruth.
—Sigues trabajando en el campo.
—Los cultivos han mostrado muy poco respeto por mi estado civil.
—No hace falta ponerse así.
—¿Así cómo?
Louetta suspiró.
—He venido a invitarte personalmente a la reunión de la Sociedad Auxiliar la próxima semana.
Ruth la miró.
—¿Has conducido cuatro millas para eso?
—Pensé que sería bueno que salieras.
—Salgo.
—No me refiero a comprar clavos.
—Entonces deberías especificarlo.
Los labios de Louetta se tensaron.
Ruth sabía que estaba siendo desagradable. También sabía que no podía evitarlo. La carta del banco estaba a menos de seis metros, sobre la mesa. Firmada por el esposo de Louetta.
—La gente pregunta por ti —dijo su cuñada.
—La gente puede venir a ayudar con las gallinas.
—Ruth.
—Louetta.
Durante un momento apareció algo familiar entre las dos. Una sombra de las mujeres que habían compartido café en aquella misma cocina mientras Samuel y Everett discutían de política en el porche.
Después desapareció.
Louetta se quitó un guante dedo por dedo.
—No puedes encerrarte aquí para siempre.
—No estoy encerrada.
—Sabes a qué me refiero.
—Eso parece ocurrir mucho hoy.
Louetta miró hacia el interior de la casa. Ruth siguió su mirada.
La carta.
No era posible leerla desde la puerta.
Pero Louetta se quedó demasiado quieta.
Ruth sintió un pequeño cambio dentro del pecho.
—¿Sabías que vendría el banco?
Su cuñada volvió a mirarla.
—¿Qué?
—No hagamos esto.
—No sé de qué hablas.
Ruth abrió más la puerta.
—¿Quieres entrar y ver la carta que firmó tu marido?
El rostro de Louetta perdió una mínima cantidad de color.
Suficiente.
—Everett no me habla de todos sus asuntos.
—No pregunté eso.
—El banco tiene procedimientos.
—¿Sabías que iban a ejecutar la granja?
Louetta bajó la voz.
—No aquí.
Ruth miró alrededor. Los melocotoneros no parecían interesados.
—Estamos solas.
—Precisamente.
Aquello era tan propio de Louetta que casi hizo sonreír a Ruth. Hasta para ser deshonesta necesitaba un salón adecuado.
—Sesenta días —dijo Ruth.
Louetta no contestó.
—Cincuenta y nueve, en realidad.
—Ruth…
—¿Lo sabías?
La respuesta tardó demasiado.
—Sabía que había problemas.
—Problemas.
—Everett mencionó que el banco no podía extender indefinidamente un préstamo que…
—Es la tierra de tu familia.
—Era la tierra de mi padre.
—Y de Samuel.
El nombre quedó entre ellas.
Louetta bajó la mirada.
—Precisamente por eso deberías pensar con claridad.
—Estoy pensando con bastante claridad.
—No puedes administrar todo esto sola.
Ruth sintió que algo se endurecía en ella.
—Lo he administrado catorce meses.
—Sobrevivir catorce meses no significa que puedas sostenerlo diez años.
—Qué alivio contar con tanta confianza familiar.
—No estoy intentando herirte.
—Entonces tienes un talento natural.
Louetta volvió a ponerse el guante.
—Hay personas dispuestas a comprarte la propiedad antes de que llegue a una ejecución.
—¿Personas?
Louetta guardó silencio.
Ruth la observó.
—¿Everett?
—No dije eso.
—No hacía falta.
—La parcela conecta con terrenos que ya pertenecen a…
Louetta se detuvo.
Demasiado tarde.
Ruth sintió que el calor desaparecía. No del día. De ella.
De pronto estuvo perfectamente fría.
—Vete.
—Escúchame.
—Vete de mi casa.
—Podrías recibir una cantidad razonable. Tener una vida. Eres joven.
—¿Una vida dónde?
—En Atlanta, quizá.
Ruth se rio. Esta vez no había humor.
—Qué práctico.
—No todo es un ataque contra ti.
—Un hombre vino esta mañana a decirme que tengo cincuenta y nueve días para pagar una cantidad imposible.
Ahora vienes tú y me explicas que tu marido podría quitarme el problema de las manos comprando la tierra que conseguiría de todas formas cuando el banco me la quite.
Perdóname por interpretar el orden de los acontecimientos.
—No es así.
—Entonces explícame cómo es.
Louetta abrió la boca. La cerró.
Ruth señaló el automóvil estacionado bajo el nogal.
—La reunión de tus damas puede sobrevivir sin mí.
—Algún día tendrás que dejar que alguien te ayude.
—Eso no es ayuda.
Louetta bajó los escalones. Antes de llegar al camino se volvió.
—Samuel no habría querido verte convertirte en esto.
Ruth sintió el golpe. No permitió que se notara.
—Samuel tampoco quería morir en Francia. Parece que últimamente ninguno de nosotros consigue todo lo que quiere.
Louetta quedó inmóvil.
Ruth cerró la puerta.
Solo después apoyó la frente contra la madera. Permaneció así hasta oír arrancar el automóvil.
Aquella tarde hizo cuentas.
No cuentas esperanzadas.
Cuentas reales.
Ruth colocó tres hojas sobre la mesa. En la primera escribió lo que tenía. En la segunda, lo que debía. En la tercera, lo que podía vender.
La tercera fue la más dolorosa.
El reloj de bolsillo del padre de Samuel. La cubertería de plata. Dos lámparas. El aparador pequeño. La vajilla buena. El collar de perlas de la madre de Samuel.
Su propio anillo no apareció.
Ruth lo miró mientras escribía.
La alianza de matrimonio permanecía en su dedo izquierdo. No porque creyera que quitársela fuera traicionar a Samuel. Hacía meses que había dejado de pensar en el duelo como una lista de reglas.
Simplemente aún era suya.
No la del banco.
No la de Louetta.
Suya.
Sumó la columna. Luego volvió a sumarla.
Faltaba demasiado.
En el piso superior había un baúl con mantas, vestidos y algunas cosas que pertenecieron a la madre de Samuel. El Bazar y Mercería Bellhaven compraba objetos usados cuando Idella creía que podía revenderlos.
Ruth odiaba la idea.
Eso la hizo decidir.
El orgullo, descubrió, era una brújula útil cuando apuntaba exactamente hacia la dirección que una no quería tomar.
Sacó dos maletas.
Al anochecer tenía el reloj, la cubertería y varias piezas de porcelana envueltos en toallas.
A la mañana siguiente los llevaría al pueblo.
Se detuvo antes de guardar el collar de perlas. Recordó a la señora Calloway usándolo en Navidad, una mujer delgada y severa que había tardado tres años en aceptar que su hijo menor se hubiera casado con una muchacha cuyos padres cultivaban tabaco en lugar de poseer tierras.
—Lo siento —murmuró Ruth.
Guardó las perlas.
Después añadió el juego de té.
Cuando terminó, cerró la maleta y la dejó junto a la puerta.
Sobre la mesa continuaba la carta del banco.
Cincuenta y nueve días.
Ruth apagó la lámpara de la cocina.
A la mañana siguiente iría a Bellhaven.
Y vendería los muertos para conservar la tierra de los vivos.