Capítulo veinticuatro · Trece campanadas y un club que no lo era #3
Fue ella. Lo besó ella. Se separó del marco de la puerta, lo agarró de las solapas del abrigo, como si fuera a reñirle, y lo besó entre campanada y campanada, con los ojos cerrados y el cascabel de la horquilla sonando en el pelo.
Mathis se quedó medio segundo inmóvil, con las manos en los bolsillos, de pura sorpresa. Después las sacó, le rodeó la cintura, la levantó del suelo apenas un centímetro y le devolvió el beso como si llevara quince días esperando la otra mitad de aquel beso, y sin ninguna intención de parar pronto.
En la duodécima campana, sobre el valle, estallaron los fuegos artificiales.
Ni Genevieve ni Mathis los vieron.
* * *
Abajo, en el pueblo, la plaza estaba llena.
Alguien había colgado farolillos de papel de un lado a otro, entre el abeto y los balcones del ayuntamiento, y debajo, en una tarima hecha con palés, un hombre mayor con boina tocaba el acordeón con los ojos cerrados.
Había familias enteras con niños dormidos en brazos, parejas muy mayores que bailaban como si llevaran sesenta años haciéndolo, y el dueño del bar repartiendo vino caliente en vasos de plástico desde una mesa plegable.
Olía a canela, a leña y a pólvora de las bengalas que encendían los chavales en la esquina de la carnicería.
Holly reconoció a la mitad de la gente: la maestra de las trenzas, dos de las madres del taller, el carnicero del bigote, sin bigote, recién afeitado para el año nuevo.
Bajo el abeto, Preston Caldwell, de cuarenta y seis años, bailaba con su mujer un vals de acordeón que no sabía bailar.
Contaba los pasos entre dientes, un, dos, tres, igual que en la boda de Worcester con la corbata atada al tobillo de ella, y la pisaba igual que entonces: cada tres pasos, pidiendo perdón cada cuatro y riéndose en todos.
Holly tenía la cabeza en su hombro. No le importaban los pisotones.
Los fuegos estallaban sobre los tejados de colores y le teñían a Preston la cara de verde, de rojo, de dorado.
—Feliz año, Holls —le dijo él al oído.
—Feliz año.
—Gracias por traerme.
—No te he traído. Has venido tú.
—Me llamaste.
—Te llamé —admitió Holly—. Estaba un poco achispada.
—Bendito vino sin etiqueta —dijo Preston, y la pisó otra vez.
* * *
Cuando terminaron de sonar las campanas, Grace salió de la torre detrás de los dos hombres, con el abrigo bien cerrado y el prendedor de terciopelo en el moño.
Elias la esperaba en la puerta de la iglesia, con las manos rojas de tirar de la cuerda.
Se pusieron uno al lado del otro en el escalón de la iglesia, mirando los fuegos sobre los viñedos. No se tocaron. Había un palmo de distancia entre los dos. Grace lo midió. Era un palmo muy corto.
—Trece —dijo—. He contado trece. Sobra una.
—Siempre toca trece —dijo Elias—. Dice que una es para el año que viene, por si acaso.
Grace se rió.
Un fuego dorado estalló sobre la colina, enorme, lento, deshaciéndose en lluvia.
Grace lo miró caer. Pensó en las luces de la bodega.
En el traje de cascabeles que el padre Bernard le había regalado, doblado ya en el fondo de su maleta.
En el billete de vuelta a Boston del dos de enero.
En el abogado, en el padre Doyle, en su madre, en el piso que aún no tenía.
Y pensó en la primavera, en el horno, en un delantal atado con dos nudos.
—Bonne année, Grace.
—Bonne année, Elias.
Movió el meñique hasta tocar el de él, y Elias, sin mirarla, lo enganchó con el suyo.
* * *
A las doce y media, las tres se encontraron junto al romero.
Holly volvía de la plaza con los pies destrozados y el gorro de cascabel que Preston le había devuelto.
Grace subía la cuesta desde la iglesia, sola, con la cara encendida.
Genevieve venía de la bodega, por el portalón de carro, con el pelo revuelto, la horquilla de romero torcida y una sonrisa que no le cabía en la cara.
Se vieron a la luz de la ventana de la cocina, en la nieve.
Se pararon.
Nadie preguntó nada. Holly miró a Genevieve, a su pelo, a su sonrisa, y abrió mucho los ojos.
Genevieve miró a Grace, a sus mejillas, a la manera en que se tocaba el meñique de una mano con los dedos de la otra, y se mordió el labio.
Grace las miró a las dos sin mover un músculo de la cara, y no se le escapó nada.
Se echaron a reír las tres a la vez, allí en la nieve, junto al romero, con los fuegos de algún pueblo rezagado estallando sobre las viñas, hasta que les dolió la tripa.
Entraron cuando ya no sentían los pies. La estufa verde seguía encendida. Holly calentó leche, porque a esa hora ya nadie quería más vino, y Genevieve cogió la libreta de siempre, la de las listas de Holly, y la abrió por la última página, la de la letra de Grace.
—Uno. Nada de fotos sin permiso —leyó—. Dos. Nadie cena sola. Tres. Tres cascabeles: ven ya. —Hizo una pausa—. Cuatro. Quien vuelva con polvo en el pelo, lo explica.
Holly y Grace le miraron el pelo a la vez.
—Es nieve —dijo Genevieve.
—Lo explicas mañana —dijo Grace—. Con detalle.
Entonces, antes que nadie, Grace levantó su taza de leche.
—Por el club.
Holly abrió la boca, con la corrección ya puesta en la cara, lista para devolvérsela.
—Somos un club —dijo Grace.