El club de las fugitivas de Navidad Capítulo veinticuatro · Trece campanadas y un club que no lo era #2
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Capítulo veinticuatro · Trece campanadas y un club que no lo era #2

Estaban las tres en el recibidor, poniéndose las botas que no resbalaban para bajar al pueblo, y Holly se estaba atando los cordones con la lengua fuera cuando Genevieve se plantó en el centro del recibidor, móvil en alto.

—¿Puedo haceros una foto?

Holly alzó la cabeza. Grace también.

—Una —dijo Genevieve—. Las tres. Con los gorros. Para mí. No la voy a subir a ningún sitio. —Se le cortó la voz—. Es que no tengo ninguna. De nosotras. Y la norma número uno dice que hay que pedir permiso. Así que lo pido.

Holly se olvidó de los cordones, uno en cada mano.

Grace fue la primera en moverse. Fue hasta el perchero, descolgó los tres gorros de fieltro rojo con cascabel, que a esas alturas vivían en el perchero como tres socias más, se puso el suyo encima del moño, al lado del prendedor de terciopelo, y le tendió los otros dos.

—Concedido —dijo.

Salieron a la puerta. Preston, que bajaba la escalera en ese momento, cogió el móvil de Genevieve sin que nadie se lo pidiera y les dijo que se pusieran junto al romero, que la luz era mejor, y que se movieran un poco a la izquierda.

Holly se rió tan fuerte al oír eso que la foto salió movida.

Hicieron otra. Y otra. En la tercera, Holly estaba en el medio con las mejillas rojas, Grace a la izquierda muy recta con el gorro torcido sobre el moño, y Genevieve a la derecha, sin gafas de sol, sin el pómulo bueno, riéndose con la cabeza echada hacia atrás porque el gato del vecino había saltado al romero en el momento exacto del clic y les había tirado encima una nevada.

Era una foto horrible. Desenfocada, con nieve, con un gato borroso en una esquina.

Genevieve la estuvo mirando hasta que se le apagó la pantalla. Luego la puso de fondo.

* * *

Cenaron todos juntos en la mesa de roble marcada por doscientos años de codos. Holly había vuelto a poner el camino de abeto y las tazas de Colmar con velas, pero esta vez no hizo tarjetas. Cada uno se sentó donde quiso.

Sin que nadie lo organizara, Grace acabó al lado de Elias, y Genevieve al lado de Mathis.

Holly lo vio y se calló. Solo le dio un codazo muy pequeño a Preston, que se atragantó con el vino de la bodega.

El padre Bernard bendijo la mesa en francés, en alsaciano y en un latín muy rápido, porque tenía hambre.

Elias trajo un kugelhopf enorme, tibio aún.

Mathis trajo cuatro botellas de la bodega con una etiqueta nueva, hecha a mano: un dibujo a plumilla del portalón de la bodega abierto a las viñas. Debajo, a mano: «Cuvée Romarin».

Cuvée Romero.

Genevieve leyó la etiqueta sin comentar nada, pero debajo de la mesa le dio un golpecito con la rodilla en la rodilla. Mathis no la miró. Se le movió la comisura de la boca.

A las once y media, el padre Bernard dijo que tenía que ir a preparar la iglesia para las campanas de medianoche, que en Sternheim se tocaban a mano desde hacía trescientos años y que no pensaba ser el primer cura en llegar tarde.

Elias se ofreció a acompañarlo. Grace se levantó para acompañar a Elias.

Nadie le preguntó por qué.

A las once y cuarenta, Mathis miró el reloj, y después a Genevieve.

Genevieve se levantó.

—Voy a tomar el aire —dijo, a nadie en particular.

—Hace un frío horrible fuera —dijo Holly, muy seria.

—Me abrigo.

Mathis se levantó también y cogió los dos abrigos del perchero. El de ella primero.

Cuando se cerró la puerta, Holly se volvió hacia Preston. Estaban solos en el comedor, con las velas de las tazas de Colmar y el kugelhopf a medias.

—¿Qué has decidido hoy? —preguntó Preston.

Holly lo miró. Su marido. Cuarenta y seis años, el pelo entero, los hombros de remero, una mancha de vino en la camisa y en la cara, por fin, la risa buena, la que llegaba a los ojos.

—Hay baile en la plaza —dijo Holly—. Con acordeón.

Preston hizo una mueca.

—No bailo desde Worcester.

—Ya lo sé —dijo Holly, levantándose y tendiéndole la mano—. Por eso.

* * *

La puerta de atrás de la bodega daba a las viñas.

Era la misma puerta, el mismo marco de piedra, la misma ladera bajando en curva hacia el valle, con las cepas desnudas bajo la nieve como las líneas de una partitura.

Pero ahora era de noche, y el cielo estaba limpio y negro y lleno de estrellas, y abajo, en el valle, se veían las luces de todos los pueblos, pequeñas, amarillas, como velas en una mesa muy larga.

En lo alto de la colina, donde se acababan las cepas, la cruz de piedra era una mancha más oscura contra las estrellas. Genevieve la buscó sin querer. Mathis también; se dio cuenta porque los dos apartaron la vista a la vez.

Genevieve se apoyó en el marco. En el mismo lado. Con los brazos cruzados por el frío.

Mathis se apoyó en el otro.

Durante un rato, ninguno habló.

—Aquí me hiciste la foto —dijo Genevieve.

—Aquí.

—Me dijiste «¿puedo?».

—Y tú dijiste que sí. —Mathis la miró de reojo—. Todavía no sé por qué.

Genevieve lo pensó.

—Porque preguntaste —dijo—. Porque no sabías quién era. Porque la foto no iba a ir a ninguna parte. Y porque quería que me miraras. A mí. No a la cámara.

Mathis no contestó. Se separó del marco y cruzó hacia el lado de ella.

En el pueblo, abajo, empezó a sonar la primera campana.

Genevieve la oyó y supo que era la de medianoche, la que el padre Bernard tocaba a mano desde hacía cuarenta años, con Elias ayudándole a tirar de la cuerda y Grace al pie de la escalera del campanario, contando las campanadas, porque alguien tenía que contarlas.

La segunda campana. La tercera. Desde los otros pueblos del valle empezaron a contestar otras campanas, más lejos, más pequeñas, de colina en colina, como si alguien estuviera llamando a todas las puertas del mundo.

Mathis estaba delante de ella. Muy cerca. Igual que aquella noche junto a la cruz, cuando se habían besado y ella se había ido sin mirar atrás.

La cuarta campana.

Genevieve, esta vez, no dio ningún paso atrás.