Capítulo veinticuatro · Trece campanadas y un club que no lo era
Capítulo veinticuatro
Trece campanadas y un club que no lo era
Las tres
El domingo veintisiete, Holly y Preston llevaron a casa de Théo lo que había sobrado de la fiesta: dos cajas de bredalas, la mitad de un kugelhopf y un abrigo de niña de una talla más, por si el mostaza se le quedaba pequeño en primavera.
La casa estaba pasada la bodega, al final de un camino de grava que alguien había limpiado de nieve con mucho trabajo.
Les abrió la madre, con la hermana de Théo colgada de la pierna.
El padre estaba en el patio, partiendo leña, y al verlos dejó el hacha clavada en el tocón y se limpió las manos en el pantalón antes de dárselas a Preston.
No tenían ningún idioma en común. Preston lo intentó en inglés, luego con las cuatro palabras de francés que había aprendido sirviendo chocolate, y al final se puso a señalar cosas: el tejado de la bodega, que se veía desde allí, las manos del padre de Théo, el cielo.
El padre de Théo se rió, le dio una palmada en la espalda que lo desplazó medio metro y le contestó en alsaciano con una frase muy larga. Preston asintió a todo, convencidísimo.
—¿Qué te ha dicho? —le preguntó Holly en el camino de vuelta.
—Ni idea —dijo Preston—. Pero creo que me ha invitado a algo.
—¿Y qué le has dicho tú?
—Que sí.
Holly le cogió del brazo. Iban con cuidado por la grava helada, y él contaba los pasos en voz baja, sin darse cuenta.
* * *
El lunes veintiocho, Mathis le enseñó a Genevieve el resto del carrete.
Lo había revelado entero la noche del veintitrés y había guardado las copias en una caja, en el cuarto de la prensa.
Las fue sacando una a una sobre la mesa de caballetes.
Las viñas en agosto, con la uva todavía verde.
Su prima Clémence pisando uva descalza en un barreño, muerta de risa.
Una teja rota. La grieta del muro norte antes del mortero. La misma grieta después.
—Son las fotos más aburridas que he visto en mi vida —dijo Genevieve.
—Son de cosas que no quería olvidar.
—¿Una grieta?
—Una grieta que arreglé yo. —Mathis cogió la del muro, la miró y la dejó en su sitio—. Me costó tres semanas.
Genevieve se quedó delante de la grieta más tiempo del que pensaba.
Por la tarde subieron a la cruz andando, porque la ranchera no pasaba de la última curva con tanta nieve.
De día, el valle era otro. Se veían los tejados de Sternheim, el campanario, el humo recto de las chimeneas, las filas de cepas bajando hacia el arroyo y, mucho más lejos, una mancha gris que, según Mathis, era Colmar.
La cruz tenía musgo en la base y una fecha medio borrada que ninguno de los dos supo leer.
Genevieve le habló de Mamie. De Normandía, de la maleta, del marido americano que no le duró. De la frase de siempre.
—«Geneviève, mírame a los ojos y dime si eres feliz» —dijo—. Me lo preguntaba cada vez que me veía. Desde los quince años.
—¿Y qué le decías?
—Que sí. Con cara de foto.
Mathis no dijo nada. Esperó, como esperaba a que se asentara el mortero.
—¿Y ahora? —preguntó al fin.
Genevieve lo miró. Estaban a medio metro, al lado de la cruz, en el mismo sitio de la otra vez. Ninguno de los dos acortó la distancia. Los dos sabían a qué hora tocaban las campanas el treinta y uno.
—Ahora no pongo cara de foto —dijo ella.
Mathis asintió, muy serio, y empezaron a bajar.
A mitad de camino, él le fue enseñando la ladera fila a fila.
Aquellas cepas eran de su abuelo y había que arrancarlas, porque ya no daban casi nada; aquellas otras se podían salvar.
En primavera quería replantar las viejas y arreglar el tejado de la casa de abajo, la que nadie usaba desde que se fueron sus padres.
El padre de Théo empezaba en marzo. Lo dijo mirando las cepas, sin preguntarle nada, y Genevieve entendió que no le estaba pidiendo que se quedara.
Le estaba contando lo que iba a pasar allí, se quedara ella o no.
—¿Y la bodega? —preguntó.
—La bodega ya tiene luces.
—¿Y en primavera qué pones?
Mathis se paró en el camino y la miró.
—Eso lo tendría que decidir alguien que sepa de paletas de color.
Genevieve se rió tan fuerte que se le resbaló una bota y él la sujetó del brazo, solo del brazo, y la soltó enseguida.
Esa noche, en su cuarto, Genevieve abrió en el móvil la reserva del vuelo del dos de enero. La estuvo mirando un buen rato. No la cambió todavía.
* * *
El martes veintinueve, a las tres de la tarde, Grace llamó al padre Doyle.
Eran las nueve de la mañana en Boston. Lo sabía sin calcularlo. A esa hora él acababa de decir la misa de diario y estaría en la sacristía, quitándose la casulla y quejándose del frío de la iglesia.
—¡Grace! —La voz llegó con eco de pasillo—. ¿Qué tal por Francia? La señora Kowalski ha preguntado por ti todos los domingos.
Grace cerró los ojos.
—Padre, quiero separarme de Trent.
Al otro lado no se oyó nada. Después, una puerta que se cerraba.
—¿Estás segura?
—Sí.
Otro silencio, más largo. Grace no le veía la cara, pero se la imaginó, y no le gustó la que se imaginaba. Sentada en el borde de la cama estrecha, con la otra mano apretada contra la colcha, esperó.
—Entonces vamos a hacerlo bien —dijo él—. Primero el divorcio, el civil. Luego, si quieres, hablamos con el tribunal de la archidiócesis. Hay un camino, Grace. No sé cuánto se tarda, pero hay un camino. Ven a verme en cuanto vuelvas.
—El cuatro.
—El cuatro.
Grace iba a darle las gracias y a colgar.
—Grace.
—¿Sí?
—Hace veinte años que te conozco —dijo el padre Doyle— y es la primera vez que me pides algo para ti.
Cuando colgó, se quedó un rato mirando el traje de cascabeles en la puerta del armario. Luego se puso el abrigo y bajó a la panadería.
Elias estaba cerrando la caja. La vio entrar y no dijo nada. Le sirvió un café solo, sin azúcar, y se lo dejó en la mesa de amasar, a un metro de ella. No le preguntó nada. Esperó.
—No lo sé —dijo Grace, aunque nadie le había preguntado—. Mejor que ayer.
—Bien —dijo Elias—. Mañana, mejor que hoy.
Grace se bebió el café entero. Estaba amargo y quemaba, y le supo a lo que era. Elias terminó de cerrar la caja, contó los billetes, los guardó en una lata de bredalas y no quiso saber con quién había hablado.
—He llamado a mi párroco —dijo ella de todos modos.
Elias asintió.
—Me ha dicho que hay un camino.
—Siempre hay un camino —dijo Elias—. Aquí, cuando nieva mucho, se hace con la pala.
Grace se rió por la nariz. Dejó la taza en el fregadero, la lavó, la secó y la colgó en su gancho, con el asa hacia el mismo lado que las demás. Él la vio hacerlo y no dijo nada, pero antes de que ella se pusiera el abrigo, todas las tazas del obrador tenían el asa hacia el mismo lado.
* * *
El miércoles treinta, Holly ocupó la mesa de la cocina con la libreta verde, unos retales de seda y seis bocetos de tocados para las damas de honor de Caroline Henderson. Preston hablaba por teléfono en el salón, paseando entre la estufa y la ventana, con la voz de las llamadas importantes.
—No, Hastings. Del cuatro en adelante. —Una pausa—. Porque ahora estoy con un proyecto.
Holly levantó la vista del boceto número cuatro.
—¿Qué proyecto? —se oyó al otro lado, tan alto que lo oyó ella también.
—Uno de mi mujer —dijo Preston, y colgó.
Holly bajó la cabeza hacia el boceto, para que no se le notara. Dibujó una flor de más que no hacía ninguna falta y la dejó.
Esa noche, por primera vez desde Nochebuena, se sentaron las tres solas delante de la estufa verde.
Preston se había ido a la bodega a ayudar a Mathis con la lámpara, que ya colgaba de su gancho, y Elias no abría hasta el día dos.
El Chismoso dormía en el banco de azulejos con una pata sobre los ojos.
—He llamado al padre Doyle —dijo Grace.
Holly se volvió hacia ella. Genevieve dejó la taza en el suelo.
—Vamos a hacerlo bien —siguió Grace—. Va a ayudarme. Primero el divorcio. Luego, lo otro.
—¿Y tú cómo estás? —preguntó Holly.
Grace pensó la respuesta. Ya no le salía «bien» de manera automática, y empezaba a darse cuenta de que era una buena señal.
—Asustada —dijo—. Y contenta. Las dos cosas a la vez.
—Eso es lo que me dijo mi madre el día de mi boda —dijo Holly.
—¿Y cuál ganó? —preguntó Genevieve.
Holly se lo pensó mucho más de lo que esperaban las otras dos.
—Ganaron las dos —dijo al fin—. Por turnos.
Genevieve no dijo nada del billete del dos de enero. Lo tenía abierto en el móvil, dentro del bolsillo de la sudadera, y lo tocaba de vez en cuando a través de la tela, como se toca una piedra de la suerte.
* * *
—Hoy no hay plan.
Holly lo anunció en el desayuno del treinta y uno, con la libreta verde de Preston cerrada al lado de la taza y la solemnidad de alguien que acaba de dejar de fumar.
—Ni A, ni B, ni C —siguió—. Hoy hacemos lo que nos dé la gana.
Grace dejó la taza en el plato.
—Eso es un plan.
—No es un plan. Es una ausencia de plan.
—Una ausencia de plan anunciada en el desayuno con la libreta al lado es un plan, Holly.
Genevieve, al otro lado de la mesa, se rió con la boca llena de pan. Llevaba el jersey del derecho, la horquilla de romero en el pelo y una cara que Holly no le había visto nunca: la cara de alguien que ha dormido bien varias noches seguidas.
—Yo sí tengo un plan —dijo Genevieve.
Las dos se volvieron hacia ella.
—Me quedo.
Hubo un silencio.
—¿Cómo que te quedas? —preguntó Holly.
—Que no me voy el dos. —Untó mantequilla en el pan como si nada—. He cambiado el billete. Lo he dejado abierto.
—¿Abierto hasta cuándo?
—No lo sé —dijo Genevieve, riéndose—. Nunca había podido decir eso. Mathis dice que, si me quedo, tengo que ayudar a desmontar el árbol, a barrer las agujas y a pensar qué ponemos en la bodega en primavera. Le he dicho que barro fatal. Ha dicho que ya lo sabe.
Holly dio un saltito y juntó las palmas bajo la barbilla, como una niña delante de un escaparate. Grace sonrió despacio, con toda la cara.
—¿Y Dana? —preguntó Grace.
—Dana dice que la llame cuando lo sepa. —Genevieve mordió el pan—. Le he dicho que a lo mejor tardo.
* * *
Por la tarde, Genevieve pidió permiso.