Capítulo veintitrés · Que se queme el brioche
Capítulo veintitrés
Que se queme el brioche
Genevieve · Grace
Genevieve abrió la maleta encima de la cama la mañana de Navidad.
No la llenó. Solo la abrió. Se quedó sentada al lado, en el borde del colchón que crujía, mirando dentro: el fondo de lona vacío, el bolsillo de la tapa con el pasaporte y el cargador. La maleta que había hecho ella sola, sin asistente, cuatro semanas antes.
Podía irse. Tenía el billete para el dos de enero, pero podía cambiarlo. Dana le había mandado un mensaje la noche anterior: «Si quieres volver antes, aquí estoy. Sin cámaras. Te lo prometo». Dana no había prometido eso nunca.
Podía irse y no ver a Mathis nunca más. Sería lo más sencillo. Lo más limpio. Él había dicho «Vivi» y eso ya no se podía desdecir, como una línea de tinta en un papel de acuarela.
Abajo, en la cocina, Holly estaba haciendo tortitas para seis, porque Preston había invitado a Elias, que a su vez había invitado al padre Bernard, que había dicho que no podía, que tenía misa a las once, pero que pasaría a las doce y media a probarlas.
Se oía la risa de Holly, y a Preston discutiendo con la cafetera italiana, y a Grace, muy bajo, cantando en francés una canción que se le cortaba en cuanto notaba que la estaban oyendo.
Genevieve cerró la maleta sin meter nada.
Sonó el timbre.
* * *
Abrió Holly, con la espátula en la mano y harina en la nariz. Genevieve lo oyó desde lo alto de la escalera. Oyó que Holly, por una vez, no decía nada. Oyó una voz de hombre, baja, con acento.
Oyó a Holly decir, en un tono que no admitía réplica:
—Genevieve. Es para ti.
Después oyó la puerta de la cocina cerrarse con firmeza, y un «¡Preston, ven, que se queman las tortitas!» que no tenía ninguna necesidad de ser tan alto.
Mathis estaba en el escalón de la entrada, junto al romero, con el abrigo abrochado y algo bajo el brazo, envuelto en papel de estraza y atado con una cuerda. No llevaba gorro. Tenía nieve en el pelo y la cara de no haber dormido tampoco.
Genevieve se paró en el último escalón de la escalera, a dos metros de la puerta. No se acercó.
—Clémence me enseñó tu mensaje —dijo Mathis, como si llevara toda la noche ensayando la primera frase y hubiera decidido no ensayar ninguna más—. El de la nieve. El del gorro.
Genevieve esperó, muy quieta.
—Lo leí diez veces —siguió él—. En el móvil de mi prima, que lloraba, porque es muy fan. Y a la décima vi la firma. Firmabas con una G.
—Sí.
—No con una V.
—No.
Mathis se miró las botas antes de volver a mirarla.
—Ayer, al final de la fiesta, te vi irte sola.
Me quedé en la escalera con el cable a medio enrollar y pensé: se va.
Y pensé: le he dicho Vivi. A propósito. Para que le doliera.
—Se le endureció la mandíbula—. Llevo treinta y tres años sin decirle a nadie nada a propósito para que le doliera.
Y te lo dije a ti. —Bajó la vista—. Me da mucha vergüenza.
—Me dolió —dijo Genevieve.
—Lo sé. —Mathis avanzó hasta el umbral—. Por eso he venido a devolvértelo.
Le tendió el paquete.
Genevieve bajó el último escalón. Cruzó el recibidor. Lo cogió. Pesaba poco. Desató la cuerda con los dedos fríos.
Dentro había dos cosas.
La primera era una fotografía. Pequeña, en blanco y negro, en papel brillante, con el borde blanco de las fotos de carrete.
Una chica apoyada en el marco de la puerta de atrás de la bodega, con las viñas detrás y una escoba al lado, mirando por encima de la cámara a quien la sostenía.
La foto estaba desenfocada en los bordes y la chica tenía polvo en la cara y un mechón de pelo cruzándole la frente, y no tenía el pómulo bueno hacia la cámara, y era, sin ninguna duda, la mejor foto que le habían hecho en su vida.
La segunda era el dibujo.
El de la mesa de trabajo. El de la plumilla, el de la tinta que no se borraba. Pero ahora, abajo, en la esquina derecha, donde los pintores firman, había algo escrito a lápiz, con su letra pequeña:
«Geneviève. Sternheim, diciembre».
Con el acento. En su sitio.
Genevieve lo leyó una y otra vez. No le salía la voz.
—Seis millones de personas conocen a Vivi —dijo Mathis, muy bajo, desde el umbral—.
Clémence me enseñó tus fotos. Son muy bonitas.
No la conozco. —Se le movió algo en la cara—.
Yo conocí a otra. A una que barre fatal.
Que estornuda tres veces seguidas. Que hace ensaladas que nadie quiere comer.
Que canta a France Gall con la letra inventada.
Que lleva gafas de sol de noche y un gorro de duende y que le pidió a un arquitecto en paro que quitara una viga maestra para meter un árbol.
Genevieve se rió entre lágrimas.
—Eso no te lo pedí.
—Me lo pediste. Tengo testigo: la escoba.
Se quedaron callados. La nieve caía fina sobre el romero.
—A quien conocí fue a Geneviève —dijo Mathis—. Y es a ella a quien dibujé.
Genevieve apretó el dibujo contra el pecho, con cuidado de no arrugarlo.
—La otra también existe —dijo—. Vivi. No me la puedo quitar como un jersey. Tiene contratos, y una mánager, y mucha gente esperando. Voy a tener que volver a ella. Por lo menos un poco.
—Ya lo sé.
—¿Y?
Mathis se lo pensó mirándola, muy serio, como cuando había medido la altura de la viga.
—¿Puedo conocerla a ella también? —preguntó—. Algún día. Sin prisa.
—No es tan interesante como crees.
—Eso lo decidiré yo —dijo Mathis—. Llevo dos años decidiendo cosas pequeñas: tejas, barricas, una lámpara. Esta me apetece decidirla.
Genevieve dio un paso, y otro, y se detuvo a medio metro de él, en el umbral, con el dibujo apretado contra el pecho y la horquilla de romero en el pelo.
Mathis miró la horquilla. Se le escapó una sonrisa torcida.
—Llevas el romero.
—Me lo ha hecho Holly. Para que me acuerde de dónde están las llaves.
—Las llaves siempre están debajo del romero.
—Ya lo sé —dijo Genevieve—. Ahora lo sé.
Y luego, porque no podía no decirlo:
—Te quedaste en el dos.
Mathis se metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó un papelito arrugado y una moneda de chocolate medio aplastada. «Uno».
—Lo llevo encima desde el veintidós —dijo—. Ya no sabía si tirarlo.
—Ni se te ocurra.
No la besó. La última vez, junto a la cruz de las viñas, había sido ella la que se había apartado, y los dos se acordaban. Mathis levantó una mano y le quitó un copo de nieve de la mejilla con el pulgar. Esta vez la mano no se fue: se quedó en su cara, tocándola del todo. Y Genevieve no se apartó.
—El treinta y uno —dijo Mathis, sin quitar la mano—. A medianoche. Desde la puerta de atrás de la bodega se ven los fuegos de todo el valle sobre las viñas. Es lo único bueno de esa puerta.
—Esa puerta tiene otras cosas buenas.
—¿Cuáles?
—Allí me hicieron la mejor foto de mi vida.
Mathis apartó la mano, se metió las dos en los bolsillos y bajó el escalón de la entrada de espaldas, sin dejar de mirarla.
—A medianoche —repitió—. No llegues tarde, Geneviève.
A la francesa. Con la e del medio alargada, como quien estira una sábana.
Genevieve no se movió de la puerta hasta que él dobló la esquina. Subió los escalones a saltos y metió la maleta vacía debajo de la cama, empujándola con el pie hasta la pared.
Desde la cocina, Holly gritó que las tortitas se estaban enfriando y que si no bajaba alguien se las iba a comer Preston.
* * *
Al día siguiente, el veintiséis, Grace volvió a la panadería.
Era San Esteban, que en Alsacia era fiesta, y la panadería abría solo por la mañana, para el pan del día. A las seis menos cinco, la luz del obrador estaba encendida, como siempre, la única de toda la calle. Grace se paró delante del escaparate. Esta vez no fue solo un momento.
Elias alzó los ojos de la masa. La vio. Se detuvo, con las manos hundidas hasta las muñecas en una bola enorme de masa de brioche.
No le abrió la puerta de atrás. Grace ya sabía abrirla sola.
Se quitó el abrigo y lo colgó en el gancho de la pared, donde llevaba quince días colgándolo. Se puso el delantal, se lavó las manos y se colocó a su lado en la mesa de amasar.
—Bretzels —dijo.
—Hoy toca brioche —dijo Elias—. Es fiesta.
—Enséñame.
Le enseñó. El brioche era más difícil que el bretzel: más blando, más vivo, más pegajoso, se le escapaba entre los dedos como un gato que no quiere brazos. Grace se manchó hasta los codos, entre risas, y Elias con ella.
A las siete, cuando metieron la primera bandeja en el horno de leña, Grace se apoyó en la mesa enharinada.
—Gracias por el bretzel —dijo—. El del escalón.
—De rien.
—«Nadie te pide nada» —citó Grace.
Elias se rascó la nuca, dejándose una mancha blanca en el pelo entrecano.
—Me pareció que era lo que necesitabas oír.
—Sí.
Grace bajó los ojos a sus manos llenas de masa.
—Me voy a separar —dijo—. Se lo dije a Trent el veintitrés. En la curva de los viñedos. Él se fue en el taxi de las tres.
Elias no contestó, pero sacó las manos de la masa.
—No va a ser fácil —siguió Grace—. Abogados.
El padre Doyle, que me conoce desde hace veinte años y va a poner una cara que no quiero ver.
Mi madre, que adora a Trent porque una vez le consiguió el autógrafo de una actriz.
—Le salió una risa floja—. Y aprender a vivir sola, que no lo he hecho nunca.
Elias miró la masa.
—Es mucho —dijo.
—Es mucho.
Callaron los dos. Olía a mantequilla, a azúcar, a levadura caliente. Fuera era noche cerrada y la nieve de la calle estaba sin pisar.
Elias se acercó un paso. Solo uno. Estaban de pie, frente a frente, al lado de la mesa enharinada, con las manos llenas de masa los dos, sin tocarse.
Grace le miró la cara amable, la que siempre parecía a punto de reírse y que ahora no se reía, y las manos anchas con harina hasta los nudillos. Se acordó de los cascabeles torcidos cosidos de noche y de «gracias por sentarte en el suelo».
Se acercó ella también. Medio paso, no más. Notó el calor del horno en la espalda y, delante, el de él, que olía a mantequilla y a leña.
—Elias —dijo, muy bajo.
Él no se movió. Esperó.
—Necesito tiempo. —Le tembló la voz, pero no se apartó—. No es que no… No es eso. Es que tengo que cerrar bien lo otro. Lo de dieciséis años. No quiero empezar nada con la mitad de mí todavía en otro sitio. No sería justo. Para ti tampoco.
Lo oyó al decirlo: no había dicho que no hubiera nada. Por cómo se quedó él, muy quieto, supo que también lo había oído.
Elias tampoco se apartó. Siguió ahí, muy cerca, con las manos quietas, y Grace vio cómo se le iba dibujando en la cara la sonrisa que llevaba un rato conteniendo.
—Grace —dijo—. ¿Sabes qué es lo primero que aprende un panadero?
Grace negó con la cabeza.
—A no abrir el horno antes de tiempo. —Ladeó la cabeza, sin moverse del sitio—. La masa sube cuando está lista, no cuando tú quieres. Si la apuras, se hunde. Llevo veinticinco años esperando a que suba. Sé esperar, Grace. Es lo que mejor hago. Esperaré lo que haga falta.
Grace notó que se le llenaban los ojos. Otra vez. Ya no le importaba.
—¿Aunque tarde mucho?
—Aquí en primavera hay trabajo para quien quiera quedarse —dijo Elias—.
Y el padre Bernard dice que el traje de cascabeles ya no es suyo, que le ha cogido cariño a los tobillos al aire del de Kaysersberg.
Que se lo quede la Mamá Noel que se cae.
Así que alguien tendrá que venir el diciembre que viene a ponérselo.
A Grace se le escapó la risa con los ojos húmedos. Bajó la vista. Las manos de los dos, llenas de masa de brioche, estaban apoyadas en el borde de la mesa, a dos centímetros la una de la otra.
No se las cogió. Levantó la cara y apoyó la frente en la de él.
Elias cerró los ojos, y ella también. Siguieron así, frente con frente, con el calor del horno en la espalda de ella y la harina del pelo de él pasándosele a la frente sin que a ninguno de los dos le importara.
Grace se dio cuenta, sin ningún sobresalto, de que estaba cómoda ahí, en esos milímetros. Ni uno menos, todavía.
Del horno de leña empezó a salir el olor que avisa de que el brioche está hecho.
—Se va a quemar —dijo Grace.
—Que se queme —dijo Elias.
No se quemó. Lo sacaron a tiempo, entre los dos, riéndose, pringados hasta las muñecas y con la frente caliente.
* * *
A las nueve y cuarto, Grace volvió a la Maison Ehrhart con una bolsa de brioches calientes y harina hasta en el pelo. Holly le salió al recibidor con la espátula en la mano.
—¡Te has perdido el desayuno! ¿Dónde estabas?
—En la panadería. Casi se nos quema el brioche.
—¿Cómo que casi?
Grace colgó el abrigo en el perchero y le dio la bolsa.
—Panadero que dice «que se queme» —dijo—: un nueve. No le doy el diez porque al final lo sacó.
Genevieve, sentada en la escalera con una tostada en la mano, dejó de masticar. A Holly se le quedó la pregunta a medio salir, y Grace se fue a la cocina a por café sin dar más explicaciones.