Capítulo veintidós · Gato 1. Prensa 0 #3
Cuarenta niños de Lindenwiller en tres filas, delante del árbol, con la maestra de las trenzas dirigiendo.
Cantaron tres villancicos en francés y uno en alsaciano.
Y en el cuarto, el último, la maestra hizo un gesto, y un niño de ocho años con el abrigo puesto, aunque hacía calor, salió de la segunda fila.
Théo.
Cantó solo la primera estrofa, con una voz pequeña y clara que al principio temblaba y luego ya no.
Holly buscó con la mirada al padre de Théo.
Lo encontró al fondo, junto al generador que había arreglado, debajo del tejado que había rehecho él, con el gorro de lana en las manos.
Lloraba sin taparse, mirando a su hijo, y cuando Théo terminó la estrofa y lo buscó con los ojos por toda la bodega y lo encontró, el padre levantó el gorro en el aire como si fuera un trofeo y se echó a reír sin dejar de llorar.
Théo se rió también, desde el escenario, delante de todos.
Mathis estaba al lado del padre de Théo. Holly lo vio inclinarse hacia él cuando terminó la canción y hablarle al oído. El hombre se volvió a mirarlo, sorprendido. Mathis asintió. El hombre le dio un abrazo torpe, enorme, de oso.
Más tarde, Elias le contaría a Holly lo que le había dicho Mathis: que en primavera iba a empezar a restaurar la casa y a replantar las viñas viejas, y que necesitaba a alguien todo el año. Que si quería, el trabajo era suyo.
* * *
A las siete, cuando se fueron las últimas familias, Holly se sentó en una barrica, en la bodega vacía, con los pies destrozados y la libreta cerrada en las rodillas.
Preston se sentó en la barrica de al lado. Se quitó el gorro de cascabel. Le dio un vaso de chocolate tibio, el último que quedaba en la olla.
—Ciento cuarenta y tres niños —dijo Holly, mirando las luces—. Ochenta y siete adultos. Doscientos treinta vasos de chocolate. Cuatro villancicos. Un solo.
—Te has dejado una cosa en la cuenta —dijo Preston.
—¿El qué?
—Tú.
Holly lo miró.
Preston sacó algo del bolsillo interior de la americana.
Era una libreta. Nueva, de tapas de tela verde, con un elástico.
En la primera página, con su letra de hombre de cuentas, había escrito: «Holly Caldwell.
Diseño y eventos». Debajo, en una lista, como un pedido: «Cliente n.º 1: Margaret Henderson. Boda de Caroline. Mayo».
—He llamado a Margaret esta mañana —dijo Preston—. Le he dicho que tu tarifa es el doble de lo que ella piensa. Ni ha regateado.
Holly pasó las hojas de la libreta verde una a una. La cerró, se la apretó contra el pecho y apoyó la cabeza en el hombro de su marido.
Preston le pasó un brazo por los hombros y le robó un sorbo de chocolate.
El móvil de Holly vibró en el bolsillo. Le había escrito Margaret Henderson.
«Querida Holly: tu marido me ha llamado esta mañana para subirme una tarifa.
Acepto, por Caroline. Dile de mi parte que Walt sigue sin entenderlo: le pedimos que volviera ayer a Boston para cerrar lo nuestro antes de fin de año y nos dijo que no.
Veinte años de negocios con Preston Caldwell y es la primera vez que le oímos decir que no a una firma.
Dijo que tenía un compromiso que no se podía mover.
Supongo que eres tú. Feliz Navidad, querida. M.»
Holly tuvo que leerlo dos veces. Preston seguía mirando las luces, con el vaso de ella en la mano.
—Ayer te llamaron de Boston —dijo Holly.
Preston no se volvió.
—Un poco.
—Y no me lo dijiste.
—Si te lo digo, me mandas al aeropuerto. —Le devolvió el vaso—. Y luego te pasas la fiesta pensando que me has hecho perder a los Henderson.
Holly se quedó con el vaso entre las manos, y la libreta verde resbalándole del regazo.
—¿Y tú? —le preguntó—. ¿Qué decidiste ayer?
Preston tardó en contestar; hacía mucho que nadie le preguntaba eso.
—Quedarme —dijo.
Holly le dio un beso con sabor a chocolate tibio, en mitad de la bodega vacía, y a él se le cayó el gorro de cascabel de la rodilla. Ninguno de los dos se agachó a recogerlo.
Al rato, Preston buscó en el móvil el grupo del nombre ridículo y llamó con el altavoz puesto. Lo habían prometido la noche del murete y llevaban tres días aplazándolo.
—¿Papá? —La voz de Emma llegó desde Denver con ruido de cocina detrás—. ¿Está mamá?
—Estamos los dos —dijo Holly—. Juntos. Tenemos que contaros una cosa.
—Y quién hacía los centros de mesa —añadió Preston.
A Josh le bastaron tres segundos para preguntar si eso significaba que aquel año había pavo.
Desde la barrica, con el móvil aún caliente en la mano, Holly vio a Genevieve salir sola por el portalón de carro, con el plumífero negro y la horquilla de romero, sin despedirse de nadie.
También vio a Mathis, en lo alto de la escalera, desconectando la última guirnalda: se detuvo con el cable a medio enrollar y la siguió con los ojos hasta que el portalón se cerró.
A medianoche, las campanas de Sternheim llamaron a misa.
Sonaron en todo el valle, de pueblo en pueblo, contestándose unas a otras como vecinas que se dan las buenas noches de ventana a ventana.
Grace estaba en el tercer banco de la izquierda, con su prendedor de terciopelo.
Holly, a su lado, se arrodillaba siempre un segundo tarde.