Capítulo veintidós · Gato 1. Prensa 0 #2
Cuando volvieron al coche, el gato del vecino estaba sentado en el capó.
No se movió. Los miró primero a uno y luego al otro, con un desprecio absoluto. Tuvieron que arrancar con el gato encima y frenar en seco a media cuesta para que se bajara.
A las cuatro menos cuarto ya se habían ido.
Holly abrió la libreta. Debajo de la lista número cuatro, en la última línea, escribió con rotulador rojo: «Gato: 1. Prensa: 0».
Holly salió a la calle a mirar. Le quedaban diez minutos y ya no había nada que arreglar, que era lo que más miedo le daba.
Sternheim se estaba cerrando para la Nochebuena.
El carnicero bajaba la persiana con una rama de abeto atada al tirador.
En casi todas las ventanas de la calle principal había una vela encendida y, en algunas, un belén pequeño de figuras de madera con un buey más grande que la Virgen.
La nieve de la mañana se había quedado en los tejados y en los alféizares; la de la calle ya estaba pisada y gris, llena de huellas que iban todas hacia el mismo sitio.
Del campanario salió un toque corto, uno solo. Era para los rezagados.
Holly volvió a entrar. Se colocó junto al árbol, se alisó el delantal y se quedó mirando la entrada.
* * *
A las cuatro en punto, se abrió el portalón de carro.
Y entraron.
Primero los de Lindenwiller, en grupo, con la maestra de las trenzas delante; el autobús, anunciado para las cuatro y cuarto, había llegado a la plaza a las cuatro menos dos, y la maestra se disculpó por el adelanto como quien se disculpa por un retraso.
Detrás, las familias del pueblo, y las de las granjas, las de las cestas, algunas en tractor, una en un coche de caballos que nadie supo de dónde había salido.
Niños con gorros, niños en brazos, niños de la mano de abuelos, padres que se paraban en el umbral boquiabiertos, mirando hacia arriba.
Porque las luces bajaban del techo.
Holly lo había dibujado en la libreta con un rotulador verde, Genevieve lo había negociado a cambio de un metro de árbol y entre ella y Mathis lo habían colgado una noche de la que Holly sospechaba cosas.
Ahora estaba ahí: doscientos metros de guirnalda de luz cálida cayendo desde las vigas de 1780 como una lluvia dorada sobre la piedra, sobre las mesas largas con manteles blancos y galletas colgadas de ramas de abeto, sobre el árbol de tres metros lleno de lazos de retales, sobre las seis estufas con forma de seta, sobre las caras levantadas de los niños.
Holly se detuvo en el centro de la nave y se olvidó de las listas.
No había ningún cartel ni ningún fondo azul petróleo, ni un fotógrafo diciéndole que se moviera un poco a la izquierda.
Había una fiesta, y la había hecho ella.
* * *
Fue la mejor fiesta del mundo, y Holly no se acordaría luego de casi nada, porque no paró ni un segundo. Se acordaría de trozos.
De Grace y el padre Bernard, los dos de Papá Noel, uno alto y otro redondo, sentados en dos sillas junto al árbol, repartiendo los regalos de las cartas uno por uno, con los cascabeles sonando a cada movimiento.
Del momento en que la hermana pequeña de Théo, con su abrigo mostaza y su lazo de terciopelo, se agarró a la pierna de Grace y no se quiso soltar en diez minutos.
De Preston en la mesa del chocolate, con un delantal de la panadería y el gorro de cascabel de Holly, que le quedaba pequeño, sirviendo vasos con un cazo, sin saber decir más que «voilà» y «joyeux Noël» con un acento terrible, riéndose cada vez que un niño le corregía.
De Elias apareciendo a las cuatro y media con la segunda olla de chocolate, sin harina, con un jersey limpio, y parándose en la entrada a mirar a Grace de Papá Noel junto al árbol, con el prendedor de terciopelo sujetándole el gorro.
La miró hasta que la segunda olla empezó a enfriársele en los brazos.
Del padre Bernard, que se tropezó a propósito tres veces en la primera media hora, siempre cerca de la cola de Grace, y que a la tercera se llevó a la mitad de los niños detrás de él, muy satisfecho, mientras Grace lo miraba por encima de la barba con una indignación que no se creía nadie.
De Grace y Elias, más tarde, en el cuarto de la prensa, donde no tenía que haber nadie.
Holly entró a buscar más vasos y se los encontró allí, de pie, uno a cada lado de una caja de regalos sin abrir.
A Grace se le había soltado la goma de la barba.
Elias se la sujetaba por detrás, solo por la goma, sin tocarle el pelo, mientras ella hacía el nudo a tientas.
Un nudo doble. Él dijo algo en francés, muy bajo, que Holly no entendió, y Grace se rió.
No con la boca aflojada ni con los hombros: se rió en voz alta, con la cabeza hacia atrás.
Era una risa que Holly casi solo conocía por un mensaje de Genevieve.
Holly salió de espaldas, sin los vasos. Más tarde abrió la libreta por la página de Grace y, debajo de «Pan!!!», escribió: «Nudo doble». No le hicieron falta signos de exclamación.
Más tarde, en la mesa del chocolate, Holly se acercó a ella.
—¿Qué te dijo? En el cuarto de la prensa.
Grace siguió llenando vasos.
—Que un nudo sencillo no aguanta una fiesta.
Holly esperó a que se lo explicara. Grace no se lo explicó.
Y de Clémence, la prima de Mathis, que apareció a las cinco con su plumífero amarillo y sus dos móviles, se pasó la tarde sirviendo chocolate al lado de Preston y no sacó ninguno del bolsillo ni una sola vez.
Del coro.