El club de las fugitivas de Navidad Capítulo veintidós · Gato 1. Prensa 0
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Capítulo veintidós · Gato 1. Prensa 0

Capítulo veintidós

Holly

A las siete de la mañana del veinticuatro de diciembre, Holly tenía cuatro listas, tres rotuladores y ninguna uña.

Las había ido perdiendo durante la noche, una a una, dando vueltas en la cama y repasando mentalmente las mesas, las sillas, el chocolate, el autobús del coro, el generador, los regalos, la merienda, el árbol, el orden de los Papás Noeles y la posición exacta de cada guirnalda de galletas.

Preston, a su lado, le había cogido la mano en plena noche sin despertarse del todo y le había dicho, medio dormido, «va a salir bien, Holls».

Ella le contestó que eso no lo podía saber nadie; él, que él sí, que lo había visto en la hoja de cálculo, y se volvió a dormir.

A las siete y cuarto bajó a la cocina. Grace ya estaba allí, vestida, con el moño perfecto y la libreta de Holly abierta sobre la mesa, repasando la lista número dos con un bolígrafo.

—Has dormido —le dijo a Holly, sin levantar la vista.

—No.

—Lo sé. Era una pregunta disfrazada.

Holly se sentó frente a ella y la estudió. Grace tenía aún los ojos hinchados de la tarde anterior, pero llevaba el pelo recogido y la espalda recta, como siempre, y alrededor de la boca un gesto nuevo, más ligero.

—¿Cómo estás? —preguntó Holly.

Grace dejó el bolígrafo.

—Me he despertado a la hora de siempre —dijo— y lo primero que he pensado es que hoy es la fiesta. No lo otro. La fiesta. —Se encogió de hombros—. Creo que eso es una buena señal.

* * *

Antes de que bajara Genevieve, Holly subió a su habitación y volvió con dos cajitas.

Eran cajas de cerillas grandes, de las de cocina, forradas con un retal de cuadros y atadas con una cinta roja. Las había terminado la noche anterior, en el baño, con la puerta cerrada.

Le dio una a Grace. La otra la dejó en el sitio de Genevieve, junto a su taza.

Grace la abrió deshaciendo el lazo sin romperlo y doblando la cinta.

Dentro, sobre un lecho de papel de seda, había un prendedor.

Pequeño, de carey falso, de los que se clavan en un moño.

Encima, Holly había cosido un trozo de terciopelo rojo, el mismo rojo exacto del traje de Papá Noel, y en el centro, sujeto con tres puntadas de hilo rojo, un cascabel dorado del tamaño de un guisante.

Grace se quedó mirándolo.

—Es de tu traje —dijo Holly—. Bueno, del traje del cura. Uno de los que se habían soltado del todo, que estaba en el fondo del perchero de la escuela. Elias me dejó cogerlo. Las puntadas son como las tuyas. Las de reforzar. Te vi hacerlas una noche, desde la puerta.

Grace, callada, se llevó la mano al moño. Se clavó el prendedor en un lado, sin espejo, a la primera. Movió la cabeza, y el cascabel diminuto sonó.

—Gracias —dijo, con la voz rara.

Genevieve bajó cinco minutos después, con el jersey del derecho, por primera vez en días, y unas ojeras hasta la mitad de la cara. Vio la caja junto a su taza. La miró como se mira un paquete que no se espera, con desconfianza y con una esperanza pequeña. La abrió.

Era una horquilla larga, de metal oscuro, con un lazo pequeño de lino blanco y, en el centro, una ramita de romero seco atada con hilo dorado. Debajo, casi invisible, otro cascabel diminuto.

—El romero es del de la puerta —dijo Holly—. Para que te acuerdes de dónde están las llaves. —Se le quebró la voz—. Y el cascabel es para que te oigamos llegar. Para que no te escondas. Nunca más. Al menos de nosotras.

Genevieve sostuvo la horquilla en la palma, sin moverse.

Se levantó, rodeó la mesa y abrazó a Holly desde atrás, por los hombros, apoyando la barbilla en su cabeza. Holly le puso las manos en los antebrazos.

Grace bebió café y miró hacia otro lado, porque se le estaban humedeciendo los ojos otra vez y ya estaba un poco harta.

Holly se secó los ojos con la manga, cogió su taza y la levantó.

—Por el club.

Genevieve levantó la suya, con la horquilla en la otra mano.

—Esto no es un club —dijo Grace. Pero chocó la taza con las otras dos, y el cascabel del moño sonó al hacerlo, así que nadie se la tomó en serio.

* * *

El resto de la mañana fue una guerra.

Las mesas del ayuntamiento llegaron a las nueve, pero eran veinte, no treinta.

El autobús del coro llegaría a las cuatro y cuarto, no a las cuatro.

El generador no arrancaba. A las once Elias llamó para decir que una de las tres ollas de chocolate se le había pegado y que tenía que empezarla de cero.

La merienda la preparaban las dos señoras jubiladas del pueblo en la cocina de la escuela, con la ayuda del padre Bernard, que, según informó Grace, había probado tantas tartas que ya no estaba en condiciones de opinar.

Holly lo resolvió todo, una cosa detrás de otra, con la libreta, los rotuladores y un teléfono en cada mano: el suyo y el de Preston.

Pidió al dueño del bar las diez mesas plegables de la terraza de verano.

Movió la merienda a las cuatro y media para que coincidiera con el coro.

Llamó al padre de Théo, que sabía de generadores.

A Elias le dijo que no la empezara de cero, que la tercera se haría en los fogones de la Maison Ehrhart.

Preston la seguía por la bodega con un portapapeles, el de Grace, apuntando lo que ella le decía.

No le daba ideas ni le preguntaba cuánto costaba nada. Apuntaba.

A las doce, mientras Holly le explicaba a Mathis por tercera vez dónde quería el rincón de las manualidades, Preston desapareció. Volvió a las doce y media en la ranchera verde de Mathis, con el maletero lleno de cajas. Eran seis estufas de terraza, de gas, con forma de seta.

—¿Y eso? —preguntó Holly.

—Por si el generador falla —dijo Preston—. La bodega es de piedra. Ciento cuarenta y tres niños. Ochenta y tantos adultos. No pueden pasar frío.

—¿Cuánto…?

—No lo sé —dijo Preston—. No he mirado.

Holly lo miró pasmada. Preston no había comprado en su vida nada sin mirar cuánto costaba. Ni un chicle.

Preston carraspeó.

—Ya lo miraré en enero —añadió, por si acaso.

* * *

Mathis no miraba a Genevieve.

Holly lo notó enseguida. Mathis estaba en todas partes, subido a la escalera, cargando mesas, peleándose con el generador, pero nunca donde estaba Genevieve. Si ella entraba por una puerta, él salía por la otra. Si ella pedía algo en voz alta, lo traía otro.

Genevieve, en el rincón de las manualidades, montando la mesa larga con el papel de envolver, las cintas y los retales, no levantaba la vista.

Trabajaba muy deprisa, muy concentrada, con la horquilla de romero puesta, y cada vez que el cascabelito sonaba al mover la cabeza, se quedaba quieta un instante.

Holly no les dijo nada a ninguno de los dos. No era su evento.

Pero lo apuntó en la libreta. Página de Genevieve.

* * *

A las dos, Genevieve entró en la bodega pálida, con el móvil agarrado.

Sin una palabra, se lo tendió a Holly.

Trent había publicado. A medianoche, hora de Boston, para que el artículo estuviera ahí cuando el mundo se despertara el día de Nochebuena.

No en la portada: en la web, en la sección de gente, entre el divorcio de dos actores y una receta de ponche.

El titular era más largo que el texto: «ENCONTRADA: Vivi se esconde en Sternheim, un pueblo de cuento de Alsacia».

Debajo, tres párrafos que repetían dos veces el nombre del pueblo, hablaban de «una fuente cercana» y no decían nada más.

Y una sola foto: una mujer de espaldas en un mercado, con plumífero negro, gorro de fieltro y una bufanda oscura, tan movida que podía ser cualquiera.

El pie decía: «Vivi, de compras en Colmar, ajena a todo».

Holly amplió la foto con dos dedos. En la punta de la bufanda había una mancha grande, de un color muy concreto.

—Esa soy yo —dijo—. Eso es tarte flambée.

Genevieve no se rió. Todavía no.

—Baja —dijo Genevieve—. Baja hasta los comentarios.

Holly bajó.

Había miles. Ninguno era el que Trent esperaba.

«Ella pidió que no la buscáramos. Literalmente lo pidió. Hace dos días.»

«Firmó con una G. Dejadla ser G.»

«#DejadlaEnPaz»

El mensaje del gorro en la nieve había llegado antes, y la gente que lo había compartido no fue a buscarla a ella. Fue a por él.

Holly notó vibrar el móvil de Genevieve: Dana.

«Han quitado el artículo. Nadie grande lo recoge. Esta vez ganas tú, G.»

Genevieve leyó la última letra dos veces y se sentó en una barrica.

—Dos mil comentarios —dijo—. Y ninguno pide una foto.

Holly le devolvió el móvil.

—¿Y ahora? —preguntó.

Genevieve se limpió la nariz con la manga del jersey, que era lo menos Vivi que había hecho en su vida.

Luego se levantó de la barrica, cogió de la mesa de las manualidades la pistola de silicona y el rollo de cinta roja, y se plantó delante de Holly.

—Bueno. ¿Dónde pego esto, general?

* * *

Aun así, a las tres y cuarto apareció un coche de alquiler subiendo la calle, con dos hombres dentro y dos cámaras con objetivos del tamaño de una botella de vino.

Holly los vio desde el portalón de carro. Se volvió hacia el interior de la bodega.

—Preston.

El consorte dejó el cazo del chocolate y fue hasta el portalón con el delantal de la panadería y el gorro de cascabel puestos. Se plantó en el centro de la entrada, con los brazos cruzados y la cara que llevaba veinte años poniendo para echar a los colados de las galas de Boston.

—Evento privado —dijo en inglés, cuando los dos hombres llegaron—. Lista cerrada.

Los hombres lo intentaron en el resto del pueblo.

Lo intentaron en la carnicería, donde el carnicero del bigote los escuchó con muchísima atención y al final les preguntó, muy preocupado, si se encontraban bien.

Lo intentaron en la panadería, donde Elias les dijo que no conocía a ninguna Vivi, pero que si querían un bretzel eran dos euros.

Lo intentaron con el padre Bernard, que los bendijo en latín y les cerró la puerta de la iglesia.

Lo intentaron en el bar, donde el dueño les sirvió dos vinos calientes y les contó con todo detalle que una americana muy guapa se había ido el día anterior en el tren de París, muy temprano, con una maleta roja.