Capítulo veintiuno · Grace se apunta
Capítulo veintiuno
Grace se apunta
Grace
Trent volvió pasada la una, oliendo a vino caliente y a bar, y se quedó dormido en el sofá con el móvil sobre el pecho y la pantalla encendida.
Grace lo vio por la mañana, al bajar, antes de las seis.
El móvil se le había resbalado al suelo, boca arriba, y en la pantalla, que se iluminó cuando ella lo recogió para dejarlo en la mesa, había una foto: un gorro de fieltro rojo con un cascabel dorado, sobre la nieve, junto a unas ramas de romero.
Debajo, un texto en inglés que terminaba con una G.
Grace lo dejó en la mesa boca abajo, puso al fuego la cafetera italiana y se sentó a esperar a que su marido se despertara.
No fue a la panadería. Era el primer día que faltaba en casi dos semanas.
Desde la mesa oyó a Preston en el patio. Iba y venía entre el pozo y la tapia con el abrigo encima del pijama, hablando por teléfono en voz muy baja.
—No, Walt. Te lo dije anoche. Ni hoy ni mañana. —Una pausa larga—. Pues que lo firme Hastings. Para algo es socio.
Colgó, se dio la vuelta y vio a Grace en la ventana. Se llevó un dedo a los labios, con cara de colegial pillado, y Grace, que llevaba dieciséis años guardando cosas de otros, asintió y siguió esperando.
* * *
Trent se despertó a las ocho con los ojos hinchados, estornudando, con la marca del cojín en la mejilla.
Grace le puso un café delante.
—Vístete —le dijo—. Vamos a dar un paseo.
—Grace, si es por lo de anoche…
—Es por todo —dijo Grace—. Vístete. Abrígate. Y ponte unas botas, que con esos zapatos te vas a caer en el romero.
* * *
Subieron por el camino de los viñedos. La nieve crujía. El cielo estaba de un gris claro, de ceniza. Trent caminaba un paso por detrás, hundido en el abrigo azul marino, resbalando cada pocos pasos con las botas de Elias que Preston seguía usando, y que le había prestado sin preguntar.
Grace no habló en toda la subida. Él lo intentó dos veces. La primera, para decir que hacía frío. La segunda, con una frase que empezaba con «mira, lo del teléfono» y que Grace cortó con una mano levantada, sin volverse.
Arriba del todo, en la curva desde la que se veía el valle entero, se paró.
El valle estaba igual que aquel domingo. Blanco, quieto, con los pueblos encajados entre las colinas como juguetes en una caja. Abajo, Sternheim, con su campanario en punta y el humo de las chimeneas subiendo recto. Una sola chimenea echaba más humo que las otras: la del horno de leña del obrador.
—Es bonito —dijo Trent, por decir algo.
—Es lo más bonito que he visto en mi vida —dijo Grace.
Se dio la vuelta.
—Trent. Quiero separarme.
Trent no se movió. Tardó en encontrar la voz.
—Es por lo que leíste. Gracie, Gracie, eso fue una tontería, una frase, sabes cómo le escribo, no lo pensaba de verdad, yo…
—No es por lo que leí.
—Es por lo de Vivi, entonces. Mira, no voy a… ya ni siquiera vale tanto, me he quedado sin portada, y encima ella ha colgado ese mensaje del gorro y lo ha leído medio mundo, me ha pisado la…
—No es por Vivi.
Trent se calló.
—Es por mí —dijo Grace.
Trent esperó. Ella también; nunca lo había dicho en voz alta y no sabía qué venía detrás.
—Llevo en el bolso una libreta con los cumpleaños de tu familia. Tu madre, tu hermano, los sobrinos, la mujer de tu editor. Un día de marzo, buscando el de tu hermano, me di cuenta de que en esa libreta no había nada que fuera mío. Ni una cosa. La cerré y seguí planchando.
Trent tomó aire para contestar. Ella no le dejó.
—Aquí he hecho once bretzels feos y he llorado en una panadería delante de un hombre que no me ha preguntado nada. —Se le escapó media risa, que le dolió más que el frío—. Y no me parecía tanto a mí misma desde Lyon.
—No quiero volver a esa libreta —siguió—. Ni siquiera contigo. Sobre todo contigo, porque contigo es muy fácil volver.
Trent la miraba como se mira a alguien que de repente habla otro idioma.
—¿Hay otro? —preguntó, con una voz rara, pequeña—. ¿Es eso? ¿Es el panadero? Anoche, en el bar del pueblo, no se hablaba de otra cosa.
A Grace le vino Elias a la cabeza: el café demasiado dulce, los dedos calientes cerrándole los suyos alrededor de la taza, «aquí siempre hay café, y una silla».
—No hay otro —dijo—. Estoy yo, que es distinto.
Trent parpadeó.
—Si no hubiera ningún panadero en el mundo —siguió Grace—, te estaría diciendo lo mismo en esta curva. No te confundas: no me separo para irme con nadie. Llevo dieciséis años apuntándome la última en todas las listas, Trent. Ya me he apuntado.
* * *
Trent se sentó en un murete de piedra cubierto de nieve. No le importó mojarse el abrigo. Estuvo mirando el valle con las manos colgando entre las rodillas.
Grace se sentó a su lado, sin arrimarse.
—Me casé contigo delante de Dios, y lo dije en serio —dijo Grace, mirando el campanario—. Pero no creo que Él me diera una vida para pasármela doblándote las camisas en un rincón.
Trent soltó una risa corta, triste, por la nariz.
—Siempre has sido más lista que yo.
—No. Pero siempre he sido más callada.
Otro silencio. Un pájaro negro cruzó el valle de una colina a otra sin mover las alas.
—No sé ser de otra manera, Grace —dijo Trent, muy bajo—. Lo de los famosos, lo de la tele, lo de que me miren. No sé ser de otra manera. Lo he intentado.
—Lo sé —dijo Grace—. Por eso no te pido que cambies.
Trent se volvió a mirarla, y por un instante Grace vio en su cara al chico con el que se había casado a los veinticuatro años: el que le había leído un artículo suyo en una cafetería de Cambridge, nervioso, esperando que a ella le gustara. Le había gustado. Se le había olvidado.
—Lo siento —dijo él—. Lo que escribí. Lo de venir. Lo de las rosas. —Se miró las manos—. Te gustan los tulipanes, ¿no? Blancos.
Grace apretó los labios.
—Sí.
—Me acordé en el taxi. Era tarde.
* * *
Bajaron sin prisa. A mitad de la cuesta, Trent se paró.
—Mi editor me deja sacar algo esta noche —dijo—. En la sección de gente, no en portada. Sin una foto de su cara no me da más. Pero dice que, aunque ella haya publicado ese mensaje, nadie sabe dónde está. Que el sitio sigue siendo la noticia. El nombre del pueblo.
Grace no contestó. Esperó.
Trent miró hacia abajo, hacia Sternheim. Hacia la plaza, donde se veía el abeto y la caseta desmontada de la campaña. Hacia el final del pueblo: una casa de piedra y madera con un romero enorme en la puerta y, detrás, el tejado nuevo de la bodega.
—Te lo pedí ayer —dijo Grace—. Te lo vuelvo a pedir hoy. No por mí. Por ella. Y por los niños de la fiesta de mañana, que no tienen la culpa de nada.
Trent sacó el móvil, lo miró sin desbloquearlo y se lo volvió a guardar.
—Lo siento, Grace —dijo, sin mirarla—. Es la oportunidad de mi vida. Si no lo publico yo, lo publicará otro dentro de una semana. Ya lo sospecha media Europa.
—Ya lo sé.
—Entonces entiéndelo.
—Lo entiendo —dijo Grace—. Lo he entendido siempre.
Trent abrió la boca, pero no le salió nada. Siguió bajando delante de Grace, resbalando con las botas prestadas.
* * *
Trent se fue en el taxi de las tres.
Iba a Estrasburgo, al tren de Frankfurt, a un vuelo a Boston que le había costado una fortuna cambiar.
Antes de subir le dijo a Grace que pasaría la Navidad en casa de su hermano, en Providence; luego, que a lo mejor se acercaba a Aspen, que la gente de Lumière seguía allí hasta el veintiséis. Grace no le llevó la contraria.
Se despidieron en la puerta, junto al romero. Él la besó en la mejilla. Ella le arregló el cuello del abrigo azul marino, que se le había quedado doblado por dentro, con el gesto de siempre.
—Cuídate, Grace.
—Cuídate tú.
El taxi bajó la calle principal entre las casas de colores y dobló la esquina de la panadería.
Grace siguió en la puerta cuando ya no se veía.
Entonces, por fin, lloró, y esta vez con todo el cuerpo, doblándose contra la jamba, mientras nevaba fino sobre el romero. Lloró por el chico de la cafetería de Cambridge y por los tulipanes de los que se había acordado tarde.
Cuando terminó, respiró.
Le dolía. Respiró igual.
Detrás de ella, en el recibidor, había dos personas esperando. Lo notó sin volverse, por el silencio, que era de gente que espera y no de casa vacía.
Se volvió.
Holly estaba al pie de la escalera con los ojos rojos, estrujando un pañuelo de papel. Genevieve estaba sentada en el tercer escalón, con el gorro de cascabel en las rodillas.
Ninguna de las dos habló.
Holly abrió los brazos. Genevieve se levantó del escalón.
Grace, que no abrazaba a nadie, que le daba la mano hasta al obispo, cruzó el recibidor en tres pasos y se dejó abrazar por las dos a la vez, en un abrazo torpe, apretado, de tres personas de alturas distintas, y en algún sitio entre los tres cuerpos, aplastado, el cascabel del gorro de Genevieve sonó tres veces.
Nadie lo había movido a propósito. Holly dijo después que contaba igual.
Así siguieron, sin prisa por soltarse.
* * *
Esa noche, antes de subir a acostarse, Holly le dijo que mirara en la puerta, junto al romero. Lo había visto desde la ventana de la cocina y lo había dejado ahí, sin tocarlo, para que lo encontrara ella.
Un bretzel en papel de estraza, con una tarjeta pequeña sujeta con una pinza de la ropa, escrita a lápiz, con una letra grande y torcida de quien no escribe mucho.
«De parte de Sternheim. Para mañana, que hay fiesta. Nadie te pide nada. E.»
Grace lo cogió y lo sostuvo entre las manos. Estaba frío, y no le importó.
No lloró; ya no le quedaba.
Se sentó en el escalón, con el bretzel en el regazo, y se quedó sonriendo a la calle vacía hasta que se le enfriaron los pies.