Capítulo veinte · Buenas noches, Vivi #2
«Estoy bien. De verdad. Me he tomado un descanso de ser Vivi. Estoy en un sitio donde nadie me pide fotos y alguien me ha puesto a barrer. Lo hago fatal. Estoy contenta. No voy a decir dónde estoy. Por favor, no me busquéis. Volveré cuando vuelva. Feliz Navidad. —G.»
Lo releyó varias veces. La G. No la V. La G.
Lo publicó.
El móvil empezó a vibrar en su mano casi antes de que terminara de subirse. Corazones, comentarios, compartidos. Diez mil. Veinte mil. Lo dejó vibrar sobre la rodilla sin mirarlo.
A los tres minutos sonó una llamada. Era Dana.
Genevieve contestó.
—¿Qué has hecho? —La voz de Dana, a nueve horas de distancia, sonaba como si se le hubiera caído un jarrón muy caro al suelo—. Cielo, ¿qué has hecho? Sin avisarme, sin fotos, sin…
—Lo he escrito yo —dijo Genevieve.
Al otro lado hubo un silencio largo. Genevieve oyó, de fondo, una oficina, un teléfono que sonaba, alguien que llamaba a Dana desde otra mesa. Dana no le hizo caso.
—Ya lo veo. —Era otro tono, más bajo. Casi cansado. Casi otra cosa—. Bueno. Por fin algo tuyo.
Genevieve no dijo nada.
—Llámame en enero —dijo Dana—. Esta vez en serio. Y, Vivi…
—Genevieve.
Otro silencio.
—Genevieve —repitió Dana—. Feliz Navidad.
Colgó.
Genevieve apagó el móvil. Recogió el gorro de la nieve, se lo sacudió, se lo volvió a poner. El cascabel sonó.
Desde la ventana de la cocina, con las caras pegadas al cristal empañado, Holly y Grace llevaban tiempo vigilándola. Holly le hizo con todo el brazo un gesto de «entra, que hace frío». Grace solo puso la palma de la mano contra el cristal, abierta, quieta.
Genevieve se levantó del escalón y entró en casa.
* * *
The Runaway Christmas Club
Holly: 23:48. ¿¿Estás despierta?? (icono de beso)
Genevieve: no.
Holly: 23:48. ¡¡Grace ha hecho CHOCOLATE!! Dice que si quieres, hay. Y que si no quieres, también.
Grace: No he dicho eso. He dicho que hay chocolate.
Genevieve: el post va por dos millones. el chismoso está durmiendo encima de mi maleta.
Genevieve: bajo.
* * *
Mathis apagó las guirnaldas a las once y diez, y la bodega se quedó a oscuras oliendo a abeto.
No se fue a casa. Encendió solo la lámpara de la mesa de trabajo, la de brazo articulado que se había traído del estudio de París el día que lo dejó, y se sentó en el taburete con las manos entre las rodillas.
El dibujo seguía en la tabla, sujeto con sus dos pinzas.
Al lado, debajo de la moneda de chocolate, el papelito de «Uno».
Miró el dibujo como miraba una viga: buscando por dónde había cedido.
Le había costado tres noches. La primera se le había ido entera en la boca, que no le salía; ella tenía la manía de apretar los labios cuando él decía una tontería que le hacía gracia y no quería que se le notara.
Eso no venía en las fotos de Clémence. Las había visto todas, de pie, con la prima pegándole la pantalla a la nariz, y en ninguna apretaba los labios así. En ninguna tenía polvo.
«Hago que las cosas parezcan lo que no son.» Se lo había dicho en esa misma puerta, con la escoba en la mano, y a él le había hecho gracia. Le había sonado a frase de alguien que vende pisos.
Se levantó y fue hasta el estante de las herramientas.
La cámara vieja estaba donde siempre, entre el nivel de burbuja y la caja de las brocas, con la correa de cuero cuarteada.
El contador marcaba veintitrés. Veintitrés fotos: las viñas en agosto, su prima pisando uva, tejas, vigas, la grieta del muro norte antes y después del mortero, y una de una chica apoyada en el marco de la puerta, que había mirado a quien sostenía la cámara y no al objetivo cuando él le preguntó si podía.
Ella se lo había pensado un momento y había dicho que sí.
Hasta esa tarde no había entendido lo raro que era eso.
Le dio vueltas a la cámara entre las manos. Podía abrirla ahí mismo, con la lámpara encendida, y velar el carrete entero: tejas, vigas, la grieta, ella. Sería lo limpio, como sacar un clavo torcido antes de que raje la tabla. Puso el pulgar en el cierre de la tapa.
No la abrió. Rebobinó despacio, girando la manivela pequeña hasta que notó que la película se soltaba, sacó el carrete y se lo quedó en la palma.
Le había llamado Vivi. Lo había pensado antes de decirlo, en el silencio que dejó pasar de espaldas a ella, y lo había dicho igual.
No quiso pensar en por qué. Pensó en la cruz, en lo que le había costado decirlo allí arriba, con el valle entero debajo y las piernas flojas, y en que ella lo había escuchado hasta el final y después no le había dicho ni su nombre.
Pensó en el hombre del abrigo azul, en la plaza, preguntándole por la chica de Los Ángeles con un móvil en cada mano y mucha prisa, y en lo fácil que le había salido decirle que no la conocía.
Había sido verdad. Lo seguía siendo, a medias.
En el cuarto de la prensa, al fondo, detrás de las barricas, seguían las cubetas y las pinzas del verano en que él mismo reveló las fotos de la obra para no pagar a nadie. Hacía falta fijador nuevo. Hacía falta una noche entera y que nadie abriera la puerta.
Pasó un rato delante del dibujo con el lápiz en la mano, mirando la esquina de abajo a la derecha, la que siempre dejaba en blanco hasta el final. No escribió nada. Se puso el lápiz detrás de la oreja.
Se metió el carrete en el bolsillo del abrigo. El papelito de «Uno» y la moneda fueron detrás, al mismo bolsillo, porque no supo dónde más ponerlos.
Apagó la lámpara. Fuera nevaba fino sobre el patio, y al otro lado, en la Maison Ehrhart, la ventana de la cocina seguía encendida. Mathis la miró un momento desde el portalón, con la mano en el bolsillo, apretando el carrete. Luego cerró con llave y se fue a casa por el camino largo.