El club de las fugitivas de Navidad Capítulo veinte · Buenas noches, Vivi
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Capítulo veinte · Buenas noches, Vivi

Capítulo veinte

Buenas noches, Vivi

Genevieve · Mathis

La bodega estaba encendida.

Genevieve lo vio desde el patio, con la nieve hasta los tobillos: los doscientos metros de guirnalda colgando de las vigas, la luz dorada saliendo por la puerta de doble hoja abierta, la silueta del árbol de tres metros, recién plantado en su cubo en el centro de la nave, aún sin adornos.

Faltaban dos días para la fiesta. El olor a abeto llegaba hasta el pozo cegado.

Tenía la frase preparada. La había preparado desde el romero hasta el portalón, y otra vez cruzando el patio: «Tengo que decirte una cosa.

Me llamo Genevieve, eso es verdad. Pero hay otra cosa».

No había vuelto a la bodega desde la noche de las luces.

Desde entonces se había cruzado con Mathis en la plaza, en la panadería y en la puerta de la escuela, y las tres veces se habían saludado como dos desconocidos muy educados.

Oyó la risa antes de llegar a la puerta.

Era una risa de mujer, joven, aguda, de las que suben al final como una pregunta. Después, una voz, en francés, deprisa y alta, y entre todo aquello Genevieve pescó una palabra, la única que reconocía en cualquier idioma.

«Vivi».

Se paró en el umbral.

* * *

Dentro, junto a la mesa de trabajo de Mathis, una mesa larga de caballetes cubierta de planos, herramientas y botes de clavos, había una chica de unos veinticuatro años con un plumífero amarillo, el pelo corto teñido de rosa y dos móviles, uno por mano.

Hablaba sin parar. Le enseñaba a Mathis una de las dos pantallas, pegándosela casi a la cara, deslizando el dedo arriba y abajo.

Mathis, de pie a su lado, miraba la pantalla en silencio.

Genevieve reconoció la pantalla desde la puerta, a cinco metros, por los colores: se sabía esa cuadrícula de memoria.

La foto del zumo verde en la cocina con la luz de mentira.

La del albornoz de Santa Bárbara. La de la playa, con el bañador de la marca.

La del evento de Nueva York del año anterior, con el vestido plateado y cuarenta personas detrás.

Seis millones doscientos mil seguidores, escrito en grande, arriba del todo.

En el otro móvil, un vídeo.

Un vídeo que Genevieve no había visto nunca.

Una plaza con nieve, un abeto, una caseta llena de galletas colgadas, y en primer plano un cura redondo vestido de Papá Noel que resbalaba en la raíz del abeto, y otro Papá Noel, alto y flaco, con un moño debajo del gorro, que se lanzaba a sujetarlo y acababa sentado en la nieve con el cura encima, y cuarenta niños gritando.

Y al final, unos segundos, cuando la cámara se volvía hacia la caseta, sirviendo chocolate con el cazo, riéndose, sin gorro, con el pelo suelto y la cara roja de frío, ella.

El vídeo de Elias, el del duelo de Papás Noeles, el que había grabado para que Grace se viera. Genevieve ni siquiera sabía que salía.

Encima de la mesa de trabajo, entre los planos y los botes de clavos, había además un dibujo.

Era un papel grueso de acuarela, sujeto con dos pinzas a una tabla: un dibujo a plumilla, de trazo fino y seguro, con esa tinta negra que no se puede borrar.

La puerta de atrás de la bodega, abierta.

Unas viñas detrás, en filas, bajo la nieve.

Una escoba contra la jamba. Contra el otro lado del marco, una chica con la cara sucia de polvo, el pelo recogido de cualquier manera y los brazos cruzados, mirando a quien la dibujaba.

Al lado de la tabla, debajo de una moneda de chocolate, esperaba un papelito doblado, ya escrito para el día siguiente: «Uno».

Genevieve tardó en reconocerse. El dibujo se le parecía; era ella la que no se había visto nunca así: sin el pómulo bueno, sin luz de mentira, mirando a alguien.

La chica del plumífero amarillo levantó la vista y la vio en la puerta.

Se le descolgó la mandíbula. Bajó los dos móviles poco a poco. Miró la pantalla. Miró a Genevieve. Volvió a mirar la pantalla.

—C'est elle —dijo, en un susurro. Y luego, gritando, en inglés, con las manos en la cara—: ¡Es ella! ¡Mathis, es ella! ¡Tienes a Vivi en tu casa!

* * *

Se llamaba Clémence, era la prima de Mathis, la del Instagram de la bodega, y había venido desde Colmar a fotografiar las luces. Le había dicho que la chica del dibujo le sonaba, y Mathis, para que se riera, le había enseñado el vídeo de Elias. Del vídeo al perfil de Vivi había tardado un minuto.

Todo eso lo contó Clémence en noventa segundos, en un inglés atropellado, sin respirar, mientras se acercaba a Genevieve con los ojos brillantes y el móvil ya en alto, desbloqueado, con la cámara abierta.

—Es que no me lo puedo creer, te sigo desde hace cuatro años, tengo tu taza, ¿puedo…? Solo una foto, una, para mí, no la subo, te lo juro, una…

—Clémence.

Era la voz de Mathis. Baja. Muy tranquila. Clémence se paró en seco.

—Laisse-nous.

Déjanos.

Clémence miró a su primo, luego a Genevieve, y bajó el móvil.

Algo en la cara de Mathis, que Genevieve no alcanzaba a ver desde donde estaba, hizo que la chica del pelo rosa se pusiera colorada hasta las orejas, guardara los dos móviles en el bolsillo del plumífero amarillo y saliera de la bodega pasando junto a Genevieve con un «pardon» casi inaudible.

La puerta del patio se cerró.

Se quedaron solos, con las luces bajando desde las vigas y el olor a bosque del árbol.

Mathis no se movió de la mesa de trabajo. Tenía una mano apoyada sobre el dibujo, en la esquina de abajo, sujetándolo para que no se lo llevara el aire.

—No tenías que contarme nada —dijo—. Te lo dije en el coche, y lo pensaba.

No levantó la voz, y Genevieve habría preferido que gritara. Con los gritos habría sabido qué hacer; llevaba años desactivando la rabia de desconocidos. Con aquello, no.

—Venía a decírtelo —dijo—. Hoy. Ahora. Tenía la frase preparada.

—Mi prima lo ha sabido antes que yo. —Mathis miró hacia la puerta por donde se había ido Clémence—.

Y supongo que el marido de tu amiga, el del abrigo azul.

Lo vi ayer, cuando llegó: el taxista no encontraba la casa y él se bajó en la plaza a preguntar antes de volver a subir.

Me preguntó también si conocía a la chica de Los Ángeles. Le dije que no.

Genevieve notó que algo cedía por dentro, poco a poco, como una tabla podrida.

—Le dijiste que no.

—No quise saber nada. —Mathis hizo un gesto vago con la mano—. No me pareció que tuviera que saberlo él.

Silencio. En algún sitio del tejado, una teja nueva crujió con el frío.

—Allá arriba, en la cruz —dijo Mathis—, te conté lo que no sabe nadie. Ni mi padre. —Miraba el dibujo, no a ella—. No te lo conté para que me dieras nada a cambio. Pero pensé que, después de eso, me lo había ganado. —La miró por fin, a los ojos—. Qué tonto.

—Contigo no he fingido nada.

Lo dijo en un susurro. Él la oyó igual.

—¿Y cómo lo sé? —preguntó Mathis. No lo dijo para hacerle daño.

Lo preguntaba en serio, porque no sabía la respuesta y la necesitaba—.

¿Cómo sé cuál de las dos ha estado barriendo mi bodega?

¿La del vídeo de Elias o la de las fotos de Clémence?

¿Cuál de las dos me besó junto a la cruz y luego se fue cuesta abajo?

Tú me lo dijiste en esa puerta, con la escoba en la mano: haces que las cosas parezcan lo que no son.

Y lo haces muy bien. Lo he visto. Lo ha visto medio mundo.

Genevieve buscó qué decir y no lo encontró.

No había forma de demostrarle cuál de las dos era la de verdad.

Mathis bajó la vista hacia el dibujo. Retiró la mano.

—Es muy guapa —dijo—. La de las fotos.

—¿Y la del dibujo?

Mathis tardó en contestar.

—La del dibujo tenía polvo en la cara —dijo.

Se quedó mirándola un momento más, con la mano cerca del papel.

—¿Y cómo te llamo? —preguntó.

Genevieve abrió la boca. Tenía tres nombres y ninguno le servía: el de las tazas, el de la casa con Holly y Grace, y el que solo pronunciaba él, con el acento en su sitio. No le salió ninguno.

Mathis esperó lo que se tarda en apretar un tornillo. Luego asintió, como si aquello también fuera una respuesta.

Le dio la espalda y empezó a desenredar una guirnalda de la mesa que no estaba enredada.

Genevieve aguantó en la puerta, esperando a que se diera la vuelta, a que la llamara Geneviève, a la francesa, como solo lo pronunciaba él.

Mathis siguió con la guirnalda.

—Bonne nuit —dijo, sin volverse. Y, después de un silencio—: Vivi.

Genevieve salió al patio sin saber cómo. Las piernas la llevaron solas, por la nieve, hasta el portalón, hasta la calle, hasta el romero de la puerta.

De todas las veces que la habían llamado Vivi en seis años, en aeropuertos, en baños de restaurante, en comentarios de madrugada, aquella había sido la única que le había dolido.

* * *

No entró en casa enseguida.

Se sentó en el escalón de la entrada, junto al romero, con la nieve cayendo fina sobre el gorro de cascabel, que se había puesto sin darse cuenta al salir. Encendió el móvil.

Tenía ciento cuarenta mensajes. De Dana. De la agencia. De marcas. De amigas que solo veía en eventos. De números que no conocía. Arriba del todo, una notificación de una aplicación de noticias de famosos: «¿DÓNDE ESTÁ VIVI? Fuentes cercanas aseguran que podría estar en Europa».

Trent publicaría o no. Clémence lo sabía, las californianas del mercado lo sospechaban y mañana lo sabría alguien más. Podía pasarse otra semana encerrada en el cuarto con migraña. O podía contarlo ella, a su manera, antes que nadie.

Abrió la cámara. Por primera vez en tres semanas, la giró hacia fuera, no hacia sí misma.

Se quitó el gorro de fieltro rojo, lo dejó en la nieve del escalón, junto al romero, con el cascabel dorado brillando con la luz de la ventana de la cocina.

No se veían ni la casa, ni la calle, ni el pueblo.

Solo un gorro ridículo de once euros sobre la nieve, y unas ramas de romero.

Hizo la foto. Una sola, sin retoques ni filtro.

Escribió el texto en inglés, borrando y volviendo a escribir.