Capítulo diecinueve · Cómo perder a un periodista en un tiovivo #2
Holly: 15:13. La canción es Jingle Bells. La versión LARGA. Sigue en el cisne. Los niños le saludan.
Genevieve: grace se ha reído en voz alta. elias se ha asustado
Grace: Que no se baje del cisne. Le sienta bien.
* * *
En la trastienda, Grace se tuvo que apoyar en la mesa de amasar.
Elias, que entraba y salía con bandejas, preguntaba cada vez qué pasaba, y cada vez Genevieve le leía el mensaje, y cada vez Elias soltaba esa risa grande que le salía del pecho y que Grace, Genevieve lo notó, seguía con los ojos hasta que se apagaba.
A las tres y media, Elias dejó junto a Genevieve un cucurucho de papel. Dentro había dos monedas de chocolate y un papelito doblado: «Dos».
—Ha pasado Mathis —dijo—. Ha comprado tres bretzels y no ha preguntado por nadie, con muchísimo cuidado. Me ha pedido que te diera esto si te veía. —Hizo una pausa—. Te estoy viendo.
Genevieve se guardó el papel con los otros y estuvo un buen rato amasando peor.
A las cuatro y media, Preston apareció en la puerta de atrás a por las llaves de la furgoneta.
Elias se las dio sin soltarlas del todo, y le explicó la primera, la marcha atrás y el embrague, que pegaba arriba.
Preston asintió a todo con la seriedad de quien recibe la combinación de una caja fuerte.
—Voy a buscar a la general —dijo, y caló la furgoneta dos veces antes de salir del patio.
A las cuatro y cincuenta y dos llegó otro mensaje de Holly. Era un audio. De once segundos. Genevieve lo puso en altavoz.
Se oía el mercado de fondo, música de acordeón, gente, un cascabel. Y la voz de Holly, con su mejor sonrisa de gala:
«¡Hola, Trent!»
Unos segundos sin nada. Después, muy lejos, la voz de un hombre que soltaba en inglés una palabra impropia de una panadería.
Genevieve y Grace se rieron sentadas en los sacos de harina, agarradas la una a la otra, hasta que ya no sabían si se reían o lloraban.
* * *
The Runaway Christmas Club
Holly: 17:04. Ha llegado Preston. Se ha subido a la acera. Se ha calado delante de Trent. Trent ha intentado seguirnos andando y nos ha alcanzado en el semáforo. Dos VECES.
Holly: 17:09. La furgoneta huele a pan. Preston conduce con la nariz pegada al parabrisas y le pide perdón a la furgoneta cada vez que cambia de marcha.
Holly: 17:15. Me ha preguntado qué he decidido hoy. Le he dicho que tres cascanueces y un hombre que no sabe conducir. Se ha calado otra vez, de la risa.
Genevieve: elias pregunta si la furgoneta vuelve
Holly: 17:16. Vuelve. Más o menos.
* * *
Trent volvió a las seis y media, en el último tren, solo, sin ramo y sin sonrisa de presentador.
Genevieve estaba en lo alto de la escalera.
Grace se lo había pedido. «No tienes que esconderte más de él», le había dicho al volver de la panadería.
«Pero tampoco tienes que verlo. Quédate arriba.
Escucha, si quieres.» Genevieve se sentó en el último escalón, a oscuras, con las rodillas abrazadas, como una niña que escucha a los mayores discutir en la cocina.
Trent entró en la casa dando un portazo. Se quitó el abrigo azul marino. Tenía nieve en los zapatos y la cara roja de frío o de rabia.
Grace estaba en la cocina, sola. Lo esperaba sentada a la mesa, con una taza de té delante y las manos juntas.
—Siéntate, Trent.
—Grace, tu amiga me ha estado tomando el pelo todo el día, te juro que…
¿Sabes lo que me ha costado? La portada.
Me ha costado la portada, Grace. Por una mujer con tres cascanueces y un señor en una furgoneta de pan que se calaba en cada semáforo.
Los he alcanzado andando, Grace. Dos veces. ¿Y para qué?
—Siéntate.
Trent se sentó. Genevieve, desde la escalera, oyó la silla arrastrarse.
—Esta mañana he leído lo que le escribiste a tu editor —dijo Grace—. Estaba abierto, encima de la mesa.
En la cocina no se oyó nada. Genevieve se apretó más las rodillas.
—Grace…
—Sé por qué has venido y lo que vas a publicar. Sé lo del pueblo y lo de la casa. —La voz de Grace no temblaba; sonaba a lista de la compra—. Y sé lo que escribiste de mí.
—Grace, eso… Eso no era… Lo escribí por escribir, ya sabes cómo hablo con él, son cosas de trabajo.
—Lo sé —dijo Grace—. Siempre lo he sabido.
Trent se calló.
—Esto es lo que va a pasar —siguió Grace—. No vas a publicar nada sobre Genevieve. Ni su nombre, ni el del pueblo, ni el de esta casa.
—Grace, es mi trabajo. Es la oportunidad de mi vida. No puedes impedírmelo.
—No —dijo Grace—. No puedo impedírtelo.
Una pausa. Genevieve, en la escalera, contuvo la respiración.
—Pero te lo estoy pidiendo —dijo Grace—. Te pido una sola cosa. La primera en dieciséis años que no sea que llegues a tiempo a cenar.
Trent no contestó. Genevieve oyó cómo arrastraba la silla, cómo se levantaba, cómo se ponía el abrigo azul marino con movimientos bruscos.
—Voy a dar una vuelta —dijo.
La puerta de la calle se abrió y se cerró. Más suave esta vez.
La cocina se quedó en silencio. Al cabo, una taza tocó un plato con un clic pequeño.
Genevieve bajó la escalera. Grace seguía sentada a la mesa, con las manos alrededor de la taza, mirando el té. No lloraba.
—Gracias —dijo Genevieve desde la puerta.
Grace alzó los ojos del té.
—Tampoco te creas que ha sido todo por ti —dijo. Y luego, más bajo—: Casi todo.
Genevieve miró a aquella mujer que acababa de plantarle cara a su marido por una chica que le había mentido desde el andén de Frankfurt. Y pensó en Mathis.
Cogió el plumífero del perchero. Holly lo había dejado allí al volver, con tres cascanueces en el bolsillo y la bufanda de Grace manchada de tarte flambée.
—¿Adónde vas? —preguntó Grace.
—A la bodega —dijo Genevieve—. A decírselo a Mathis. Antes de que se lo diga otro.