El club de las fugitivas de Navidad Capítulo diecinueve · Cómo perder a un periodista en un tiovivo
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Capítulo diecinueve · Cómo perder a un periodista en un tiovivo

Capítulo diecinueve

Cómo perder a un periodista en un tiovivo

Genevieve

—No sé quién es Vivi —dijo Grace.

Estaban sentadas en la cama de Genevieve, una a cada lado, con medio bretzel cada una y las cortinas de 1930 sin descorrer.

Grace se lo había contado todo en cuatro minutos, con la precisión de un parte meteorológico: la luz de la cocina, el portátil, el editor, la foto de cara antes de las seis, el veintitrés por la noche, la dirección.

Solo se guardó lo que Trent había escrito de ella.

Genevieve la había escuchado sin moverse, con el bretzel intacto entre los dedos.

—Vivi soy yo —dijo—. Era yo. Es… —Una risa corta, mojada—. Es complicado.

—Inténtalo.

Genevieve lo intentó.

Le habló de los seguidores, de las tazas y las velas, de Dana y su «una más y ya». Y de la foto mala del niño mellado con el gorro grande, a las tres de la mañana, y del formulario en el que había vuelto a escribir «Genevieve Harlow» después de años sin usarlo.

Grace la escuchó entera, con las manos juntas sobre las rodillas, sin interrumpir ni una vez.

—Lo siento —dijo cuando Genevieve terminó—. Lo de la foto. Se la mandé yo. Ni siquiera te vi.

—No es culpa tuya.

—Le mandé una foto a mi marido para que viera dónde estaba yo. —Grace se frotó las rodillas con las palmas—. Y él solo te vio a ti. Eso sí es culpa mía. Llevo dieciséis años mandándole cosas para que mire dónde estoy.

Genevieve dejó el bretzel en la mesilla. Le cogió una mano. Grace no la apartó.

—Te mentí —dijo Genevieve—. A ti y a Holly. Desde el andén de Frankfurt.

Grace la miró por encima de las gafas que no llevaba.

—No mentiste. Te llamas Genevieve. Te dan miedo las fotos. Trabajas en comunicación. —Le apretó la mano—. Solo no nos contaste el resto. Yo tampoco os he contado el resto de muchas cosas.

Se quedaron así, en la cama, de la mano, con la luz amarilla de las farolas colándose por la rendija del terciopelo.

—Ahora —dijo Grace, levantándose— toca despertar a Holly.

* * *

Ir a por Holly implicó llamar tres veces a una puerta detrás de la cual se la oía hablar sin parar, esperar un tiempo prudencial, ver salir a Preston en pijama de rayas con el pelo de punta y cara de colegial, oírle decir «buenos días, señoras» con la formalidad de un consejo de administración, y verlo bajar la escalera a hacer café con la cafetera italiana, que ya sabía usar.

Holly las esperaba sentada en la cama, con el edredón hasta la barbilla, el abrigo de Preston por encima del camisón y medio croissant en la mesilla.

—¿Qué ha pasado?

Se lo contaron entre las dos: Grace la parte de Trent, Genevieve la de Vivi.

Holly lo escuchó todo con los ojos cada vez más abiertos. Cuando terminaron, se quedó callada un buen rato.

—¿Famosa cuánto?

—Bastante.

—¿Bastante cuánto?

—Seis millones.

Holly parpadeó.

—¿Seis millones de qué?

—De seguidores.

—¿De personas?

—Más o menos. Algunas son bots.

Holly se echó hacia atrás contra el cabecero para verla bien y se tapó la boca con las manos.

—Dios mío. Te he hecho barrer.

—Me hizo barrer Mathis.

—¡Te he hecho servir chocolate con un gorro de duende!

—Eso me lo puse yo.

—¡Te he llamado «cariño» cuarenta veces! —Holly se destapó la boca—. ¿A Vivi se la puede llamar «cariño»?

—A Vivi no —dijo Genevieve—. A mí, sí.

Holly apartó el edredón, se levantó de la cama en camisón y abrazó a Genevieve tan fuerte que las dos se tambalearon y acabaron apoyadas en el armario.

—Nada de fotos sin permiso —le dijo al oído—. Es la norma número uno. Y ese hombre se la ha saltado.

Al separarse, Genevieve notó que se le ponía otra cara, una que no había necesitado en el taller de bredalas, ni en la bodega, ni pelando patatas en la cocina: afilada y tranquilísima.

—Necesita una foto clara de mi cara antes de las seis —dijo Genevieve—. No la va a tener. Le vamos a dar un señuelo.

—¿Un qué?

—Un señuelo. En Los Ángeles lo hacíamos cada dos por tres: una asistente sale por la puerta de delante con mi abrigo y mis gafas, y yo por la del garaje.

Los fotógrafos persiguen el abrigo. —Cogió la libreta de Holly de la mesilla, la abrió por una página en blanco y se la tendió con un rotulador rojo—.

Apunta, general. Las listas se te dan mejor que a nadie.

Holly destapó el rotulador con los dientes.

—¿Y quién hace de asistente? —preguntó Grace.

Genevieve miró a Holly de arriba abajo, el pelo rubio, el camisón, las botas de nieve sin atar al pie de la cama, y Holly lo entendió antes de que se lo dijera. Escribió en lo alto de la página, en mayúsculas, subrayado dos veces: «OPERACIÓN ROMERO».

—¿Por qué Romero? —preguntó Grace.

—Porque las llaves siempre están debajo —dijo Holly—. Y porque me ha gustado cómo suena.

* * *

El plan era de Genevieve, pero lo apuntó Holly, con números y flechas, y en la libreta parecía mucho más serio de lo que era.

A las nueve y media, en el desayuno, delante de Trent, Holly comentaría en voz alta que Genevieve se encontraba mejor y que iba a pasar el día en el mercado de Colmar comprando regalos de Navidad, porque se iba en el tren de las diez y cuarto.

En el tren, en lugar de Genevieve, iría Holly.

Con el plumífero negro sin marcas de Genevieve, su gorro de fieltro con cascabel y sus gafas de sol, una bufanda negra de Grace tapándole media cara y el pelo rubio escondido dentro del gorro. De espaldas, desde lejos y entre el gentío de un mercado, nadie iba a notar la diferencia.

—Somos de alturas parecidas —dijo Holly, midiéndose contra Genevieve delante del espejo.

—Tú eres más baja.

—Me pongo tus botas. Tienen tacón.

—Son botas de nieve.

—Tienen un poco de tacón.

El problema, dijo Genevieve, era la salida.

Trent tenía que verla salir de casa, y Holly no podía estar a la vez en el desayuno y en la puerta.

Así que saldría ella. De verdad, con su plumífero, sus gafas y su gorro, a las diez menos cuarto, por delante de la ventana del salón, despacio y de espaldas, para darle tiempo a coger el abrigo.

Holly se iría antes, a por el pan, y la esperaría en el baño de señoras de la estación con la bufanda de Grace. Allí se cambiarían la ropa.

—¿Y si se acerca? —preguntó Grace—. ¿Y si te alcanza antes de la estación?

—No se acerca —dijo Genevieve—. El que quiere una foto no se acerca. Se queda a diez metros esperando a que te gires. Y yo no me voy a girar.

Lo dijo como quien explica dónde se guarda la sal. Holly lo apuntó y lo subrayó dos veces.

Trent la seguiría: necesitaba la foto antes de las seis, y en un mercado lleno de gente tendría por fin una oportunidad. Holly lo arrastraría por los mercados de Colmar, de espaldas siempre, y al final del día, cuando él creyera que por fin la tenía, se daría la vuelta.

—¿Y entonces? —preguntó Genevieve.

—Me doy la vuelta y le digo «¡Hola, Trent!». Con saludito de mano incluido.

Grace soltó una carcajada que intentó convertir en tos y no lo consiguió.

—¿Y cómo vuelves?

—Elias nos deja la furgoneta de la panadería —dijo Genevieve—. Se lo acabo de pedir por mensaje. Ha contestado que sí a los diez segundos. Pero él no se puede mover del horno, y alguien tiene que recogerte en Colmar a las cinco.

Desde la puerta, con la cafetera italiana en una mano y dos tazas en la otra, Preston carraspeó. Nadie lo había oído subir.

—Yo conduzco —dijo.

Holly se volvió hacia él.

—Es de marchas, Preston.

—Conduje una de marchas el verano de primero de carrera. —Dejó las tazas en la mesilla con mucho cuidado—. Una camioneta de helados.

—¿Y qué tal?

Preston se lo pensó.

—Se derritieron bastantes helados —dijo.

Holly lo miró un momento, con el rotulador rojo en la mano. Luego escribió en la libreta, en mayúsculas, «FURGONETA: PRESTON», y Preston bajó a por más café con las orejas coloradas, silbando.

—¿Y tú? —preguntó Holly.

—Yo, de la estación a la panadería, con Grace —dijo Genevieve—. Haciendo bretzels. Es el último sitio del pueblo donde Trent me buscaría. —Miró a Grace—. Trent no ha amasado en su vida, ¿verdad?

* * *

Funcionó.

La salida le costó a Genevieve los cuatrocientos metros más largos de su vida.

Oyó abrirse la puerta de la Maison Ehrhart detrás de ella cuando iba por la fuente, y luego unos pasos en la nieve, siempre a la misma distancia, y no se giró ni en la esquina de la panadería ni en el paso a nivel.

En el baño de la estación, Holly la esperaba subida a la tapa de un váter, para que no se le vieran los pies por debajo de la puerta.

Se cambiaron en noventa segundos, sin hablar, dándose codazos.

Holly salió al andén con el gorro de cascabel calado hasta los ojos.

Genevieve contó hasta doscientos, oyó llegar el tren y lo oyó irse, y volvió al pueblo por detrás de la escuela con el abrigo de Holly, que le quedaba corto de mangas.

El resto funcionó tan bien que Genevieve, encerrada en la trastienda de la panadería con harina hasta los codos, tuvo que sentarse en un saco de pura risa cada vez que le vibraba el móvil.

Porque Holly informaba en el grupo con la regularidad de un corresponsal de guerra.

* * *

The Runaway Christmas Club

Holly: 10:52. Objetivo en el tren. Dos asientos detrás. Finge que lee el móvil. No lee. Me mira la nuca.

Holly: 11:30. Mercado de la plaza de los Dominicos. Me sigue. He comprado un cascanueces para disimular.

Holly: 11:48. He comprado otro cascanueces. Estaba nerviosa.

Genevieve: holly respira

Holly: 12:15. Me ha hecho unas 30 fotos de espaldas. ¡¡Las de espaldas son mi especialidad!! Llevo 22 años saliendo de espaldas en las fotos de Preston.

Holly: 13:20. Estoy comiendo una tarte flambée de espaldas a él. Es muy difícil comer de espaldas. Me he manchado la bufanda de Grace. Perdón, Grace.

Grace: Te perdono. Sigue.

Holly: 14:05. Tercer cascanueces. Ahora tengo una familia. (icono de cascanueces)

Holly: 15:10. Me he subido al tiovivo de la plaza. Caballo blanco. Él se ha subido detrás para no perderme, en un cisne dorado, entre dos niños de cinco años. Yo me he bajado de un salto antes de que arrancara del todo. El tiovivo no para hasta que se acaba la canción.