Capítulo dieciocho · Tres campanitas a las seis de la mañana
Capítulo dieciocho
Tres campanitas a las seis de la mañana
Grace
Era noche cerrada cuando Grace bajó la escalera, en calcetines, para no despertar a nadie.
La casa estaba a oscuras salvo por una línea de luz debajo de la puerta de la cocina. Supuso que alguien se había dejado la lámpara encendida; Holly, seguramente, que esa noche tenía la cabeza en otra parte. Se puso el jersey en el penúltimo escalón, bajó el último y empujó la puerta.
Trent estaba sentado a la mesa, con el abrigo azul marino por encima del pijama, el portátil abierto y una taza de café que se había hecho él solo, mal, con la cafetera italiana.
Acababa de colgar el teléfono y le duraba en la cara la expresión de victoria contenida que se le ponía cuando tenía lo que nadie más tenía.
En Boston eran las once de la noche; Grace lo supo sin pensarlo, como sabía siempre la hora de Boston.
—¡Gracie! —No se sorprendió de verla; al contrario—. Gracie, Gracie, siéntate. No, espera, escucha. No te lo vas a creer.
Grace no se sentó.
—Tu compañera. La de la migraña. —Trent giró el portátil hacia ella. En la pantalla había una cuadrícula de fotos de una chica morena: con un vestido plateado, con un zumo verde, en una playa—. Es Vivi.
—¿Quién?
—Vivi. Seis millones de seguidores. Lleva tres semanas desaparecida y medio país preguntándose dónde está.
—Lo dijo deprisa, contando con los dedos, como contaba los invitados importantes de una boda—.
Nada de fotos. Una norma en la casa para que nadie le haga fotos.
Se encierra en su cuarto en cuanto sabe que llego.
Se hace llamar Genevieve, que es su nombre de pila; lo he comprobado en el registro de su empresa.
Genevieve Harlow. Es ella, Grace. Cien por cien.
Grace miró la pantalla. Se acordó de dos chicas de California en el mercado de Colmar, con los móviles preparados, mirando a Genevieve. De las gafas de sol en el andén de Frankfurt. De la migraña de las cinco y cuarenta.
—Es la exclusiva del año, Gracie —dijo Trent—. Del año. Y la tengo en casa. ¡En casa!
Lo dijo con la cara con la que volvía a casa los días buenos, hacía años. Esperaba que se alegrara.
—Mi editor lo quiere para el veintitrés por la noche, para que el veinticuatro lo lea todo el mundo con el ponche de huevo.
«Encontrada: el pueblo de cuento donde se esconde Vivi.
» El pueblo, la casa, todo. Solo me falta una foto clara de su cara antes de las seis de esta tarde; sin cara se queda en tres párrafos en la web, entre los horóscopos.
—Bajó la voz—. Y ahí entras tú. Tú la ves todos los días.
Una foto desde la puerta de la cocina, con tu móvil. A ti no te va a decir que no.
Grace no contestó. Uno de los dos móviles de Trent vibró encima de la mesa, y el otro se encendió enseguida, como si se hubieran puesto de acuerdo.
Él miró la pantalla, dijo «es él otra vez» y se fue con el teléfono hasta la ventana, de espaldas a ella, con la barbilla metida en el cuello del abrigo y la voz bajada medio tono, la que usaba con las fuentes.
El portátil se quedó abierto delante de Grace. Detrás de la cuadrícula de fotos asomaba la ventana del correo, y el último mensaje se lo había mandado Trent a su editor esa misma noche. Grace no tenía la costumbre de leer lo que no era suyo. Lo leyó.
«Mañana te lo confirmo con foto. Grace no se ha enterado de nada, no sabe ni lo que es Instagram, bendita sea: me mandó una foto del pueblo con Vivi al fondo y ni la vio. Le dije que la echaba de menos. Algo tenía que decirle para venir sin que pareciera trabajo. Funcionó. Te llamo.»
Lo leyó dos veces. Luego dejó la tapa del portátil exactamente como estaba, ni más abierta ni más cerrada.
—Me voy a la panadería —dijo, hacia la espalda de Trent—. Es mi hora.
Trent tapó el teléfono con la mano y se volvió a medias.
—Piénsalo, ¿vale? Lo de la foto. Te quiero. ¡Antes de las seis!
—Lo estoy pensando —dijo Grace.
Subió la escalera muy despacio, un escalón, otro escalón, con el sigilo de quien sale de una iglesia en plena consagración.
En su habitación se puso las botas que no resbalaban y el abrigo largo, abotonado hasta arriba.
Volvió a bajar pegada a la pared, cruzó el recibidor en la oscuridad y salió a la calle sin cerrar del todo la puerta, para que no sonara.
El romero tenía nieve nueva y hacía muchísimo frío.
Grace no lo notó.
* * *
La iglesia de Sternheim no se cerraba nunca con llave. El padre Bernard decía que una iglesia cerrada era como una panadería cerrada: una contradicción.
Grace entró a oscuras. Olía a cera fría, a piedra, a incienso viejo.
Solo había encendida la lamparita roja del sagrario, al fondo, y la luz de la calle entraba muy débil por las vidrieras.
Se sentó en el tercer banco de la izquierda, como en San Judas, porque era donde se sentaba siempre, en todas las iglesias del mundo.
No rezó. No encontraba por dónde empezar.
Siguió sentada con las manos juntas sobre las rodillas y los ojos en la lamparita roja, viendo todavía, en letra de ordenador, la frase de su marido. «Algo tenía que decirle para venir sin que pareciera trabajo.»
Tampoco lloró, aunque lo esperaba. Hizo una lista, porque era lo que hacía cuando no sabía qué hacer.
Rosas rojas: dieciséis años de rosas rojas y ni un tulipán.
«Te llamo luego»: cientos. Llamadas devueltas: unas cuantas, casi todas para preguntar dónde estaba algo.
La mujer «más de iglesia», la de los villancicos, la que no sabía lo que era Instagram: ese apartado lo había redactado él, y ella lo había firmado sin leer.
Y abajo del todo, en letra pequeña, un mensaje que se había aprendido de memoria y que alguien había escrito sabiendo exactamente lo que ella quería leer.
Al final sí rezó, muy poco, lo que pudo.
«Que no le haga daño a ella», dijo. «Que yo no se lo permita.»
Se santiguó al levantarse y salió a la calle.
Eran las seis menos cuarto. Al final de la calle principal, como cada mañana, la única luz encendida era la del obrador.
* * *
Elias estaba sacando la primera hornada cuando la vio entrar por la puerta de atrás.
La bandeja se le quedó suspendida entre las manos. No dijo «bonjour» ni «qué pronto llegas». La miró una sola vez, de arriba abajo, como había mirado aquella mañana el radiador de la escuela, buscando la pieza que fallaba antes de tocar nada.
Dejó la bandeja.
No preguntó nada. Llenó un tazón de café de la cafetera grande, la de la panadería, que no era italiana ni tenía secretos.
Le echó leche caliente y azúcar, aunque sabía que ella lo tomaba solo.
Se lo puso entre las manos, cerrándole los dedos alrededor del tazón con los suyos, que estaban calientes del horno.
Ahí sí.
Grace lloró.
Lloró de pie, junto a la mesa de amasar, sin quitarse el abrigo, con el tazón entre las manos, sin un sonido, con la cara quieta, dejando que las lágrimas le bajaran solas como si no fueran suyas.
No había llorado así en el aeropuerto, ni en el sótano de San Judas, ni en tantos años de cenas con la televisión encendida.
Elias no la abrazó ni le dijo «ya está». Volvió a la mesa de amasar, a medio metro, y siguió trabajando la masa del día sin levantar la cabeza, para que ella no estuviera sola pero tampoco observada.
El horno de leña crujía. Fuera seguía siendo de noche.
Cuando Grace dejó de llorar, el café estaba tibio. Se lo bebió entero. Estaba demasiado dulce y le supo a gloria.
—Mi marido no ha venido por mí —dijo.
Elias esperó.
—Ha venido por Genevieve. Es famosa. Muy famosa, por lo visto. Se esconde aquí. Y él lo sabe desde que le mandé una foto. —Se le escapó una risa rota—. Le mandé yo la foto. Para que viera dónde estaba. Lo único que vio fue a ella, al fondo, desenfocada.
Elias no la interrumpió. Pero dejó de amasar.
—Va a publicar dónde está —siguió Grace—. Mañana por la noche. El pueblo, la casa, todo. Le falta una foto de su cara, y si no la tiene antes de las seis de esta tarde se queda sin portada. Me ha dicho que me echaba de menos para poder venir a hacerlo. Y quiere que la foto se la haga yo.
Elias se limpió las manos en el delantal una y otra vez, mucho más de lo que necesitaban.
—¿Y tú qué vas a hacer?
Grace dejó el tazón vacío sobre la mesa enharinada. Se secó la cara con el dorso de la mano, con un gesto rápido, práctico, el mismo con el que se quitaba la harina de los bretzels. Se colocó un mechón del moño detrás de la oreja.
—Lo que se hace con una lista —dijo—. Poner las cosas en su sitio.
En aquella cara amable, siempre a punto de reírse, Grace descubrió un gesto grave y firme que no le conocía. Se parecía mucho al orgullo.
—¿Necesitas ayuda?
Grace se abrochó el último botón del abrigo, aunque ya estaba abrochado, abrió el grupo en el móvil y escribió tres campanitas, sin nada más. No hacía falta. Lo había dicho Holly la noche del traje, con una taza de chocolate en la mano: tres cascabeles, ven ya.
—Sí —le dijo a Elias—. Ya la he pedido.
Siete minutos después, la puerta de atrás se abrió de golpe.
Entró primero Holly, con el abrigo de Preston encima del camisón, las botas de nieve sin atar y el pelo aplastado de un lado.
Detrás, Genevieve, con el plumífero cerrado hasta la barbilla, el jersey del pijama asomando del revés por el cuello y cara de no haber dormido.
Traía el móvil encendido en la mano, con un mensaje de Dana abierto que Grace no llegó a leer.
—¿Quién se ha muerto? —preguntó Holly, sin aire.
—Nadie.
—¿Quién se va a morir?
Elias, sin preguntar nada, sacó dos tazones más y los llenó. A Holly, además, le puso un croissant en la mano, que era la manera más rápida que conocía de que alguien respirara.
Grace miró a Genevieve. Genevieve le sostuvo la mirada y luego la bajó al suelo enharinado. No hizo falta decirle de quién se trataba; lo había preguntado ella misma la tarde anterior, con un vaso de agua en la mano.
—Tú y yo tenemos que hablar —le dijo Grace—. En casa. Antes que nada.
—¿Y yo? —dijo Holly, con el croissant a medio camino.
—Tú después. Te lo prometo.
Holly fue a protestar y se calló. La general sabía reconocer una orden, aunque viniera de otra. Se metió medio croissant en la boca y asintió.
—Id delante —dijo Grace—. Entrad por el patio, sin hacer ruido. Si Trent sigue en la cocina, ni lo miréis. Yo voy enseguida.
Cuando se fueron, Grace fue hacia la puerta de atrás. Se paró con la mano en el picaporte.
—Elias.
—Oui.
—Gracias por no preguntar.
Elias inclinó la cabeza, una sola vez.
—Aquí siempre hay café —dijo—. Y una silla. Para lo que haga falta.
* * *
Volvió por detrás de la escuela.
No era el camino más corto, pero lo eligió igual.
Aún no había amanecido, aunque la luz de las farolas llegaba hasta la ladera, y allí arriba, donde los trineos habían dejado la nieve llena de surcos, seguía en pie el muñeco de nieve que habían hecho Preston y Théo la tarde anterior: torcido, con dos piedras por ojos y una bufanda de cachemira de cuatrocientos dólares atada al cuello.
Grace se paró delante.
Abrió en el móvil la conversación con Trent y buscó el mensaje del viernes. «Creo que no te he hecho caso en mucho tiempo y lo siento. He cancelado lo de Aspen. Voy a verte. Llego el lunes 21. Te echo de menos.»
Lo leyó una vez más. Ahora sabía para qué estaba escrita cada palabra.
Lo borró.
Sin drama, igual que tachaba de una lista una línea que ya sobraba.
Desde allí se veía la plaza. Abajo, el padre Bernard barría la nieve de los escalones de la iglesia con una escoba casi tan vieja como él. La vio en la ladera y levantó la mano.
—Bonjour, Mère Noël!
Grace le devolvió el saludo y se pilló sonriendo, con la cara hinchada de llorar y un mensaje menos en el teléfono.
Siguió subiendo la cuesta.
* * *
Cuando Grace volvió a la Maison Ehrhart eran las siete y diez. La línea de luz debajo de la puerta de la cocina se había apagado. Trent había vuelto al sofá del salón y roncaba boca arriba, con un pañuelo de papel en la mano.
Grace pasó de puntillas por delante de él.
Antes de subir, entró en la cocina. Abrió el armario de las latas. Sacó el bretzel que había guardado la noche anterior, el que Elias le había dado para Trent «de parte de Sternheim», y lo partió por la mitad.
Subió la escalera con una mitad en cada mano.
Llamó a la puerta de Genevieve dos veces, suave, con los nudillos.
—Genevieve. Soy yo. Ábreme.
Al otro lado no respondió nadie. Después, unos pasos. La puerta se abrió una rendija.
Genevieve seguía con el plumífero puesto encima del pijama. Tenía los ojos hinchados y el móvil, ahora apagado, en la mano.
Se miraron.
Grace le tendió la mitad del bretzel.
—Siéntate —dijo—. Y luego vamos a por Holly, que se nos muere.