Capítulo diecisiete · Rosas rojas para una mujer de tulipanes
Capítulo diecisiete
Rosas rojas para una mujer de tulipanes
Grace
Grace se pintó los labios el lunes, a las cinco y cuarenta de la mañana.
No lo hacía desde la boda de una prima, hacía cuatro años.
Encontró la barra en el fondo del neceser, junto al estuche de costura y las horquillas de repuesto, y se la pasó delante del espejo del baño, con la luz amarilla y el agua de la ducha goteando aún.
Era de un rojo oscuro que alguien le había dicho una vez que le quedaba bien.
Se miró. Se vio la boca de otra mujer.
Se la quitó con papel higiénico, frotando más fuerte de lo necesario, y bajó a la panadería.
Esa mañana Elias apenas habló. Una vez le miró la boca, donde quedaba en la comisura un rastro de rojo que el papel no había conseguido quitar, y se giró hacia el horno y no volvió a mirarla hasta que salió la primera bandeja.
Hicieron bretzels en silencio. Él le pasaba la masa, ella la estiraba, cruzaba las puntas, las pegaba con el pulgar.
Ya no le salían nudos marineros sino bretzels iguales, y eso, que la semana anterior la habría llenado de orgullo, esa mañana no le decía nada.
A las siete y media, mientras ella se lavaba las manos, Elias habló sin darse la vuelta.
—Llega hoy.
Se lo había dicho ella el viernes, en la cuesta. Le sorprendió que se acordara.
—A las seis —dijo Grace—. En un taxi desde Estrasburgo.
Elias sacó una bandeja del horno de leña. Los bretzels salieron dorados, perfectos, brillantes de sal gorda.
—Llévale uno —dijo—. De parte de Sternheim.
* * *
A las cuatro de la tarde, Grace planchaba la blusa.
La buena, la de seda color crema que había metido en la maleta en Boston sin saber para qué. La plancha de la Maison Ehrhart era casi tan antigua como el horno, pesaba como un ladrillo y tenía dos posiciones: tibia y quemar. Grace llevaba diez minutos buscando una tercera.
Genevieve entró en la cocina con tres monedas de chocolate en la mano y un papelito doblado que dejó en la encimera. Grace alcanzó a leerlo: una sola palabra, en letra pequeña de arquitecto, «Tres». Genevieve se sirvió un vaso de agua y se apoyó en la encimera a verla planchar, sin probarlo.
—¿Tú lees lo que escribe tu marido? —preguntó.
Grace no levantó la vista.
—Hace años que no.
—¿Nunca?
—A veces me lo leen en la parroquia, al salir de misa. —Dio la vuelta a una manga—. Con una sonrisita.
Genevieve apartó el vaso. Lo volvió a coger.
—¿Y si escribiera algo que le hiciera daño a alguien que te importa?
Grace puso la plancha de pie y se volvió hacia ella. Genevieve estaba pálida, con los labios apretados y los dedos tan blancos alrededor del vaso que parecía que lo iba a romper.
—Le pediría que no lo hiciera —dijo Grace—. Es lo único que sé hacer bien. Pedir las cosas como hay que pedirlas.
Genevieve tomó aire, como para seguir, y lo soltó sin palabras.
—¿Y si te hiciera daño yo? —preguntó, muy bajo—. Sin querer.
Grace no entendió la pregunta. Pero entendió la cara.
—Depende —dijo— de si me lo cuentas.
Genevieve no se lo contó. Dejó el vaso en el fregadero, cogió un cuchillo y se sentó a pelar patatas al otro lado de la mesa.
Olía a quemado. Grace levantó la blusa. En el puño derecho había una marca tostada con la forma exacta de la punta de la plancha.
Se la puso igual.
* * *
Trent bajó del taxi a las seis y cuatro, con una maleta de cabina, un abrigo azul marino que Grace no conocía, un ramo enorme de rosas rojas envuelto en celofán y hablando por teléfono. No colgó hasta que el taxista le tocó el hombro para cobrarle.
Rosas rojas. Grace lo vio desde la ventana del salón y notó un pinchazo pequeño, justo debajo de las costillas.
Llevaban dieciséis años casados. A ella le gustaban los tulipanes blancos.
Él lo sabía: se los había llevado una vez, a la segunda cita, envueltos en papel de periódico, y nunca más.
Las rosas rojas eran lo primero que se cogía en una floristería de aeropuerto cuando no se había pensado en nadie.
Se dijo que no importaba: había venido, había cancelado Aspen, estaba aquí, en la nieve, con su abrigo nuevo y su ramo equivocado.
Abrió la puerta antes de que llamara.
—Grace.
Trent le sonrió con su sonrisa de presentador, la que funcionaba tan bien en las fiestas, pero esta vez había algo más debajo, una especie de urgencia, de nervio, que Grace confundió durante un minuto entero con la emoción de verla.
La besó. Fue un beso correcto, en los labios, breve, con los ojos abiertos. Olía a avión y a una colonia que tampoco conocía.
—Estás guapísima, Gracie. Gracie, Gracie. Este sitio te sienta bien, ¿a que sí? Te veo… no sé, te veo… ¿Esto es nieve de verdad? —Se miró los zapatos, que no eran de nieve—. Es de verdad.
—Gracias. —Grace cogió las rosas—. Son preciosas.
Trent ya estaba mirando por encima de su hombro, hacia el interior de la casa.
* * *
Le enseñó la casa. La estufa verde, las vigas, la cocina con el horno esmaltado que calentaba solo por la izquierda, el traje de cascabeles colgado en su armario.
Trent lo miraba todo deprisa, con un móvil en cada mano: con uno hacía fotos y el otro le vibraba cada medio minuto en la palma, y lo miraba de reojo sin dejar de hablar.
Hizo una de la mesa de la cocina, donde estaba la libreta de Holly abierta por una página llena de estrellas.
—Para el perfil —dijo, como siempre—. A la gente le encanta esto. Un pueblecito francés en Navidad, la libreta, las estrellitas… ¿Esto lo has pintado tú? No, claro. ¿Quién lo ha…? Da igual, queda genial. Muy auténtico.
Grace pensó en la norma de la última página de la libreta. Nada de fotos sin permiso. Estuvo a punto de recordársela y se la tragó: era su marido, acababa de llegar.
—¿Y tus compañeras? —preguntó Trent, guardándose el móvil—. ¿No están?
—Holly ha salido con su marido. Ha venido a pasar la Navidad. Y Genevieve…
Genevieve estaba arriba. Había estado en la cocina casi toda la tarde, pelando patatas con Grace y riéndose de lo de Preston en el romero.
A las cinco y cuarenta, cuando Grace mencionó que Trent llegaba a las seis, había dicho que le dolía la cabeza y había subido a su habitación. No había vuelto a bajar.
—Está descansando —dijo Grace—. Tiene migraña.
—Vaya. —Trent miró hacia la escalera. Los ojos se le quedaron allí un segundo de más—. Qué pena. Me apetecía conocerla. ¿Cómo has dicho que se llama?
—Genevieve.
—Genevieve. —Lo repitió dos veces, bajito, como quien busca una cara en la memoria—. ¿Americana? ¿Y a qué se…? Perdona, perdona, es la costumbre. ¿De dónde es?
—De Los Ángeles.
—¿Y qué hace?
—Trabaja en comunicación.
—¿En comunicación? ¡Somos colegas! ¿En qué empresa? ¿Agencia o por libre? Porque en Los Ángeles hay agencias que…
No le había preguntado por Holly, ni por el pueblo, ni por el traje de cascabeles del armario.
—No lo sé —dijo—. No hablamos mucho de trabajo.
—Ya.
Grace lo dejó en el salón y se fue a la cocina a poner las rosas en agua. No había ningún jarrón en la casa lo bastante grande. Acabó metiéndolas en un cubo de fregar, de pie en un rincón, rojas y enormes, como un error.
Sobre la encimera esperaba el bretzel de Elias, todavía en su papel. Grace lo sopesó. No se lo dio a Trent. Lo escondió en el armario de la cocina, detrás de las latas, igual que de niña escondía las cartas que no quería que leyera nadie.
* * *
La cena fue extraña.
Holly y Preston llegaron a las ocho, cogidos de la mano, con la nariz fría y los dos con un brillo en la cara que Grace no había visto nunca en ningún matrimonio de cerca y que reconoció enseguida, como se reconoce una canción que no se ha oído en años.
Holly le dio a Trent un abrazo y la bienvenida más cálida del mundo.
Preston le dio la mano, le preguntó por el vuelo y a los cinco minutos Trent le estaba contando las colas del control de Frankfurt, lo que costaba allí un café y, sin que nadie se lo pidiera, lo del programa de televisión.
Preston lo escuchaba con la cabeza ladeada, como si no hubiera en el mundo nada más interesante que un café de nueve euros, y Grace entendió por qué en Boston la gente firmaba cheques delante de aquel hombre.
Aun así, cada vez que Holly se levantaba de la mesa, a Preston se le iban los ojos detrás de ella hasta la puerta, y no volvían hasta que volvía ella.
Genevieve no bajó.
Trent preguntó por ella dos veces durante la cena. Una al principio, otra en el postre. La segunda vez, Holly, que esa noche no veía nada que no fuera Preston, dijo:
—Es un encanto. Es muy discreta. Le dan mucho miedo las fotos, ¿verdad, Grace? Tenemos una norma en la casa. Nada de fotos sin permiso.
—¿Ah, sí? —dijo Trent—. Qué curioso.
Sonrió, bebió un sorbo de vino, tecleó con el pulgar en el móvil que tenía en la rodilla, sin mirarlo, y cambió de tema.
Pero Grace, que lo conocía mejor que nadie, le vio en los ojos la mirada de las fiestas y de las bodas de famosos: la de un hombre que acaba de oír una historia y la guarda para después.
No supo qué era. Lo guardó también.
* * *
A las once, cuando Holly y Preston subieron a su habitación, más deprisa de lo estrictamente necesario, Trent se estiró en el sofá del salón y miró a Grace con su sonrisa de presentador.
—Bueno. ¿Dónde dormimos?
Grace estaba de pie junto a la estufa verde. Pensó en la cama estrecha de arriba, en el traje de cascabeles colgado en la puerta del armario, en el bretzel escondido detrás de las latas.
—El hotel está lleno —dijo—. Hasta enero, por el mercado.
—Ya me lo imaginaba —dijo Trent, tan contento—. Pues nos apretamos.
Grace no contestó enseguida. Se oyó a sí misma, por primera vez en su matrimonio, decidir algo sobre su propia cama.
—Hay un sofá —dijo.
Trent se quedó con la sonrisa puesta, como un cuadro torcido.
—¿Perdona?
—La cama de arriba es muy estrecha. Es de una plaza y media. No cabemos. —Era verdad. No era toda la verdad—. El sofá es cómodo. Te traigo un edredón. Pesa mucho, pero abriga.
Trent la estudió. Grace no apartó los ojos ni añadió nada, ni una disculpa ni una explicación más larga.
—Vale. Vale, vale. —Levantó las manos, rendido—. Lo que tú digas, cariño.
Grace le trajo el edredón y una almohada y le enseñó dónde estaba el baño de abajo. Trent se tapó hasta el pecho y miró las vigas, con las manos cruzadas encima del edredón.
—En marzo cumplo cuarenta y cinco —dijo él.
—Ya lo sé.
—En la redacción hay un chaval de veintiséis que graba vídeos con el móvil dentro del coche, aparcado, antes de entrar.
Tiene el triple de lectores que yo. —Soltó el aire por la nariz—.
En octubre el productor me dijo que me veía con mucha experiencia.
Con esa palabra. —Tardó en seguir—. Si este año no sale lo del programa, ya no sale, Grace.
Me quedo de señor que escribía antes en esa página.
Grace siguió de pie junto al sofá, con la mano en el respaldo. Trent tenía el pelo aplastado de un lado por el reposacabezas del avión, y hacía muchos años que no le contaba nada que no le hubiera salido bien. Estuvo a punto de sentarse a su lado.
—Eres muy bueno en lo tuyo —dijo.
—Ya. —Trent cerró los ojos—. Apaga, anda.
Cuando Grace estaba apagando la luz del salón, el gato del vecino entró por la ventana de la cocina, cruzó el salón con la cola en alto, saltó al sofá y se acomodó sobre el pecho de Trent con toda la tranquilidad del mundo.
Trent no se atrevió a mover ni un dedo con el gato encima.
—Grace. Hay un gato.
—Es del vecino. Entra cuando quiere.
—Soy alérgico a los gatos.
Grace lo sabía. Lo sabía desde la primera cita. Se le había olvidado.
Se detuvo en la puerta, con la mano en el interruptor, mirando a su marido tumbado en un sofá de un pueblo alsaciano, con un gato negro enroscado encima del pecho, que lo miraba fijamente a los ojos, muy de cerca, como un juez.
—No te preocupes —dijo—. Lo cuenta todo, pero no muerde.
Y apagó la luz.
* * *
No se durmió.
Tumbada en la cama estrecha, con los ojos en las vigas, fue oyendo estornudar a Trent en el piso de abajo cada pocos minutos. Pensó en las rosas rojas del cubo de fregar y en la colonia que no conocía. No le había preguntado cómo estaba; por Genevieve había preguntado tres veces.
Pensó en el mensaje de hacía tres días, el que había leído tantas veces que se lo sabía de memoria. Ahora, mirando las vigas a oscuras, le pareció un mensaje escrito por alguien que sabe exactamente lo que el otro quiere leer.
Se dijo que estaba siendo injusta, que era el cansancio.
Al otro lado del pasillo se oyó una risa ahogada. Luego un «chsss» de Holly, otro de Preston, y la risa otra vez, peor, la de dos personas que se tapan la boca la una a la otra. Una puerta. Silencio. Grace sonrió a las vigas sin querer.
A la una seguía estornudando, puntual como un metrónomo.
Entre un estornudo y el siguiente, oyó la voz de Trent.
Muy baja, en el salón. Hablando por teléfono en susurros y riéndose entre frase y frase con una risa corta, hacia dentro, la que se le escapaba cuando le contaban una primicia. Grace no entendía las palabras, solo el tono. El tono de las buenas noticias. El tono de la exclusiva de los Ashford.
Sería el productor, supuso. Que en Boston eran las siete de la tarde. Que su marido estaba hablando de trabajo en mitad de la noche en un salón alsaciano, con un gato encima, porque su marido siempre hablaba de trabajo.
Se dio la vuelta en la cama, que crujió. Cerró los ojos.
Desde el armario, flojito, sonó un cascabel.
Otras noches le sonaba a casa. Esa noche Grace se incorporó en la cama y se quedó escuchando, por si volvía a sonar.
* * *
The Runaway Christmas Club
Grace: El gato se le ha dormido encima. Estornuda cada tres minutos. Lo he cronometrado.
Genevieve: ¿el chismoso sigue en su pecho? héroe nacional (icono de gato negro)
Holly: 01:22. ¡¡Perdón, estaba dormida!! ¿¿Quién estornuda?? ¿¿Hay que ir?? (icono de corazón)
Grace: No. Duérmete, Holly.
Grace: Ahora habla por teléfono entre estornudo y estornudo. Muy bajito.
El «escribiendo…» de Genevieve apareció y desapareció tres veces. No llegó ningún mensaje. Grace dejó el móvil boca abajo sobre la colcha y apagó la lámpara. Abajo, puntual, Trent volvió a estornudar.