Capítulo dieciséis · Bolas de nieve y otras declaraciones
Capítulo dieciséis
Bolas de nieve y otras declaraciones
Holly
Preston se había pasado la noche haciendo un plan B.
Estaba en la mesa de la cocina cuando Holly bajó, con el portátil abierto, tres tazas de café vacías alrededor y la cara de un hombre que ha dormido cuatro horas y está orgulloso de ello. Le dio la vuelta a la pantalla antes de que ella se sentara.
Era una hoja de cálculo. Por supuesto que era una hoja de cálculo. Pero arriba del todo, en letras grandes, en la celda A1, ponía: «Fiesta de Holly. Cómo pagarlo TODO sin quitar NADA».
Holly no se sentó. Se agarró al respaldo de la silla.
—He llamado a los Henderson —dijo Preston, desplazando la pantalla con el dedo—.
A las tres de la mañana de aquí, que allí eran las nueve de la noche.
Ponen quinientos. He llamado a un amigo del banco que me debe un favor desde hace años.
Pone trescientos. He renegociado las mesas con el señor del ayuntamiento esta mañana a las siete; le he explicado que es para niños y que yo organizo eventos y me las deja a mitad de precio.
Y el autobús del coro lo paga la Caldwell & Partners.
—Carraspeó—. Como patrocinio. Queda muy bien en la memoria anual.
Holly lo miró.
—¿Y lo que falta?
Preston tardó un poco en pulsar la tecla. En la última fila de la hoja había una celda en amarillo. Ponía «Resto: P. Caldwell (donación personal)».
—Lo pongo yo —dijo—. Antes de que digas nada: no es para quitarte la fiesta. Es tuya. Ya me quedó claro. —Ahora sí, la miró—. Me quedó muy claro en el romero.
Holly se sentó, sin saber qué decir.
—No te lo he pedido.
—Lo sé. —Preston cerró el portátil—. Pero me lo ibas a pedir. Yo te iba a decir que sí refunfuñando. Así que me he saltado la parte de refunfuñar.
Holly soltó una risa corta, sin querer.
—Refunfuñas igual. Lo noto.
—Un poco —admitió Preston—. Por dentro.
* * *
El lunes por la tarde había trineos.
Las vacaciones del colegio habían empezado el sábado, y Elias había organizado una tarde de trineos en la ladera de detrás de la escuela, la que bajaba hasta el arroyo: trineos de madera prestados por medio pueblo, chocolate en termos, una hoguera en un bidón y cuarenta y tantos niños con las mejillas como manzanas.
Preston llegó con un portapapeles.
Holly sospechaba que se lo había dado Grace. Llegó con el abrigo camel, unas botas de Elias dos tallas más grandes y el portapapeles bajo el brazo, y se plantó en lo alto de la ladera como un jefe de sala cinco minutos antes de abrir las puertas.
—Monsieur —le dijo Elias al pasar, con una leve inclinación de cabeza—, aquí ya tenemos una general. Pero se agradece la intención.
—Bien —dijo Preston, en inglés, en voz alta—. Vamos a organizar esto. Turnos de cinco trineos. Los pequeños primero. Los que esperan, en fila aquí, a la derecha. Y nadie se tira hasta que yo diga…
No terminó la frase.
La primera bola de nieve le dio en el hombro. La segunda en el portapapeles. La tercera, lanzada con una precisión asombrosa por una niña de unos siete años con coletas, le dio de lleno en la oreja.
Preston se congeló. Miró el portapapeles cubierto de nieve, a la niña de las coletas, que le sostenía la mirada entre el terror y el orgullo, y a los otros cuarenta niños, cada uno con una bola en la mano, esperando a ver qué hacía el señor alto del abrigo bonito.
Holly, al pie de la ladera, contuvo la respiración. Conocía esa cara. Era la cara de Preston cuando algo se le salía del guion. Normalmente venía seguida de una llamada a alguien.
Preston dejó el portapapeles en la nieve con mucho cuidado.
Se agachó, cogió un puñado de nieve y lo apretó entre las manos enguantadas, dándole forma, mirando a la niña de las coletas a los ojos.
Y se la tiró.
Flojito. A los pies. Pero se la tiró.
Lo que siguió fue la batalla de nieve más grande que Sternheim había visto en décadas.
Cuarenta niños contra un hombre de Boston con un abrigo de mil dólares.
Preston no tenía ninguna posibilidad y lo supo enseguida.
Se cayó dos veces. Perdió una bota de Elias, que tuvo que rescatar un niño de diez años con un palo.
En algún momento de aquel caos se tumbó boca arriba en la nieve, con los brazos abiertos, rodeado de niños que le tiraban nieve encima, y se echó a reír.
Holly lo oyó desde abajo: una risa que no le oía desde que Emma tenía cuatro años y se le subía encima en la alfombra del salón.
Tuvo que apartar la vista hacia el arroyo.
A su lado, Elias le pasó un vaso de chocolate.
—Tu marido —dijo— es mejor de lo que parecía en el romero.
—Lo sé —dijo Holly—. Lo sé desde hace veintidós años. Se me había olvidado.
* * *
Al final de la tarde, Preston y Théo hicieron un muñeco de nieve.
Holly no vio cómo empezó. Théo se había quedado al margen de la batalla, junto a la hoguera, con su hermana y su lazo de terciopelo, y Preston se había sentado a su lado a secarse.
No hablaban el mismo idioma. Al rato estaban los dos empujando cuesta arriba una bola enorme, mudos, con la seriedad absoluta con que los hombres de cualquier edad se toman la construcción de cosas.
El muñeco quedó ladeado. Théo le puso dos piedras de ojos. Preston le puso su bufanda de cachemira.
—Preston, esa bufanda…
—Ya lo sé.
La dejó puesta.
Acompañaron a los dos hermanos a casa al anochecer. Vivían pasada la bodega de Mathis, y en lo alto del tejado, a contraluz, un hombre con gorro de lana ajustaba la última fila de tejas antes de que se fuera la luz.
Théo se paró en seco. Levantó un brazo.
—Papa!
El hombre del tejado se giró y saludó con la mano. Gritó una broma en alsaciano que hizo reír a la niña pequeña, y Théo le contestó gritando también, y padre e hijo se rieron juntos, uno en el suelo y otro en el tejado, con cinco metros de aire nevado entre los dos.
Holly le explicó a Preston lo de la carta en voz baja. Lo del abrigo para la hermana. Lo del padre que ya no se reía. Lo de Grace sentada en el suelo del aula.
Preston no contestó. Siguió con los ojos al hombre del tejado hasta que bajó la escalera, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo empapado.
* * *
A las seis llegaba el marido de Grace en un taxi desde Estrasburgo, y Grace llevaba toda la tarde nerviosa.
Al anochecer, cuando Holly volvió de los trineos, Grace la había esperado en la entrada con un trapo de cocina en las manos y, mientras Holly se quitaba las botas, le había contado lo que había oído a mediodía.
Había ido a la bodega a llevarles bocadillos a Mathis, a Elias y a Preston, que había pasado allí la mañana ayudando con las mesas. Preston estaba sentado en una barrica, con un vaso de vino apoyado en la rodilla, y al verla en la puerta no bajó la voz. Quizá ya le daba igual quién lo oyera.
—No sabría repetirlo con sus palabras —le contó Grace, sin soltar el trapo—.
Les dijo que todo lo bonito que había en sus galas desde hacía veinte años se te había ocurrido a ti.
Los centros de mesa, las luces, los colores, dónde se ponía el escenario.
Que él solo lo vendía. Que se pasaba la vida presumiendo de ti en cenas a las que tú ibas sentada a su lado, y que nunca te lo había dicho a ti.
—Grace dobló el trapo en dos—. Y remató diciendo que era un idiota.
En inglés. Elias le contestó que eso, en Alsacia, lo dicen todos los maridos en diciembre.
Holly se quedó con un cordón a medio desatar.
—¿Por qué me lo cuentas?
Grace alzó los ojos del trapo.
—Porque a mí nadie me ha dicho nunca nada así a mis espaldas —dijo—. Y si me lo hubieran dicho, me habría gustado saberlo.
* * *
Holly lo encontró en la ladera de los trineos.
No sabía que iba a ir a buscarlo hasta que se encontró andando en la nieve, sin abrigo, con el jersey gris de Grace.
Preston había vuelto a por el portapapeles, que se había quedado enterrado durante la batalla.
Ya era de noche. La ladera estaba vacía y pisoteada, y en el bidón quedaban unas brasas.
Preston estaba sentado en el murete de piedra de lo alto, con el portapapeles mojado en las rodillas, al lado del muñeco ladeado con su bufanda de cachemira.
La vio subir. Se levantó.
—Holls. Vas a coger frío.
—¿Por qué nunca me lo has dicho?
Preston no preguntó qué. Holly se lo vio en la cara: lo había entendido enseguida y le daba vergüenza, una vergüenza de chico, de las que suben desde el cuello.
—¿Quién…?
—Margaret Henderson. Me escribió la semana pasada. Quiere los tocados para la boda de Caroline. Dice que llevas años enseñándoles mis cosas en el móvil. —Se le quebró la voz—. Grace te ha oído hoy. A mediodía. En la bodega.
Preston se pasó una mano por la cara. Se sentó otra vez en el murete. Estuvo un rato callado, mirándose las manos, que aún tenían nieve en los nudillos.
—Porque me daba miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que te dieras cuenta. —Alzó los ojos hacia ella—.
De lo buena que eres. De que no me necesitabas para nada.
Holls, tú eras la chica más creativa de todo Worcester y te casaste con un tipo que sabía hacer cuentas.
Y yo pensé… —Se rió, sin ganas—. No sé lo que pensé.
Que si me encargaba yo de todo, no te ibas a ir.
Que si tú no te dabas cuenta de lo que… —No terminó.
Holly seguía de pie delante de él, con los brazos caídos.
—Y te veo aquí —siguió Preston—. Con las galletas colgadas, con tu libreta llena de estrellas, diciéndome que no a la cara.
Y eres… —Se le cortó la voz. Lo intentó de nuevo y tampoco—.
Eres tú. La de la boda. La de la sandalia rota.
Y yo llevo veintidós años… —Bajó la cabeza—.
Sin ti soy un señor con una hoja de cálculo.
Muy bien vestido, eso sí. Un señor con una hoja de cálculo. No sé decirlo de otra manera, Holls.
Abajo, Sternheim tenía ya todas las ventanas encendidas.
Holly se acercó hasta quedar delante de él, que seguía sentado en el murete, de modo que por una vez sus ojos quedaron a la misma altura.
Lo miró a los ojos como no lo miraba desde hacía años, sin fondo azul petróleo detrás, sin cartel, sin nadie mirando.
Vio las arrugas nuevas, el miedo y, debajo de todo, al chico de los hombros de remero que le había atado la sandalia con su corbata en una boda en Worcester y la había sacado a bailar porque nadie más se atrevía.
—Eres un idiota —le dijo.
—Lo sé. En Alsacia, por lo visto, lo decimos todos.
Holly le cogió la cara con las manos frías y lo besó.
Fue torpe, un poco salado, con la nariz fría de ella contra la mejilla caliente de él y la nieve del murete crujiendo debajo. Preston la abrazó por la cintura con fuerza, por si se le ocurría echar a volar ladera abajo. Holly se rió contra su boca. Él también.
Se quedaron así, ella de pie entre sus rodillas, él con la frente apoyada en el jersey de Grace.
En el bolsillo del abrigo de Preston vibró el móvil.
Él lo sacó a medias, lo justo para ver el nombre en la pantalla, y Holly lo vio también: «Walt».
Preston lo dejó boca abajo sobre el murete, junto al portapapeles mojado, y el aparato siguió zumbando contra la piedra hasta que se cansó. Holly no preguntó.
—Emma va a decir que ya era hora —dijo Preston contra la lana.
—Emma va a decir que lo sabía. Lo dice de todo.
—Y Josh va a preguntar si esto significa que este año hay pavo.
Holly se rió hasta que dejó de hacerle gracia.
—¿Te acuerdas de la noche que nació Emma? Te pasaste horas en el pasillo del hospital con un bolígrafo y una servilleta, haciendo cuentas.
—Me acuerdo. —Preston levantó la cabeza—. Estaba calculando cuántos años me quedaban hasta que se fuera de casa. Me salieron dieciocho. Me parecieron poquísimos.
Holly le apartó de la frente el pelo mojado de nieve.
—Se han ido igual. Los dos.
—Ya. —Preston le cogió la mano—. Mañana los llamamos. Juntos. Al grupo ese del nombre ridículo.
—Caldwell HQ.
—Ese. —Tragó saliva—. Y les cuento quién hacía los centros de mesa.
* * *
Esa noche, Holly no se preocupó por las paredes de la Maison Ehrhart, ni por el marido de Grace, durmiera donde durmiera. Hacía años que su cabeza no se quedaba tan quieta.
Preston y ella fueron despacio y con alguna torpeza, como en una casa que se conoce de memoria y a la que alguien le ha cambiado los muebles de sitio. Hubo un momento, a oscuras, en que Preston le apartó el pelo de la cara y le dijo su nombre, solo su nombre, como si lo estuviera aprendiendo.
Ya casi dormida, lo oyó hablarle contra el pelo.
—¿Qué has decidido hoy?
Holly abrió un ojo.
—¿Qué?
—Hoy. Qué has decidido tú. —Preston tardó en seguir—. Llevo veintidós años decidiendo por los dos a la hora del desayuno. El restaurante, las vacaciones, el color del sofá. Quiero saber qué decides tú. Cada día. Aunque sea una tontería.
Holly lo pensó en la oscuridad.
—He decidido que la bufanda de cachemira se queda en el muñeco.
—Me parece bien.
—Y que mañana el chocolate lo pago yo.
—Eso ya lo veremos.
—Preston.
—Me parece bien —se corrigió él, y Holly le notó la sonrisa en la nuca.
De madrugada, Holly se despertó con la cabeza sobre el pecho de su marido, que dormía con la boca abierta y una mano en la espalda de ella: por una vez, no tenía las dos sobre el pecho.
Escuchó su corazón un rato. En la ventana, la nieve se iba amontonando en el alféizar, sin prisa, como si también tuviera tiempo de sobra.
Holly sonrió en la oscuridad y volvió a dormirse.