Capítulo quince · Una fiesta que no cabe en una hoja de cálculo #3
—Ya. —Preston se subió el cuello del abrigo—. No se lo digas a nadie. Tengo una reputación.
Mathis lo vio cruzar el patio hacia la calle, esquivando el pozo, con los zapatos italianos hundiéndose en la nieve a cada paso. No fue hacia la casa. Fue hacia la plaza.
Cuando se fue, Mathis recogió del suelo la ramita de romero.
Olía a cocina de domingo. Miró hacia la otra casa del patio, hacia la ventana del baño.
Geneviève llevaba cuatro días sin bajar a la bodega.
Cogió un trozo de papel del banco de trabajo, escribió con el lápiz de carpintero «Cuatro», lo dobló en cuatro y salió.
El romero de la puerta todavía tenía la forma del americano. Mathis buscó una piedra plana, dejó el papel debajo, al pie del arbusto, y se fue sin llamar.
* * *
A media tarde, al salir a sacudir el felpudo, Holly encontró un papel doblado bajo una piedra, al pie del romero que Preston había dejado medio aplastado. «Cuatro.» Se lo dio a Genevieve sin comentarios, y Genevieve se lo guardó en el bolsillo de la sudadera, junto a los otros.
* * *
Genevieve puso los tres papeles en fila sobre la colcha.
«Seis.» «Cinco.» «Cuatro.» La servilleta de la caseta del chocolate, la hoja que Holly había traído de la estación, el papel del romero. Las mismas letras de imprenta pequeñas, el mismo lápiz de carpintero. Cada uno con un día menos.
Abajo se oía a Holly y a Grace en la cocina, preparando la cena, con un plato de más por si Preston volvía. Holly hablaba. Grace contestaba de vez en cuando, con frases cortas.
Genevieve sabía lo que tenía que hacer. Lo sabía desde el viernes por la noche, desde que Grace había dicho «una columna en un periódico digital de Boston» y a ella se le había quedado el pan quieto en la mano.
El sábado por la mañana había tenido la frase en la boca, en la cocina, y había llegado Elias con unos guantes.
Desde entonces no había vuelto a encontrar el momento, y empezaba a sospechar que no lo estaba buscando.
Se levantó. Recorrió el pasillo en calcetines hasta la puerta de Grace, que estaba entornada. Grace había subido hacía un momento a cambiarse antes de la cena y no se oía la radio, ni el agua, ni ningún cajón. Se oía otra cosa.
Grace estaba rezando. En voz muy baja, de rodillas junto a la cama, igual que debía de haberlo hecho todas las noches de su vida. Genevieve no quería escuchar, y escuchó.
«Por Holly, que hoy ha sido muy valiente. Por su marido, que no sabe qué hacer con eso. Por Elias y por Théo. Y por Genevieve, que está triste y no dice por qué.»
No pidió nada para ella.
Genevieve tenía la mano levantada para llamar. La bajó. Volvió a su cuarto sin hacer ruido y se sentó en la cama, al lado de los papeles.
Hizo lo que hacía siempre que algo le daba miedo: lo buscó en internet.
Trent Whitmore. La columna salió enseguida, con una foto de él sonriendo a la cámara con demasiados dientes.
El último artículo era de hacía diez días y trataba del divorcio de un matrimonio de Boston, los Ashford.
El anterior, de la boda de una presentadora. Nada de Vivi. Nada de Europa.
Boston era enorme, se dijo, igual que se lo había dicho la noche de las cestas. Y a lo mejor el columnista que había llamado a la agencia era otro. Y a lo mejor ese hombre no miraba nunca las fotos que le mandaba su mujer.
Abrió también los mensajes de Dana, por primera vez desde el miércoles.
Eran más de ochenta. No los leyó: los fue pasando con el dedo sin abrirlos.
Eventos cancelados, una marca enfadada, dos amigas que preguntaban si estaba bien sin esperar la respuesta.
En medio, uno de su madre desde Ojai: «Cariño, Dana dice que estás descansando. Me alegro. Abrígate». Ese sí lo leyó.
Pensó en lo que pasaría cuando lo dijera.
«Soy Vivi.» Holly se llevaría las manos a la boca, eso seguro, y después haría preguntas que no se podían contestar.
Grace se quedaría muy quieta y la miraría con aquella atención entera de las listas, y a lo mejor la apuntaba en una columna distinta.
Era una tontería. Lo sabía. Pero en Colmar, sentada en el borde de la fuente, había pensado que a partir de ese momento ya no sería Genevieve, y seguía pensándolo.
Sabía que se estaba engañando. Mañana, decidió. Mañana, en el desayuno, antes de que bajara nadie más.
Por la ventana del baño, la bodega seguía encendida. No bajó. Guardó los tres papeles en el bolsillo de la sudadera, con la servilleta doblada del sábado, y se fue a cenar.
* * *
Preston volvió a las nueve de la noche. Entró sin decir nada, saludó con la cabeza a las tres, que estaban en el salón fingiendo que leían, y se metió en la cocina con su portátil.
Pasada la medianoche, cuando Holly bajó a por agua, todavía había luz en la cocina. Oyó el teclado, a Preston resoplar, borrar, volver a escribir.
No entró.
Subió a la cama estrecha y se tapó hasta la barbilla.
No tenía ni idea de qué tramaba su marido ahí abajo, y se durmió con más curiosidad que miedo, cosa que no le pasaba desde la universidad.