El club de las fugitivas de Navidad Capítulo quince · Una fiesta que no cabe en una hoja de cálculo #2
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Capítulo quince · Una fiesta que no cabe en una hoja de cálculo #2

—Ingresos —dijo—. Dos mil trescientos del presupuesto inicial.

Trescientos doce del mercado. Ciento cuarenta de donativos.

Total, dos mil setecientos cincuenta y dos.

—Bajó el dedo—. Gastos previstos: mesas y sillas, el autobús del coro, chocolate para doscientas cincuenta personas, los regalos que faltan, la merienda, el árbol, un generador por si salta la luz…

cuatro mil ciento ochenta. Tienes un agujero de mil cuatrocientos veintiocho euros, y llevas una semana dibujándole hojitas alrededor.

Holls, en mi empresa esto es un despido.

Grace apareció en la puerta de la cocina en bata, oyó la palabra «despido» y no pasó del marco, donde se apoyó con los brazos cruzados. Desde allí vio la cifra roja, del revés, y Holly le notó en la cara que acababa de entender qué eran las cosas de los lazos.

—Lo sé —dijo Holly—. Lo sé desde hace ocho días. Lo estoy mirando.

—No, no lo estás mirando. Lo estás coloreando.

—Preston pasó la página—. Esto tiene arreglo.

Quitamos el coro, que el autobús es caro.

Quitamos las manualidades. El árbol, de dos metros.

La merienda la cambiamos por chocolate y galletas.

Y lo hacemos en la escuela, como estaba previsto, y te ahorras las mesas y el generador.

—Fue a cerrar la libreta, y la mano se le quedó un momento en el aire, encima de la cifra roja. No la cerró—. Con eso cuadras.

Holly lo miró.

Lo conocía. Sabía que no lo hacía con mala intención. Llevaba veinte años haciendo eso mismo cada día, coger el sueño de alguien y recortarlo hasta que cupiera en una hoja de cálculo, y le pagaban muy bien por ello.

A ella también la había ido recortando. Con cariño, eso sí. Para que cupiera.

—No —dijo.

Preston parpadeó.

—¿Cómo que no?

—Que no. No quito el coro. Los niños del colegio llevan dos semanas ensayando.

No quito las manualidades, porque es lo que más les gusta.

El árbol mide tres metros porque lo negoció Genevieve a cambio de las luces.

Y no lo hago en la escuela, porque en la escuela no caben y porque la bodega tiene luces que bajan del techo.

—Holls, sé razonable…

—Esta fiesta no es una gala tuya, Preston.

Lo dijo sin levantar la voz. Igual que lo de «es mi dinero». Pero esta vez le temblaba la barbilla y no hizo nada por disimularlo.

—Es mía. Es la primera cosa que es mía en veintidós años. Y no la voy a hacer más pequeña para que te quepa.

En la cocina no se oyó ni una cuchara. La cafetera italiana, que Holly había puesto al fuego al bajar, empezó a borbotear.

Preston la miró como si alguien le hubiera cambiado a la mujer mientras dormía y aún no supiera si quejarse.

—Solo intento ayudarte —dijo, más bajo—. Siempre he intentado… —No terminó la frase—. Que no te salga mal. Eso es todo.

—Pues si me sale mal —dijo Holly—, me sale mal a mí.

Preston buscó una respuesta y no la encontró. Se levantó, cogió su abrigo del perchero de la entrada y salió de la casa.

Holly se quedó sentada. Oyó la puerta y los pasos sobre la nieve, alejándose, y después el desenlace previsible: un resbalón, un «¡maldita sea!» ahogado en inglés y el golpe sordo de un cuerpo grande contra un romero enorme cubierto de nieve.

Grace se asomó a la ventana.

—Está bien —informó—. Se ha caído en el romero. El romero también está bien.

Holly se tapó la cara con las manos, sin saber si se estaba riendo o llorando. Grace le puso delante la taza de café, se sentó a su lado y le puso una mano en la espalda, quieta y firme, igual que se sujeta una estantería mientras alguien aprieta los tornillos.

Genevieve bajó a medio despertar.

—¿Qué ha pasado?

—Holly le ha dicho que no a su marido —dijo Grace.

Holly levantó la cara de entre las manos. Tenía los ojos húmedos y media sonrisa en la boca.

—¿Y qué tal? —preguntó Genevieve.

Holly pensó en ello.

—Fatal —dijo—. Y muy bien.

* * *

Preston no volvió en todo el día. Elias contó más tarde que se había comido un bretzel de pie en la puerta de la panadería, con ramitas de romero en el pelo, sin abrir la boca más que para morder.

Mathis lo había visto a mediodía en la bodega, mirando el tejado.

El padre Bernard, una hora sentado en el último banco de la iglesia.

En Sternheim, por lo visto, no hacía falta el gato para que todo el mundo lo contara todo.

* * *

Preston Caldwell entró en la bodega a mediodía con una ramita de romero detrás de la oreja.

Mathis lo vio desde la escalera. Estaba clavando la última fila de listones del ala norte y no paró: con una mano en la viga y la otra en el martillo, un clavo no se deja a medias.

El americano se quedó en la puerta del patio, con el abrigo camel salpicado de nieve, y miró hacia arriba con la misma cara que ponían los clientes de París antes de pedir que quitaran una viga.

—Bonjour —dijo Mathis desde arriba.

—Hola. —Preston carraspeó—. ¿Molesto?

—Depende de lo que vengas a hacer.

Preston no contestó. Cruzó la nave mirando el suelo de piedra, los barriles, el hueco vacío del centro donde iría el árbol, y se paró debajo de las guirnaldas apagadas.

—¿Esto es lo de las luces?

—Doscientos metros.

—¿Cuánto te ha costado el tejado?

Lo preguntó sin pensarlo, por costumbre. Mathis bajó tres peldaños con los ojos en la madera, como bajaba siempre, y desde allí contestó:

—Más de lo que vale y menos de lo que cuesta.

Preston soltó una risa corta por la nariz. Al sacudirse el abrigo se le cayó la ramita de romero. La miró en el suelo y no la recogió.

—Mi mujer me ha dicho que no —dijo.

—Ya lo sé. Lo sabe todo el pueblo.

—¿Ya?

—Elias te ha visto comerte un bretzel con romero en el pelo —dijo Mathis, y dejó el martillo en el peldaño.

Preston se quedó callado. Mathis conocía a esa clase de hombres de sus años en París: los que llegaban a una obra con las manos en los bolsillos del abrigo bueno y, al cabo de cinco minutos, ya estaban diciendo dónde había que poner la grúa.

Este no decía nada. Tenía cara de no haber dormido y de no saber qué hacer con las manos.

—¿Sabes sujetar una escalera? —le preguntó Mathis.

—¿Perdón?

—Al fondo el suelo baja. Si nadie la sujeta, se mueve.

—He organizado galas de quinientas personas con cuarenta camareros.

—No te he preguntado eso.

Preston lo miró un momento. Después se quitó el abrigo, lo dobló sobre una barrica, fue hasta la escalera y la agarró con las dos manos.

Durante los primeros diez minutos dio tres consejos. Que si no sería mejor empezar por el otro lado. Que si los listones no irían más rápido de dos en dos. Que si había pensado en alquilar un andamio. Mathis no contestó a ninguno.

—Sujétala —dijo al tercero—. No me expliques cómo subir.

Preston se calló, y durante un buen rato no volvió a abrir la boca.

Trabajaron casi una hora. En la radio, el acordeón del domingo tocaba valses que nadie bailaba.

Mathis subía y bajaba con la vista clavada en la madera, y cada vez que ponía el pie en el peldaño de abajo, la escalera estaba en el mismo sitio.

El americano la sujetaba bien: con las dos manos, un pie apoyado en la pata y el cuerpo quieto.

Tenía la postura de un hombre acostumbrado a que las cosas se caigan si él no está.

En algún momento, Preston le preguntó por la lámpara. Estaba en el suelo, en una esquina, sobre una manta, con los brazos de latón doblados y la mitad de los cristales envueltos en papel de periódico.

—Es de 1890 —dijo Mathis desde arriba—. La estoy limpiando pieza a pieza.

—¿Cuántas piezas tiene?

—Trescientas doce.

—¿Y cuánto tardas?

—No lo sé. No las cuento por horas.

Preston no preguntó nada más, pero se quedó mirando la lámpara un buen rato, sin sacar el móvil.

A la una bajó del todo. Sacó el termo, sirvió dos cafés en los vasos de metal abollados y le dio uno a Preston, que se lo bebió de pie, mirando las guirnaldas.

—Holly dice que eras arquitecto.

—Lo era.

—¿Por qué lo dejaste?

—Me pidieron un garaje para once coches.

Preston se lo pensó.

—Tengo un cliente con catorce.

—Ya me imagino.

—No es mal tipo. —Preston dio vueltas al vaso entre las manos—. Solo que nunca sabe cuándo parar.

Mathis no dijo nada. Señaló con la barbilla hacia el techo, donde las guirnaldas colgaban de viga en viga.

—Esto lo quería tu mujer antes de saber si las vigas aguantaban.

Preston levantó la vista hacia las bombillas apagadas y se quedó mirándolas un rato largo.

—Siempre ha dibujado así —dijo al fin—. Primero lo dibuja, y luego mira si aguanta.

—¿Y aguanta?

—Casi siempre. —Dejó el vaso en la barrica, junto al abrigo, y no añadió nada más.

Se puso el abrigo y se lo abrochó hasta arriba. En la puerta se volvió.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no darme ningún consejo.

—No sé dar consejos —dijo Mathis—. Solo sé de tejados.

Preston se quedó un momento con la mano en el portón, mirando la escalera.

—Mi padre era electricista —dijo—. Los sábados le sujetaba yo la escalera. Desde los nueve años hasta los quince. Luego empecé a remar, me dieron una beca y ya no volví a sujetar nada. —Se encogió de hombros—. Se me había olvidado que se me daba bien.

—Se te da bien.