El club de las fugitivas de Navidad Capítulo quince · Una fiesta que no cabe en una hoja de cálculo
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Capítulo quince · Una fiesta que no cabe en una hoja de cálculo

Capítulo quince

Una fiesta que no cabe en una hoja de cálculo

Holly · Genevieve · Mathis

Holly se cambió de jersey cuatro veces antes de ir a buscar a Preston a la estación.

El primero era demasiado de gala. El segundo, demasiado de andar por casa. El tercero, el rojo de Colmar, tenía una mancha de glaseado en la manga que no se iba. El cuarto era el que Grace le había dejado en la silla, gris, de cuello alto, que le quedaba largo de mangas.

—Ese —dijo Grace desde la puerta.

—¿Seguro?

—Pareces tú.

Holly se miró en el espejo del armario. Llevaba el pelo recogido con una de sus horquillas de terciopelo verde, no se había maquillado más que las pestañas y tenía las mejillas coloradas del frío de la mañana. Era verdad: parecía ella, sin el cartel detrás.

Justo eso era lo que le daba miedo.

* * *

Genevieve oyó arrancar la ranchera desde la ventana de su cuarto y no se asomó. Esperó a que el ruido del motor se perdiera calle abajo y bajó a la cocina.

Grace estaba sola, de pie junto al fregadero, secando las tazas del desayuno una por una y colgándolas de sus ganchos con el asa hacia el mismo lado. Había vuelto de la panadería con harina en el abrigo y todavía no se lo había quitado.

Genevieve se sentó a la mesa. Llevaba desde la noche anterior ensayando la frase, y no había una sola versión que empezara bien.

—Grace. Tu marido.

—Llega el lunes. —Grace colgó otra taza—. Ya os lo dije.

—No, eso no. Lo del periódico. —Genevieve cogió una servilleta de papel de la mesa y empezó a doblarla, en cuatro, en ocho—. Hay una cosa que tendría que haberte contado el primer día. Sobre mí. Y sobre por qué anoche me fui a la cama sin cenar.

Grace dejó el paño en la encimera y se volvió, con las manos húmedas. La miró con esa atención entera que ponía en las listas y en los niños de la parroquia, sin ninguna prisa, y Genevieve notó que esta vez la frase iba a salir derecha.

Llamaron a la puerta de atrás. Dos golpes de nudillos grandes.

En la puerta estaba Elias, con nieve hasta los tobillos y un par de guantes de lana gris en la mano.

—Te los has dejado en el obrador —le dijo a Grace, y se los tendió por encima del umbral, sin entrar. Entonces vio a Genevieve—. Pardon. ¿Interrumpo?

—No —dijo Grace, demasiado deprisa.

Lo hizo pasar y le sirvió café sin preguntarle si quería.

Elias se sentó en la silla que cojeaba, con el gorro en las rodillas, y se puso a contar que el carnicero andaba preguntando por todo el pueblo si las americanas iban a repetir lo del pavo.

Grace lo escuchaba de pie, con los guantes en la mano, y buscaba a Genevieve por encima de la taza.

Genevieve hizo que no: luego. La servilleta ya era un cuadradito duro. Se la guardó en el bolsillo de la sudadera, junto al papel de Mathis.

Ese día no hubo luego, ni al siguiente.

* * *

Mathis llevó a Holly a Estrasburgo en la ranchera verde. Se había ofrecido él cuando se enteró de que pensaba ir en autobús, con dos transbordos, «para que no se note que estoy nerviosa».

Fueron callados la mitad del camino, con acordeón en la radio y Holly retorciendo las asas del bolso.

—¿Cuánto tiempo lleváis casados? —preguntó Mathis en una recta entre viñedos.

—Veintidós años.

Mathis silbó bajito.

—Mis padres llevaban cuarenta cuando mi padre se fue al sur. Mi madre se fue con él. Decía que después de cuarenta años ya no sabía si le quería o si simplemente sabía dónde estaba todo en su cabeza, como en una cocina. Y que eso, a su edad, era más o menos lo mismo.

A Holly se le escapó un resoplido de risa.

—Eso es muy triste o muy bonito.

—Eso le dije yo. Ella dijo que las dos cosas. —Mathis apartó un instante los ojos de la carretera—. Tú no tienes cara de saber dónde está todo en la cabeza de tu marido.

—No —admitió Holly—. Ahora mismo no sé ni dónde está todo en la mía.

Mathis asintió, muy conforme, y subió el volumen del acordeón.

Dos curvas más allá, lo bajó.

—¿Geneviève está bien? —preguntó, con los ojos en la carretera.

—¿Por qué no iba a estarlo?

—Por nada. —Dejó pasar un poste, dos—. No ha vuelto por la bodega.

Holly lo observó. Mathis tenía la mandíbula de alguien que se arrepiente de una pregunta en cuanto la hace. Holly no dijo nada, pero lo apuntó.

Antes de que Holly bajara del coche, delante de la estación, Mathis sacó del bolsillo del abrigo un papel doblado en cuatro y se lo tendió con los ojos en el parabrisas.

—Para Geneviève. Si no te importa.

Holly lo guardó en el bolso como si fuera un documento oficial y en el andén lo desdobló. Ponía, a lápiz, en letras de imprenta pequeñas: «Cinco.» No entendió nada y se emocionó igual.

* * *

Preston bajó del tren con un abrigo de color camel, otro abrigo, azul y de botones grandes, doblado sobre el brazo, una maleta de ruedas de aluminio y unos zapatos italianos que no habían visto la nieve en su vida.

Holly lo vio antes de que él la viera, plantado en mitad del andén, con el móvil en la mano y sin mirarlo, buscándola por encima de la gente, como en las galas cuando ella se alejaba hacia el guardarropa.

Alto, con la misma espalda que a los veinte.

Lo veía cada mañana desde hacía media vida y, en un andén de Estrasburgo, le pareció un desconocido que conocía muy bien.

Hasta que él la vio.

Le cambió la cara.

Fue un destello que le cruzó los ojos sin avisar, antes de que la sonrisa de gala se colocara en su sitio. Holly no supo qué era, pero lo vio: Preston la había mirado como se mira algo que no se esperaba encontrar.

—Holls —dijo, llegando hasta ella. Le dio un beso en la mejilla. Olía a avión y a su colonia de siempre—. Estás… —Se detuvo—. ¿Ese jersey es tuyo?

—Es de Grace.

—Ah. —Preston la recorrió de arriba abajo—. Te queda bien.

Holly parpadeó. No recordaba la última vez que le había oído decir eso de una cosa elegida por ella. Bueno, que había elegido Grace. Daba igual.

—Gracias —dijo.

En el aparcamiento, Preston dio tres pasos sobre la acera helada con sus zapatos italianos, braceó como un patinador en la final olímpica y se quedó en pie de puro milagro, agarrado a la maleta.

Mathis, apoyado en la ranchera, se aguantó la risa con mucha dignidad.

—Bienvenue en Alsace —dijo.

* * *

La Maison Ehrhart recibió a Preston con el gato del vecino sentado en el escalón, mirándolo como un portero de discoteca.

Preston miró al gato. El gato miró a Preston. Ninguno de los dos se apartó.

—No es nuestro —explicó Holly—. Es del vecino. Pero entra cuando quiere. Y lo cuenta todo.

—¿Que lo cuenta todo?

—Es una cosa de aquí.

Grace y Genevieve lo recibieron en el salón, junto a la estufa verde.

Grace le dio la mano, muy formal. Genevieve se la dio mirándolo a los ojos: estaba comprobando si aquel hombre la reconocía.

No la reconoció. Preston no había visto un vídeo de Instagram en su vida que no fuera de un cliente.

A cambio, sacó de la maleta dos cajas de bombones de Beacon Hill, una para cada una.

Preston no llegaba nunca a ninguna parte con las manos vacías.

Preston dio una vuelta por el salón mirando las vigas, la estufa, el suelo de piedra, y Holly lo vio calcular.

—¿Cuánto pagáis por esto? —preguntó.

—Preston.

—Es curiosidad profesional.

—Es de mala educación —dijo Grace.

A Preston le sorprendió; no estaba acostumbrado a que se lo dijeran. Y, para asombro de Holly, se rió.

—Tienes razón —dijo—. Perdón. Viejas costumbres.

Se acercó a la estufa, donde estaban ellas, y se frotó las manos.

—Holly me ha dicho que tenéis normas.

—Cuatro —dijo Grace.

—¿Y los maridos entran en alguna?

—No —dijo Genevieve—. Eres consorte.

Preston se lo pensó, muy serio, como quien revisa una cláusula.

—¿Los consortes votan?

—No —dijeron las tres.

* * *

Esa noche, después de tres semanas, Holly volvió a dormir con su marido.

La cama de su habitación era antigua, más estrecha que la de Boston, y crujía cada vez que alguien se movía. Preston se metió con su pijama de rayas de siempre y se tumbó boca arriba, muy quieto, con las manos sobre el pecho, como una estatua yacente. Holly se metió en su lado.

La cama crujió. Los dos siguieron quietos.

Era absurdo. Llevaban veintidós años durmiendo juntos. Pero en Boston la cama era tan grande que se podía dormir toda la noche sin rozarse, y en esta, si uno de los dos se movía un centímetro, el otro lo notaba.

Preston se movió un centímetro. Holly lo notó.

—Tienes purpurina en las manos —dijo él en la oscuridad.

Holly se miró las manos, aunque no se veía nada.

—Es de los adornos del árbol. No se va.

—Ah.

La calefacción carraspeó en las tuberías, como cada noche.

—Buenas noches, Holls.

—Buenas noches.

No pasó nada más. Pero Holly tardó mucho en dormirse, escuchando la respiración de su marido a diez centímetros, y por el ritmo supo que él tampoco dormía.

* * *

El domingo por la mañana, Preston encontró la libreta.

Holly la había dejado en la mesa de la cocina, abierta por la página del presupuesto. Él se había levantado antes que nadie, con el reloj todavía en Boston, no había conseguido entender la cafetera italiana y, mientras esperaba a que alguien le enseñara, se había puesto a leer.

Cuando Holly bajó a las ocho, Preston estaba inclinado sobre la libreta, abierta por el dibujo de la bodega con las luces bajando de las vigas, pasando el dedo por los rayos de rotulador verde con la misma cara del andén.

Al oírla alzó los ojos, y se le puso la cara que ponía cuando un cliente le presentaba unas cuentas mal hechas.

Holly no supo qué hacer con la primera, así que se quedó con la segunda.

—Holls. Siéntate.

Holly se sentó.

Preston giró la libreta hacia ella y señaló las dos columnas de su letra redonda, con rotuladores de colores y algún dibujito de estrella.