Capítulo catorce · Dos Papás Noeles son multitud
Capítulo catorce
Dos Papás Noeles son multitud
Grace
El cura se curó el jueves.
Grace se enteró el viernes por la mañana en la panadería: el padre Bernard había vuelto a decir misa, estaba como nuevo y había preguntado por su traje.
—Por su traje —repitió Grace.
—Es suyo. Lo trajo él. Es el único que le cabe.
Grace pensó en el traje, colgado en la puerta de su armario, y en que esa tarde había mercado en la plaza y había prometido a los niños de Lindenwiller que Papá Noel estaría allí.
Pensó, con una punzada absolutamente impropia de una mujer de cuarenta años, que no quería devolverlo.
—Claro —dijo—. Se lo llevo esta tarde.
* * *
No hizo falta. A las cuatro, cuando llegó a la plaza con el traje en una bolsa, el padre Bernard ya estaba allí, vestido de Papá Noel con otro traje, prestado por el párroco de Kaysersberg, que le dejaba los tobillos al aire.
Era un hombre redondo, con unas cejas blancas tan pobladas que no necesitaban postizos, y esperaba junto al abeto con un saco de caramelos.
Alrededor, la plaza olía ya a mercado. Las seis casetas tenían las luces encendidas aunque todavía no había anochecido del todo, y la de la campaña seguía vestida con las galletas del taller, algo más gastadas que el domingo.
El primo de Elias removía el vino caliente en una olla de cobre del tamaño de una bañera.
Había niños con gorros de lana, abuelos con bufandas hasta la nariz y un perro con un jersey de rombos que alguien había tejido a mano y que iba recibiendo caricias de caseta en caseta.
Los niños pasaban de largo.
No todos. Los pequeños del pueblo cogían un caramelo y se iban. Pero los de Lindenwiller, que habían venido en el autobús escolar con la maestra de las trenzas, se quedaron en un grupo en la esquina, cuchicheando, buscando a alguien con los ojos.
Al final, el niño de las gafas que se había caído de la silla de la risa vio a Grace con la bolsa.
Abrió mucho los ojos y tiró de la manga a otro. En diez segundos, cuarenta niños estaban señalando la bolsa.
—C'est elle! —gritó el de las gafas—. C'est la Mère Noël qui tombe!
Es ella. Es la Mamá Noel que se cae.
El padre Bernard miró a los niños, la bolsa y por último a Grace, que se puso colorada como una niña pillada con la mano en el bote de las galletas.
—Je suis désolée, mon père —empezó—. Je venais vous rendre le costume, je…
El cura levantó una mano enorme dentro de un guante blanco.
—Mettez-le —dijo.
Póntelo.
—¿Perdón?
—Póntelo. —Y añadió, en un inglés de colegio de los años sesenta, silabeando, con un brillo travieso debajo de las cejas blancas—: Dios tiene sentido del humor. Yo también. Pero no te caigas encima de mí, que tengo setenta y un años.
* * *
Fue el duelo más absurdo de la historia de Sternheim.
A las cuatro y veinte, dos Papás Noeles se instalaron a ambos lados del abeto: uno redondo, con el pantalón a media pierna, y otro alto, con el moño saliéndole por debajo del gorro y un ruido de campanilla a cada paso. Cada uno tuvo su cola.
A las cuatro y media, viendo que la cola de Grace era tres veces más larga que la suya, el padre Bernard jugó sucio: se tropezó a propósito, con una teatralidad de cine mudo, braceando, agarrándose al abeto, que le soltó una lluvia de nieve en la cabeza.
Su cola estalló en carcajadas. Varios niños de la de Grace se cambiaron de bando.
El cura se sacudió la nieve y le guiñó un ojo a Grace.
Grace entendió que aquello era la guerra.
Dio un paso, solemne, y los cascabeles sonaron. Con la cara completamente seria detrás de la barba, empezó a andar en círculo alrededor del abeto haciéndolos sonar a propósito: un paso largo, un paso corto, un saltito, como una procesión de un solo Papá Noel con banda de música incorporada.
Los niños la siguieron, primero dos, después todos, incluidos los del cura, imitando el paso largo, el paso corto y el saltito, mientras los padres se morían de risa con sus vasos de vino caliente.
El padre Bernard aguantó cinco segundos antes de ponerse al final de la fila.
A la tercera vuelta, el cura pisó la raíz helada del abeto que Grace acababa de saltar.
Esta vez no era teatro. Grace lo vio irse hacia delante, setenta y un años y un cojín, y se dio la vuelta para sujetarlo.
Lo sujetó medio segundo. Acabaron los dos en la nieve, ella debajo y él encima, con las barbas torcidas, mientras cuarenta niños los rodeaban gritando de felicidad.
—Je vous avais interdit de me tomber dessus —dijo el cura, sin moverse—. Pas le contraire.
Te prohibí caerte encima de mí. Lo contrario, no.
—Has sido tú el que se ha caído encima de mí, padre.
El padre Bernard soltó una carcajada que le sacudía el cojín y, de paso, a Grace. Desde la caseta del chocolate, Elias lo grababa todo con el móvil («para que te veas», le diría después). Pero no miraba la pantalla. Miraba a Grace.
* * *
El móvil le vibró dentro del traje a las seis, mientras ayudaba a recoger la caseta.
Se lo sacó con los guantes blancos puestos. Era Trent, y era un mensaje largo para ser de Trent.
«Grace. He estado pensando mucho en la foto que me mandaste. En ti allí. Creo que no te he hecho caso en mucho tiempo y lo siento. He cancelado lo de Aspen. Voy a verte. Llego el lunes 21. Te echo de menos.»
Grace lo leyó tres veces, con la barba colgándole de una oreja.
Lo primero fue un golpe caliente en el pecho: Trent nunca cancelaba nada, Trent nunca pedía perdón. Detrás llegó un miedo pequeño y sensato que conocía bien. Y detrás de eso, la sensación de que la puerta que llevaba tres semanas abriéndose dentro de ella acababa de pararse a medio abrir.
Guardó el móvil y siguió recogiendo. No notó que estaba sonriendo hasta que Elias le preguntó qué pasaba.
* * *
La acompañó a casa, como hacía desde el martes: cuatro minutos cuesta arriba, entre las casas de colores con las ventanas encendidas. Nevaba fino, de esa nieve que flota más que cae.
—Mi marido viene a verme —dijo Grace a mitad de la cuesta, mirando al frente—. El lunes. Ha cancelado un viaje importante para venir.
Elias dio cuatro o cinco pasos en silencio, con las manos en los bolsillos, mirando la nieve.
—Me alegro por ti, Grace.
Nunca la había llamado por su nombre. Desde la primera mañana había sido madame Whitmore, incluso con las manos de los dos en la misma masa.
Lo decía en serio, y por eso tardó tanto en decirlo.
Llegaron a la puerta. El romero tenía nieve nueva encima. Elias se paró a un metro, como siempre.
—Bonne nuit, Grace.
—Bonne nuit, Elias.
Lo vio bajar la cuesta, grande, sin prisa, hasta que dobló la esquina de la panadería.
Grace entró en casa con la barba colgando de los dedos, contenta y triste, sin ganas de averiguar cuál de las dos cosas iba ganando.
* * *
En la cena, Holly, nerviosa por la llegada de Preston, había hecho tres listas para recibirlo y las había tachado las tres.
Genevieve llevaba dos días saliendo de casa por la puerta de la cocina para no pasar por delante del portalón.
Esa tarde, en el mercado, Mathis había pedido un vaso de chocolate sin mirarla y le había dejado las monedas justas en el mostrador, encima de una servilleta doblada.
Ella le había dicho «bonne soirée» como a todo el mundo, y después se había quemado la muñeca con el cazo.
—Trent también viene —dijo Grace, sirviendo la sopa—. El lunes.
Holly dejó caer la cuchara.
—¿De verdad? ¡Grace! ¿Y cómo…? ¿Qué te ha dicho?
—Que me echa de menos. —Grace removió la sopa—. Que ha cancelado lo de Aspen.
Holly se llevó las dos manos al pecho.
—Eso es precioso.
Genevieve, al otro lado de la mesa, sonrió con la boca. Partía el pan en trozos muy pequeños, uno detrás de otro, sin comérselos.
—¿A qué se dedica? —preguntó, por decir algo—. Tu marido. Nunca nos lo has contado.
—Es periodista —dijo Grace—. Escribe sobre famosos. Cotilleos, básicamente, aunque él lo llama de otra manera. Tiene una columna en un periódico digital de Boston.
El trozo de pan se quedó quieto en la mano de Genevieve.
—¿De Boston? —preguntó, con una voz demasiado tranquila.
—De Boston. ¿Por qué?
—Por nada.
Genevieve dejó el pan en el plato y se levantó con mucho cuidado.
—Perdonad. Estoy un poco… Me voy a acostar. Me duele la cabeza.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó Holly.
—Sí. Cansada. Las cestas.
Subió la escalera sin hacer ruido.
Grace se quedó mirando el hueco de la escalera. Genevieve estaba rara desde el miércoles; a lo mejor era por Mathis.
No se le ocurrió, ni por un segundo, pensar en su marido.
Arriba se cerró una puerta, muy despacio, como se cierran las puertas cuando alguien no quiere que se oiga.
* * *
A las once y media llamaron a la puerta de Grace. Dos golpes y un tercero más flojo, como una disculpa.
Holly, con un pijama de franela con renos.
—No puedo dormir —dijo—. Preston llega mañana y he tachado tres listas. ¿Queda kugelhopf?
Quedaba. Elias se había negado a cobrárselo esa mañana, y Grace, que le había dejado el dinero en el mostrador, se lo había encontrado después en el bolsillo del abrigo.
—Lo he robado —resumió Grace.
—Santa Grace —dijo Holly, con devoción.
Holly fue a buscar a Genevieve. «Duende, sé que estás despierta, se te ve el móvil por debajo de la puerta.» Al final, la puerta se abrió.
Acabaron las tres en la cama de Holly, que era la más grande, aunque eso no era decir mucho: Holly en el medio, Grace a la izquierda con el kugelhopf en un plato sobre las rodillas, Genevieve a la derecha, con los pies helados, la capucha puesta y los ojos hinchados. Grace cortó tres trozos sin decir nada.
—Bueno —dijo Holly con la boca llena—. Empieza tú, Duende.
—¿Por qué yo?
—Porque llevas dos días saliendo por la puerta de la cocina, y la puerta de la cocina da a los cubos de basura.
Genevieve miró las vigas a oscuras. Tardó tanto que Grace creyó que no iba a contestar.
—Lo besé —dijo—. O me besó. Y me fui.
Holly ahogó un chillido en la almohada.
—¿Y?
—Y nada. Esa es la historia entera.
—Eso no es una historia. Es un tráiler.
Grace dejó el plato, se limpió los dedos, sacó la libreta del cajón de la mesilla y buscó la hoja de atrás. Se la pasó a Genevieve con el dedo al pie de la hoja.
Genevieve tuvo que acercársela a la nariz. Holly se le echó encima para leer.
«4. Quien vuelva con polvo en el pelo, lo explica.»
—¿Desde cuándo está esto aquí? —preguntó Genevieve.
—Desde el martes de la bodega. Volviste con una telaraña en el hombro. Te he concedido un plazo razonable.
—Es una norma retroactiva.
—Las buenas suelen serlo.
—¡Está en letra pequeña! —Holly se reía tanto que la cama crujía—. ¡Como en los contratos!
—Quedaba poco sitio —dijo Grace.
Genevieve releyó la norma. Cerró la libreta, se la devolvió y se bajó la capucha hasta las cejas.
—Me fui porque él no sabe quién soy —dijo hacia la colcha, tan bajo que Holly dejó de reírse—. Y no puedo explicar más. Todavía no.
Grace conocía los «todavía no». Tenía unos cuantos.
—Con eso basta —dijo—. La norma dice que lo explica. No dice cuánto.
Holly se recostó contra Genevieve y estuvo callada un buen rato.
—Yo no me acuerdo de mi último beso de verdad —dijo de pronto—. De verdad, digo. No de los de «hasta luego» en la puerta. Lo he intentado esta tarde, entre lista y lista. Me acuerdo del menú de la gala de primavera de hace cuatro años, plato por plato. Del beso, no.
—Pues mañana tienes andén —dijo Genevieve—. Y tren de las once y cuarto. Hay películas enteras con menos.
—Con uno de mis jerséis de abuela —dijo Holly, sorbiendo por la nariz—. Y sin maquillar.
—¿Y tú? —le preguntó Genevieve a Grace.
—¿Yo qué?
—Te toca. Holly ha confesado y yo he cumplido la norma.
A Grace se le ocurrió decir que no tenía nada que contar.
—A mí nadie me pregunta qué tal el día —dijo en cambio, y le sorprendió oírlo—. Llevo veinte años contando los días de los demás. Los juguetes, la parroquia, las cenas de Trent. No me estoy quejando. Solo que conste.
Holly se incorporó, de rodillas en el colchón, con migas de kugelhopf en los renos.
—¿Qué tal tu día, Grace?
Genevieve se quitó la capucha.
—Eso. ¿Qué tal tu día?
Grace miró a una y luego a otra. Lo que se decía era «bien».
—He hecho once bretzels —dijo—. Solo dos parecían corazones aplastados. Un cura de setenta y un años se me ha caído encima. Y Elias me ha llamado Grace.
—¿Te ha llamado Grace? —repitió Holly, muy despacio.
—Es mi nombre.
—¿Y qué más?
—Nada más. Me ha acompañado hasta la puerta y se ha parado a un metro. Como siempre.
—Panadero que no pasa del romero —dijo Genevieve—. Nueve y medio.
—Mínimo —dijo Holly.
—Ya sé lo que estáis puntuando —dijo Grace, escondiéndose detrás del plato vacío—. Dejad de hacerlo.
Holly levantó su trozo de kugelhopf como una copa de gala.
—Por el club.
Genevieve levantó el suyo. Grace suspiró y levantó el tercero. Chocaron con un ruido blando y una lluvia de azúcar cayó sobre el edredón.
—Por enésima vez: no somos un club —dijo Grace.
—Claro que no —dijo Holly, y se quedó dormida antes de terminarse el trozo.
Genevieve sacó del bolsillo de la sudadera una servilleta de papel de la caseta del chocolate, doblada en cuatro, y la alisó sobre la rodilla. Tenía una sola palabra, en letras de imprenta, pequeñas, de arquitecto, escrita con lápiz de carpintero.
«Seis.»
—Estaba debajo de las monedas —susurró—. Esta tarde. Es el primero desde la noche de las luces.
—Seis días para la fiesta —dijo Grace.
—O para otra cosa.
Genevieve volvió a doblar la servilleta y se la guardó. Se durmió allí mismo, hecha un ovillo, y Grace siguió despierta un rato, con el azúcar pegado a los dedos y dos personas respirando a su lado que le habían preguntado qué tal el día.
Antes de irse a la panadería, Grace dejó su jersey gris doblado sobre la silla de Holly, con una tarjeta de cartulina encima y su letra recta: «Para el andén. Va a nevar».