Capítulo trece · El hombre que tenía miedo a las alturas #2
Dejaron el portalón abierto y las luces encendidas.
Pasada la última casa salía un camino de tierra que subía entre las viñas de Mathis, y la ranchera lo subió en primera, culeando en cada curva, con la calefacción rugiendo sin calentar nada y una canción de amor en alemán en la radio que nadie se molestó en quitar.
Arriba del todo, donde se acababan las cepas, había una cruz de piedra vieja, torcida, con un tejadillo de nieve encima. Mathis paró a su lado y apagó el motor. La radio se apagó con él y de repente no quedó nada, ni un ruido.
Bajaron. Hacía un frío que se metía por los dientes.
Abajo, el valle entero estaba a oscuras, con dos o tres ventanas encendidas en cada pueblo.
Al final de Sternheim, muy pequeño, el portalón de la bodega abierto de par en par, derramando luz dorada sobre la nieve del patio como si alguien hubiera dejado caer una vela.
—Se ve —dijo Genevieve.
—Se ve.
Ella tenía las manos hundidas en los bolsillos y no podía apartar los ojos de aquel punto de luz, que habían hecho ellos dos con doscientos metros de cable y una escalera que se movía.
Notaba a Mathis a su lado sin mirarlo, igual que había notado su tobillo toda la noche, y sabía que él tampoco estaba mirando el valle.
—Geneviève —dijo él—. Esta mañana, en el coche, te he dicho que no te iba a preguntar nada.
—Me acuerdo.
—Y no te lo voy a preguntar. —Seguía mirando el punto de luz—. Pero no quiero que pienses que es porque me da igual. Así que te voy a contar yo una cosa. No tienes que darme nada a cambio.
Genevieve esperó. Él tardó.
—Lo del garaje es verdad. Los once coches.
Pero no me fui de París por eso. —Se metió las manos en los bolsillos—.
Me fui por un andamio. Una fachada en el distrito quince, cuarenta metros.
Subí a revisar una junta, como había subido cien veces, y en el piso doce miré abajo y no me pude mover.
Ni un dedo. Cuarenta minutos agarrado a una barra, con los obreros fumando abajo y gritándome que bajara.
Me bajó un chico de veinte años, de la mano. Como a un niño.
Se le quedó el aliento blanco delante de la boca.
—Al día siguiente dejé el estudio. Conté lo del garaje. Es mejor historia.
—¿Y tu padre?
—Mi padre cree que fue por el garaje. No lo sabe nadie. Ni Clémence, que lo sabe todo.
Genevieve miró la bodega allá abajo, el tejado que él llevaba semanas abriendo y cerrando, teja a teja, con sus manos.
—Pero si te pasas el día ahí arriba.
—Despacio —dijo él—. Muy despacio. Y sin mirar abajo.
Genevieve no dijo nada. Le volvió a las palmas el calcetín de lana, el hueso del tobillo bajo los dedos, la lentitud con que él había ido colgando bombillas a lo largo de una viga que no la necesitaba.
Se volvió hacia él, y él ya estaba ahí. Lo besó, o la besó él, con una prisa que no se parecía en nada a la paciencia con que colgaba las bombillas, como si llevaran semanas conteniéndose y a los dos se les hubiera acabado de golpe.
Mathis la sujetó por los brazos, por encima del abrigo, y ella lo agarró del jersey para que no se fuera a ninguna parte.
Sabía a frío y a café de termo. A la espalda tenía la piedra helada de la cruz, delante lo tenía a él y, debajo, todo el valle a oscuras.
El cascabel del gorro, que no se había quitado en toda la noche, sonó una vez, ridículo, y Mathis sonrió contra su boca sin dejar de besarla.
Y en mitad del beso, Genevieve pensó: no sabe quién soy.
Él estaba besando a Genevieve, la de la escoba, la de la ensalada, la de la canción inventada.
Una chica nacida hacía seis semanas en un formulario.
Detrás estaba Vivi, con sus seis millones de seguidores, sus contratos y su foto del árbol en Ojai.
Él acababa de darle lo único que no tenía nadie.
Ella ni siquiera le había dicho quién era.
Se apartó.
—No puedo —dijo, casi sin voz.
Mathis no se movió. La soltó.
No preguntó por qué. Genevieve esperó que lo preguntara, casi lo deseó, para tener que explicarlo. No lo hizo. Asintió una vez, tranquilo, como quien acepta una helada en abril.
—D'accord —dijo.
Y, porque era él, miró hacia el valle, hacia el portalón abierto allá abajo, y añadió:
—Pero las luces se quedan.
Genevieve se rió con los ojos húmedos, una risa rota, a medias, pero risa.
—Las luces se quedan.
Bajó andando por el camino de las viñas sin mirar atrás, porque si miraba atrás no iba a poder seguir. Al cabo de un rato oyó arrancar la ranchera. Mathis no intentó alcanzarla: la siguió de lejos, con los faros alumbrándole el camino, hasta las primeras casas del pueblo.
* * *
Mathis dejó que se adelantara cien metros antes de quitar el freno de mano.
La ranchera bajaba mejor que subía. En primera, con el pie en el freno y las luces cortas, el camino de las viñas era una cinta blanca que se torcía cada treinta metros, y en mitad de la cinta iba ella, con el gorro de cascabel y las manos en los bolsillos, sin volverse.
Si se acercaba demasiado, la alcanzaba. Si se quedaba atrás, a ella se le quedaba el camino a oscuras.
Había una distancia justa y la buscó como buscaba el nivel de una viga, a golpecitos.
La radio seguía apagada. No la encendió. Lo del andamio no se lo había contado ni a su padre, y acababa de soltárselo a ella en lo alto de una colina, sin pedirle nada. Lo raro era que no se arrepentía.
Algunas cosas las sospechaba. Que la mujer de la novena granja quizá no se había confundido: algo había visto en la cara de Geneviève antes de que dijera «non», ese medio segundo en que alguien decide si va a mentir.
Que Vivi podía ser ella, y que la hermana de aquella mujer veía sus vídeos.
Clémence lo sabría en diez segundos, con el móvil.
Bastaba con preguntarle. No le iba a preguntar.
Tampoco iba a buscarlo él. No quería saberlo.
Lo que sí sabía era que ella había dicho «no puedo». Ni «no quiero» ni «no debería», que es lo que dice la gente cuando espera que la convenzan. «No puedo», como quien explica que una puerta está cerrada con llave y que la llave no la tiene ella.
Lo demás no lo sabía. De qué huía, de quién, hasta cuándo. Si alguien la esperaba en otra parte, un hombre, un contrato, una casa con piscina, lo que tuviera la gente de esos sitios. La lista de lo que no sabía era bastante más larga que la otra, y le importaba menos de lo que habría debido.
En la última curva, antes del asfalto, ella resbaló. No llegó a caerse: abrió los brazos, recuperó el equilibrio y siguió andando, y el cascabel sonó dos veces. Mathis tenía la mano en la manilla de la puerta antes de darse cuenta. La soltó.
Su padre decía que la madera que ha cogido agua no se fuerza.
Se deja junto a la estufa y se espera, y el que tiene prisa y aprieta la junta antes de tiempo la ve reventar en marzo, cuando ya nadie se acuerda de por qué.
Su padre decía muchas cosas de la madera que no eran de la madera.
Mathis siempre había hecho como que no se daba cuenta.
Esperar, entonces. Eso sabía hacerlo; era viticultor.
Pero esperar callado tenía un problema. Si no decía nada, ella pensaría que se había ofendido, o peor, que se le había pasado. Y si decía algo, cualquier cosa, se le iba a notar todo lo demás.
Contó con los dedos sobre el volante. Ocho días para la fiesta. Ese día ella tendría que bajar a la bodega por fuerza, por Holly, por los niños, por las luces que se quedaban. Ocho. Un número no pregunta nada ni le pide nada a nadie. Un número se puede dejar debajo de unas monedas.
Ella llegó a las primeras casas y, en la esquina de la Maison Ehrhart, se volvió por fin. Detrás de los faros no podía verle la cara. Levantó una mano, a medias, y entró.
Mathis apagó las luces. Se quedó un rato con el motor en marcha, mirando el romero de la puerta. Dio la vuelta sin acelerar y volvió a la bodega, que seguía encendida.
* * *
En su habitación, con la luz apagada, Genevieve encendió el móvil por primera vez en tres días.
Tenía sesenta y dos mensajes de Dana. Leyó solo el último, de esa misma tarde.
«Cielo, no te quiero agobiar. Solo para que lo sepas: ha llamado a la agencia un columnista de Boston preguntando si estás en Europa. Le he dicho que no. Pero ha insistido mucho. Llámame cuando puedas. Te quiero. D.»
Genevieve volvió a leerlo.
Un columnista de Boston.
No le dio importancia. Boston era enorme, y ni Holly ni Grace publicaban nada en redes. Apagó el móvil y se tapó con el edredón hasta la nariz.
Tardó mucho en dormirse. Cada vez que cerraba los ojos, veía allá abajo, en mitad del valle a oscuras, la luz de la bodega, y volvía a oír, muy bajito, el cascabel.