Capítulo trece · El hombre que tenía miedo a las alturas
Capítulo trece
El hombre que tenía miedo a las alturas
Genevieve · Mathis
El miércoles tocaba repartir las cestas de las granjas.
Eran once, en las casas más apartadas del valle, adonde no llegaba el autobús.
Elias las había preparado la noche anterior: patatas, harina, chocolate, una lata de foie gras por cesta porque en Alsacia sin foie gras no era Navidad y, en paquetes de papel de estraza, el regalo de los niños de cada casa según sus cartas.
Hacía falta un coche grande, y lo único en el pueblo con maletero de verdad que no fuera un tractor era la ranchera verde de Mathis. Faltaba también alguien que fuera con él a cargar y descargar.
—Genevieve —dijo Holly en el desayuno, con la nariz metida en la libreta.
—¿Por qué yo?
—Porque Grace tiene el taller de tarjetas con los mayores, yo tengo que llamar al ayuntamiento por lo de las mesas y tú —Holly alzó los ojos con cara de no haber roto un plato en su vida— tienes las manos libres.
Grace bebió café y no dijo nada, con mucha intención.
* * *
La ranchera verde olía a perro, aunque Mathis no tenía perro. La radio solo cogía una emisora, y a las diez de la mañana esa emisora ponía canciones francesas de los años sesenta.
—¿No hay otra? —preguntó Genevieve en la segunda curva.
—Hay silencio.
—Prefiero la radio.
—Yo también.
Sonaba una canción de una mujer con voz de niña que repetía una palabra que Genevieve no conocía. A la tercera vez, sin darse cuenta, la estaba tarareando. A la cuarta, la estaba cantando, mal, inventándose la letra, con un acento que habría hecho llorar a su abuela.
Mathis no comentó la actuación. Pero se le escapó una mirada de reojo, y Genevieve, en lugar de callarse, cantó más alto.
En Los Ángeles había un profesor de canto que le cobraba trescientos dólares la hora para que sus vídeos cantando en el coche parecieran espontáneos. Esta vez lo hacía fatal y le daba exactamente igual.
Las granjas estaban más arriba de lo que Genevieve había imaginado, al final de caminos que la ranchera subía en segunda, entre bosques de abetos con nieve en las ramas bajas.
Casi todas se parecían: una casa de piedra con el tejado muy inclinado, un establo pegado, un montón de leña cubierto con una lona y, colgada de la puerta, una rama de acebo.
Por las puertas abiertas de los establos salía un vaho caliente que olía a vaca y a heno.
Desde arriba, el valle era una sábana blanca con costuras de piedra, y los pueblos se veían tan pequeños y tan quietos que parecían de una maqueta.
* * *
Repartieron las once cestas en cinco horas. En las granjas había perros que ladraban, gallinas sueltas en la nieve, abuelos que les ofrecían aguardiente a las once de la mañana y niños en pijama que salían a mirar a la chica americana del gorro de cascabel.
Mathis hablaba con todos en alsaciano, que no era francés ni alemán sino algo intermedio, áspero y cariñoso.
Genevieve no entendía nada, pero aprendió a cargar las cestas de dos en dos, a apoyarlas en la cadera para abrir las verjas y a decir «Frohi Wihnachte», que según Mathis era «feliz Navidad» y según el primer granjero que la oyó, a juzgar por la risa, era otra cosa.
—¿Qué he dicho?
—Feliz Navidad —dijo Mathis, muy serio—. Con mucho acento.
—¿Cuánto acento?
—El suficiente para que ese hombre se lo cuente a su mujer esta noche.
En la novena casa pasó lo de la madre.
La granja era de piedra, al final de un camino de tierra helada, con un tractor viejo en la puerta y una corona de ramas en la ventana.
Salió a abrir una mujer joven, de unos veinticinco años, con un bebé en brazos y un niño de tres agarrado a la pierna.
Le dio las gracias a Mathis en alsaciano y sus ojos pasaron a Genevieve.
A la mujer se le iluminó la cara.
Genevieve conocía esa cara: la de alguien que te reconoce.
—Excusez-moi… —dijo la mujer, insegura—. Vous êtes… Vivi? Vivi, la… d'Instagram?
A Genevieve se le agarrotaron los dedos en el asa de la cesta.
La mujer sonreía sin gritar, una madre cansada en un camino helado, emocionada y colorada. Se cambió al bebé de brazo y sacó un móvil viejo del bolsillo del delantal.
—Ma sœur… ma sœur vous adore. Elle regarde toutes vos vidéos. Une photo, s'il vous plaît? Juste une. Pour ma sœur. Elle ne va jamais me croire.
Una foto para su hermana. Genevieve se había hecho diez mil fotos con desconocidos en seis años, en aeropuertos, en baños de restaurantes, en la cola de la farmacia con gripe.
Pero si se hacía esa foto, la foto existiría. La hermana la subiría, alguien la vería y, tarde o temprano, alguien preguntaría dónde.
—Non —dijo, demasiado seco, demasiado alto—. Non, je suis… je ne suis pas… Je m'appelle Genevieve.
La mujer bajó el móvil. La sonrisa se le quedó a medias, desconcertada y avergonzada, como quien ha saludado a alguien por la calle y resulta que no lo conocía.
—Pardon —dijo—. Pardon. Vous lui ressemblez beaucoup.
Es clavadita a ella.
Genevieve dejó la cesta en el umbral, con más prisa de la necesaria, y volvió al coche casi corriendo.
Mathis se despidió de la mujer con un par de palabras amables, le revolvió el pelo al niño y volvió al coche.
Arrancó sin decir una palabra.
* * *
Durante diez minutos solo sonó la radio, un hombre que cantaba en tono de disculpa. Genevieve iba mirando por la ventanilla, abrazada a sí misma y con la cara ardiendo. Había sido grosera con una madre cansada. Y volvería a hacerlo.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó sin mirarlo—. La mujer. Al final.
—Que se había confundido. Que te pareces mucho a una chica de internet.
—Ah.
Otro silencio. El coche cogió un bache. El cascabel del gorro tintineó.
—No tienes que contarme nada —dijo Mathis.
Genevieve se giró. Mathis miraba la carretera, con las manos en el volante, y en su voz no había curiosidad ni ninguna pregunta escondida detrás.
—No te he preguntado nada —añadió—. Ni te voy a preguntar.
—¿Por qué no?
Mathis se encogió de hombros.
—Porque has venido aquí a que nadie te pregunte. Eso se nota. Y porque esta mañana has cantado una canción de France Gall con la letra inventada y no me has parecido una persona que esconda nada malo. Solo una persona que esconde algo.
Genevieve lo miró. Tuvo la frase entera en la boca.
No la dijo.
Pero se descruzó de brazos.
* * *
Por la noche tocaba colgar las luces.
Era el trato: un árbol de tres metros, no de cuatro, a cambio de luces colgando de las vigas. Mathis había comprado en Colmar doscientos metros de guirnalda de bombillas de luz cálida, y el padre de Théo había dejado puestos los ganchos.
Holly quería estar en todo. Pero a las ocho, cuando Genevieve se ponía el abrigo para ir a la bodega, bostezó de una manera tan exagerada que se le saltaron las lágrimas.
—Uf, qué cansada estoy. Me voy a dormir. Grace, ¿tú también estás cansadísima?
Grace, que no había estado cansada en su vida a las ocho de la tarde, cerró el libro en francés.
—Agotada —dijo, sin expresión.
Genevieve las miró a las dos.
—Sois terribles.
—Buenas noches —dijeron las dos.
* * *
Tardaron dos horas. Mathis subía a la escalera y ella le iba pasando la guirnalda desde abajo, desenredándola metro a metro. Hablaban poco; la radio ponía jazz y fuera nevaba.
Hacia las diez, en la viga del fondo, la escalera se movió. El suelo de piedra tenía allí una pendiente que no se veía, y una pata resbaló un dedo hacia un lado. Genevieve soltó la guirnalda y le agarró el tobillo con las dos manos.
Arriba, Mathis se detuvo, con un gancho en una mano, una bombilla en la otra y los ojos clavados en la viga.
—La escalera se mueve —dijo ella.
—Ya lo veo.
Ninguno de los dos comentó lo demás. Él siguió colgando luces a lo largo de la viga, un gancho tras otro, con una lentitud que la viga no necesitaba, y ella siguió sujetándole el tobillo por encima de la bota, por encima del calcetín de lana, muy concentrada en un punto del suelo donde no había nada.
Cuando él bajó, ella ya estaba otra vez de espaldas, desenredando la guirnalda, con las orejas calientes.
A las diez y media, Mathis fue hasta el cuadro eléctrico de la pared.
—¿Lista?
—Lista.
Bajó la palanca.
La bodega se encendió entera.
No de golpe, sino poco a poco, porque la instalación era vieja, y la luz pareció bajar desde las vigas sobre la piedra, sobre los barriles, sobre el hueco donde iría el árbol, sobre las dos personas de pie en mitad de la nave con la cabeza levantada.
Era exactamente lo que Holly había dibujado en la libreta.
—Oh —fue todo lo que dijo Genevieve.
Ninguno de los dos se movió hasta que, al mismo tiempo, bajaron la cabeza y se encontraron.
Mathis tenía una bombilla fundida en la mano, que no había llegado a colgar. Tenía el pelo lleno de polvo y una mancha de pintura en la mejilla. La miraba como la había mirado al bajar la cámara aquella tarde, sin ninguna prisa por dejar de hacerlo.
Genevieve dio un paso, o quizá fue el suelo, que estaba inclinado. Él dejó la bombilla sobre un barril sin mirar dónde.
Estaban tan cerca que Genevieve olía la madera de su jersey, el polvo de la obra, el frío de fuera. Él levantó una mano y le quitó algo del pelo, una pelusa, un trozo de cable, nada, y la mano se quedó ahí, junto a su sien, sin tocarla del todo.
En la radio se acabó el jazz y un locutor dio la previsión para el Haut-Rhin con voz de funeral: heladas, más nieve, la carretera de los Vosgos cortada desde Orbey. Mathis bajó la mano. Genevieve se acordó de que había que respirar y lo hizo mal, demasiado deprisa, con un hipo de culpable.
—Holly quería que se viera desde las granjas —dijo él, y carraspeó—. Se lo dijo a Elias el primer día. Que la gente de arriba viera la bodega encendida y supiera que la fiesta era aquí.
—¿Y se ve?
—No lo sé. —Recogió las llaves de la ranchera de encima del barril, junto a la bombilla fundida—. Habrá que comprobarlo.
Era una excusa malísima y los dos lo sabían. Genevieve cogió el abrigo de todos modos.