Capítulo doce · Pavo en diciembre y otros milagros
Capítulo doce
Pavo en diciembre y otros milagros
Holly
La idea del pavo fue de Holly, y la culpa también.
—Este año ninguna de las tres ha tenido un Acción de Gracias de verdad —dijo el lunes en el desayuno—. Yo lo tuve a medias, porque la madre de Preston lo adelantó por el crucero. Y Grace, peor.
—Cené un sándwich de pavo sola en la cocina —confirmó Grace—. Trent tenía una cena con su productor.
—¿Ves? Y tú, Genevieve, ¿qué cenaste en Acción de Gracias?
Genevieve se quedó un momento mirando la taza, como quien elige qué versión contar.
—Poca cosa —dijo.
—Pues ya está. —Holly cerró la libreta con un golpe—. Lo repetimos el martes, aquí, e invitamos a Mathis y a Elias. Con pavo, con puré, con salsa de arándanos y con tarta de calabaza.
—En Alsacia no ha visto nadie un arándano rojo en su vida —dijo Grace.
—Mejor. Así nadie sabrá si me sale mal.
—¿Has hecho salsa de arándanos alguna vez?
—He visto hacerla.
Grace y Genevieve se miraron por encima de la mesa. Llevaban dos semanas perfeccionando esa mirada, que significaba «agárrate».
Antes de levantarse, Grace le pidió la libreta, buscó la página de las normas y escribió con su letra recta, en el hueco que había dejado libre entre la norma de las fotos y la de los cascabeles: «2. Nadie cena sola.» Holly lo leyó del revés y, por una vez, no dijo nada.
* * *
El pavo pesaba siete kilos y cuatrocientos gramos. El carnicero preguntó tres veces si estaban seguras, porque en Alsacia el pavo era para Navidad, y al final le preguntó a Grace, en voz baja, si su amiga estaba bien.
El horno de la Maison Ehrhart tenía una ruedecita de temperatura sin números y la costumbre, descubrieron el martes a las tres, de calentar solo por la izquierda. El pavo no cabía. Holly lo intentó de frente, de lado y en diagonal, y a las tres y cuarto escribió en el grupo: (tres campanitas).
Grace llegó de la iglesia en cuatro minutos, sin abrigo: estaba contando las sillas plegables de la sacristía para la fiesta. Genevieve bajó la escalera de dos en dos, descalza. Encontraron a Holly de rodillas delante del horno abierto, abrazada a siete kilos de pavo crudo.
—No cabe —dijo Holly.
Grace soltó el aire por la nariz.
—Tres cascabeles son para emergencias.
—¡Es una emergencia! ¡Viene gente a cenar!
Al final, con una mezcla de desesperación y genio, le quitaron las alas, y el pavo entró en el horno como un ciclista en una curva, ladeado, con una pata pegada a la puerta.
—Tres horas y media —dijo Holly—. Y le vamos dando la vuelta.
—¿Al pavo o al horno? —preguntó Genevieve.
—A los dos, si hace falta.
A las cuatro, el Chismoso apareció en la ventana de la cocina, atraído por el olor.
A las cuatro y diez estaba dentro. A las cuatro y cuarto, Grace lo perseguía por el salón con una escoba mientras el gato, con un ala de pavo cruda en la boca, escapaba escalera arriba, desde donde la miró con desprecio absoluto antes de desaparecer.
La salsa de arándanos, hecha con arándanos congelados del supermercado de la carretera, se quemó dos veces. La tercera, Grace se la quitó a Holly de las manos y la hizo en doce minutos. Quedó perfecta.
Genevieve hizo una ensalada de col rizada con semillas y granada, igual que la que comía tres veces por semana en Los Ángeles. Grace la miró como se mira a un pariente lejano en una boda.
Holly, mientras tanto, con el pavo asándose de lado, preparó la mesa.
Eso sí sabía hacerlo.
* * *
La mesa de la Maison Ehrhart era de roble, marcada por doscientos años de codos. Holly le puso en el centro un camino de ramas de abeto, con las tazas de Colmar convertidas en portavelas y galletas del taller colgadas: un bosque crecido encima del mantel.
Recortó las tarjetas con las tijeras de zigzag, y, con la concentración de veinte años de galas de Preston, decidió dónde se sentaba cada uno.
Grace entró en el comedor a las siete, vio la mesa y frenó en la puerta.
Leyó las tarjetas y encaró a Holly, que fingía colocar una servilleta.
—Me has puesto al lado de Elias.
—¿Ah, sí?
—Y a Genevieve al lado de Mathis.
—Qué casualidad.
—Holly.
—Es por el idioma —dijo Holly, doblando y desdoblando la servilleta—. Tú hablas francés con Elias y Genevieve habla… su idioma con Mathis. Es logística, Grace. Pura logística.
Grace le sostuvo la mirada. Pareció que iba a cambiar las tarjetas, pero miró la mesa entera y se le suavizó el gesto.
—La mesa es preciosa —dijo.
Holly dejó la servilleta.
—¿Sí?
—Es lo más bonito que he visto en mucho tiempo.
No cambió las tarjetas.
* * *
Mathis llegó con dos botellas de vino blanco sin etiqueta. Elias, con una hogaza envuelta en un paño, el pelo mojado y ni una mota de harina. Las tres lo miraron como si hubiera venido disfrazado.
Elias notó las tres miradas y se le subieron los colores.
—Panadero que se sonroja —le susurró Holly a Genevieve.
—Sin harina no es lo mismo —susurró Genevieve.
—¿Qué estáis cuchicheando? —preguntó Grace.
—Nada —dijo Holly—. Cosas de las películas de la tele.
—Sigo sin haber visto ninguna.
Se sentaron donde decían las tarjetas. Mathis leyó la suya, miró a Holly, que servía el agua de espaldas, muy aplicada, y se sentó junto a Genevieve sin rechistar. La media sonrisa se la pilló Holly en el cristal de la ventana.
Holly levantó la copa antes de que nadie tocara el pan.
—Por el club.
—Que no —dijo Grace, y levantó la suya.
—¿Qué club? —preguntó Mathis.
—Ninguno —dijo Genevieve—. Por lo visto.
Chocaron las cinco copas por encima del bosque de abeto, y Elias, que no había entendido nada, chocó la suya dos veces, por si acaso.
El pavo salió del horno a las ocho y cuarto, ladeado, con una mitad dorada y la otra pálida, como una luna en cuarto creciente. Holly lo colocó en el centro con la solemnidad de una campeona que levanta la copa.
Hubo un silencio.
—Por la izquierda está muy bien —dijo Elias, con mucha diplomacia.
Se levantó, pidió un cuchillo y trinchó el pavo con unos movimientos tan precisos que Grace no podía apartar los ojos de sus manos. A cada uno le sirvió de la parte dorada; a Grace, la mejor, sin mirarla. Él se quedó la pálida.
Mathis probó la ensalada de Genevieve con la expresión de un juez de concurso.
—En Alsacia —dijo al final—, en diciembre, la lechuga es decorativa.
—Es col rizada.
—Peor.
—Es sanísima.
—Eso dicen de muchas cosas que nadie quiere comer.
Genevieve le quitó el plato de delante y se lo dio a Elias, que se lo comió entero, por educación, con cara de mártir. A Mathis se le escapó la risa, y a Genevieve también, aunque fingió que no. Más tarde, al pasarle la sal, él le rozó los dedos, y los dos se quedaron muy interesados en el pavo.
El móvil de Mathis vibró dos veces sobre la mesa. Mathis lo miró y lo puso boca abajo con un resoplido.
—Mi prima Clémence —explicó—. Lleva la cuenta de Instagram de la bodega. Quiere fotos de la obra. Dice que el vino ahora se vende con fotos.
Genevieve se quedó con el tenedor a medio camino.
—¿Tiene muchos seguidores?
—Trescientos ochenta. —Mathis sirvió vino—. Dice que algún día seremos mil. Se pasa el día en eso, mirando lo que hacen otros. Conoce a todo el mundo. Yo no conozco a nadie.
Genevieve se escondió detrás de un trago de vino muy largo.
* * *
La tarta de calabaza se quemó por la izquierda. Se la comieron igual, con nata, y Elias dijo que era la mejor tarta de calabaza que había probado en su vida, lo cual era verdad, porque era la primera.
Mientras Grace servía el café, a Holly le vibró el móvil en el bolsillo del delantal.
Era un correo de Margaret Henderson, la de la tercera copa de champán y la fase cariñosa de las galas.
«Querida Holly: espero que no te importe que te escriba.
Mi hija Caroline se casa en mayo y queremos encargarte los tocados de las damas de honor y, si puedes, los centros de mesa.
Como los de la gala de primavera del año pasado, los de las ramas de cerezo, que Preston nos contó que hiciste tú en una noche porque los del proveedor eran horribles.
Preston nos ha enseñado tus adornos tantas veces en el móvil que Caroline no quiere a nadie más.
Él siempre dice que todo lo bonito de sus galas sale de tu cabeza, que él solo pone las mesas y cobra.
Dice que eres la persona más creativa que ha conocido.
Y que conste que en las galas, en cuanto te pierde de vista, no atiende a nadie hasta que te encuentra; mi marido lo llama «el radar de Preston». Ya me dirás algo. Un abrazo, Margaret.»
Holly lo leyó dos veces y dejó los ojos en la vela de una taza de Colmar.
—¿Qué pasa? —preguntó Genevieve.
Holly le pasó el móvil a Grace sin contestar. Grace lo leyó y se lo pasó a Genevieve.
—¿Y a ti nunca te lo ha dicho? —preguntó Grace, muy bajito.
Holly negó con la cabeza.
—Ni una vez. —Se le rompió la voz y lo disimuló con una risa—. Los centros de cerezo los hice en la cocina a las dos de la mañana porque los otros parecían de tanatorio. Él los vio al día siguiente y dijo «ah, muy bien», y se fue a la reunión. Pensé que ni se había dado cuenta de que eran míos.
Elias y Mathis se miraron, se levantaron a la vez a recoger los platos y se fueron a la cocina.
Holly se bebió de un trago media copa de vino sin etiqueta y se levantó.
—¿Adónde vas? —preguntó Grace.
—A llamar a mi marido.
En Boston eran las cuatro y media de la tarde. Preston contestó al segundo tono, esta vez sin ruido de fondo.
—¿Holls? ¿Qué pasa?
Holly iba a decirle lo del correo, a preguntarle por qué, a decirle que veintidós años eran muchos años para no decir una frase. Dijo otra cosa.
—Ven a pasar la Navidad aquí.
Hubo un silencio al otro lado.
—¿A Francia?
—A Alsacia.
—Holls, tengo la cena de Navidad del despacho, tengo… —No terminó la lista.
—Ven.
Otro silencio, más largo. Lo conocía tanto que podía oírle pensar: los vuelos, el despacho, el cierre del trimestre.
—¿Hay hotel?
—Tiene seis habitaciones. Es del primo del panadero.
Preston soltó un ruido que podía ser una risa o un resoplido.
—Llego el diecinueve —dijo—. O el veinte. Te lo confirmo. —Y, más bajo—: ¿Te llevaste el abrigo bueno? El de los botones grandes. Allí hace frío, Holls.
Colgó antes de que ella pudiera contestar.
Holly siguió en el recibidor con el teléfono mudo contra la oreja. No se había llevado el abrigo bueno. No sabía que él supiera cuál era. Cuando volvió al comedor la estaban mirando todos, Elias y Mathis desde la puerta de la cocina, con un trapo cada uno.
—Preston viene a pasar la Navidad —dijo Holly.
—¿Aquí?
—Al hotel. Bueno, al hotel del primo.
—El hotel está lleno —dijo Elias desde la puerta—. Hasta enero. Por el mercado.
—Holly —dijo Grace—. Es tu marido. Dormirá contigo.
—Claro —dijo Holly, y se puso roja como si no se le hubiera ocurrido en la vida.
Desde el sofá, enroscado en un cojín de terciopelo, el gato del vecino digería su ala de pavo y las miraba con mucho interés.
—Y con el gato —dijo Genevieve—. Que lo cuenta todo.
Pasadas las once, ya en pijama, le vibró otra vez el móvil. Preston no escribía mensajes: los dictaba, y se notaba. «Lo he encontrado. Estaba en el armario del recibidor detrás de mi esmoquin. Te lo llevo. P.»
Holly lo leyó en el borde de la cama, con un calcetín puesto y el otro en la mano.
Escribió «Gracias» y lo borró. Escribió «¿A qué vienes, Preston?
» y lo fue borrando letra a letra, porque era la única pregunta que de verdad quería hacerle y le quedaban cuatro días, o cinco, para atreverse a hacérsela a la cara.