Capítulo once · La foto más inocente del mundo
Capítulo once
La foto más inocente del mundo
Grace · Trent
El viernes, Grace llevaba tres mañanas yendo a la panadería a las seis.
No lo había planeado. El primer día se despertó a las cinco y media, como en Boston, y salió a caminar por el pueblo a oscuras.
La única luz encendida en la calle principal era la del obrador de Elias.
Se paró delante del escaparate solo para mirar, y Elias alzó los ojos de la masa y, sin una palabra, le abrió la puerta de atrás.
El segundo día volvió porque había descubierto que Elias apuntaba los encargos a lápiz, en tres idiomas, sin fechas y con flechas que no llevaban a ninguna parte. Grace pasó dos horas haciéndole una tabla con un código de colores, mientras él sacaba bandejas del horno y fingía no mirarla.
El tercer día ya no tenía excusa. Fue igual.
—Hoy toca bretzel, madame Whitmore —dijo Elias cuando la vio entrar, y le tendió un delantal—. Te enseño.
—No sé hacer pan.
—Sabes hacer listas. Es casi lo mismo. Todo es poner las cosas en su sitio.
El delantal era de Elias y a Grace le daba casi dos vueltas. Se pasó las cintas por la espalda, buscó una con la otra, falló, volvió a fallar. Elias la observó desde el otro lado de la mesa con la paciencia de quien ve a un ministro pelearse con una corbata.
—Si me permites, madame.
Grace se volvió de espaldas. Él cogió las cintas por las puntas, solo por las puntas, y las cruzó a un palmo de su cintura. No la rozó. Grace lo sabía porque estuvo esperando que la rozara y no pasó. Contó los nudos por cómo tiraban de la tela: uno. Dos.
—Doble —dijo él—. Un nudo sencillo no aguanta una mañana de pan.
Grace no se dio la vuelta hasta que lo oyó volver a su lado de la mesa, a su metro de siempre.
Le dio un cilindro de masa tibio, que se movía en las manos como algo vivo, y le enseñó a estirarlo, a cruzar las puntas dos veces y a pegarlas contra la panza de la masa con un golpe seco del pulgar. Primero deprisa. Después, lentísimo, detrás de ella, sin tocarla, guiando solo con la voz.
—Las puntas abajo. Así. Ahora cruza. No, la otra mano. Eso es.
El primer bretzel de Grace parecía un nudo marinero hecho por alguien con mucha prisa. El segundo parecía un corazón aplastado. El tercero parecía un bretzel.
Grace lo miró sobre la mesa enharinada, con las manos blancas hasta las muñecas, y notó lo que hacía años que no notaba: el orgullo tonto y pequeño de haber hecho algo con las manos.
—Muy bien —dijo Elias.
—Lo digo yo cuando toca —contestó Grace, sin pensar.
Elias no entendió. Grace se tapó la risa, pensando en Holly en el sótano de San Judas. No se lo explicó.
—Tú nunca te has casado —dijo de pronto, y se arrepintió en el acto. No era una pregunta que ella hiciera, ni que nadie le hiciera a nadie a las seis y media de la mañana delante de un bretzel.
Elias no pareció molesto. Se encogió de hombros y metió una bandeja en el horno.
—El pan se levanta a las cuatro —dijo—. No hay muchas mujeres que quieran levantarse con él.
No añadió más, y Grace tampoco. Pero se quedó dándole vueltas: ella llevaba veinte años levantándose antes del amanecer, y nadie se había levantado nunca con ella.
* * *
A las ocho llegaron Holly y Genevieve a desayunar. Holly llevaba toda la semana empeñada en pedir en francés y venía preparada, con la frase apuntada en la palma de la mano.
Se acercó al mostrador, sonrió a Elias, consultó la palma con disimulo y dijo, vocalizando con esmero:
—Bonjour. Je voudrais un bisou, s'il vous plaît.
La panadería enmudeció. Una señora mayor que esperaba su barra se dio la vuelta.
Grace cerró los ojos.
—Biscuit —dijo, en voz baja—. Querías decir biscuit. Has pedido un beso.
Holly se puso del color de los adornos de terciopelo. Boqueó un par de veces y miró con rencor la palma de la mano.
Elias no se rió. Con una seriedad absoluta, se sacudió la harina del delantal, rodeó el mostrador, cogió la mano de Holly, la de la frase escrita, y le dio un beso en el dorso, muy por encima, como un caballero de otro siglo.
—Celui-là, c'est la maison qui l'offre —dijo. Ese lo invita la casa.
La señora mayor aplaudió. Genevieve tuvo que salir a la calle porque se estaba ahogando de risa. Holly se quedó plantada en medio de la panadería con la mano en el aire, mirándosela, y después buscó a Grace con los ojos muy abiertos.
Grace sintió un pellizco en el estómago. Durante un instante absurdo le habría gustado ser ella la que se equivocara de palabra.
—Pide el biscuit —le dijo a Holly—. Antes de que te dé otro.
* * *
Esa noche, en la cocina, hubo interrogatorio.
Grace lo vio venir en cuanto entró: Holly y Genevieve sentadas a la mesa, una al lado de la otra, cada una con su taza de té, muy rectas, como un tribunal. Holly tenía la libreta abierta. Genevieve, los brazos cruzados.
—Siéntate, Grace —dijo Holly.
—Estoy bien de pie.
—Siéntate, por favor.
Grace se sentó.
—¿A qué hora sales de casa por las mañanas? —preguntó Holly, consultando la libreta.
—A las seis menos diez.
—¿Y a qué hora vuelves?
—A las ocho.
—Dos horas y diez minutos.
—Sé sumar, Holly.
—¿Y qué hacéis dos horas y diez minutos?
—Pan.
—¿Dos horas de pan?
—El pan lleva su tiempo —dijo Grace, muy digna—. Hay que amasar. Hay que esperar a que suba. Hay que darle forma. Hay que…
—Tienes harina en la ceja —dijo Genevieve.
Grace se llevó la mano a la ceja izquierda, después a la derecha. Se miró los dedos. Estaban blancos.
—Es de esta mañana.
—Son las nueve y media de la noche —dijo Holly.
—Es de la cena.
—Hemos cenado sopa —dijo Genevieve.
Grace se levantó, se sacudió la ceja con el dorso de la mano, cogió el libro que había dejado en la encimera y se lo puso debajo del brazo.
—Me voy a leer.
—¿Qué lees? —preguntó Holly, con una inocencia de manual.
Grace miró la portada. Era un recetario de panes de Alsacia con tapas de hule, lleno de manchas de harina, que no era suyo. Lo apretó contra el pecho.
—Literatura —dijo.
Y subió la escalera con la espalda muy recta.
Abajo, Holly y Genevieve chocaron las tazas en silencio. Holly abrió la libreta por la lista de la compra y escribió en el margen una sola palabra. Genevieve se inclinó para leerla.
Ponía «Pan». Con tres signos de exclamación.
* * *
El domingo por la tarde, Les Grelots de Noël montó un puesto en la plaza de Sternheim.
Nada que ver con el mercado de Colmar: seis casetas alrededor del abeto, una de vino caliente que llevaba el primo de Elias, el del hotel, y la de la campaña, que Holly había decorado con tantas galletas colgadas y lazos de retales que desde lejos parecía que la caseta llevaba un vestido.
En tres horas sacaron trescientos doce euros para la fiesta.
Grace llevaba las cuentas en una caja de lata, Holly vendía, Elias servía el chocolate y Genevieve se encargaba de los niños, o más bien los niños de ella: a la media hora, uno de seis años le quitó el gorro de cascabel y salió corriendo, y Genevieve se quedó con el pelo suelto, persiguiéndolo entre las casetas y riéndose a carcajadas.
Al recoger, Grace vio a Holly hacer una resta en la libreta, tachar un número escrito en rojo y escribir otro debajo, también en rojo.
Le preguntó. Holly cerró la libreta y dijo que eran cosas de los lazos.
Grace se acordó de las gafas de sol de la primera noche, junto al romero.
Sacó el móvil y, por primera vez en el viaje, hizo una foto.
Una sola. La caseta con su vestido de galletas, Holly delante con un bredele en cada mano, Elias detrás con el cazo del chocolate y el vapor saliéndole por delante de la cara, el abeto con sus luces, la nieve en los tejados.
Grace la miró en la pantalla bastante más rato del que se tarda en mirar una foto.
Al fondo, pequeña, desenfocada, una chica de pelo oscuro corría detrás de un niño que agitaba un gorro rojo.
Grace no se fijó en la chica del fondo. Estaba mirando a Elias.
* * *
Trent llamó esa noche a las nueve, hora de Alsacia. Las tres de la tarde de un domingo en Boston.
Era la primera llamada en dos semanas.
—¡Grace! ¿Qué tal por… por allí? —No esperó la respuesta—. Oye, tienes que saber una cosa. Lo de los Ashford explotó. Lo saqué yo primero, el jueves, antes que nadie. Me ha llamado el productor de la tele. Del programa matinal, Grace, no del de la tarde. Quieren que haga una sección fija en enero.
—Me alegro mucho.
Y se alegraba, para su sorpresa, como se alegra uno por un vecino.
—Gracias, Gracie, gracias. Es lo que llevo tres años esperando, tú lo sabes, tú me has aguantado los tres… —Una pausa, el ruido de un teclado—. ¿Y tú qué tal? ¿Muchos villancicos?
Grace miró por la ventana de su habitación. La plaza, abajo, con el abeto encendido. Las casetas cerradas. Una luz encendida aún en el obrador, a dos calles.
—El otro día hice de Papá Noel —dijo—. En un colegio. Me caí al entrar. Había un niño que no sabía escribir y le escribí la carta y pidió…
—¿Tú? ¿De Papá Noel? —Trent se rió sin mala intención, con la risa de quien escucha una anécdota en una cena—. Me lo tienes que contar. Oye, Grace, me entra otra llamada, es el productor. Te llamo, ¿vale?
—Trent…
—Te llamo. Un beso.
Colgó.
Grace siguió sentada en el borde de la cama, con la pantalla negra entre los dedos. No le dolió como esperaba. Le llegó, tranquila y muy clara, la certeza de que podría pasarse el resto de la vida contándole a Trent la historia de Théo y él no llegaría nunca a oírla.
Abrió la galería. Buscó la foto de la tarde.
Pensó que quizá, si veía la plaza, lo entendería.
Se la mandó con una sola línea.
«Para que veas dónde estoy.»
La respuesta llegó cuarenta minutos después, cuando ya había apagado la luz.
«Qué bonito, cariño (icono de árbol de Navidad)»
Grace supo, por los cuarenta minutos y por el árbol, que no la había mirado.
Puso el móvil boca abajo en la mesilla y se giró hacia la ventana. A dos calles, la luz del obrador seguía encendida. Calculó que faltaban ocho horas para las seis menos diez.
* * *
En Boston, Trent Whitmore tenía dos móviles encima de la mesa y ninguno sonaba.
El productor no había llamado. Trent había dejado el móvil personal boca arriba junto al teclado, por si acaso, el del trabajo al lado, y cada pocos minutos los miraba a los dos sin cogerlos.
Lo de la sección fija era una frase que el productor le había soltado en octubre, en un pasillo, con un café en la mano, y que Trent llevaba dos meses contando como cosa firmada.
Tenía once pestañas abiertas, un café frío y, delante, la página de cotilleos de la competencia.
El titular era el de toda la semana: ¿DÓNDE ESTÁ VIVI?
La mánager decía que Vivi estaba descansando. Nadie se lo creía. Había cancelado Nueva York, Miami, Londres y la cena de Lumière en Aspen, la del 22, a la que iba a ir todo el mundo para verla a ella. Seis millones de seguidores y ninguno sabía dónde estaba.
Abrió la foto de Grace porque le remordía un poco lo del árbol. Le pareció bonita, como una postal. Empezó tres respuestas mejores, «Gracie, Gracie, qué plaza», «¿Eso es nieve de verdad o…?», «Oye, cuando vuelvas tenemos que…», y no mandó ninguna. Iba a cerrarla.
Hasta que un detalle, al fondo, le hizo detenerse.
Una chica de pelo oscuro, corriendo, desenfocada, detrás de un niño con un gorro rojo.
Trent se levantó de la silla sin darse cuenta.
Amplió la foto con dos dedos. La amplió otra vez. La imagen se deshizo en píxeles, pero el perfil seguía ahí: la nariz, la línea de la mandíbula, el pómulo izquierdo, el bueno, el que había visto en mil fotos.
Se quedó un minuto entero sin moverse, que en Trent era mucho tiempo. El móvil del trabajo vibró dos veces y no lo miró.
Abrió el chat de su mujer. Escribió «Gracie» y lo borró. Volvió a mirar el mensaje.
«Para que veas dónde estoy.»
Trent Whitmore llevaba tres años esperando una exclusiva así. Y se la había mandado su mujer.