El club de las fugitivas de Navidad Capítulo diez · Treinta y siete niños y una cifra en rojo
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Capítulo diez · Treinta y siete niños y una cifra en rojo

Capítulo diez

Treinta y siete niños y una cifra en rojo

Holly

Holly había previsto quince niños.

El problema fue que también había hecho carteles.

Los había hecho el martes por la noche, con cartulina roja, purpurina y unas tijeras de zigzag, y le quedaron tan bonitos que hizo veinte: en la panadería, en la puerta de la iglesia, en el colegio de Lindenwiller y, según descubrió Grace el viernes, en el único bar del pueblo, debajo del anuncio de una partida de cartas.

El sábado a las once menos cuarto, en la puerta de la escuela, había treinta y siete niños.

Con sus padres, dos abuelos y un perro que nadie reclamó.

Holly miró desde los escalones la cola que bajaba hasta la calle.

—Ay —dijo.

Grace apareció a su lado con el portapapeles, moviendo los labios. Contaba.

—Treinta y siete —dijo—. Más adultos. El aula tiene capacidad para veinticuatro.

—¿Y qué hacemos?

Grace se colocó el portapapeles contra el pecho, como un escudo, y Holly vio en sus ojos un brillo que no le había visto nunca en Boston.

—Turnos —dijo Grace—. Tres turnos de trece. Los padres esperan en el patio con chocolate. Genevieve, el chocolate.

—¿Hay chocolate para setenta personas? —preguntó Genevieve desde dentro.

—Lo habrá —dijo Grace, y bajó los escalones con paso de sargento a organizar la cola.

* * *

El primer turno fue un desastre.

La masa de Elias olía a vainilla y a limón. El horno de la escuela era de los años ochenta y le cabía una bandeja cada doce minutos. Trece niños con rodillos iban bastante más deprisa.

A los veinte minutos no quedaba en el aula una superficie sin galletas crudas.

A los treinta, una niña pelirroja le tiró harina a otra a la cara, la otra respondió, y durante unos segundos gloriosos el aula entera desapareció en una nube blanca de la que salían risas, toses y la voz de Holly diciendo «¡niños, niños, por favor! » en un francés que no existía.

Cuando la nube se disipó, Holly tenía harina hasta en las pestañas.

Después vino lo de los cortadores.

Elias había conseguido seis para trece niños: una estrella, un corazón, un abeto y, inexplicablemente, tres conejos de Pascua. Los niños se peleaban por la estrella. Nadie quería los conejos.

Holly miró los conejos, y después la bolsa de los retales, que llevaba a todas partes desde Boston por si acaso.

—Esperad —dijo—. Esperad.

Sacó una tapa de bote, un dedal y un puñado de retales. Con la tapa cortó un círculo de masa perfecto, con el dedal le hizo un agujerito arriba y con la punta de un cuchillo le dibujó unas ramas de muérdago.

—Las galletas no son solo para comer —dijo, buscando las palabras en un francés que de repente le salía—. Son para colgar. En el árbol. ¿Veis? Le pasamos una cinta por aquí…

Enhebró una cinta roja por el agujero e hizo un lazo con dos dedos, sin pensar, como llevaba veinte años haciéndolo con las horquillas y los tocados.

Levantó la galleta cruda colgando de su cinta.

Trece niños enmudecieron.

Enseguida, todos quisieron hacerlo al mismo tiempo.

* * *

Al terminar el primer turno pitó en el patio la ranchera verde de Mathis, con tableros de obra y caballetes asomando por el portón de atrás.

—Holly dijo veinticuatro sillas —explicó él, bajando el primer tablero—. Elias dijo treinta y siete niños. Alguien tenía que hacer la resta.

Montó las mesas en el pasillo en diez minutos.

Sin consultar a nadie, se tumbó delante del horno con un destornillador y salió con hollín hasta las cejas y la resistencia de arriba funcionando por primera vez desde, calculó, mil novecientos noventa y uno.

Dos bandejas cada doce minutos. Holly le habría dado un beso.

Genevieve no se lo dio. Estaba en la mesa del glaseado, con una manga pastelera en la mano y un cuenco de un rosa muy decidido.

—Eso no es glaseado —dijo Mathis, inclinándose sobre el cuenco—. Es sopa.

—Es un acabado brillante.

—Se va a escurrir.

—Se va a asentar.

—En Alsacia los bredalas no son rosas.

—En Alsacia —dijo Genevieve— nadie ha visto nunca una paleta de color.

Mathis cogió una galleta, la mojó en el cuenco y la sostuvo en alto. El glaseado bajó por el borde, despacio, y cayó sobre la mesa en una gota gorda. Trece niños siguieron la gota con los ojos.

—Sopa —dijo él.

Genevieve no contestó. Le sujetó la muñeca, le apuntó con la manga pastelera y le dibujó en el dorso, con una precisión de cirujana, un corazón rosa. Lo soltó y se puso a remover el cuenco con muchísima atención.

—Para que se te asiente.

Los niños aullaron. Mathis se miró el corazón, que no se escurría nada, y luego la miró a ella. Holly, desde la mesa de los rodillos, vio que tardaba en decidir qué cara poner y que al final ponía la que no quería.

—Me lo apunto —dijo.

Se fue con la mano separada del cuerpo, como quien lleva algo recién pintado. Media hora después volvió a pasar por la mesa del glaseado a devolver el destornillador, y el corazón seguía allí. Genevieve fingió no verlo. Holly lo apuntó también.

* * *

El segundo turno fue mejor. El tercero fue precioso.

Genevieve encontró en el almacén una caja de vasos de plástico para cortar círculos y medias lunas, y Holly descubrió que los conejos de Pascua, del revés, eran ángeles.

En una mesa aparte, Holly montó una estación de lazos con todos sus retales: cada niño elegía su cinta y se llevaba la galleta colgada como un adorno de verdad.

Ni con la resistencia arreglada daba abasto el horno, así que Elias se llevó seis bandejas a la panadería, donde el horno de leña admitía veinte, y Grace fue con él con la segunda caja.

Volvieron sin aliento, ella con harina en el abrigo negro y él con las mejillas coloradas, y Holly los vio cruzar el patio uno al lado del otro, callados.

Holly pasó a una hoja limpia y escribió arriba, con su letra redonda: «Grace». De momento no puso nada más.

Genevieve se había quedado al mando del glaseado, con una mancha rosa en la mejilla y un niño de cuatro años en las rodillas. Se reía. Holly la había visto sonreír muchas veces en esas dos semanas, pero reírse así, sin taparse la boca, no.

Una madre, al fondo, levantó el móvil para hacer una foto del niño con la galleta. Genevieve estaba justo detrás, en el encuadre.

Holly lo vio antes que nadie. Cruzó el aula en tres pasos y, con su mejor sonrisa de gala, se llevó a la madre, al niño y la galleta hasta la ventana, «¡que con esta luz sale mucho más guapo!», lejos de la mesa del glaseado.

Desde la mesa, Genevieve buscó sus ojos. Holly le guiñó uno.

Nada de fotos sin permiso. Primera norma de la libreta.

* * *

Entre el segundo turno y el tercero hubo diez minutos de tregua, y en el aula solo quedaron Holly y Genevieve, recogiendo la mesa de los lazos.

Genevieve cogió una de las galletas ya colgadas, una media luna con un lazo de terciopelo verde, y la giró a la luz de la ventana.

—¿Dónde has aprendido a hacer esto?

—¿Los lazos? —Holly siguió enrollando cintas—. En ninguna parte. Son retales.

—Los lazos son lo de menos. —Genevieve señaló con la barbilla la horquilla de terciopelo verde que Holly llevaba en el pelo—. Hablo de eso. Y de esto. Y de cómo has convertido tres conejos de Pascua en ángeles en minuto y medio.

Holly le quitó importancia con un gesto, colorada.

—Llevo más de veinte años haciéndolo en la cocina, cuando Preston se va a dormir. Es una tontería. Para pasar el rato.

Genevieve dejó la galleta en la mesa con mucho cuidado.

—En mi trabajo —dijo, eligiendo las palabras— conozco a gente que pone su nombre en cosas que no ha hecho.

Tazas, velas, bañadores. Las fabrica alguien en otro sitio, y ellas ponen el nombre y cobran como si las hubieran hecho a mano.

Tú haces esto con tus manos, a las dos de la mañana. Y lo llamas «retales».

Holly dejó de enrollar la cinta. Iba a decir lo de siempre, que no era para tanto, que cualquiera podía hacerlo.

No le salió.

—Nadie me lo había dicho así.

—Pues ya te lo han dicho.

Por la puerta entró corriendo el niño del glaseado, con chocolate hasta las cejas, gritando en alsaciano. Genevieve lo cogió en brazos y se lo llevó a su mesa.

Holly volvió a la cinta. Ahora se la enrollaba en el dedo, vuelta a vuelta.

* * *

Al final del tercer turno, una niña de unos tres años se quedó la última en la mesa de los lazos, con el flequillo metido en los ojos y un abrigo nuevo de color mostaza que le quedaba enorme.

A su lado, sin despegarse de ella, estaba un niño de unos ocho años que Holly reconoció por la descripción de Grace: el de la carta.

Théo.

La niña no quería un lazo para la galleta. Lo quería para ella: señaló el lazo, señaló su pelo y volvió a señalar el lazo, igual que una maestra ante un alumno lento.

Holly se arrodilló delante de ella.

Con un retal de terciopelo rojo y una de las horquillas que llevaba siempre en el bolsillo del delantal hizo en dos minutos un lazo pequeño con una estrellita de fieltro en el centro. Se lo prendió en el pelo, apartándole el flequillo de los ojos.

La niña se tocó el lazo con las dos manos y buscó a su hermano con los ojos.

Théo miró el lazo, después a Holly, y soltó una carcajada.

Holly siguió arrodillada cuando ya se habían ido, con harina en las rodillas y ninguna gana de levantarse.

* * *

Esa noche, en la cocina de la Maison Ehrhart, Holly hizo cuentas.

Treinta y siete niños. Cuatrocientas treinta galletas, porque Grace las había contado. Un perro sin dueño. Cero carteles con su cara.

Y una niña con un lazo de terciopelo en el pelo.

Pasó la página y echó las otras cuentas, las de la fiesta, que llevaba tres días esquivando con la excusa de los carteles.

Las sumó dos veces con el lápiz y una tercera con la calculadora del móvil, por si el lápiz tenía algo contra ella.

Dos mil trescientos euros de la rifa y del ayuntamiento.

Ciento cuarenta de donativos, en un sobre con la letra de Grace.

Y enfrente, en la columna de los gastos, todo lo que había ido apuntando con estrellitas: las sillas de alquiler y las mesas que faltaban para la bodega; el autobús del coro; el chocolate; los regalos que faltaban; la merienda; el árbol; un generador, por si saltaba la luz. Cuatro mil ciento ochenta.

Le faltaban mil setecientos cuarenta euros. Quedaban doce días.

Escribió la cifra en rojo, al pie de la página, y la rodeó con un círculo. Sin darse cuenta, le dibujó alrededor unas hojitas de acebo. Intentó borrarlas con el dedo y solo consiguió un borrón verde.

Cogió el móvil. Quería contárselo a Preston, como una niña que enseña un dibujo.

Lo llamó. En Boston eran las cuatro de la tarde de un sábado.

Preston contestó al quinto tono, con ruido de fondo, voces, copas.

—Holls. Estoy en lo de los Henderson. ¿Pasa algo?

—No, nada. Es que hoy he hecho un taller con niños y…

—Qué bien, cariño. Oye, te llamo luego, que me están esperando. ¿Vale? Un beso.

Colgó.

Holly miró la pantalla apagada. Sabía que luego no iba a llamar. Tampoco le habría contado lo de la cifra roja; eso lo tenía claro desde antes de marcar. Preston la habría arreglado en cinco minutos, y la fiesta habría salido de la llamada recortada.

Dejó el móvil boca arriba junto a la libreta y se puso a mirar un punto fijo de la pared, cosa que, según Emma, era peor que llorar.

A medianoche la pantalla seguía negra. Al lado, entre hojitas de acebo, estaban los mil setecientos cuarenta euros que solo ella sabía que faltaban, y Holly no tenía ni idea de dónde iba a sacarlos en doce días.