El club de las fugitivas de Navidad Capítulo nueve · ¿Puedo?
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Capítulo nueve · ¿Puedo?

Capítulo nueve

¿Puedo?

Genevieve · Mathis

El martes por la mañana, Holly quería un árbol de cuatro metros.

Lo anunció en el desayuno como otras personas anuncian un embarazo.

Lo había visto la noche anterior en un vídeo: un abeto enorme dentro de una nave de piedra, con luces que bajaban de las vigas como una lluvia dorada, y niños alrededor, boquiabiertos.

Lo había dibujado en la libreta y coloreado con un rotulador verde comprado expresamente.

—Cuatro metros —repitió, girando la libreta para que la vieran—. Con luces desde el techo. Un escenario pequeño, aquí, para el coro del colegio. Aquí, la zona de manualidades. Y aquí…

—¿Cuánto mide de alto la bodega? —preguntó Grace.

Holly parpadeó.

—No lo sé.

Las dos se giraron hacia Genevieve con la misma cara de cachorro delante de la nevera.

Genevieve dejó la taza en la mesa.

—No.

—Solo tienes que preguntarle cuánto mide de alto.

—Pregúntaselo tú. Tienes su número.

—Pero tú hablas su idioma —dijo Holly.

—Habla inglés.

—No me refiero a ese idioma.

Grace tosió dentro de la taza.

* * *

El portalón de carro estaba entreabierto. Genevieve cruzó un patio empedrado, medio cubierto de nieve, hasta la nave del fondo: un edificio largo de piedra con una puerta de doble hoja abierta de par en par, de la que salía jazz antiguo de una radio que no se veía.

Mathis estaba subido a una escalera de mano, a cuatro metros del suelo, arrancando con una palanca una tabla podrida de una de las vigas.

Llevaba el mismo jersey gris de la noche que llegaron, ahora además con polvo, y un pañuelo atado en la nuca.

Cuando la tabla cedió, la dejó caer sin mirar y aterrizó a medio metro de los pies de Genevieve.

—Cuidado —dijo él, desde arriba.

—Gracias por avisar después.

Mathis se detuvo en la escalera, con la palanca en la mano, sin bajar la vista.

—Ah. La agente de reservas.

—Vengo en misión diplomática.

—Me lo temía.

Bajó la escalera, se limpió las manos en los vaqueros y se acercó. Genevieve, que había ensayado la conversación por el camino, levantó la barbilla.

—Necesito saber cuánto mide de alto la bodega.

—¿Para qué?

—Para un árbol.

—¿De cuánto?

—Cuatro metros.

Mathis se volvió, miró las vigas, volvió a mirarla a ella.

—La viga más baja está a tres metros veinte.

—Entonces quitamos la viga.

—La viga sujeta el tejado.

—Pues que el árbol esté entre dos vigas.

—Entre dos vigas hay una lámpara de 1890 que estoy restaurando.

—Pues que…

Se calló. Él la miraba con la cabeza ladeada, esperando, con una paciencia tan tranquila que resultaba ofensiva.

—Te recuerdo —empezó Genevieve— que estamos haciendo esto por ciento cuarenta y tres niños.

—Y yo te recuerdo que los niños prefieren que el tejado se quede arriba.

—Eres imposible.

—Y tú —dijo Mathis, cogiendo algo que estaba apoyado en la pared y tendiéndoselo— estás en una obra con las manos vacías.

Era una escoba.

Genevieve miró la escoba y después a él.

—¿Me estás pidiendo que barra?

—Te estoy diciendo que, si tu fiesta va a estar aquí, hay que quitar treinta años de polvo antes del veinticuatro. —Levantó las manos, negras de polvo—. Que solo tengo estas dos. Pero si prefieres volver a casa y decirle a la organizadora que la viga no se puede quitar…

No hizo falta que terminara la frase. Genevieve pensó en Holly, en la libreta, en el árbol coloreado con rotulador verde, en la cara que iba a poner.

Cogió la escoba.

No había barrido en su vida. En Los Ángeles venía una señora tres veces por semana, y en casa de su madre, otra. Agarró la escoba por la mitad, a modo de remo, y levantó una nube de polvo que le entró directamente en la nariz.

Estornudó. Tres veces seguidas.

Mathis, que ya volvía a subir a la escalera, guardó un silencio exquisito. Pero a Genevieve no se le escapó que se le movían los hombros.

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Te tiemblan los hombros.

—Hace frío.

* * *

Barrieron toda la mañana.

O más bien, ella barrió y él arrancó tablas, cambió tejas desde dentro, subió y bajó la escalera cuarenta veces y, de vez en cuando, desde arriba, le señalaba un rincón que se había dejado.

Genevieve aprendió a barrer hacia dentro, no hacia fuera.

Aprendió que el polvo se asienta mejor si antes humedeces el suelo.

Aprendió que la radio solo tenía una emisora y que en esa emisora a las once ponían jazz y a las doce, sin previo aviso, acordeón.

A la una, Mathis bajó de la escalera con dos cafés de un termo en vasos de metal abollados y le dio uno sin preguntar.

Se sentaron en dos barricas viejas, junto a la puerta abierta. Desde allí se veía la ladera detrás de la casa, cubierta de viñas desnudas bajo la nieve, las filas bajando en curva hacia el valle como las líneas de una partitura.

—¿Son tuyas? —preguntó Genevieve.

—De mi familia. Desde hace mucho. —Bebió—.

Mi padre dejó de hacer vino para vender hace treinta años.

Vendía casi toda la uva a una cooperativa; con lo que sobraba hacía unas cajas para la familia.

Cuando se jubiló, se fue al sur, a buscar el sol, y me dijo que hiciera con esto lo que quisiera.

Que lo vendiera, si quería. Ahora las cajas las hago yo.

Mi prima dice que es vino. Mi padre dice que es vinagre con ambición.

—¿Y por qué no lo vendiste?

Mathis miró las viñas antes de contestar.

—Yo era arquitecto. En París. Diez años dibujando casas para gente que tenía cuatro casas.

Siempre querían lo mismo: más grande. Más cristal, más metros, más metros todavía.

Un día me pidieron un garaje para once coches.

—Hizo una mueca—. Lo dibujé. Era muy bonito.

Esa noche pensé que aquí había una bodega de 1780 cayéndose y que yo estaba en París dibujando garajes.

Genevieve se quedó mirándolo. Lo había contado de corrido, como se cuenta una historia que ya ha funcionado en muchas cenas, y ella sabía reconocer eso mejor que nadie.

—Aquí nadie me pide que haga las cosas más grandes —añadió él—. Me piden que no se caigan. Es un alivio.

Genevieve pensó en Dana y en su «un poquito más de ti», en la fiesta del castillo de las velas, en las tazas, en el pódcast y en el siguiente contrato, siempre más grande que el anterior.

—Lo entiendo —dijo, y le sorprendió lo poco que fingía al decirlo.

—¿Y tú a qué te dedicas? —preguntó Mathis—. Holly dice que trabajas en comunicación.

Genevieve rodeó el vaso de metal con los dedos.

—Hago que las cosas parezcan lo que no son.

No lo tenía preparado.

Mathis no le preguntó qué cosas ni para quién. Solo dijo:

—Suena cansado.

Genevieve, que no había llorado ni en el entierro de su abuela ni leyendo años de comentarios, notó un pinchazo detrás de los ojos tan inesperado que tuvo que bajar la cabeza y fingir que miraba el café.

—Lo es —dijo.

Él no añadió nada. Siguieron sentados en las barricas, mirando las viñas, mientras en la radio alguien tocaba un acordeón triste y un poco distraído.

* * *

Por la tarde, la luz cambió.

Empezó a caer de lado, dorada, entrando por la puerta abierta de la nave y por los huecos del tejado que Mathis aún no había cerrado.

El polvo que flotaba en el aire se volvió de oro.

Genevieve dejó de barrer y se detuvo en el centro de la bodega, escoba en mano, mirando los rayos que caían en diagonal desde las vigas.

—Esto —dijo—. Esto es lo que quiere Holly. La luz bajando del techo.

Mathis, en la escalera, siguió su mirada.

—Eso no se puede comprar.

—Claro. Por eso lo quiere.

Se acercó a la puerta del fondo, la que daba a las viñas, y se apoyó en el marco.

El sol estaba bajando por detrás de la colina.

Las filas de cepas proyectaban sombras largas y azules sobre la nieve, y el cielo, por encima, se estaba volviendo de un color entre el rosa y el naranja, como el interior de una concha.

Oyó a Mathis bajar de la escalera y acercarse hasta quedar a unos pasos de ella. Habló más bajo de lo normal.

—¿Puedo?

Se volvió. Él sujetaba una cámara vieja, de las de carrete, metálica, con la correa de cuero gastada. De las que pesan.

Genevieve se quedó helada.

Se le encendieron todas las alarmas de los últimos seis años: el ángulo, el pómulo bueno, dónde se publica, cuántos me gusta. Tenía la negativa en la punta de la lengua, la misma que les había dado a Holly y a Grace en Colmar: no me gustan las fotos.

Pero él no sabía quién era. Esa foto no iba a ir a ninguna parte.

Además, él había preguntado.

—Sí —dijo.

No posó, ni se acordó del pómulo bueno. Se quedó como estaba, apoyada en el marco de la puerta, con polvo en la cara, la escoba al lado y las viñas detrás, mirándolo a él en lugar de a la cámara.

Sonó un clic. Un clic mecánico, antiguo, de los que ya no se oyen.

Mathis bajó la cámara y se quedó mirándola a ella más rato del que hacía falta. Volvió a la escalera, callado.

Genevieve aguantó en la puerta hasta que el frío le subió por las botas.

* * *

Poco antes de las seis llamó Elias al teléfono de Mathis. Genevieve, barriendo el último rincón, oyó la mitad de la conversación, en un francés que no entendía del todo, pero captó un nombre: Théo. Pescó también usine, fábrica, y travail, trabajo.

Mathis escuchó varios minutos sin interrumpir, recorriendo la bodega con la mirada: las tablas arrancadas, las tejas por cambiar, la lámpara de 1890 en el suelo, los veintitrés días que se habían convertido en dieciséis.

—D'accord —dijo al teléfono—. Envoie-le-moi demain. Sept heures.

Colgó. Genevieve lo miraba apoyada en la escoba.

—¿Qué ha pasado?

—Elias tiene un amigo que necesita trabajo. Y yo necesito a alguien que sepa de tejados antes del veinticuatro. —Se encogió de hombros—. Tu organizadora es muy exigente con las fechas.

A Genevieve la sonrisa le salió sola, torcida, sin buscar el ángulo.

—Cuatro metros —dijo.

—Tres.

—Tres y medio.

—Tres, y te dejo colgar luces de las vigas.

Genevieve lo pensó. Le tendió la mano, la que no sujetaba la escoba.

—Trato hecho.

Mathis se la estrechó. La suya era áspera, caliente, llena de polvo. La soltó enseguida. Los dos miraron hacia otro lado al mismo tiempo.

* * *

Cuando Genevieve volvió a casa, ya de noche, Holly y Grace estaban en la cocina esperándola, sentadas una al lado de la otra, como dos padres que esperan a la hija que llega tarde de una fiesta.

—¿Y bien? —preguntó Holly.

—Sí al árbol. Tres metros, no cuatro. Y podemos colgar luces de las vigas.

Holly soltó un chillido y se levantó de un salto para abrazarla. Grace no se movió de la silla. La repasó entera con la ceja levantada: el polvo en el pelo, el polvo en las mejillas, una telaraña en el hombro del plumífero y aquella sonrisa que Genevieve no conseguía quitarse de la cara.

—Has estado ocho horas —dijo Grace.

—Había mucho polvo.

—Ya veo.

—Hemos barrido.

—¿Hemos?

Genevieve fue a contestar y se lo pensó mejor.

—Nada —dijo.

Grace volvió a su taza de té sin añadir una palabra. Pero Genevieve la vio abrir la libreta por la última página, la de las normas, y escribir una línea con letra muy pequeña.

* * *

Pasadas las ocho, Mathis cerró el portalón y volvió a la bodega a apagar la radio, que seguía con el acordeón.

La escoba estaba apoyada en la pared, junto a la puerta de las viñas, con las cerdas hacia arriba para que no se doblaran.

Eso no se lo había enseñado él. A media mañana la había visto fijarse en cómo dejaba él la palanca y la escalera, y a partir de ahí había ido colocando cada cosa en su sitio sin preguntar, tan concentrada como cuando en los mensajes le exigía cortinas opacas y agua filtrada.

Barría fatal. Barría como quien rema, y las primeras horas había levantado más polvo del que recogía.

Pero no había parado. A las once ya no estornudaba, a las doce mojaba el suelo antes de pasar la escoba y a las tres, cuando él bajó a buscar clavos, se la encontró de rodillas debajo de las barricas, sacando con la mano un nido de ratones abandonado.

Puso cara de asco, no dijo nada, lo echó al cubo y siguió.

Lo de la comunicación no se lo había creído.

Ella había rodeado el vaso con los dedos, había contestado una frase que no parecía preparada y después se había callado, con cara de haber dicho más de la cuenta.

Tenía manos de no haber cogido una herramienta en su vida y las uñas pintadas de un color que, después de un día de polvo, ya no se sabía cuál era.

Llevaba un plumífero sin marcas que costaba, calculó él, lo mismo que las tejas del ala norte, y no se quitaba las gafas de sol ni de noche.

En París había conocido a bastante gente que se escondía de algo, casi siempre de un marido o de un banco, y ninguna de esas personas se habría puesto a barrer.

No sabía quién era. Para darle una escoba tampoco le había hecho falta.

La cámara estaba en el banco de trabajo, con la tapa puesta.

Había sido de su abuelo. Llevaba dentro un carrete empezado en verano: las viñas en agosto, el tejado antes de abrirlo, la lámpara de 1890 tirada en el suelo, su prima pisando uva.

Cosas que iba a arreglar o que no quería olvidar.

A la gente que no conocía no le hacía fotos.

Se lo había pedido sin pensarlo, al verla en el marco de la puerta con la luz de lado y polvo hasta en las pestañas, y en cuanto lo dijo se arrepintió.

Ella se quedó rígida de golpe, como un animal que oye un coche.

Le vio el no en la boca. Luego la vio cambiar de idea y no supo por qué.

Al mirar por el visor comprobó que no estaba posando: lo miraba a él, por encima de la cámara.

Tuvo que bajarla antes de tiempo y volver a la escalera para tener las manos ocupadas.

Quedaban unas cuantas fotos en el carrete.

No tenía ninguna prisa por revelarlo. Antes de irse subió una última vez a la escalera, a recoger la palanca que se había dejado encima de la viga.

Subió como subía siempre, con los ojos clavados en la madera, sin mirar abajo ni una vez.

Era una costumbre que no le había explicado a nadie.

Lo de las luces se lo había dado por el árbol, o eso se dijo. Ella había dicho «esto es lo que quiere Holly», pero se le había visto en la cara que lo quería ella. Era la primera persona que entraba en la bodega y pedía algo que ya estaba allí.

Apagó la radio. Desde la puerta de las viñas se veía la ventana de la cocina de la casa, encendida, con tres siluetas alrededor de la mesa. Una gesticulaba mucho; sería Holly. Otra estaba muy quieta. La tercera seguiría llevando, aunque desde allí no podía verlo, la telaraña del plumífero.

Mathis cogió el lápiz de carpintero del banco y, en el calendario de la cooperativa que colgaba de un clavo junto a la puerta, tachó el ocho. Contó los días que faltaban hasta el veinticuatro. Le salieron dieciséis. Para el tejado eran pocos.