El club de las fugitivas de Navidad Capítulo ocho · Papá Noel también tiene faltas de ortografía
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Capítulo ocho · Papá Noel también tiene faltas de ortografía

Capítulo ocho

Papá Noel también tiene faltas de ortografía

Grace

El cura tenía gripe.

Elias se lo comunicó el lunes siete de diciembre a las ocho de la mañana, en la puerta de la escuela, con la cara de un general que acaba de perder a su mejor soldado antes de la batalla.

—Tenía que ser Papá Noel en la visita al colegio de Lindenwiller —dijo—. A las diez. Hay cuarenta y dos niños esperando para darle sus cartas.

—¿Y no hay otro? —preguntó Grace.

—Yo hago el chocolate. Las dos señoras del pueblo no llegan a la barba. —Elias miró el perchero de los trajes y suspiró—. Y estos son muy grandes. El del cura es el más grande de todos. Es un hombre muy… generoso.

Holly, que estaba a su lado con la libreta abierta, alzó los ojos. Miró el traje. Miró a Grace. Volvió a mirar el traje.

Grace vio venir lo que iba a pasar como se ve venir un autobús: con toda claridad y sin ninguna posibilidad de apartarse.

—No —dijo.

—No he dicho nada —dijo Holly.

—Lo estás pensando.

—Grace, cariño. Eres la más alta.

—Soy una mujer.

—Papá Noel lleva barba. Nadie te va a ver la cara.

—Me van a oír la voz.

—Pues pones voz grave.

Grace buscó ayuda en Genevieve, que estaba apoyada en la pared, con el gorro de duende puesto, porque desde Colmar no se lo había quitado más que para dormir, y la miraba con una expresión de inocencia tan perfecta que solo podía ser falsa.

—A mí no me mires —dijo Genevieve—. Yo sirvo el chocolate.

Grace miró a Elias. Elias la miraba con esperanza, con las manos llenas de harina juntas delante del pecho, como un niño que no se atreve a pedirle del todo su regalo a Papá Noel.

Grace pensó en los cuarenta y dos niños y en sus cartas. Llevaba siete años organizando la recogida de San Judas desde detrás de una mesa, sin acercarse nunca a la parte en la que los niños abrían los regalos.

Suspiró.

—¿Dónde me cambio?

Elias le indicó el cuarto de atrás y luego se cuadró ante Holly e inclinó la cabeza, igual que un oficial que acaba de recibir órdenes.

—Mi general.

* * *

El traje olía a naftalina y, muy al fondo, a colonia de hombre.

Le quedaba grande de ancho y bien de largo.

Elias le dio un cojín de cuadros para la barriga, y Holly se lo ató a la cintura con un cinturón de cuero, con la concentración de un técnico de la NASA.

La barba era de algodón sintético y se sujetaba con una goma por detrás de la cabeza.

Picaba de un modo que debería estar prohibido.

Y estaban los cascabeles.

Grace no había caído en los cascabeles hasta que dio el primer paso. Sonaron todos juntos: los de las mangas, los del borde de la chaqueta, el del gorro. Un estrépito dorado, alegre, completamente incompatible con la seriedad. Dio un segundo paso. Volvieron a sonar.

Se detuvo. Los cascabeles, poco a poco, se callaron.

Holly se mordía el puño. Genevieve se había dado la vuelta y miraba la pared con los hombros temblando.

Grace se miró en el cristal oscuro de la ventana. Un Papá Noel alto, flaco por arriba y gordo por el medio, con el moño asomando por debajo del gorro y dos ojos castaños, furiosos y muy serios, entre la barba y las cejas postizas.

Era lo más ridículo que había visto en su vida.

Por algún motivo, en lugar de quitárselo, se ajustó el gorro.

—Si alguien hace una foto —dijo, con la voz más grave que pudo—, la confisco.

—Nada de fotos sin permiso —dijo Holly, levantando una mano solemne—. Norma número uno.

* * *

El colegio de Lindenwiller era una casa amarilla con estrellas de papel en las ventanas. Grace entró por la puerta de atrás, tintineando a cada paso, y esperó en un pasillo que olía a plastilina mientras la maestra, una mujer joven con trenzas, preparaba a los niños.

Oyó la voz de la maestra a través de la puerta. Oyó un silencio. Después, la palabra «Père Noël» y un grito colectivo, agudo, de cuarenta y dos gargantas, que hizo vibrar el cristal de la puerta.

Grace notó que le temblaban las manos. Ella, que había hablado delante del obispo.

Ella, que una vez echó a un concejal de la recogida de juguetes porque intentó hacerse una foto con las cajas sin haber traído ni un juguete.

Le temblaban las manos dentro de unos guantes blancos que le quedaban grandes.

Elias apareció a su lado en el pasillo, con un termo enorme de chocolate en cada brazo. Se detuvo a la distancia de siempre, ni un paso más cerca, y bajó la voz como un mayordomo que anuncia a un duque.

—Monsieur le Père Noël —dijo—. Te esperan.

Grace empujó la puerta.

Cuarenta y dos caras se volvieron hacia ella.

Y Grace, que había preparado mentalmente un saludo en francés correcto, con voz grave, adecuado a la edad de los asistentes, dio un paso, sonó entera como una campana de iglesia, se le enganchó la bota en el felpudo y entró en el aula de un traspié, braceando, con la barba torcida y el cojín de la barriga desplazado hacia un lado.

Durante un instante no respiró nadie.

Enseguida, cuarenta y dos niños rompieron a reír.

Se reían como se ríen los niños ante una maravilla, sin una gota de burla: con todo el cuerpo, doblándose, tirándose del jersey unos a otros. Un niño pequeño con gafas se cayó de la silla de pura risa. Una niña gritó, encantada: «Il est tombé! Le Père Noël est tombé!».

Grace se colocó la barba y el cojín y, sin pensarlo, sin ninguna norma federal que la respaldara, hizo una reverencia.

Las risas se duplicaron.

Grace dejó de aguantarse y se rió también, detrás de la barba, primero sin ruido y luego sin remedio.

* * *

Las cartas las recogió sentada en una silla de colores diseñada para un niño de cinco años, con las rodillas a la altura de la barba.

Los niños pasaban uno a uno. Algunos le daban la carta y salían corriendo.

Otros se quedaban a explicarle cada línea del dibujo.

Uno le preguntó por qué tenía voz de chica, y Grace, sin dudar, en francés, le contestó que Papá Noel tenía muchas voces porque tenía que hablar con niños de todo el mundo.

El niño lo aceptó como un argumento científico irrefutable y se fue a contárselo a los demás.

Una niña de unos seis años con un gorro rosa se le subió a las rodillas sin preguntar, le tiró de la barba para comprobar si era auténtica, concluyó que no lo era y la abrazó de todos modos.

—C'est pas grave —le dijo al oído, consolándola—. Tu es gentil quand même.

No pasa nada. Eres bueno igual.

Grace se quedó muy quieta, con la niña colgada del cuello y los ojos picándole por algo que no era la barba.

El último fue un niño de unos ocho años que no se había reído.

Grace se había fijado en él desde el principio: sentado en la última mesa, con el abrigo puesto aunque la clase estaba caliente, sin levantarse en ningún momento.

Cuando todos terminaron, la maestra le hizo un gesto. Él negó con la cabeza.

—Il n'a pas écrit de lettre —le explicó la maestra en voz baja a Grace—. Le cuesta escribir. Le da vergüenza.

Grace se levantó de la silla pequeña, sonando entera. Cruzó el aula e hizo lo que no había hecho en treinta años: se sentó en el suelo.

Con el traje de cascabeles, el cojín y la barba, se acomodó al lado de la mesa del niño, de modo que su cara quedó por debajo de la de él.

—Moi aussi, je suis très mauvais en orthographe —le dijo en voz baja—. Tu me le dis, et moi, je l'écris?

Yo también escribo fatal. ¿Tú me lo dices y yo lo escribo?

El niño la estudió con desconfianza y acabó asintiendo.

Grace sacó el bolígrafo que llevaba, por supuesto, en el bolsillo interior del traje, cogió una hoja de la mesa y esperó.

El niño no pidió un juguete. Pidió un abrigo para su hermana pequeña, porque el suyo se le había quedado corto y le asomaban las muñecas.

Tras pensarlo mucho, con la boca muy cerca del oído de Grace para que nadie más lo oyera, pidió que su padre encontrara trabajo antes de Navidad, porque desde que cerró la fábrica estaba siempre en el sofá y ya no se reía.

Grace lo escribió todo. Con su mejor letra, la de los rótulos de la recogida. Cuando terminó, el niño le pidió el bolígrafo y firmó él mismo, despacio, con letras grandes: Théo.

Grace dobló la carta y se la guardó dentro del traje, junto al pecho, donde no se perdiera.

* * *

Fuera, en el patio, Genevieve servía chocolate con el gorro de duende y Holly repartía bredalas de una cesta, charlando sin parar con las madres en un idioma que no era inglés ni francés, pero que todo el mundo parecía entender.

Grace salió la última, cuando ya se habían ido todos los niños, y se quitó la barba en la puerta.

Le picaba toda la cara y tenía el moño deshecho.

Elias estaba apoyado en la pared, junto a los termos vacíos. Había visto la escena del niño entera, desde la puerta del aula. Grace lo había notado de reojo, sin girarse, igual que se nota en misa cuando alguien te está mirando.

—Vous avez été un très bon Père Noël —dijo él.

—Me he caído al entrar.

—Por eso.

Grace no entendió. Luego sí, y de pronto le pareció urgentísimo enroscar la tapa de un termo.

Sacó la carta de dentro del traje y se la dio.

—Esta es especial. No es un juguete. —Dudó—. No sé si podemos hacer algo.

Elias la leyó. Al terminar, no levantó los ojos del papel, con la mandíbula apretada. Grace vio que reconocía el nombre.

—Conozco a su padre —dijo—. Trabajaba en la fábrica de embalajes. Es buen hombre. —Dobló la carta con cuidado—. Lo del abrigo es fácil. Lo otro… déjame pensar.

Se la guardó en el bolsillo del pecho, debajo del jersey con harina, y alzó los ojos hacia ella, sin prisa y sin pedirle nada, sin la lista de encargos que en San Judas solía venir detrás de una mirada así.

—Gracias por sentarte en el suelo, madame Whitmore —dijo.

* * *

Esa noche, delante de la estufa verde, Holly no la dejó subir hasta que lo contó todo dos veces: el felpudo, la reverencia, el niño que le preguntó por qué tenía voz de chica. Genevieve escuchaba sentada en la alfombra, con el gorro de duende puesto.

—Santa Grace —dijo Holly, y levantó su taza de chocolate—. De San Judas. Ya te lo dije en el sótano: sonabas a santa.

—Me he caído de bruces delante de cuarenta y dos niños.

—Los santos se caen muchísimo. Es casi un requisito.

—Holly posó la taza en el suelo y se puso seria, cosa que en ella duraba poco y se notaba mucho—.

Pero esta mañana, cuando Elias ha dicho lo del cura, te he visto la cara.

Y a Duende en Colmar, detrás de las gafas.

Y ninguna de las dos ha dicho «socorro».

—No era para tanto —dijo Genevieve.

—Porque no teníamos contraseña. Toda fuga seria tiene una. —Holly cogió el gorro de Genevieve por la punta, sin quitárselo, y lo sacudió. El cascabel sonó tres veces—. Esto. Tres cascabeles: ven ya. Sin preguntas, estés donde estés.

—¿Y si no hay un cascabel a mano? —preguntó Grace.

—Tres campanitas en el grupo. Ya tenemos campanitas en el nombre. Previsión, Grace.

Grace dejó pasar un silencio largo y tendió la mano. Holly le pasó la libreta sin que hiciera falta pedírsela, y Grace fue directa a la página de las normas y, debajo de la de las fotos, escribió: «3. Tres cascabeles: ven ya.»

Genevieve se inclinó a leerlo por encima de su hombro.

—Te has saltado la dos.

—No me la he saltado. La dejo libre.

—¿Para qué?

—Para cuando haga falta —dijo Grace, y cerró la libreta.

* * *

Más tarde, en su habitación de la Maison Ehrhart, Grace colgó el traje de cascabeles en la puerta del armario. Al moverlo, sonó.

Se acercó a examinarlo, la manga primero, después el borde.

Los cascabeles estaban cosidos a mano, todos, uno por uno, con hilo rojo.

Algunas puntadas eran más largas que otras, como si quien las hizo se hubiera ido quedando dormido.

Pensó en unas manos grandes con harina, de noche, en una trastienda, pinchándose con una aguja.

Cogió su neceser, sacó el pequeño estuche de costura que no dejaba nunca en casa, y enhebró una aguja con hilo rojo.

Reforzó, con puntadas pequeñas y firmes, los tres cascabeles que estaban a punto de soltarse, y lo demás lo dejó como estaba.

Cuando terminó, miró el móvil. No tenía ningún mensaje de Trent. Hacía nueve días que no tenía ninguno. Descubrió, con una sorpresa tranquila, que no lo había mirado en todo el día.

Apagó la luz. Desde la puerta del armario, en la oscuridad, el traje sonó una vez, muy bajito, cuando la calefacción vieja hizo vibrar la madera.

Grace sonrió y cerró los ojos.

* * *

The Runaway Christmas Club

Holly: 23:58. Prueba del sistema. (tres campanitas)

Genevieve: ¿qué pasa? ¿dónde estás?

Holly: 23:58. En mi cama. Era una prueba. ¡¡FUNCIONA!! (icono de beso)

Genevieve: estoy en el pasillo en calcetines (icono de sonrisa al revés)

Grace: El sistema no se prueba a medianoche.

Holly: 23:59. Santa Grace, ¿tú también te has levantado?

Grace: No.