El club de las fugitivas de Navidad Capítulo siete · Vivi no se pondría eso ni muerta #2
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Capítulo siete · Vivi no se pondría eso ni muerta #2

Grace leía en voz alta las placas de los edificios y las traducía sobre la marcha. La de la aduana decía que el edificio se llamaba Koïfhus.

—Casa de los mercaderes —explicó—. Aquí pesaban la mercancía y cobraban los impuestos.

—Como Preston con las facturas —dijo Holly.

—Más bonito —dijo Grace.

Comieron bredalas de una caseta que tenía doce tipos distintos, y Holly apuntó en la libreta cuáles le gustaban más para el taller con los niños.

Comieron un bretzel tan grande como la cabeza de Grace.

Compartieron una tarte flambée, una especie de pizza finísima con nata, cebolla y beicon, de pie junto a una barrica, mientras a las cuatro y media se encendían todas las luces de golpe.

Los gorros los vio Holly.

Eran de fieltro rojo, puntiagudos, con el borde blanco, y tenían cosido en la punta un cascabel dorado del tamaño de una nuez. Los vendía un chico con perilla en una caseta llena de cosas ridículas.

—No —dijo Grace.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

—Llevan cascabel —dijo Holly, con un temblor en la voz, como si acabara de hablarle la Virgen—. Como los trajes de Elias. Es el uniforme.

—Es un gorro de once euros con un cascabel.

Holly compró tres.

Se puso el suyo en el acto, y el cascabel sonó. Sin pedir permiso, le plantó el segundo a Grace en la cabeza, por encima del moño. Grace se quedó inmóvil, con la expresión de una reina a la que han coronado por error, y el cascabel sonó también, solo una vez, con cierta reserva.

El tercero se lo tendió a Genevieve.

Genevieve lo miró. Pensó en las fotos de su perfil y en lo que diría Dana. Vivi jamás, jamás en la vida, se habría dejado ver con un gorro de fieltro de once euros con un cascabel en la punta.

Se quitó el gorro de lana. Se puso el de fieltro.

El cascabel sonó.

Holly dio un gritito. Grace empezó a reírse por dentro, sin mover la cara, solo con los hombros. Genevieve, plantada en medio de un mercado de Navidad en Alsacia, con un gorro ridículo y vino caliente en la mano, soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que apoyarse en la barrica.

* * *

Las vio diez minutos después, delante de una caseta de cascanueces.

Dos chicas de unos veinte años, con plumíferos de colores, los móviles ya preparados y acento de California. Una de ellas la miraba de esa manera que Genevieve conocía mejor que su propia cara: los ojos que se entrecierran, la cabeza que se ladea, el codo que busca el brazo de la amiga.

—Oye —oyó que decía—. Oye, mira. ¿Esa no es…?

Genevieve tardó un segundo en girarse. Se sacó las gafas de sol del bolsillo y se las puso. Eran las cinco menos cuarto de la tarde y ya era casi de noche.

—Voy a mirar una cosa —le dijo a Holly.

—¿Qué cosa?

—Una cosa.

Se escabulló entre la gente.

No corrió, porque correr era lo peor que se podía hacer.

Caminó deprisa, con la cabeza baja, esquivando cochecitos y grupos de turistas, con las chicas detrás, demasiado cerca.

Se metió por un pasillo entre dos casetas, dio la vuelta a un abeto gigante y se agachó detrás de un puesto de corazones de jengibre, de los que llevan frases escritas con azúcar glas.

Allí se quedó, en cuclillas, con el pulso a mil, entre un corazón que decía «Je t'aime» y otro que decía «Mon petit chou».

Las chicas pasaron por delante del puesto. Se pararon tan cerca que Genevieve les veía las botas por debajo del mostrador. Dejó de respirar.

—Te digo que era ella.

—Que no, en serio. Vivi está descansando en casa, lo ha dicho su mánager.

—Pero tenía su cara.

—Tenía su cara y un gorro de duende con un cascabel. —La amiga resopló—. Vivi no se pondría eso ni muerta.

Se alejaron discutiendo. Genevieve aguantó agachada otro minuto, con las rodillas protestando y el gorro de duende puesto.

No se lo había quitado. Ni se le había ocurrido. Aquel gorro, comprendió entre el alivio y la risa, era lo único que la había salvado.

La vendedora de los corazones de jengibre la miraba desde arriba con curiosidad. Genevieve se levantó, se sacudió la nieve de las rodillas con toda la naturalidad que pudo y señaló un corazón al azar.

—Ese, por favor.

Era el de «Mon petit chou».

* * *

Holly y Grace la encontraron diez minutos más tarde, sentada en el borde de una fuente, con las gafas de sol, el gorro de duende y un corazón de jengibre enorme colgado del cuello.

—¿Dónde te habías metido? —preguntó Holly—. Te hemos buscado por todo el mercado. Grace ya iba a avisar a la policía.

—No iba a avisar a la policía —dijo Grace—. Iba a buscar a un policía. Es distinto.

—Me he perdido.

—Has dicho que ibas a mirar una cosa.

—Y me he perdido mirándola.

Grace la observó desde arriba, con el cascabel inmóvil en la punta del gorro.

—Esas dos chicas de California te estaban mirando.

Genevieve tragó saliva.

—¿Qué chicas?

—Las de los plumíferos. Te estaban mirando y tú te has puesto unas gafas de sol en plena noche y te has ido como si te persiguiera el IRS.

Holly se sentó al lado de Genevieve en el borde de la fuente, le cogió la mano con las dos suyas, muy seria, y se le acercó mucho.

—Cariño. Puedes contárnoslo. ¿Estás en protección de testigos?

—¿Qué? No.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que está en protección de testigos.

—Holly, no estoy en protección de testigos.

—¿Un ex? —preguntó Grace—. ¿Alguien que no quieres que te encuentre?

Genevieve miró a una y a otra. Holly, con su gorro y su cara de preocupación sincera.

Grace, con su gorro y su cara de estar tomando nota.

Podía decirles: soy Vivi, tengo seis millones de seguidores, esas chicas me han reconocido y por eso me he escondido entre los corazones de jengibre. Sería tan fácil.

Y a partir de ese momento ya no sería Genevieve.

—Es que no me gustan las fotos —dijo—. Nada más. Me ponen nerviosa. Es una tontería.

Holly la estudió sin pestañear y asintió.

—Vale —dijo—. Pues nada de fotos.

—No hace falta que…

—Nada de fotos sin permiso. Es la norma del club. —Miró a Grace—. ¿Lo apuntas?

Grace le cogió la libreta a Holly, la abrió por la última página y escribió arriba, con su letra de rótulo, NORMAS DEL CLUB. Debajo puso: «1. Nada de fotos sin permiso.» Y la cerró.

—Apuntado. Lo de «del club» es por abreviar.

Genevieve clavó los ojos en la libreta cerrada. Algo se le atascó en la garganta, sin avisar, y tuvo que volverse hacia las luces del puente hasta que pasó.

—Gracias —dijo.

—Pero que conste —añadió Holly, levantándose y tirando de ella— que es una pena, porque con ese gorro estás guapísima, Duende. —Genevieve fue a protestar y Holly se le adelantó—: Lo ha decidido el gorro, no yo.

* * *

El último autobús las dejó en el pueblo de al lado a las ocho y diez. De allí a Sternheim había cuatro kilómetros de carretera oscura, nieve a los lados y ninguna farola.

—Plan D —dijo Holly.

—No hay plan D —dijo Grace.

—Siempre hay plan D.

El plan D consistió en caminar por el arcén en fila india, con la linterna del móvil de Grace por delante, los tres cascabeles sonando a cada paso como un pequeño trineo sin renos.

Llevaban diez minutos cuando unos faros aparecieron detrás de ellas, en la curva, y un coche viejo, una ranchera verde con las puertas abolladas, frenó a su lado.

La ventanilla bajó.

Era Mathis.

Las repasó a las tres, una por una. Los gorros de fieltro. Los cascabeles. El corazón de jengibre de «Mon petit chou» colgado del cuello de Genevieve. Las gafas de sol, que Genevieve seguía llevando puestas, de noche, en una carretera sin farolas.

Genevieve deseó con todas sus fuerzas que se la tragara la nieve.

Mathis no movió ni un músculo de la cara. Se inclinó sobre el volante, buscándola a ella.

—Joli chapeau —dijo.

Y abrió la puerta de atrás.

Holly se metió la primera, dándole las gracias en un francés inventado. Grace la siguió, recogiendo el abrigo con elegancia. Genevieve se quedó atrás, en el arcén, con el corazón de jengibre balanceándose sobre el pecho.

Podía quitarse el gorro; habría sido lo sensato.

No se lo quitó. Se subió al coche con el cascabel sonando y se sentó muy recta, mirando al frente.

—Gracias —dijo, sin girar la cabeza.

—De rien —dijo Mathis, y arrancó.

Todo el camino hasta Sternheim, cada vez que el coche cogía un bache, sonaban tres cascabeles a la vez. Genevieve vio por el retrovisor que Mathis apretaba los labios con fuerza, mirando la carretera, haciendo un esfuerzo enorme por no reírse.

Ella también lo estaba haciendo.

Perdió antes que él.