El club de las fugitivas de Navidad Capítulo siete · Vivi no se pondría eso ni muerta
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Capítulo siete · Vivi no se pondría eso ni muerta

Capítulo siete

Vivi no se pondría eso ni muerta

Genevieve

La primera semana, Sternheim le enseñó a Genevieve tres cosas, y ninguna venía en el correo de Les Grelots.

La primera fue que el radiador de la escuela, salvo el primer día, cumplía su palabra.

El miércoles, que era día dos, funcionó de nueve a cinco con un ruido de cafetera vieja.

El jueves no dio ni un suspiro. Los días impares trabajaban con el abrigo puesto, y Grace colgó en la puerta del aula un folio con su letra de rótulo: «HOY: AbrIGO».

Elias lo leyó al llegar, asintió con gravedad y no lo quitó.

Con abrigo o sin él, Grace ordenó las cartas que habían llegado hasta entonces.

Elias las guardaba en dos cajas de zapatos, revueltas con los recibos de la rifa y una factura de harina.

El martes por la tarde estaban ya en carpetas por edades.

El miércoles había una tabla con tres columnas: lo que pedía cada niño, lo que había en el almacén y lo que faltaba.

Elias la miró desde la puerta, sin acercarse, con el respeto que se le tiene a un perro desconocido.

—¿Esto lo has hecho en un día, madame Whitmore?

—En una tarde —dijo Grace—. Con guantes.

Desde entonces, cada vez que entraba en el aula, Elias se paraba a un metro de su mesa. Ni un paso más. Genevieve no supo decidir si era por educación o por miedo a la tabla.

Holly, mientras tanto, llenó doce páginas de la libreta.

Tenía una lista de lo que hacía falta para la fiesta, otra de lo que se podía conseguir gratis y una tercera, más corta, de lo que habría que pagar, que no enseñaba a nadie.

Por las noches dibujaba la bodega de memoria, a partir de lo poco que se veía desde la ventana del baño, y cada noche le salía un poco más grande.

La segunda cosa fue que allí nadie la miraba dos veces.

El carnicero del bigote le despachó doscientos gramos de jamón para el Chismoso sin apartar los ojos del periódico.

El dueño del bar le sirvió un café y le estuvo hablando diez minutos del tiempo en alsaciano, convencido de que lo entendía.

Una señora la paró en la calle para preguntarle algo, vio que no la entendía, le dio una palmadita en el brazo y siguió su camino.

El jueves, Genevieve se dio cuenta de que había ido a la panadería sin gafas de sol y no había pasado nada.

El viernes se las puso igual, por costumbre, y se las quitó en la esquina.

La tercera cosa fue la luz de la bodega.

Desde la ventana del baño se veía la nave del fondo del patio, y todas las noches, fuera la hora que fuera, había una bombilla encendida dentro.

Después de la foto de la escoba, Mathis no volvió a escribir en toda la semana, y ella tampoco.

El jueves por la noche tecleó «¿Sigue en obras?

», se quedó mirando la frase un buen rato y apagó el móvil sin mandarla.

Le quedaban veintiún días de plazo y una escoba que nadie había ido a recoger.

El viernes, Holly fue al ayuntamiento a pedir mesas, con Grace de intérprete y Genevieve de testigo.

El ayuntamiento era una sala con una bandera, un calendario de los bomberos y un señor con chaleco de punto que las escuchó con las manos cruzadas sobre la barriga.

Holly le explicó la fiesta. Grace se lo tradujo en un francés tan correcto que el señor se puso a hablar más lento, por respeto.

Al final abrió un cajón, sacó una libreta de tapas negras y apuntó algo.

—Trente tables —dijo—. Pour le vingt-quatre.

—Treinta mesas —tradujo Grace—. Para el veinticuatro.

Holly le dio las gracias tres veces, una en inglés y dos en un francés que no existía.

En la escalera, Grace le advirtió que el señor había apuntado las mesas en la página del veintitrés y que convenía volver a preguntar.

Holly dijo que era una mujer muy desconfiada.

Grace dijo que era una mujer que había organizado siete recogidas de juguetes.

Había también cosas pequeñas que no entraban en ninguna lista.

La cafetera italiana, por ejemplo, la venció Genevieve el miércoles.

El primer café le salió quemado; el segundo, aguado; el tercero, a la primera.

Se lo puso a Grace delante sin decir nada.

Grace lo probó, dejó la taza en el plato y dijo:

—Muy bien.

Holly soltó la cuchara.

—En un año de jueves —dijo— la he oído decir «muy bien» una vez. Una. Y fue por unos juguetes sin envolver.

—Lo digo cuando toca —dijo Grace, y se terminó el café.

El grupo de Caldwell HQ estuvo callado casi toda la semana. Emma mandó una foto de un árbol de Navidad enorme en un centro comercial de Denver. Preston, un mensaje dictado que decía: «¿Todo bien por allí? P.». Holly contestó con una foto del radiador. Nadie le preguntó por qué.

Por las noches se sentaban las tres delante de la estufa verde, cada una con lo suyo.

Grace, con un libro en francés y el diccionario abierto en las rodillas, subrayaba a lápiz las palabras que no conocía y las repetía en voz baja, como si fueran nombres de gente.

Holly cortaba retales sobre una bandeja de horno.

Genevieve no hacía nada, y era la primera vez en años que no hacer nada no le daba culpa.

El Chismoso entraba a las once, cobraba su cuota y se dormía en el banco de azulejos.

Una noche Grace se quedó dormida con el libro abierto sobre el pecho, y Holly le quitó el libro sin despertarla y le echó una manta por encima.

El sábado, Elias llegó a la escuela con una bandeja tapada con un paño. Debajo había veinte hombrecillos de brioche, dorados, con dos pasas por ojos y los brazos pegados al cuerpo, como si les diera vergüenza.

—Mannele —dijo—. Para mañana. Mañana es San Nicolás.

Les explicó que en Alsacia san Nicolás pasaba la noche del cinco al seis y dejaba a los niños buenos naranjas, pan de especias y aquellos muñecos de brioche. A los malos los visitaba un señor vestido de negro, con una vara, del que era mejor no hablar delante de los pequeños.

—¿Y a los mayores? —preguntó Holly.

—A los mayores, nada —dijo Elias—. Los mayores ya saben dónde está la panadería.

Holly cogió un mannele, lo examinó por delante y por detrás y lo puso de pie en la mesa, junto a la libreta.

—Este se viene con nosotras —anunció—. Mañana nos vamos a Colmar.

—¿Cómo? —preguntó Grace.

—Ya lo pensaré esta noche.

Lo pensó, y por la mañana tenía dos planes. Los otros dos los improvisó sobre la marcha.

* * *

Plan A: el tren de las nueve y doce a Colmar.

Holly lo anunció el domingo a las ocho, en la cocina, con la libreta abierta y una flecha roja que iba de un dibujo de una casa a un dibujo de un árbol de Navidad. Grace consultó el móvil durante quince segundos y dijo:

—Los domingos no para ningún tren en la estación de aquí.

—Entonces, plan B —dijo Holly sin inmutarse, y pasó la página—. Autobús de las diez y cuarenta.

—Ese sale del pueblo de al lado.

—¿A cuánto está el pueblo de al lado?

—A cuatro kilómetros.

Holly lo meditó un instante. Genevieve, que untaba mantequilla en una rebanada de pan con una concentración de cirujana, vio llegar el plan C antes de que Holly lo dijera. Se le notó en cómo le brillaron los ojos.

—Vamos andando —dijo Holly—. Por los viñedos. Con la nieve. Tiene que ser precioso.

—Tiene que ser húmedo —dijo Grace.

—Precioso y húmedo.

Grace miró a Genevieve buscando una aliada. Genevieve se metió el pan en la boca para no tener que votar.

Fue precioso. Y fue húmedo. A los veinte minutos, Genevieve llevaba nieve dentro de una bota, Grace había resbalado dos veces sin caerse ninguna, por una cuestión de principios, y Holly cantaba villancicos a pleno pulmón entre las cepas desnudas, desafinando con mucha alegría.

En lo alto de una cuesta se pararon las tres a recuperar el aliento y vieron el valle entero debajo: blanco, quieto, con los pueblos encajados entre las colinas como juguetes en una caja y el humo saliendo recto de las chimeneas.

Ninguna habló. Ni siquiera Holly.

Genevieve cayó en que, en Los Ángeles, ya habría sacado el móvil para hacer una foto. Lo dejó en el bolsillo.

Cogieron el autobús por los pelos, corriendo los últimos cien metros con las mochilas rebotando. El conductor las esperó con la puerta abierta y cara de haber visto muchas americanas corriendo por la nieve.

* * *

Colmar parecía inventado.

Las casas eran de colores de caramelo, con las vigas cruzadas en la fachada como si las hubieran cosido.

Había canales con barcas cubiertas de nieve, puentes llenos de lucecitas y, en cada plaza, un mercado distinto, con un olor que lo mezclaba todo: canela, vino caliente, naranja, mantequilla, leña.

Holly se paró en la entrada del primer mercado y se llevó las dos manos al pecho.

—Me voy a morir aquí —dijo—. Me voy a morir aquí y quiero que me entierren con un bretzel.

—No digas eso en voz alta —dijo Grace—. Seguro que tienen una norma.

Pidieron vino caliente en una caseta donde lo servían en tazas de cerámica con un dibujo del mercado. Grace leyó el cartel y les explicó que la taza se pagaba aparte y que, si la devolvías, te daban el dinero.

—O te la quedas —dijo Holly, abrazando su taza—. Yo me la quedo. Me la voy a quedar siempre.

Con las tazas en la mano recorrieron los demás mercados, mientras todavía había luz.

En la Petite Venise, las casas se asomaban al canal con las contraventanas pintadas de verde y de azul, y alguien había atado ramas de abeto a las barandillas de todos los puentes.

En la plaza de la antigua aduana, las casetas se metían bajo un tejado de tejas de colores, dispuestas en rombos, que parecía un jersey de lana.

En la de los Dominicos rodeaban una iglesia tan alta que había que echar la cabeza hacia atrás para verla entera.

Cada mercado tenía su música: en uno sonaba un organillo; en otro, un coro de niños con gorros de lana que se equivocaba en la segunda estrofa y seguía cantando igual de contento.