Capítulo seis · La fiesta es tuya, si la quieres
Capítulo seis
La fiesta es tuya, si la quieres
Holly
El local de Les Grelots de Noël era la antigua escuela del pueblo, un edificio de piedra con un reloj parado en la fachada a las cuatro menos diez y una sola aula con calefacción. La calefacción, les explicó Elias nada más abrirles la puerta, funcionaba los días pares.
—Hoy es treinta —dijo Grace.
—Entonces debería funcionar —dijo Elias, y miró el radiador con esperanza, igual que se mira a un perro que a veces obedece.
El radiador no hizo nada.
Elias tendría unos cuarenta y cinco años. Era grande, de manos anchas y modales de otra época: les sostuvo la puerta a las tres hasta que pasó la última. Llevaba harina reciente en una manga del jersey, y Holly se fijó.
—Perdonad —dijo él, al ver adónde miraba—. Soy el panadero. Abro a las seis y a veces se me olvida sacudirme.
Hablaba inglés con un acento alsaciano grueso y amable. Cuando no encontraba una palabra, se encogía de hombros y la decía en francés, y Grace, por su cuenta, la traducía en voz baja. A la tercera, Elias se giró.
—Vous parlez français.
—Un peu —dijo Grace—. Très mal.
—Non. Très joliment, madame Whitmore.
Grace fue a corregirlo, porque Grace corregía siempre, y se le olvidó qué iba a decir. Holly vio con perfecta claridad cómo a su amiga se le ponían rosas las orejas. El resto de Grace siguió igual de seria.
Holly lo guardó para más tarde, en la libreta mental que tenía para esas cosas.
* * *
La campaña, les contó Elias con los abrigos puestos, había nacido en septiembre en la trastienda de la panadería.
En el valle había familias que lo estaban pasando mal: temporeros de la vendimia sin trabajo en invierno, gente de una fábrica de embalajes que había cerrado en primavera, clientes que compraban el pan de la víspera porque era más barato y creían que Elias no se daba cuenta.
Un día, una niña le preguntó si san Nicolás sabía llegar a Sternheim o si solo iba a Estrasburgo, porque el año anterior no había llegado.
—Esa noche no dormí —dijo Elias—. Y a la mañana siguiente empecé a hacer llamadas.
Sesenta y dos familias. Ciento cuarenta y tres niños. Un presupuesto de dos mil trescientos euros, la mitad de una rifa y la otra mitad del ayuntamiento, y una lista de voluntarios en la que, además de ellas tres, había dos señoras jubiladas del pueblo, el cura y él.
—Y los trajes —añadió, señalando un perchero del rincón.
Había seis trajes de Papá Noel colgados, de segunda mano y de tallas distintas, con cascabeles cosidos por todas partes.
Grace fue hasta el perchero y cogió una manga. Hilo rojo, ningún cascabel a la misma altura: los de la foto.
—¿Los cosiste tú? —preguntó.
Elias se rascó la nuca.
—Por las noches. Mal, ya lo ves. Mi madre lo habría hecho mejor.
Grace no contestó, pero no soltó la manga enseguida.
* * *
Holly levantó la mano.
Igual que en la reunión de agosto, en Boston, cuando propuso lo de los dibujos. La mano salió sola, antes de que la cabeza le diera permiso.
Elias ladeó la cabeza, curioso.
—¿Sí?
—¿Qué va a pasar en Nochebuena?
—El reparto de regalos. Aquí, en la escuela. Los niños vienen con sus familias, un Papá Noel les da el regalo, un chocolate caliente y a casa.
—¿Aquí?
Holly miró a su alrededor. Allí no cabían ciento cuarenta y tres niños con sus padres ni de pie, y el veinticuatro sería par, pero de aquel radiador no se fiaba nadie.
—¿Y si hacemos una fiesta?
Nadie contestó. Grace cerró los ojos y, sin abrirlos, dijo en voz muy baja:
—Ya está.
—Una fiesta de verdad —siguió Holly, y ya no podía parar, porque las ideas le salían como cuando se abre un armario demasiado lleno—.
Con música. Con luces. Con una merienda para todos, no solo un chocolate.
Con un rincón para que los niños hagan manualidades.
Con fotos con Papá Noel que se puedan llevar a casa.
Que los padres no vengan a recoger un regalo igual que se recoge un paquete en correos, sino a pasar la tarde.
Que sea… —buscó la palabra— una fiesta. Que sea suya.
Elias la miraba boquiabierto.
—Con dos mil trescientos euros —repitió.
—Con dos mil trescientos euros.
—¿Tú has organizado fiestas así?
Holly iba a decir que sí. Llevaba veinte años en galas: sabía de mesas, de luces, de dónde se coloca a quién. Había estado en todas, de pie delante de un cartel.
—No —dijo—. Nunca he organizado nada. He estado en muchas. Siempre de adorno.
No había pensado decirlo así. Le salió. Esperó a que pasara algo. Fuera, el reloj parado de la escuela seguía marcando las cuatro menos diez.
Elias guardó silencio y después sonrió sin enseñar los dientes.
—Pues alguien que ha estado en muchas sabe lo que no se debe hacer —dijo—. Adelante. Es tuya.
—¿El qué?
—La fiesta. Si la quieres, es tuya.
Holly bajó la mano. Ni se había enterado de que seguía levantada.
* * *
El problema, le explicó Grace veinte minutos después, golpeando con el bolígrafo la libreta de espiral de Holly, era el sitio.
—Los niños, unos noventa adultos y los voluntarios. Necesitas un espacio para doscientas cincuenta personas, cubierto, con calefacción que funcione todos los días, incluidos los impares.
—La iglesia —propuso Holly.
—El cura no deja —dijo Elias—. Lo intenté.
—El ayuntamiento.
—Es más pequeño que esto.
—¿Un hotel?
Elias soltó una risa sin maldad.
—Esto es Sternheim. El hotel tiene seis habitaciones y es de mi primo.
Genevieve, que miraba por la ventana, dijo sin girarse:
—La casa de Mathis tiene un portalón de carro.
Todos la miraron.
—Por ahí salió él con el martillo —explicó Genevieve, aún de espaldas—. Y al fondo del patio hay una nave enorme. La vi desde la ventana del baño.
Elias se dio una palmada en la frente que dejó una pequeña nube de harina en el aire.
—La bodega vieja. Claro. Mathis la está restaurando. —Se le iluminó la cara—. Pero tendríais que pedírselo vosotras. A mí me dirá que está en obras. A mí siempre me dice que está en obras.
Holly se giró hacia Genevieve con una sonrisa radiante.
—Genevieve, cariño. Tú hablas con Mathis.
—No.
—Tú tienes su número.
—Lo tenéis todas, lo dejó en la cocina.
—Pero a ti te contesta.
—Me contesta para burlarse de mí.
—Eso es una relación —dijo Holly—. Eso es un principio de relación. Con eso se trabaja.
Grace soltó una tos que no era tos. Elias miró a una, a otra, y a la tercera, y decidió prudentemente estudiar el radiador.
Genevieve aguantó unos segundos y suspiró.
—Vale. Pero si dice que no, no insisto.
—Claro que no —dijo Holly, que pensaba insistir muchísimo.
* * *
Volvieron a casa andando por la calle principal. Holly iba en medio, cogida del brazo de las dos, hablando de guirnaldas y de mesas largas. Grace lo apuntaba todo en la libreta sin mirar el suelo. Genevieve escribía y borraba en el móvil con la mano libre.
Acabó mandando:
«Necesitamos tu bodega.»
La respuesta llegó al minuto.
«¿Para qué?»
«Para una fiesta de Nochebuena. Todos los niños del programa, sus padres y nosotras.»
Pasaron tres minutos sin respuesta.
«¿La de la lista de exigencias va a organizar una fiesta infantil?»
«No. La organiza Holly. Yo solo la sufro.»
Otro minuto.
«Bienvenue au club.»
Enseguida llegó otro:
«Está en obras.»
Genevieve se paró en mitad de la calle. Holly y Grace se pararon con ella, porque Holly no le había soltado el brazo.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Holly.
—Que está en obras.
—Eso es que sí —dijo Holly.
—Eso es que no.
—Eso es que no, todavía —corrigió Grace sin levantar la vista de la libreta.
Genevieve escribió una frase y la borró. Después apretó los labios, igual que la noche del romero, cuando él la llamó niña consentida, y escribió muy deprisa, antes de arrepentirse:
«Pues termina las obras. Tienes veinticuatro días.»
Lo envió y se guardó el móvil con las mejillas ardiendo.
No lo miró en toda la tarde. Lo miró, en realidad, once veces. Por la noche seguía sin respuesta cuando se sentaron las tres delante de la estufa verde, Holly a dibujar planos imposibles y Grace con un libro en francés y el diccionario al lado.
* * *
Poco antes de las once, algo arañó el cristal de la ventana de la cocina.
Era el gato negro. Estaba sentado en el alféizar, con nieve en el lomo, y miraba hacia dentro con la paciencia de un cobrador.
—No le abras —dijo Grace, enfrascada en el diccionario—. No es nuestro.
Holly le abrió. El gato entró, cruzó la cocina sin mirar a nadie y se sentó delante de la nevera.
—Mathis dijo que había que sobornarlo con jamón —recordó Genevieve.
—Mathis dijo que era un chismoso. —Holly ya tenía la nevera abierta—. Pues ya tiene nombre: el Chismoso. —Le dejó una loncha en un platito, en el suelo—. Y esto es su cuota.
Grace volvió al diccionario con la boca muy apretada.
El Chismoso se comió la cuota en tres bocados, se subió al banco de azulejos que rodeaba la estufa y se tumbó allí, entre Holly y Genevieve, con el aire de quien lleva toda la tarde guardándoles el sitio.
Holly volvió de la cocina con tres tazas de manzanilla, porque según Grace el café después de las cinco era un error de juicio. Repartió las tazas y levantó la suya.
—Por el club.
—No somos un club —dijo Grace.
Pero chocó la taza con la de Holly. Genevieve chocó la suya con las dos. El Chismoso abrió un ojo, comprobó que aquello no incluía jamón y lo volvió a cerrar.
* * *
Pasada la medianoche, el Chismoso subió detrás de Holly y se le instaló encima de los pies. Holly seguía despierta cuando, al otro lado de la pared, zumbó un móvil y Genevieve soltó una carcajada contra la almohada.
Al minuto, la puerta se entreabrió y por la rendija asomó una mano con el móvil encendido. En la pantalla, una nave de piedra con techo de vigas, barriles apilados y polvo por todas partes. En primer plano, una mano de hombre sujetaba una escoba. Debajo ponía solo:
«Veintitrés.»
—Ha aceptado el plazo —susurró Genevieve desde el pasillo.
—¿Y la escoba?
La mano se retiró.
—Me parece que la escoba es para mí.