Capítulo cinco · Esperaba a un abuelo con boina
Capítulo cinco
Esperaba a un abuelo con boina
Genevieve
El dueño no tenía sesenta años.
Salió por el portalón de carro con una linterna en una mano y un martillo en la otra, y lo primero que hizo fue apuntarlas con la luz, una por una, como quien cuenta ovejas. Al bajar la linterna se le vio la cara.
Tendría treinta y pocos. Era alto, iba despeinado, con un jersey de lana gris que tenía una mancha de vino en el puño, serrín en los hombros y una barba de tres o cuatro días que parecía más falta de tiempo que decisión estética.
Ni boina ni bigote, y a sus pies ningún perro viejo; solo, pegado a sus botas con aires de propietario, el gato negro de la calle.
Genevieve, de rodillas junto al romero, con la llave en la mano, hizo un recálculo urgente de casi tres semanas de mensajes.
—Una gotera en la bodega —dijo él, señalando hacia atrás con el martillo—. Os esperaba a las doce. Fui a mirarla cinco minutos.
—El tren —dijo Grace.
—Ya. El tren. —Las miró a las tres, sin dirigirse a ninguna—. ¿Geneviève?
Lo dijo a la francesa, con las tres sílabas en su sitio, igual que Mamie. Esta vez no era texto.
Holly señaló a Genevieve con las dos manos, como una azafata indicando la salida de emergencia.
Genevieve se levantó. En algún momento, al oír aquella voz, se había vuelto a poner las gafas de sol sin darse cuenta. Mathis la estudió: la gorra torcida, el plumífero sin marcas con nieve hasta los codos, las gafas de sol a la una de la madrugada en una calle sin farolas.
—¿Te molesta la luz? —preguntó, muy serio.
—Tengo los ojos sensibles.
—Ah.
Apagó la linterna.
Se quedaron los cuatro a oscuras, con la nieve cayendo y el campanario encendido a lo lejos.
—¿Mejor así? —dijo su voz.
Detrás de ella, Holly hizo un ruido que podía ser un estornudo o una carcajada mal contenida. Grace no hizo ningún ruido, pero Genevieve habría jurado que había levantado la ceja, aunque no se viera nada.
Genevieve se quitó las gafas.
—Esperaba a alguien mayor —dijo, con toda la dignidad que pudo reunir a oscuras, con nieve en la gorra y diez horas de turista en la espalda.
Mathis volvió a encender la linterna, apuntando a la nieve, y se tomó su tiempo.
—Y yo, por los mensajes, a una niña consentida. —La repasó de arriba abajo: la gorra, las gafas recién quitadas, las rodillas empapadas—. No iba tan desencaminado.
Le quitó la llave de la mano con dos dedos, abrió la puerta y se apartó para dejarlas pasar.
* * *
La casa por dentro era más grande de lo que parecía, y más antigua. Suelo de piedra en la planta baja, vigas de madera oscura en el techo, una estufa de cerámica verde en el salón que ocupaba media pared y que daba un calor espeso, de pan recién hecho. Olía a leña, a cera y, muy al fondo, a vino.
Mathis les enseñó todo de carrerilla.
—La cocina. La cafetera es italiana; si no sabéis usarla, me llamáis. La calefacción del piso de arriba hace ruido. Si hace ruido, es normal. Si deja de hacer ruido, me llamáis. —Señaló el suelo—. Zapatillas.
—Las hemos traído —dijo Grace.
—Bien.
Grace puso cara de examen aprobado.
Holly, que había estado rebuscando en su bolso desde el recibidor, sacó por fin una botella pequeña de cristal con una etiqueta de cuadros rojos y se la tendió con ceremonia.
—Para ti. Es sirope de arce. De Vermont. Bueno, lo compramos en el aeropuerto de Boston, pero es de Vermont, pone que es de Vermont.
Mathis observó la botella y después a Genevieve, apenas una fracción de segundo, pero ella la notó igual que un toque en el hombro.
Y Mathis se rió, brevemente, casi sin sonido, y la risa le cambió la cara entera y lo hizo parecer aún más joven.
—Merci —le dijo a Holly—. Eres muy amable. Mucho más amable que tu agente de reservas.
—¿Qué agente de reservas? —preguntó Holly.
—Nada —dijeron Genevieve y Mathis a la vez.
Grace miró a uno, miró a otro, y se guardó la pregunta para el desayuno.
Antes de irse, Mathis dejó sobre la mesa de la cocina un papel con un número de teléfono, las instrucciones de la estufa y, escrita a mano, la contraseña de la conexión. Debajo había añadido: «Funciona cuando no nieva».
Genevieve miró por la ventana. Seguía nevando.
—Entonces, ahora mismo…
—Ahora mismo, no —dijo Mathis, poniéndose el abrigo—. Bonne nuit.
El gato negro salió detrás de él. En la puerta se dio la vuelta, miró a las tres con cara de propietario y volvió a entrar.
—Ese no es mío —dijo Mathis desde la calle—. Es del vecino. Ya os dije que no avisa. Y lo del jamón iba en serio.
* * *
Las cortinas de la habitación de Genevieve eran de terciopelo granate, pesadas como abrigos, y efectivamente eran de 1930, o de antes. Cuando las cerró, la oscuridad fue total, sin el piloto del cargador ni la luz anaranjada de Los Ángeles colándose por las rendijas.
El móvil no tenía cobertura. Lo comprobó varias veces antes de dejarlo en la mesilla y se tumbó en una cama que crujía, bajo un edredón de plumas que pesaba como una persona, escuchando un silencio tan grande que al principio la asustó.
Pensó en el hombre del martillo, en «niña consentida», en la linterna apagada.
Le dio rabia lo guapo que era. Le dio más rabia aún que no la hubiera reconocido, porque una parte muy pequeña y muy vergonzosa de ella lo había esperado. Pero la rabia más grande, absolutamente desproporcionada, se la dio que se hubiera reído con lo del sirope.
Se durmió pensando en cómo le iba a contestar la próxima vez.
Durmió siete horas seguidas. No le pasaba desde los diecinueve.
* * *
La despertaron las campanas.
No un despertador, ni una notificación, ni Dana: campanas auténticas, de bronce, desde el campanario en punta.
Genevieve abrió las cortinas de golpe y la luz entró en la habitación como un cubo de agua.
Fuera, todo estaba blanco. Los tejados, la calle, los viñedos de la ladera, el romero de la puerta.
El cielo estaba limpio y azul, como recién lavado.
Abajo olía a café.
Genevieve bajó la escalera en calcetines, con el pelo revuelto, la cara sin lavar y el jersey del pijama del revés. Lo notó a mitad de la escalera. Se paró. En Los Ángeles no salía de su habitación sin haberse mirado tres veces en el espejo, ni siquiera cuando estaba sola en casa.
Siguió bajando.
En la cocina, Holly estaba sentada a la mesa con una taza enorme y una libreta abierta llena de flechas, horarios y dibujitos de estrellas. Grace vigilaba de pie la cafetera italiana con la desconfianza de quien se enfrenta a un aparato que no ha aprobado ninguna norma federal.
—¡Buenos días! —dijo Holly—. He hecho un plan para hoy.
—Son las nueve de la mañana —dijo Grace.
—He hecho tres planes para hoy. Podéis elegir.
Genevieve se sentó a la mesa. Holly le sirvió café sin preguntar. Grace le puso delante un trozo de pan con mantequilla, también sin preguntar, y le clavó la vista en el jersey.
—Lo llevas del revés.
—Ya lo sé.
—Vale.
No añadió nada.
Genevieve bebió un sorbo de café. Estaba demasiado fuerte y sabía a quemado, porque Grace había perdido la batalla con la cafetera italiana. Era el mejor café que había tomado en años.
—Por cierto —dijo Holly, y bajó la voz aunque en la casa no había nadie más—. Lo de anoche. El casero.
—¿Qué pasa con el casero? —preguntó Genevieve.
—Que apagó la linterna porque llevabas gafas de sol. En una película de Navidad de sobremesa, eso es un nueve.
—Le falta la boina —dijo Genevieve.
—¿Qué película? —preguntó Grace.
Holly la observó por encima de la taza.
—Las de la tele, Grace. Las de diciembre, después de comer. Chica de ciudad llega a un pueblo nevado, el dueño de la casa es un gruñón, discuten por una tontería y al final nieva justo cuando se van a besar.
—Aquí ya está nevando.
—Por eso.
—No he visto ninguna.
Holly soltó la taza con un golpe seco.
—¿Ninguna?
—Trent pone las noticias.
Hubo un silencio corto. Holly abrió la libreta por una página en blanco, escribió «Grace: telefilmes. URGENTE» y lo subrayó dos veces.
—A ver esos planes —dijo.