El club de las fugitivas de Navidad Capítulo cuatro · Abrazar a la desconocida equivocada #2
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Capítulo cuatro · Abrazar a la desconocida equivocada #2

Grace las miró a las dos, despacio, como quien descubre que en el grupo se ha formado una mayoría.

Genevieve se acordaba de cosas que Holly no contaba.

Del primer audio, cuatro minutos y once segundos, que terminaba así: «No tienes que contarnos nada si no quieres.

Solo quería decirte que estamos muy contentas de que seas tú.

Bueno, de que seas quien seas. Ya me entiendes».

Ella había contestado con cuatro líneas que reescribió once veces —veintiocho años, Los Ángeles, trabajo en comunicación, no sé hacer nada útil pero aprendo rápido— y había añadido que le gustaba el nombre del grupo.

Le parecía ridículo. Pero hacía mucho que no pertenecía a nada que no tuviera un contrato detrás, y aquel nombre ridículo, con sus campanitas, la incluía sin saber quién era.

—Luego se me ocurrió lo de las cinco semanas —siguió Holly—, y resulta que el casero solo alquilaba la casa entera. Y Grace tardó veinte minutos en contestar.

—Estaba haciendo cuentas.

—Estabas diciendo que no en silencio. —Holly le dio un codazo a Genevieve—. Y esta, que no nos conocía de nada, va y dice que la casa la paga ella. Entera.

—Era lo práctico. Yo tenía el contacto del casero.

—Escribiste «Me lo puedo permitir». Así, con punto.

Genevieve se acordaba del punto. Lo había puesto aparcada en una calle cualquiera de Los Ángeles, con cuatro días de audios de Dana sin escuchar.

—Trabajas en una comunicación que paga muy bien —dijo Holly, igual que lo había escrito entonces.

—Ya te contaré —contestó Genevieve, igual que entonces, y con las mismas ganas de no contárselo nunca.

Grace apartó la vista del panel y la miró a ella. Fue muy poco rato. Lo justo para que Genevieve supiera que la había oído.

—¿Y el casero? —preguntó Holly—. Eres la única que habla con él. ¿Cómo es?

—Mayor —dijo Genevieve, sin dudar—. Sesenta, por lo menos. Bigote. Boina. Un perro viejo.

—¿Te ha mandado una foto?

—No hace falta. Se le nota escribiendo.

Los mensajes no se los había enseñado a nadie.

Lo del agua, que era agua. La semana en que el 28 duró cuatro días, porque Holly cambiaba de fecha cada mañana y ella se lo iba trasladando, cada vez con más vergüenza.

Él fue contestando «D'accord», «Entendido», «Bien» y, por fin: «Geneviève.

¿Es la versión definitiva o debo esperar a la del viernes?

». Ella se rió a carcajadas en mitad de una clase de pilates y le contestó que eran tres mujeres adultas con derecho a cambiar de opinión.

Él dijo que todo el derecho, que las esperaría despierto y que no hacía falta traer nada, aunque en Boston hacían un sirope de arce que no estaba mal.

«Eso es Vermont», había escrito ella.

«Ah. Entonces, nada.»

Se había pasado la tarde entera pensando cómo ganarle la siguiente. A un señor de sesenta años con boina.

—Holly —dijo Grace—, ¿qué llevas en el bolso que suena?

—Nada.

—Suena a cristal.

—Es para el casero. —Holly bajó la voz, como si el casero pudiera oírla desde Alsacia—. Sirope de arce. Genevieve dijo que le gustaba.

—Dije que él había dicho que no estaba mal.

—Es de Vermont. Bueno, lo compré en el aeropuerto de Boston, pero la etiqueta pone Vermont.

Genevieve se escondió detrás del vaso de chocolate.

* * *

El tren salió a las nueve y cuarenta y uno, una hora que no figuraba en ninguna versión del horario.

Holly habló durante la primera hora y se durmió de golpe, con la boca entreabierta y la cabeza en el hombro de Grace.

Grace no se movió hasta Estrasburgo. Genevieve, sentada enfrente, la vio sacar con la mano libre el horario tachado y doblarlo en cuatro, muy despacio, para no despertarla.

El trayecto en taxi hasta Sternheim duró cincuenta minutos y costó una cantidad que Grace comentó dos veces. Empezó a nevar a la salida de la autopista.

Al principio fueron unos copos sueltos que se cruzaban con los faros.

Cuando la carretera se estrechó y empezaron las curvas entre viñedos, la nieve se hizo más espesa, más lenta, y el mundo se quedó en silencio.

Holly pegó la frente al cristal y no volvió a hablar, lo cual era tan raro que Grace la miró dos veces para comprobar que seguía viva.

Pasaron por pueblos que parecían dormidos con la luz puesta.

Era más de medianoche y muchas ventanas seguían encendidas: una estrella de paja colgada en cada una, velas eléctricas en los alféizares, coronas de ramas en las puertas.

En una plaza había un abeto iluminado sin nadie alrededor, solo para la nieve.

Los carteles de la carretera tenían nombres que Genevieve no habría sabido pronunciar, con haches y uves dobles en sitios raros, y casi todos acababan en -heim o en -wihr.

El taxista los iba diciendo en voz baja al pasar, sin que nadie se lo pidiera, uno detrás de otro, como un rosario.

Genevieve, en el asiento de delante, se quitó las gafas sin darse cuenta.

Sternheim apareció de golpe, al doblar una curva: una calle empinada, casas de entramado de madera con las fachadas de colores que la noche volvía grises, contraventanas cerradas y un campanario en punta, iluminado, que parecía flotar por encima de todo.

En la calle no había nadie, solo nieve sobre los adoquines y un gato negro que cruzó sin prisa por delante del taxi.

El taxista paró al final de la calle, delante de una casa más grande que las demás, de piedra abajo y madera arriba, con un portalón de carro. Todas las ventanas estaban a oscuras.

—Maison Ehrhart —dijo, y añadió en alsaciano una frase que sonó a pésame.

El taxi se fue. Se quedaron las tres en la nieve con las maletas, delante de una casa negra. Era la una menos veinte.

—Nos iba a esperar despierto —dijo Grace.

—Eso fue hace cuatro versiones del horario —contestó Holly.

Genevieve no necesitó mirar el móvil. El último mensaje se lo sabía de memoria: «Geneviève: si me retraso, la llave está debajo del romero, junto a la puerta. No busquéis una maceta: no hay maceta, hay romero. Lo entenderéis cuando lleguéis».

Junto a la puerta había un romero, y él tenía razón: nadie lo habría llamado maceta. Era un arbusto enorme, más alto que Holly, que había crecido contra la pared durante décadas sin que nadie le pusiera límites y que ahora estaba cubierto de nieve como un señor mayor con gorro.

—Ah —dijo Genevieve—. El romero.

—¿Qué romero? —preguntó Holly.

—La llave está debajo.

—¿Debajo de eso?

Grace encendió la linterna del móvil. Holly se arrodilló en la nieve sin pensarlo, con el abrigo de viaje, y metió los brazos entre las ramas hasta los codos. Genevieve se agachó a su lado. El romero olía fuerte, a cocina de domingo, y les soltaba nieve por el cuello cada vez que lo tocaban.

—Aquí hay una piedra —informó Holly—. Otra piedra. Algo blando. No quiero saber qué es.

—Más a la izquierda —dijo Grace, sujetando la luz.

—Estoy a la izquierda.

—A tu otra izquierda.

Genevieve tenía las manos tan frías que ya no distinguía la piedra del hielo.

Tenía nieve dentro de las mangas y la gorra torcida, y estaba a cuatro patas debajo de un arbusto, en un pueblo de Francia, a la una de la madrugada.

Se dio cuenta de que se estaba riendo. Holly también. Grace no, pero la linterna le temblaba.

Los dedos le tropezaron con algo metálico, enredado entre las raíces. Tiró.

Era una llave antigua, larga como su mano, con una cinta roja atada a la anilla.

—¡La tengo!

Lo dijo demasiado alto. En la calle vacía, la voz rebotó contra las fachadas.

Y desde la oscuridad, al otro lado del portalón, le contestó la voz de un hombre, en inglés, con acento y sin ninguna prisa:

—Habéis tardado.