El club de las fugitivas de Navidad Capítulo cuatro · Abrazar a la desconocida equivocada
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Capítulo cuatro · Abrazar a la desconocida equivocada

Capítulo cuatro

Abrazar a la desconocida equivocada

Las tres

En el vuelo de Boston a Frankfurt, con una manta de avión sobre las rodillas, Grace le contó a Holly que no se acordaba de la última vez que Trent y ella habían cenado sin la televisión encendida.

Lo dijo mirando por la ventanilla, en el tono en que se comenta que está nublado. Holly se quedó callada, cosa que no sabía hacer y que hizo muy bien, y después le contó que no había elegido un vestido desde que se casó.

Grace se giró en el asiento.

—¿Ninguno?

—Ni uno. Ni siquiera el de la boda: ese lo eligió la madre de Preston.

Se miraron y se echaron a reír, primero bajito y luego sin remedio, hasta que el señor alemán del asiento del pasillo se quitó un auricular y las miró con preocupación.

En un año de cafés de los jueves no se habían contado nada parecido. Les bastaron tres horas sobre el Atlántico y un vino tinto malísimo en vaso de plástico.

Lo del miércoles, en cambio, Holly no se lo contó. Se lo fue contando a la ventanilla, por dentro, mientras Grace dormía sentada con la espalda recta, como si también para dormir hubiera una norma.

Preston se había enterado del viaje cuando ya estaba todo pagado.

Se lo había dicho un domingo, mientras él hablaba por teléfono con un banco, y él había contestado «ajá».

Holly había decidido que un «ajá» contaba como conversación.

El miércoles, con el correo de los billetes abierto en el portátil, descubrió que no.

—¿A Francia? ¿Cinco semanas? ¿Con quién?

—Con Grace. Y con una chica de Los Ángeles.

—¿Qué Grace?

—Grace. La de los jueves.

—Holls. Esto es tirar el dinero.

—Es mi dinero.

Lo dijo sin levantar la voz, mientras secaba una copa.

No lo había dicho nunca en veintidós años.

Era el dinero de sus adornos: desde el primer invierno de casada, Holly hacía horquillas, pasadores y pequeños tocados de flores secas y retales, y de vez en cuando vendía alguno, sin firmar y casi regalado, en ferias de artesanía de Worcester.

Cada pieza era distinta. «Son retales», decía ella, casi pidiendo perdón.

Preston le había dicho desde el principio, con una sonrisa, que aquel dinerito era para sus caprichos.

Holly no se había dado ninguno. Lo había ido guardando en una cuenta aparte «por si acaso», sin saber nunca por si acaso qué.

Preston abrió la boca y la cerró. Bajó la tapa del portátil hasta la mitad y la dejó así, ni abierta ni cerrada, con los dedos encima.

—¿Y quién va a…? —empezó.

No terminó. Holly nunca supo qué iba a decir: quién iba a ir con él a la cena de los Henderson, quién iba a contestar los correos de la gala, quién iba a estar en la cocina cuando él llegara a las once.

—Bueno —dijo al fin—. Ya eres mayor.

Se fue al despacho. Holly siguió secando la misma copa hasta que pudo verse la cara en ella.

Cuando subió a acostarse, encontró en su mesilla una guía de Alsacia con el precio todavía pegado.

Preston había doblado la esquina de tres páginas y había subrayado con su letra apretada el teléfono de un hospital de Estrasburgo, el de una farmacia de guardia y el del consulado.

Él ya dormía, o hacía como que dormía, de espaldas a su lado de la cama.

Esa misma noche, en el grupo, Grace había escrito: «Se lo he dicho a Trent en el desayuno. Ha dicho “genial, cariño”. No ha preguntado adónde.»

«Preston ha dicho “ya eres mayor”», contestó Holly.

«Lo eres», escribió Grace.

«Lo somos.»

Y Genevieve, la del círculo gris, que casi nunca escribía, mandó una campanita.

* * *

A las ocho y media de la tarde, en el andén de la estación del aeropuerto de Frankfurt, Genevieve —ya no Vivi; se lo había prometido a sí misma en algún punto sobre Groenlandia— estaba sentada en un banco con la maleta entre las rodillas, una gorra calada, un plumífero negro sin marcas y unas gafas de sol enormes.

Había volado en turista por primera vez en años, en la fila treinta y nueve, entre un adolescente que se le durmió en el hombro y una señora que le enseñó doscientas fotos de sus nietos.

Había aterrizado a las cinco y diez de la tarde, y nadie, ni en el avión ni en el control de pasaportes, la había reconocido.

Ella sabía cómo eran las otras dos; las había buscado en internet el mismo día del correo, sentada en un probador de Melrose.

Ellas no tenían ni idea de cómo era ella.

En el grupo nadie había puesto su cara: Grace era un círculo gris por principio, Holly una corona de acebo que, ampliada, resultaba ser la puerta de su casa, y Genevieve otro círculo gris, por motivos que no pensaba explicar.

Las oyó antes de verlas.

—… y le digo, Grace, le digo: si el tren pone Estrasburgo, va a Estrasburgo, no hay que preguntarle a nadie, bueno, en fin, tú pregunta si quieres, yo no digo nada, pero…

Era la voz de los audios. La misma velocidad, la misma risa que llegaba antes que el chiste, el mismo «bueno, en fin» que funcionaba como un semáforo en ámbar: todo el mundo lo veía y nadie paraba.

Holly apareció al fondo del andén arrastrando una maleta de flores, con un gorro de pompón y las mejillas encendidas.

A su lado, Grace avanzaba con una maleta negra pequeña, el abrigo abrochado hasta el cuello y una carpeta transparente donde Genevieve distinguió los billetes, los pasaportes y un horario impreso, subrayado en tres colores.

Eran exactamente como en las fotos. Más todavía.

Holly se paró en mitad del andén y lo recorrió con los ojos, como quien busca su coche en un aparcamiento.

—Vale. Mujer. Sola. Veintitantos. Con maleta. —Dio una vuelta completa sobre sí misma—. Allí.

Allí había una mujer de unos treinta y cinco años con un abrigo camel, un maletín de piel y auriculares, que revisaba una tableta con el ceño fruncido y cara de estar ganando dinero.

—Holly —dijo Grace—. Esa mujer lleva maletín.

—La gente de comunicación lleva maletín.

—No sabemos qué lleva la gente de comunicación.

Pero Holly ya iba hacia ella con los brazos abiertos.

—¡Genevieve! ¡Por fin! ¡Eres más alta que en mi cabeza!

La abrazó, con maleta de flores y todo. La mujer del abrigo se quedó rígida dentro del abrazo, con la tableta en alto para ponerla a salvo, y soltó en alemán una frase muy educada y muy firme, en la que Genevieve distinguió varias veces la palabra Entschuldigung y ninguna vez la palabra Genevieve.

—Holly —repitió Grace.

Holly se apartó medio paso. La mujer se recolocó el abrigo y la miró de arriba abajo.

—Me llamo Sabine —dijo, en un inglés perfecto—. Trabajo en seguros.

—Ay, Dios mío. —Holly se llevó las manos a la cara—. Lo siento muchísimo. Es que estoy buscando a una chica que no he visto nunca, y eras la que estaba más sola.

Sabine se lo pensó un momento.

—Suerte —dijo, y se cambió de banco.

Grace sacó el horario de la carpeta, lo consultó con el dedo y lo volvió a guardar, que en ella era una manera de rezar.

Holly giró otra vez sobre sí misma. Sus ojos pasaron por encima de Genevieve —gorra, gafas de sol, plumífero negro— sin detenerse, y fueron a posarse, con renovada esperanza, en una estudiante con mochila y el pelo morado que se comía un bretzel junto a la máquina de billetes.

Genevieve se puso de pie. No podía permitir un segundo abrazo a una desconocida.

—Soy yo.

Holly se volvió. La estudió entera, de la gorra a las botas. La boca se le fue abriendo poco a poco.

—¿Tú? —Y enseguida, recuperándose a toda velocidad—: ¡Claro que eres tú! Tienes cara de Genevieve. Lo de Sabine era un calentamiento.

Y la abrazó con ganas.

Genevieve no supo qué hacer con los brazos. Hacía mucho que nadie la abrazaba sin una cámara cerca. Le devolvió el abrazo con un solo brazo y luego, como Holly no la soltaba, con los dos.

Grace le tendió la mano.

—Grace Whitmore. Encantada. —Y después, mirando las gafas—: ¿Te pasa algo en los ojos?

—Los tengo sensibles.

—¿A la luz artificial?

—A todas.

Grace archivó el dato en algún sitio. Genevieve tuvo la incómoda sensación de que aquella mujer acababa de apuntarla en una lista.

* * *

En el panel, junto a la línea de Estrasburgo, apareció un número naranja: +40.

Grace lo miró. Miró su horario. Volvió a mirar el panel, por si el panel rectificaba.

—Aquí pone veinte cincuenta y dos —dijo.

—Allí pone cuarenta minutos más —dijo Holly.

—Lo imprimí yo, de la página oficial.

—Grace, cariño, el tren no se ha leído tu horario.

Grace sacó un bolígrafo, tachó 20:52 y escribió al lado, con su letra de rótulo, 21:32. A los diez minutos, el número naranja pasó a +50. Grace tachó otra vez. Cuando bajó a +45, Holly le quitó el bolígrafo con suavidad, como se le quita a un niño una cosa que pincha.

—Te lo devuelvo en Francia.

Se sentaron las tres en el banco, Genevieve en medio, con un chocolate de máquina que sabía a cartón dulce.

Grace y Holly habían aterrizado a las siete y diez de la mañana y llevaban el día entero en el aeropuerto esperando el vuelo de Los Ángeles.

Holly había comprado un bretzel en cada quiosco, por comparar, y le ofreció a Genevieve el último, envuelto en una servilleta, con la advertencia de que el de la terminal 1 estaba salado de más.

Luego repasó la fuga en voz alta, como se repasa una lista antes de salir de casa.

El grupo lo había creado Elias, el coordinador, un viernes a las seis de la mañana, hora de Alsacia, con un mensaje de bienvenida en tres idiomas, ninguno del todo correcto, y había salido diez segundos después con la discreción de un padre que deja a tres niños en un cumpleaños.

A las seis y cuarto de la mañana, hora de Boston, Holly ya le había cambiado el nombre.

—The Runaway Christmas Club —dijo, con la mano extendida, como si leyera un cartel luminoso—. Campanita, árbol, campanita.

—No somos fugitivas —dijo Grace, sin apartar la vista del panel.

—Eso escribiste. Dos minutos después, a las seis y diecisiete de Boston, antes de misa.

—La recogida terminaba el 21 y no nos íbamos hasta el 28. No es una fuga. Es un calendario.

—Es una fuga con calendario —dijeron Holly y Genevieve a la vez.