Capítulo tres · Seis millones de seguidores y nadie a quien llamar
Capítulo tres
Seis millones de seguidores y nadie a quien llamar
Genevieve
—Otra vez, Vivi. Y ahora con un poquito más de… ya sabes. De ti.
Vivi no sabía qué era «un poquito más de ella». Llevaba seis años sin saberlo y nadie había notado la diferencia.
Levantó el vaso de zumo verde por decimocuarta vez, sonrió hacia la ventana como si la mañana acabara de darle una buena noticia y dio un sorbo.
Sabía a césped mojado con limón. Eran las cuatro y veinte de la tarde de un jueves de noviembre en Los Ángeles, pero en su cocina era una mañana perfecta gracias a dos focos detrás de la ventana y a Snap, el fotógrafo, subido a una escalera para que el sol de mentira le cayera sobre el pómulo izquierdo, que era el bueno.
—Precioso —dijo Snap—. Me encanta. Una más.
—Una más y ya —dijo Dana, que era su mánager desde que Vivi tenía veintidós años y desde entonces decía «una más y ya»—. Ahora hacemos la del albornoz y te dejo en paz.
El contrato con la marca de zumos era de cuarenta mil dólares y decía, en la cláusula séptima, que Vivi debía aparecer «disfrutando visiblemente del producto».
Vivi llevaba dos semanas disfrutándolo visiblemente y vertiendo en secreto los restos en el ficus del rincón, la única planta no artificial de toda la casa.
El ficus se estaba muriendo. Vivi sospechaba que de zumo verde.
—Perfecto —dijo Snap—. La tenemos.
Vivi dejó el vaso en la encimera. Tenía veintiocho años, seis millones doscientos mil seguidores, una línea de tazas con su nombre, una de velas, unos bañadores con su firma, un pódcast que grababa una vez al mes con una amiga a la que solo veía para grabar el pódcast, y una casa en Los Feliz tan blanca que a veces, al volver de noche, le parecía entrar en un anuncio de sí misma.
Todo el mundo la llamaba Vivi. Las tazas decían Vivi. Los camareros, los porteros, las niñas que la paraban en el centro comercial con el móvil ya preparado: Vivi, ¿te puedo hacer una foto, Vivi?
* * *
—Diciembre —dijo Dana mientras Snap preparaba la foto del albornoz.
Llevaba la tableta, que era como llevarlo todo—.
Nueva York del uno al cinco, Miami el ocho, lo de las velas en un castillo de Londres, la cena de Lumière en Aspen el veintidós, que vienen todos, y Navidad en Ojai con tus padres.
El vestido de la foto del árbol ya está elegido.
—¿Y cuándo descanso?
Dana levantó la vista con una sonrisa cariñosa. La quería a su manera, como se quiere un negocio que va bien.
—En enero. Siempre dices enero, cielo.
Llevaba seis eneros diciendo enero, y en enero siempre había algo: una marca de deporte, un viaje a la nieve, un evento en Palm Springs.
—Sonríe un poco, Vivi —dijo Snap—. Piensa en algo bonito.
Vivi pensó en algo bonito. Lo único que le vino a la cabeza fue su abuela.
Mamie era francesa, de un pueblo de Normandía, y había llegado a California a los veintidós años con una maleta y un marido americano que no le duró mucho.
Era la única persona del mundo que la llamaba por su nombre: Geneviève, a la francesa, alargando la e del medio igual que se estira una sábana recién lavada.
«Geneviève, eso no se dice.» «Geneviève, mírame a los ojos y dime si eres feliz, y no me hagas esa cara de foto. »
Mamie había muerto hacía dos años, en diciembre. Vivi había publicado un cuadrado negro sin texto, porque no le salía ningún texto. Había tenido trescientos mil me gusta. Una marca de velas le había mandado una caja de condolencias con un código de descuento para sus seguidores.
—Eso es —dijo Snap—. Esa cara. Esa me encanta. Un poco melancólica. Muy invierno.
Clic.
* * *
A las tres de la madrugada, Vivi estaba despierta en la cama con el móvil sobre la cara, que era como pasaba la mayoría de las madrugadas.
Leía comentarios, aunque su terapeuta se lo había prohibido y ella misma se lo había prohibido en un pósit pegado en el espejo del baño. «Estás guapísima.» «Estás más delgada, ¿estás bien?» «Vendida.» «¿El albornoz es de Santa Bárbara? Código, porfa.» «Vivi es la única que es auténtica de verdad.»
Seis millones de personas opinaban sobre ella cada día. Ninguna sabía lo del ficus.
Deslizó el dedo. Entre una crema y unos auriculares apareció la foto del niño mellado con el gorro demasiado grande y el Papá Noel de los cascabeles.
Vivi la miró con ojo profesional: desenfocada, con el encuadre cortándole la mano al Papá Noel y la luz a su aire. Snap la habría tirado a la papelera. Aun así, el dedo se le quedó quieto encima.
Leyó el texto: Alsacia, voluntarias internacionales, alojamiento en casas del pueblo, del 7 al 24 de diciembre.
Alsacia estaba en Francia. Vivi lo sabía porque Mamie le había hablado alguna vez de los mercados de Navidad de Estrasburgo, de las casas con forma de tarta, del vino que se bebía caliente con canela. «Algún día te llevo, Geneviève.» Nunca la llevó.
Vivi pensó en Nueva York, en Aspen, en la foto del árbol con un vestido elegido en septiembre. Pensó en dieciocho días en un pueblo donde nadie supiera quién era.
La idea le dio vergüenza. Ella, que no iba ni a un restaurante nuevo sin que Dana llamara antes para reservar el rincón del fondo.
Tocó «Más información» igual.
El formulario estaba en un inglés con faltas. En la casilla del nombre escribió «Vivi», por costumbre, y lo borró.
Escribió: Genevieve Harlow.
Era el nombre de su pasaporte, el de las multas de aparcamiento. Le pareció el nombre de alguien más adulto, alguien que a lo mejor sabía qué hacer con diciembre.
Edad: 28.
Profesión: dudó. Escribió: «Comunicación». No era mentira.
¿Habla francés? «Un poco. Mi abuela era francesa.»
¿Por qué quiere participar?
Escribió: «Porque quiero hacer algo bueno que no vea nadie». Le pareció cursi. No lo borró.
Le dio a enviar.
* * *
La respuesta llegó cinco días después, un martes, mientras Vivi estaba en un probador de Melrose con un abrigo de cachemir que no se iba a quedar.
Era un correo de Les Grelots de Noël, en francés y en un inglés aún más accidentado que el del formulario, con una lista de cosas que llevar en la que ponía «botas que no resbalen» subrayado tres veces. Y abajo, en un párrafo aparte:
«Para tu alojamiento, te hemos asignado a una casa del pueblo con otras dos voluntarias de Estados Unidos: Holly Caldwell (45 años) y Grace Whitmore (40 años), ambas de Boston.
Os hemos pasado los datos a las tres para que podáis conoceros antes del viaje.
¡Seguro que os vais a llevar de maravilla! »
Vivi se sentó en el taburete del probador sin quitarse el abrigo. Dos desconocidas de Boston y dieciocho días compartiendo baño. Por puro reflejo, hizo lo que hacía con todo el mundo antes de conocerlo: las buscó en internet.
Holly Caldwell aparecía en las páginas de sociedad de un periódico de Boston, siempre en galas benéficas, siempre delante de un cartel; en la foto más reciente, el vestido era exactamente del azul del cartel.
Tenía cara de buena persona y de estar cansada de sonreír, y Vivi conocía esa cara mejor que nadie.
De Grace Whitmore solo encontró una foto, en el boletín digital de una parroquia: una mujer alta, con un moño muy tirante, un portapapeles y una ceja levantada, como si la cámara estuviera a punto de romper alguna norma.
Debajo ponía: «Gracias a Grace, otro año más, ningún niño de San Judas se queda sin regalo».
Ninguna de las dos publicaba nada en redes, y ninguna, Vivi estaba casi segura, había oído hablar de Vivi en su vida.
Parecían salidas de una de esas películas de Navidad antiguas que Mamie veía cada diciembre con una manta sobre las rodillas, y con ellas podría ser Genevieve durante dieciocho días sin que nadie le pidiera una foto.
Salió del probador, dejó el abrigo de cachemir en el mostrador con una sonrisa de disculpa y, en el coche, antes de arrancar, abrió el correo y le escribió a Dana.
«Me cojo diciembre. Entero. Cancela todo, lo pago yo si hace falta. No me busques. Estoy bien. Te quiero. V.»
Lo envió antes de que le diera tiempo a imaginarse la cara de Dana.
Después apagó el móvil.
El silencio duró cuatro minutos, que fue lo que tardó en volver a encenderlo para comprobar que estaba apagado.
* * *
El correo traía también el teléfono del dueño de la casa, el señor Ehrhart, cuya foto de perfil era una botella de vino sobre una mesa de madera. Vivi se lo imaginó con sesenta años, bigote, boina y un perro viejo a los pies.
Le escribió esa misma noche, en inglés, con mucha educación y una lista de preguntas, porque una cosa era desaparecer y otra desaparecer mal: ¿la conexión era de fibra?
, ¿había cortinas opacas?, ¿el agua estaba filtrada?
, ¿los colchones eran firmes?, ¿podía garantizarle privacidad absoluta, que nadie entraría en la casa sin avisar?
La respuesta llegó pasadas las diez de la noche, que en Alsacia eran las siete de la mañana.
«Bonjour, Geneviève.
Conexión: hay, cuando no nieva. Cortinas: opacas, de 1930; ya no se fabrican.
Agua: del grifo; aquí la llamamos agua. Colchones: firmes, como casi todo en Alsacia.
Privacidad: en la casa no entra nadie sin avisar, salvo el gato del vecino, que no avisa nunca y es un chismoso.
Si queréis discreción absoluta, tendréis que sobornarlo con jamón.
Traed zapatillas de casa: el suelo es de piedra y en diciembre no perdona.
Mathis Ehrhart»
Vivi leyó el resto por encima y volvió a la primera línea.
Geneviève. Con el acento grave en su sitio. Nadie le escribía así desde hacía dos años. Aquel hombre era francés y lo escribía como se escribe en francés; no significaba nada.
Aun así, dejó pasar casi una hora.
Y cuando contestó, no fue para darle las gracias.
«Te recuerdo que voy a ser tu huésped.»
«Lo sé. Por eso te digo la verdad sobre el agua.»
Vivi dejó el móvil boca abajo sobre la mesilla, ofendida. En su vida la gente decía que sí: a la fibra, a las cortinas, al agua con tres filtros, al rincón del fondo. Aquel señor de la boina le acababa de decir que el agua era agua.
Le dio la vuelta al móvil a los diez segundos y volvió a leer el mensaje, y esta vez lo leyó entero.