Capítulo dos · Más de iglesia
Capítulo dos
Más de iglesia
Grace
Grace estaba de pie junto a la mesa de entrada con el portapapeles contra el pecho.
Era un martes de noviembre y faltaban dieciocho días para el reparto.
En San Judas se repartía antes de Acción de Gracias: así las familias sabían con qué contaban, y en diciembre el sótano de la parroquia era de la función de Navidad.
Tenía cuatrocientas doce peticiones de familias, doscientos sesenta y tres juguetes revisados, catorce voluntarios apuntados y seis presentes.
Lo sabía sin mirar el papel. Lo miraba igual.
—Grace, querida —dijo la señora Kowalski desde el fondo—, ¿los peluches van con los de cero a tres o con los de tres a seis?
—Depende del peluche.
—Es un oso.
—¿Tiene ojos de botón?
La señora Kowalski examinó el oso con atención de interrogatorio.
—Sí.
—Entonces, de tres a seis. Los botones se los tragan.
—Qué cosas sabes.
Grace no contestó. Las sabía porque las había buscado.
Siete años atrás, cuando el padre Doyle le pidió que se hiciera cargo de la recogida «solo por esta vez», se había leído las normas federales de seguridad de los juguetes con subrayador.
Desde entonces había tres reglas escritas a mano en una cartulina junto a la puerta: los juguetes se entregan nuevos, se entregan sin envolver y se revisan todos, sin excepción.
Tenía cuarenta años, era alta, llevaba el pelo castaño recogido en un moño tan tirante que alguna vez le había dado dolor de cabeza, y sabía lo que pensaba de ella media parroquia: que era seria y que daba un poco de miedo.
Era verdad. También era verdad que, sin ella, la mitad de aquellas familias tendrían en Navidad un oso con ojos de botón para el bebé y nada para el mayor.
Antes de bajar al sótano, como cada tarde, había subido cinco minutos a la iglesia vacía y había rezado por las familias de la lista, por la señora Kowalski y su cadera, por el padre Doyle, que tosía demasiado. Por ella no. Un día se había dado cuenta de que ya no se le ocurría qué pedir.
* * *
Trent llegó a las seis y cuarenta.
Había prometido estar a las cinco para cargar las cajas en la furgoneta. En el portapapeles, su nombre era el único que Grace no había tachado todavía, ni como presente ni como ausente.
Bajó la escalera de dos en dos, con el abrigo abierto, un móvil en la mano y otro vibrándole en el bolsillo, como si ya llegara tarde a otra cosa.
—Gracie. Gracie, Gracie, perdona. —Le plantó un beso en la sien, deprisa, y otro en el pelo, porque el primero le había parecido poco—.
Lo de los Ashford se ha… ¿Has cenado? Ella ha contratado a otro abogado, y tengo a alguien dentro del bufete, Grace, dentro, si esto sale el jueves lo saco yo antes que…
¿Estas son las cajas? Son muchísimas cajas.
—Son cuatrocientas doce familias —dijo Grace.
—Cuatrocientas doce. —Lo repitió paladeándolo igual que un titular, impresionado de verdad—. Eres increíble, ¿lo sabes? Esto habría que contarlo. Un día te hago un reportaje.
Llevaba siete años diciendo que un día le haría un reportaje.
Saludó a la señora Kowalski, que lo había visto una vez en la tele local y se puso colorada, le preguntó por su cadera y se puso a contestar un mensaje antes de que ella terminara de explicárselo.
Cogió una caja con un brazo, levantó el móvil con la otra mano y se hizo un selfi delante de la montaña de juguetes, con Grace al fondo.
—Para el perfil. La gente tiene que ver esto, Gracie. ¿Te importa? No te importa.
No esperó la respuesta. Tecleó deprisa con el pulgar, con la caja bajo el brazo. Tenía cuarenta y cuatro años, ochenta y tantos mil seguidores y la energía de alguien que siempre llega tarde a la noticia siguiente.
Trent escribía una columna de famosos en un digital de Boston, salía a veces en un programa matinal de la tele local comentando bodas y divorcios y llevaba tres años convencido de que le iban a dar uno propio.
Grace había dejado de leerlo hacía tiempo.
Y, sin embargo, en el cajón de la mesilla de él seguía habiendo una servilleta de una cafetería de Cambridge, la de la primera cita, con el titular de su primer artículo garabateado en una esquina y debajo, con su letra, dos palabras: «tulipanes blancos».
Aquella tarde, nervioso, después de leerle el artículo en voz alta, le había preguntado qué flores le gustaban, y lo había apuntado para no olvidarse.
Grace la había encontrado un par de años atrás, buscando pilas, y había cerrado el cajón muy despacio.
Trent cargó la caja tres metros y la dejó sobre la mesa equivocada, la de cero a tres, justo cuando le sonó el otro móvil.
—Tengo que cogerlo, es… Ahora vuelvo. No te muevas —dijo, y ya estaba subiendo la escalera. Desde el rellano se asomó un momento—: ¡Te quiero, Gracie!
Grace movió la caja a la mesa correcta. Pesaba bastante. No le costó.
* * *
Holly apareció a las siete en punto, con las mejillas rojas de frío y dos bolsas enormes.
—¡Sin envolver! —anunció desde la puerta, triunfal, como quien llega con la cabeza de un dragón—. Todo nuevo, todo sin envolver, y he quitado yo los precios.
Grace sintió algo que en otra persona habría sido una sonrisa. En ella fue un leve aflojamiento de la boca.
—Muy bien.
—¿Muy bien? He tardado un año en oírte decir «muy bien».
—Lo digo cuando toca.
Holly dejó las bolsas, se quitó los guantes con los dientes y le puso el móvil delante.
—Tengo que enseñarte una cosa. Y antes de que digas que no, quiero que la mires entera.
—Yo no digo que no a las cosas sin mirarlas.
—Grace. Tú dices que no a las cosas antes de que yo termine la frase.
Grace no lo negó. Cogió el móvil.
Era la foto del niño mellado y el Papá Noel de los cascabeles. Grace leyó el texto una sola vez, con calma, y volvió a la foto.
—Alsacia —dijo.
—Alsacia. Francia. Al lado de Alemania. Mercados de Navidad, vino blanco, unas galletas que se llaman… algo con be. Y una campaña nueva para niños de familias que no tienen nada. Necesitan voluntarias. Del siete al veinticuatro de diciembre.
—Holly.
—Ya lo sé.
—Tengo la recogida.
—El reparto es el veintiuno de noviembre. Me lo has dicho tú cuarenta veces.
—Tengo la parroquia. Tengo la novena. Tengo…
—A la señora Kowalski, que lleva treinta años haciendo esto y sabe lo de los botones.
La señora Kowalski, desde el fondo, levantó el oso en señal de apoyo.
—No hablo francés —dijo Grace.
Era mentira, y las dos lo sabían: un jueves, entre el segundo café y la cuenta, Grace le había contado que estudió francés en la universidad y pasó un verano en Lyon a los veinte años.
Holly se limitó a mirarla con las cejas levantadas.
—No lo hablo desde hace veinte años —se corrigió Grace.
—Eso se recupera.
—Es una locura. No se puede decidir una cosa así en un sótano, un martes, entre peluches.
—Ya te he apuntado.
Grace se quedó inmóvil.
—¿Cómo que ya me has apuntado?
—A medias. —Holly tuvo la decencia de ponerse colorada—. El formulario preguntaba si iba sola o acompañada, y yo puse acompañada. Después me escribieron pidiendo los datos de mi acompañante, y como no sabía tu apellido puse «Grace, de San Judas».
—¿Me has apuntado a un voluntariado internacional como «Grace, de San Judas»?
—Suena a santa —dijo Holly—. Les va a encantar.
Al fondo, la señora Kowalski se tapaba la boca con el oso.
Grace abrió la boca para decir que no, que tenía cuarenta años y una vida ordenada y que las mujeres como ella no se iban a Francia por una foto enseñada en un sótano.
Entonces oyó a Trent.
Estaba en el rellano, de espaldas, con el móvil pegado a la oreja y la voz rápida y contenta que se le ponía cuando alguien importante le devolvía una llamada.
—Sí, sí, Aspen, claro que voy. ¿Del veinte al veintiséis? Perfecto. No, no, solo. Mi mujer no viene a estas cosas, es más de… —se rió— más de iglesia, ya sabes. Le van más los villancicos que las pistas.
Holly también lo había oído. Apretó los labios y no dijo nada.
Grace bajó la vista al móvil. El niño seguía riéndose con su gorro enorme. Se fijó, sin saber por qué, en que los cascabeles de la manga del Papá Noel estaban cosidos a mano, cada uno a su altura, puestos, se diría, la noche anterior, deprisa, con hilo rojo.
—Whitmore —dijo.
—¿Qué?
—Mi apellido. Grace Whitmore. Con hache.
Holly lo entendió con retraso y soltó un chillido tan agudo que la señora Kowalski dejó caer el oso.
—¿Sí? ¿Eso es un sí?
—Es un apellido —dijo Grace—. Con hache.
Pero ya se le estaba aflojando la boca otra vez, y ahora no hizo nada por evitarlo.
* * *
Esa noche, Trent se durmió en el sofá con la tele encendida y el portátil sobre el pecho.
Grace le quitó el portátil, le echó una manta por encima y apagó la tele. Él no se despertó.
Se sentó a la mesa de la cocina con el formulario abierto en su propio ordenador. Holly se lo había reenviado a las nueve y cuatro con un mensaje: «Por si te arrepientes, ya está medio relleno. NO TE ARREPIENTAS (tres campanitas)».
Nombre: Grace Whitmore.
Edad: 40.
¿Habla francés?
Se quedó delante de la pregunta hasta que la pantalla empezó a oscurecerse. Movió el ratón y, por primera vez en veinte años, escribió en francés: «Oui. Un peu rouillé, mais oui».
Un poco oxidado, pero sí.
Pensó en preguntárselo a Trent por la mañana y se imaginó la conversación: él mirando el móvil mientras ella hablaba, diciendo «Claro, cariño, genial» sin preguntar adónde ni con quién. Lo más probable era que pasaran varios días antes de que se enterara de que se iba.
Le dio a enviar.
Subió a su cuarto, se arrodilló junto a la cama como hacía desde que tenía seis años y rezó, esta vez sí, por algo que quería ella.
No supo muy bien cómo formularlo. Se conformó con decir: «Que me guste».
Se metió en la cama con los pies fríos. El lado de Trent estaba liso, sin una arruga, como cada noche que él se quedaba dormido en el sofá, y ella no lo invadió.