El club de las fugitivas de Navidad
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Capítulo uno · Mujer a juego con el logo busca salida
Capítulo uno
Mujer a juego con el logo busca salida
Holly
A las ocho y cuarto, Holly llevaba cuarenta minutos sonriendo delante de un cartel azul petróleo, metida en un vestido de seda del mismo azul petróleo, y acababa de caer en la cuenta de que su marido la había vestido a juego con el logotipo.
Lo había elegido Preston en septiembre, con la paleta de colores de la gala abierta en el portátil.
Ahora estaba a tres metros, de espaldas, con los Henderson, y Holly le miraba la nuca: el pelo recién cortado, el sitio exacto donde había apoyado la mano la primera vez que bailaron.
Fue en Worcester, en la boda de su prima Colleen, a los veintitrés años.
A ella se le había roto el tacón de una sandalia, y Preston se quitó la corbata, se la ató al tobillo para sujetarle la suela y la sacó a bailar igual, contando los pasos en voz baja para no pisarla.
Esa noche Holly llamó a su madre desde la cabina del aparcamiento para decirle que se iba a casar con un chico que contaba los pasos.
Preston se volvió. La buscó por encima del hombro de la señora Henderson, la encontró y se quedó mirándola, con la copa a medio camino y sin sonreír.
Holly se llevó la mano al pelo, buscando la horquilla suelta, y se recolocó medio paso delante del cartel.
Él levantó la copa un centímetro y volvió con los Henderson.
Durante un segundo tonto, el estómago le había dado el mismo vuelco que en la boda de Colleen. Se le pasó enseguida.
Le dolían los pómulos: un dolor pequeño y concreto justo debajo de los ojos, como cuando de niña se pasaba la tarde en la feria del condado mordiéndose las mejillas para no llorar en la noria.
Ya no le daban ganas de llorar en las galas.
Le daban ganas de quitarse los zapatos y sentarse en la escalera de servicio con los camareros.
—Un poco más a la izquierda, señora Caldwell. Delante del cartel. Perfecto.
Se desplazó hacia la izquierda. El cartel era enorme, con letras plateadas: GALA DE INVIERNO A BENEFICIO DEL HOSPITAL INFANTIL ST. ANSELM. Y debajo, más pequeño, aunque no tanto: CALDWELL Holly lo sabía porque había visto el cargo en la tarjeta.
Él lo habría llamado una buena inversión.
Una camarera pasó con una bandeja de minihamburguesas de wagyu. Holly cogió una por educación y la sostuvo entre los dedos, sin atreverse a comérsela con un vestido de seda y un fotógrafo con el dedo rápido.
—Trae, que me la llevo —dijo la camarera en voz baja. Tendría veinte años, como Josh.
—Eres un ángel.
—Lo sé —dijo la chica, y le guiñó un ojo.
A Holly se le escapó una risa corta por la nariz, que no tenía nada de gala.
* * *
A las nueve, Preston subió al escenario.
Holly lo vio ajustarse el micrófono con dos dedos, esperar a que se hiciera el silencio y dejar que durara un segundo más de lo necesario. Ese segundo era suyo. Lo había ensayado.
—Buenas noches a todos. No voy a robaros mucho tiempo, porque sé que estáis aquí por el postre.
Risas. Siempre funcionaba.
Habló de la generosidad de Boston y de la nueva ala infantil, «un proyecto que nos llena de orgullo».
Después vino lo que le importaba, los números: trescientos cuarenta mil dólares el año anterior; este año, con la subasta, esperaban superar el medio millón.
Lo dijo con la misma voz con la que anunciaba el resultado de los Patriots en el desayuno.
Holly miró a su alrededor. Mesas redondas, manteles blancos, gente guapa que había pagado mil doscientos dólares el cubierto por comer lubina. En la pantalla, detrás de Preston, pasaban fotos del hospital: un pasillo, la fachada, una sala de espera recién pintada. Ni un solo niño.
En agosto, en la reunión de planificación, ella había levantado la mano. Literalmente. Había levantado la mano, como en el colegio, porque nadie la miraba y no sabía cómo meterse en la conversación de otra forma.
—¿Y si traemos dibujos de los niños? —había dicho—. Del ala que ya funciona. Podríamos colgarlos en la entrada, o hacer que…
—Cariño —había dicho Preston, con una sonrisa paciente, muy de marido—. Los dibujos no recaudan.
Alguien se había reído. Sin maldad. Como se ríe uno de un perro que intenta coger un frisbi demasiado grande. Preston no se rió. Le buscó la mano por debajo de la mesa, pero Holly la tenía cerrada en el regazo, y él la retiró y pasó al punto siguiente del orden del día.
—Y ahora —dijo Preston en el escenario—, ¡que empiece la subasta!
* * *
El móvil le vibró en el bolso a mitad del lote número siete, un fin de semana en un viñedo de Napa.
Era el grupo de la familia, «Caldwell HQ», bautizado por Josh a los catorce años. Emma había escrito primero.
«Mamá, una cosa. Este año me quedo en Denver con la familia de Ryan por Navidad. Sus padres nos han invitado y ya tenemos los billetes. Sé que es un rollo, pero el año que viene vamos, te lo prometo (icono de corazón)»
Dos minutos después, debajo, Josh:
«Ah, yo también os lo iba a decir. Me voy a esquiar a Utah con los de la residencia, del 20 al 2. Ya está pagado. Lo siento, mami. Os quiero.»
Holly leyó los dos mensajes tres veces y buscó a Preston en el escenario. Acababa de adjudicar el viñedo por catorce mil dólares y aplaudía con el micrófono bajo el brazo. Su móvil también estaría vibrando en el bolsillo de la americana; lo miraría a las doce, en el coche.
Holly escribió: «¡¡Qué maravilla!! ¡¡Pasadlo genial, mis amores, no os preocupéis por nada!! (dos árboles de Navidad, un esquiador y tres corazones)»
Lo miró. Demasiados signos de exclamación. Demasiados corazones. Parecía el mensaje de una mujer que intenta con todas sus fuerzas que no se note que le importa. Lo borró.
Escribió: «Vale, cariños. Os voy a echar de menos.»
Eso parecía el mensaje de una mujer que piensa pasarse la Nochebuena llorando en la despensa. Lo borró también.
Al final mandó un pulgar hacia arriba. Un pulgar amarillo, solo, en el centro de la pantalla.
Lo tuvo delante hasta que la pantalla se apagó sola.
Veintidós años de Navidades —el pavo, los calcetines con los nombres bordados, la casita de jengibre que cada año se derrumbaba por el mismo lado— resumidos en un pulgar.
Se levantó.
—¿Estás bien? —le preguntó la señora Henderson, que iba por la tercera copa de champán y había entrado en la fase cariñosa.
—Perfecta —dijo Holly, sonriendo. Le dolían los pómulos—. Voy un momento al tocador.
* * *
El baño de señoras del hotel era más bonito que el salón de su madre en Worcester: sofá de terciopelo verde, flores frescas, toallitas enrolladas como cruasanes diminutos y una luz tan favorecedora que Holly sospechaba que la habían diseñado para devolver a las invitadas a la gala con la chequera abierta.
Se dejó caer en el sofá y se quitó los zapatos.
No lloró; nunca lloraba en público, ni siquiera en un baño vacío. Lo suyo era quedarse muy quieta mirando un punto, que según Emma era peor.
Desbloqueó el móvil para no mirar el punto. Abrió Instagram como quien abre la nevera a medianoche: recetas, una amiga del club de lectura en Cancún, un anuncio de cremas antiedad que la conocía mejor que su marido. Deslizaba el dedo sin ver nada.
Y entonces vio a un niño.
Tendría siete u ocho años. Llevaba un gorro de lana demasiado grande y se reía con la boca abierta, mellado, mientras un Papá Noel le ponía en las manos un paquete envuelto en papel de estraza.
El Papá Noel era raro: el traje era rojo, sí, pero tenía cascabeles cosidos por todas partes, en las mangas, en el gorro, en el borde de la chaqueta, y Holly casi pudo oírlos a través de la pantalla.
Detrás había un pueblo de tejados empinados cubiertos de nieve, casas con vigas de madera y fachadas de colores, y una iglesia con el campanario en punta.
Era una publicación patrocinada. La tocó.
«LES GRELOTS DE NOËL. Primera edición. Sternheim, Alsacia (Francia).
Buscamos voluntarias y voluntarios internacionales para nuestra primera campaña de Navidad con las familias sin recursos del valle.
Reparto de regalos, talleres, meriendas, mercado navideño.
Alojamiento incluido en casas del pueblo.
Del 7 al 24 de diciembre. No hace falta experiencia: solo ganas. »
Holly leyó el anuncio tres veces, como había leído los mensajes de sus hijos, y amplió la foto hasta que el niño mellado le ocupó la pantalla entera.
Ni un solo niño, pensó. En toda la noche, ni uno.
Tenía el pulgar sobre el botón de «Más información» y no estaba respirando del todo bien. Era la misma sensación que aquella vez en que, con diecinueve años, se cortó el flequillo ella sola delante del espejo del baño de la residencia.
«Solo ganas», decía el anuncio.
Ganas tenía. Llevaba toda la vida teniendo ganas de cosas pequeñas —colgar unos dibujos, elegir su propio vestido, terminar una frase en una reunión— y guardándolas en el mismo cajón, como quien guarda bolsas de plástico por si algún día hacen falta.
Descalza en un sofá de terciopelo, se le ocurrió que el cajón estaba lleno.
La puerta del baño se abrió y entraron dos mujeres riéndose. Holly se puso los zapatos y volvió a la gala con la sonrisa en su sitio.
Pero el bolso le pesaba distinto.
* * *
A la una y diez de la madrugada, Preston dormía.
Al salir del hotel le había echado la americana sobre los hombros sin dejar de hablar por teléfono, como hacía siempre que ella tenía frío, aunque ella nunca le decía que tenía frío.
Lo sabía. Era de las pocas cosas de ella que siempre sabía.
En el coche había mirado el grupo de la familia, como ella había previsto, y había dicho: «Bueno, ya son mayores.
Así descansamos». Después se había quedado callado mucho rato, con el móvil apagado sobre la pierna.
En un semáforo de Commonwealth Avenue se volvió hacia ella y la miró igual que en el salón, por encima del hombro de la señora Henderson.
Dijo «Holls», y nada más. Detrás les pitaron.
Preston arrancó, se aflojó la corbata y anunció: «Quinientos doce mil, Holls.
Quinientos doce. El año que viene les subo la tarifa».
Ahora roncaba con una mano sobre el pecho, como un faraón satisfecho.
Holly estaba en la cocina, en pijama, con un vaso de leche frío y el portátil abierto sobre la isla de mármol. Se oía la nevera, que tenía un zumbido discreto y caro.
El formulario de Les Grelots de Noël estaba en francés y en un inglés de traductor automático que a Holly le pareció entrañable.
Nombre: Holly Caldwell.
Edad: 45.
País: Estados Unidos.
¿Habla francés?
Holly dudó. Había dado dos años en el instituto. Recordaba «croissant», «bonjour» y una canción sobre una pastora y un chaparrón. Escribió: «Un poco». Lo borró y escribió: «Muy poco, pero aprendo rápido». Lo borró y escribió: «No. Pero le pongo muchas ganas». Eso lo dejó.
Experiencia en voluntariado: «Llevo veinte años en galas benéficas». Releyó la frase y añadió: «Pero nunca he hecho nada con mis manos. Me gustaría empezar».
¿Por qué quiere participar?
El cursor parpadeaba. Holly escribió y borró cuatro veces antes de dejar: «Porque en su foto hay un niño riéndose, y en las galas a las que voy nunca hay niños».
Era una frase rara para un formulario. La dejó.
Iba a darle a enviar cuando vio la última pregunta, al final de la página, en letra más pequeña.
¿Viaja sola o acompañada?
Holly pensó en Preston roncando arriba, en sus hijos repartidos entre Utah y Denver, en sus amigas de los libros, que se irían a Cancún y le mandarían fotos de cócteles. No había nadie a quien preguntárselo.
Le vino a la cabeza una mujer de la parroquia de San Judas, alta, con un moño muy tirante, que organizaba la recogida de juguetes cada noviembre con un portapapeles.
Se habían conocido el año anterior, cuando Holly apareció con tantas bolsas de juguetes envueltos que no cabían en las cajas.
La mujer, en lugar de darle las gracias, le dijo muy seria que el año siguiente los trajera sin envolver.
Y cuando Holly ya se marchaba, muerta de vergüenza, la llamó desde la puerta: «Oye. Gracias. De verdad».
Se llamaba Grace. Una semana después coincidieron en la cola de la panadería de Charles Street y Grace, sin más preámbulos, le preguntó si tenía prisa. Desde entonces tomaban café casi todos los jueves.
Esa mujer sabría hacer esto, pensó. Esa mujer sería capaz de organizar un pueblo entero.
Era una idea absurda. Hablaban de libros y del párroco que se enrollaba en los sermones. Holly sabía que Grace estaba casada con un periodista y que tomaba el café solo. No sabía si era feliz. Nunca se lo había preguntado.
Holly marcó la casilla de «acompañada».
Se terminó la leche de un trago, apagó la luz y subió a dormir con una sensación que no supo nombrar hasta que estuvo tumbada a oscuras, junto a Preston.
Era miedo. Y, por debajo, unas ganas de reírse que no la dejaron dormir hasta las tres.