Epílogo · Un año y un bisou después
Epílogo
Un año y un bisou después
Grace · Holly
Hacía un año, en el tren de Estrasburgo, Grace había escrito en el grupo «Ya os echo de menos», y Holly le había contestado «Y yo.
Y estás aquí» desde el asiento de al lado.
En la puerta de la Maison Ehrhart, junto al romero, Genevieve se había quedado diciendo adiós con el brazo entero, y un minuto después mandó una campanita.
A las cuatro menos cuarto de la mañana del veinticuatro de diciembre, Grace abrió los ojos sin despertador, como cada día desde abril.
Abajo, a través del suelo de madera, se oía el horno de leña: la puerta de hierro, la pala contra la piedra. Elias llevaba en el obrador desde las tres. Olía a levadura.
Se quedó tumbada. Todavía se le iba la vista al anillo, un aro fino de oro viejo que había sido de la madre de Elias y que le quedaba grande, así que lo llevaba con una vuelta de hilo rojo por dentro, del de reforzar cascabeles.
Elias se lo había dado en octubre, en el obrador, a las cinco de la mañana, con las manos llenas de masa y sin arrodillarse porque el suelo estaba lleno de harina; se lo había pedido en francés y luego, por si acaso, en inglés.
Llevaban prometidos dos meses y ocho días.
Lo sabía sin contar, igual que antes sabía siempre la hora de Boston.
Las vigas eran las del piso de encima de la vieja mercería, más bajas y más oscuras que las de la Maison Ehrhart: dos habitaciones, una ventana a la calle principal y una puerta con su propia llave, que Elias y Mathis habían arreglado tabla por tabla en abril para que ella tuviera algo suyo.
Grace pagaba el alquiler el día uno de cada mes.
Elias lo cobraba muy serio y lo guardaba en la lata de los bredalas.
En la mesilla tenía un vaso de agua, un libro en francés que ya leía sin diccionario y, en un jarrón de cristal, cinco tulipanes blancos.
En diciembre no hay tulipanes en Alsacia. Elias los encargaba cada semana a una floristería de Colmar desde octubre, desde el día del anillo. Nunca le había preguntado cuánto costaban. Grace, que toda la vida había echado las cuentas de todo, esa no la echaba.
El divorcio, presentado en enero, había salido en julio, en un juzgado de Massachusetts, sin que Trent discutiera una coma.
La nulidad no podía empezar sin el divorcio firme, así que el tribunal de la archidiócesis de Boston no la admitió hasta agosto.
Como Trent firmó también la petición, fue por la vía breve, y el padre Doyle, que primero puso la cara que Grace temía y después otra mejor, le mandó el decreto a principios de octubre, una semana antes del anillo.
La boda sería en mayo. El padre Bernard ya había mirado el calendario de la sacristía, el del cerdo distinto cada mes, y había dicho que cualquier sábado de mayo lo tenía libre, y que si no, lo liberaba.
Para quedarse a trabajar en la panadería le habían hecho falta un visado de larga duración pedido en el consulado de Boston, dos viajes a la prefectura de Colmar y una carpeta azul con todos los papeles ordenados por colores. El funcionario, al verla, le preguntó si era abogada.
Bajó en calcetines.
La panadería ya no era la misma panadería.
En primavera, cuando Grace volvió de Boston con dos maletas y el divorcio en marcha, Elias tiró el tabique de la vieja mercería de al lado, cerrada desde que se jubiló la dueña.
Ahora había tres mesas de mármol junto al escaparate y una vitrina larga.
Los bredalas eran de Grace. Las tartas de los domingos, también.
Los bretzels seguían siendo de Elias, aunque a Grace ya le salían todos iguales y él juraba que mejores que los suyos. Mentía fatal, y Grace le dejaba.
Elias estaba amasando. Alzó la cabeza al oírla y le preguntó lo mismo que le preguntaba cada mañana, enharinado hasta los codos:
—Et toi, ça va?
Y esperó la respuesta. Siempre la esperaba.
Grace había tardado semanas en acostumbrarse: a que alguien preguntara y se quedara callado, con las manos quietas en la masa, hasta que ella terminara de contestar.
A que se riera de sus chistes, que eran pocos y muy secos.
A que le pidiera opinión sobre el pan, sobre el pueblo o sobre la homilía del padre Bernard, y luego la tuviera en cuenta.
A cenar con la radio apagada, mirándose.
—Ça va —dijo. Y era verdad.
Se puso el delantal y se lavó las manos hasta los codos.
* * *
Genevieve había vuelto de Los Ángeles la noche anterior.
Vivía en Sternheim desde la primavera, con Mathis, con un visado propio y una carpeta mucho más fina que la de Grace y bastante peor ordenada, y pasaba una semana de cada mes en Los Ángeles, con Dana y con lo que quedaba de Vivi.
Volvía siempre con jet lag y con prisa por quitarse los tacones.
A las seis y media, con la primera masa reposando, la ranchera verde de Mathis aparcó delante del escaparate.
Genevieve entró por la puerta del patio con el plumífero encima del pijama y la horquilla de romero medio caída, y se sentó en el taburete de la esquina sin dar los buenos días.
Mathis entró detrás con dos cafés de la gasolinera y dejó uno delante de Elias, que lo miró con pena.
—Una semana —le dijo Genevieve a Grace, y se sacó del bolsillo un puñado de papelitos doblados—. Me los metió en la maleta, entre los jerséis. Uno por día. Con su moneda.
Los fue desplegando sobre la mesa enharinada, uno detrás de otro. «Seis». «Cinco». «Cuatro». Así hasta «Uno». En el último no había número: había una escoba, dibujada a plumilla en cuatro trazos.
—¿Y la moneda de ese? —preguntó Grace.
—Me la comí en el avión. —Genevieve miró a Mathis por encima del café—. Estaba nerviosa.
—Era para hoy —dijo Mathis.
—Ya lo sé.
Mathis no dijo nada más. Se metió la mano en el bolsillo del abrigo, sacó otra moneda de chocolate, aplastada, y la dejó encima de la escoba. Genevieve la cogió sin mirarla y se la guardó.
Grace se volvió hacia la masa para no sonreír delante de ellos, y sonrió igual. Se fueron poco antes de las siete en la ranchera, ella medio dormida contra su hombro.
A las siete menos cinco, con los bretzels ya en la vitrina y el cartel de «Fermé» todavía en la puerta, porque en Nochebuena no se abría hasta las siete, Grace se quitó el delantal, se puso el abrigo, salió por la puerta del patio y dio la vuelta a la manzana por la calle helada.
Entró por la puerta de la tienda. Sonó la campanilla.
Elias levantó la vista desde detrás del mostrador y no entendió nada.
Grace se acercó, se consultó la palma de la mano con mucho disimulo, aunque no llevaba nada escrito, y dijo vocalizando con esmero:
—Bonjour. Je voudrais un bisou, s'il vous plaît.
Elias se sacudió la harina del delantal, muy despacio. Rodeó el mostrador con la misma seriedad de caballero antiguo que un año antes y le buscó la mano.
Grace se la escondió detrás de la espalda.
—Biscuit no —dijo—. Y la mano tampoco.
Él se quedó un momento parado, con la suya en el aire, y la risa le fue subiendo por la cara hasta las orejas.
Le quitó con el pulgar un resto de harina de la mejilla y la besó en la boca, sin ninguna prisa, con el mostrador a la espalda de ella y la campanilla todavía temblando encima de la puerta.
—Celui-là, la maison ne l'offre pas —dijo luego, muy cerca—. Celui-là, je le garde. —Ese no lo invita la casa. Ese me lo quedo.
Al otro lado del cristal, la señora mayor de la barra de todos los días esperaba a que dieran la vuelta al cartel. Aplaudió con los guantes puestos.
* * *
A las cuatro de la tarde, en la bodega, la segunda edición de Les Grelots de Noël tenía doscientos once niños.
Las luces bajaban de las vigas, como el año anterior.
El árbol medía tres metros, como el año anterior, porque había un acuerdo que nadie pensaba revisar.
Las mesas, las guirnaldas y el rincón de las manualidades los había diseñado una pequeña empresa de Boston, «Holly Caldwell.
Diseño y eventos», que había firmado con la asociación para organizar la campaña de Navidad gratis ese año y todos los que vinieran, y que había aterrizado en Estrasburgo el día diez con una libreta verde llena de planos.
El dinero lo ponía Preston. No su empresa ni una fundación con logotipo y cartel: él, de su bolsillo, con una transferencia que salía cada uno de noviembre y en cuyo concepto ponía solo «Grelots».
En la bodega servía chocolate con un gorro de cascabel y decía «joyeux Noël» casi sin acento.
A las cinco menos diez faltaban dos cajas de cascabeles. Holly no levantó la vista de la libreta.
—Preston. Las cajas azules. En la furgoneta, las de la derecha.
—Sí, mi general.
Volvió con las dos cajas apiladas hasta la barbilla y el gorro torcido, y esperó delante de ella la orden siguiente.
Holly le enderezó el gorro. Luego le sacó la corbata de debajo del delantal, una de seda azul marino gastada en la punta, con la marca de una hebilla todavía en la tela, que había aparecido en verano en una caja del desván de su madre, en Worcester, y que desde entonces Preston se ponía para las ocasiones importantes.
Se la alisó con dos dedos y se la volvió a meter por dentro, lejos del chocolate.
—Esa no se mancha —dijo—. Me puede hacer falta.
—Estamos en diciembre, Holls. No llevas sandalias.
—Tú por si acaso.
Preston dejó las cajas en la mesa de las manualidades y se fue hacia la del chocolate, contando entre dientes. Un, dos, tres. Holly no le preguntó qué contaba.
A las cinco y cuarto se abrió el portalón y entraron dos personas que no traían ningún niño.
Holly las reconoció antes de verles la cara, por la manera de quedarse paradas en la entrada, mirando hacia arriba.
Emma llevaba el gorro de lana con una flor de fieltro que Holly le había hecho a los quince años y que juraba haber perdido.
Josh venía detrás, con una mochila al hombro y la nariz roja, más alto que en la foto de Acción de Gracias.
Holly no se movió. Tenía la libreta verde en una mano y un rollo de cinta roja en la otra, y le pareció que, si se movía, los dos iban a desaparecer.
—Te lo prometí —dijo Emma, cruzando la bodega—. El año que viene vamos. Pues este es el año que viene.
Detrás de la mesa del chocolate, Preston dejó el cazo, se secó las manos en el delantal y puso la cara de un hombre que lleva dos meses guardando un secreto y está a punto de reventar.
—¿Tú lo sabías? —le preguntó Holly.
—Un poco.
Emma la abrazó con el abrigo puesto. Josh las abrazó a las dos, como abrazaba a los catorce años, de golpe y por encima, y después miró alrededor: las luces que bajaban de las vigas, el árbol de tres metros, las mesas largas con sus manteles blancos, los doscientos once niños.
—Mamá —dijo—. ¿Esto lo has hecho tú?
Holly abrió la boca para decir que no era para tanto, que eran retales.
—Sí —dijo—. Lo he hecho yo.
—Lo sabía —dijo Emma—. Lo dije en el grupo. Que lo sabía.
Josh ya estaba mirando hacia la mesa del chocolate.
—¿Y hay pavo?
—Mañana —dijo Holly—. Ladeado.
Preston se llevó a Josh a servir chocolate y le puso un gorro de cascabel antes de que pudiera protestar.
Emma se quedó con ella. Al cabo de un rato, sin que nadie se lo pidiera, se sentó en la mesa de los lazos y empezó a ayudar a una niña de coletas con una cinta de terciopelo.
Hacía los lazos igual que ella, con dos dedos, sin mirar.
Holly no le dijo que se lo había enseñado ella. Emma ya lo sabía.
—Mamá —dijo Emma sin levantar la vista de la cinta—. Lo de los centros de cerezo. Papá nos lo contó el año pasado, por teléfono, desde aquí. ¿Por qué no nos lo habías dicho tú?
Holly se sentó a su lado, en el banco, con la libreta verde en las rodillas.
—Porque no lo sabía ni yo —dijo.
Emma terminó el lazo, se lo dio a la niña de las coletas y cogió otra cinta.
—Pues ya lo sabes —dijo.
Más tarde, mientras el coro de Lindenwiller se colocaba en sus tres filas, Preston se le acercó por detrás con dos vasos de chocolate.
—Los billetes los compré en octubre —le dijo al oído—. Emma me llamó la noche del anillo de Grace. Me preguntó si este año ibas a estar aquí. Le dije que sí, y que si quería ver lo que hacía su madre, que viniera.
—Dos meses —dijo Holly—. Has guardado un secreto dos meses.
—Dos y pico. —Preston le dio uno de los vasos—. No te acostumbres.
Al otro lado de la nave, Grace, vestida de Papá Noel, le explicaba algo a Emma, señalando con el guante la libreta verde.
Emma se reía. Holly no oyó lo que le decía, pero vio a Grace levantar la mano y hacer un saludo militar, muy serio, en dirección a ella.
Emma se volvió a mirarla con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué te llaman general? —le preguntó después, en la mesa de los lazos.
—Porque lo es —dijo Grace, que pasaba por allí con un saco de cartas.
En el rincón de las manualidades, una chica morena con una horquilla de romero ayudaba a los niños a envolver regalos.
De vez en cuando levantaba la vista hacia la escalera de mano, donde un hombre despeinado colgaba la última guirnalda, y él, sin mirarla, sonreía de lado.
En las mesas había botellas de la bodega con una etiqueta dibujada a plumilla.
Grace estaba junto al árbol con el traje de cascabeles.
El suyo: el padre Bernard se lo había regalado.
Llevaba los tres cascabeles reforzados con hilo rojo del año anterior y cinco más que había tenido que reforzar este.
En la silla de al lado, el cura, con el traje prestado de Kaysersberg, que seguía quedándole corto, fingía tropezarse cada diez minutos para robarle niños.
El último de la cola de las cartas tenía nueve años y este año no llevaba el abrigo puesto.
Théo le dio la carta en mano. La había escrito él, con una letra grande y torcida, la de alguien que ha aprendido hace poco y aún tiene que esforzarse, pero que ya no necesita a nadie para escribir lo que quiere.
No pedía nada para él. Pedía unas botas para su padre, que se le estaban rompiendo de tanto subir a las viñas de Mathis.
Grace dobló la carta y se la guardó dentro del traje, junto al pecho, donde no se perdiera.
* * *
A medianoche, el padre Bernard tocó las campanas y Elias le ayudó con la cuerda. Grace esperó al pie de la escalera del campanario, igual que entonces, con el abrigo abrochado hasta el cuello, el prendedor de terciopelo en el moño y el anillo con su vuelta de hilo rojo debajo del guante.
Una. Dos. Tres.
En la cuarta, Elias soltó la cuerda, bajó del rellano de dos zancadas y le dio un beso en la frente. Sin más. Con las manos rojas de tirar. Y volvió a subir.
Grace se quedó abajo, con la frente caliente, sonriéndole como una tonta a una cuerda de campana.
A la séptima perdió la cuenta, y la dejó perdida.