El Club Barba Azul #89
Picana eléctrica. Los señores Lacoste y Celery han patentado una picana eléctrica de que son inventores y que está llamada a suplantar el viejo instrumento de martirio utilizado hasta hoy en nuestra tierra para azuzar el ganado vacuno.
Esta picana consta de dos púas que han sido construidas teniendo en cuenta que no deben penetrar en el cuero del animal y por las que atraviesa una corriente eléctrica, lo suficientemente fuerte para hacerle experimentar, al ser tocado con ella, una conmoción que se traduce en actividad.
La picana eléctrica que resulta sencillísima en su manejo y muy módica, ha merecido un informe de todo punto favorable, del Sr. Federico Wagner (hijo) subinspector de la Dirección General de Ganadería, quien ha tenido el encargo de ensayarla prácticamente en el bañadero oficial de Maciel (prov. De Santa Fe).
Pido un breve ejercicio de imaginación histórica.
Vuelvan a leer la nota, sabiendo para qué sería finalmente utilizada la picana.
El maridaje de la tecnología y la barbarie.
También la manera en que logramos que el otro se convierta en enemigo cuando presenta diferencias que amenazan nuestra seguridad, y entonces creemos que debemos aniquilarlo.
L A MOMENTÁNEA LOCURA DE Á NGELA EN LAS MAZMORRAS
Tal vez no debería decirlo para no poner en riesgo la seguridad de la doctora Lizardi, pero los argumentos médicos que esgrime para convencer al Club Barba Azul de que Delfino se fuera con ella —además de salvar su integridad— eran parte de un pensado argumento que sacó de sus lecturas.
Primero recordó lo que había leído de Pierre Janet, neurólogo francés que, mientras ella salía de la primera clínica, estaba estudiando comportamientos fóbicos y de ansiedad.
Janet es tal vez el primero que explica la disociación, a saber: la separación de la conciencia, la memoria y la voluntad de la realidad como consecuencia de un episodio histérico.
Algunos grados de disociación podían llegar incluso a alteraciones de identidad sobre las que el paciente no tenía control por más que se esforzara.
Sin embargo, el grueso de las características que Ángela expone a sus captores salió de un estudio posterior a la época: “Disociación, personalidad, sugestionabilidad, alexitimia y dificultades en la regulación emocional: un estudio correlacional”, de Ángeles Serrano, Héctor González-Ordi y Beatriz Corbí, aparecido en la revista Clínica y Salud en noviembre de 2016.
La alexitimia se sintetiza en la siguiente frase: “incapacidad de corresponder las acciones con las emociones”, aunque los investigadores no la atribuyen ya a la histeria, sino a casos graves de adicción y depresión.
Para este último caso, confiemos en que Ángela era lo suficientemente perspicaz como para llegar a esas conclusiones 100 años antes.
T RATA Y MALTRATO DE NIÑOS
El sometimiento de el otro tiene una lógica perversa.
Inventar un enemigo para someterlo, vejarlo, torturarlo o menospreciarlo le da seguridad al que somete, veja, tortura y menosprecia.
Se llama identidad negativa. Nada más efectivo para cubrir la debilidad y el miedo propio que concebir a ese enemigo y atribuirle características negativas.
Los otros sometidos han sido muchos en la historia.
Las mujeres se convierten en brujas para cazar, en seres disolutos para castigar.
Los homosexuales se vuelven desviados para corregir o curar.
Las personas con síndrome de Down son condenadas a vidas de ostracismo.
Los indígenas o los extranjeros están para ser ridiculizados o para explotar.
Siempre hay un otro que nos asista para determinar que somos mejores.
Pero ¿qué otredad representan los niños si todos pasamos por ahí?
Ver a los niños como el otro al que se puede vejar, negar o excluir es también un acto de autodestrucción.
Y lo terrible es que no existe un ser más vulnerable —y vulnerado— que un niño.
La idea de superioridad muchas veces va de la mano del orden y de la disciplina.
Mal leídos, son la expresión de la fuerza hegemónica.
La voluntad que determina a gritos y con amenazas qué es bueno y qué malo.
Basta pensar en cualquier milicia, en donde se debe obedecer por obedecer.
El maltrato de los niños se justifica a partir de eso: es por su bien .
El juego es pernicioso. Sus ideas deben ser rápidamente corregidas para hacerlos hombres de bien.
Hombres que a su vez corrijan y que estén dispuestos a señalar al otro de manera certera para mantener los positivos criterios de normalidad.
Y lo curioso en todo esto es quién decide los criterios de normalidad: un hombre (de sexo masculino), fuerte, con disciplina que no pierde el tiempo jugando.
Se trata de una normalidad que no es mayoría.
Sumando, hay más mujeres, niños, extranjeros, homosexuales, gente con síndrome de Down que ese hombre con sus características aceptadas.
Siempre habrá más anormales que normales .
Y tal vez por ello es necesario tanto sometimiento.
Saberse minoría debe causar mucho miedo si se piensa en términos de que todo lo ajeno es una amenaza.
La situación de los niños hace 100 años resulta interesante porque por vez primera los imaginaron como un grupo que necesitaba especial atención.
En “Los niños y jóvenes infractores de la ciudad de México, 1920-1937”, de Zoila Santiago Antonio, se informa que las principales causas para aceptar a los niños en los pocos sitios de resguardo que había eran el abandono, la pobreza, la orfandad y la desobediencia.
Y que todas estas condiciones mantuvieron altas sus tasas hasta 1937 porque la Revolución mexicana hizo estragos de largo aliento en los niños.
La preocupación surgía al mismo tiempo que los niños aparecían hacinados en la calle.
La estética que contravenía a la modernidad fue el motivo inicial para preocuparse por la infancia en condiciones difíciles: “Como señala Pablo Piccato, se convirtieron en sospechosos para las autoridades y para la gente decente que se sentía ofendida y atemorizada por sus acciones. A este grupo de sospechosos pertenecieron los menores infractores que llegaron al Tribunal para Menores”.
En 1920 la beneficencia cambió de nombre a asistencia social.
Con ello, adquiría el estatus de “derecho social”, es decir, “el Estado mexicano tenía la obligación de garantizar” la asistencia a la población.
Pero el proceso fue lento: hasta 1927 los niños recogidos eran llevados, en su mayoría, a espacios que compartían con adultos en sus mismas condiciones.
La idea, estaba claro, era ocultarlos y olvidarse de ellos. En 1930, el sistema se afinó:
Se organizaron brigadas para recoger a los niños de las calles, mismos que eran transportados en carros de la beneficencia pública hacia los dormitorios públicos.
De acuerdo con Rómulo Velasco, estas brigadas estaban compuestas por “capitanes”, es decir, por muchachos de la “clientela fija del dormitorio” que iban por la calle recogiendo a “los pequeños dormilones” con instrucciones claras de “no utilizar la violencia” sino, “hablando en su propio caló a sus camaradas los hacían subir gustosamente a los automóviles de la beneficencia”.
Para interesar a los niños de resguardarse en el dormitorio se establecieron una serie de actividades, como fue el boxeo, conciertos de radio, de no imponerles el baño obligatorio, exhibiciones cinematográficas, además de proporcionarles un “café caliente con pan” en las noches y por la mañana.
El tratamiento que se les daba tampoco estaba exento del furor higienista que derivaba en cuestión racial: “Era impensable dejarlos al azar porque ellos serían los futuros ciudadanos, y si se los dejaba en la calle era posible que se convirtieran en criminales, en anormales que con sus malos hábitos y acciones corrompieran a la sociedad y a la raza . De ahí que los horarios establecidos eran una forma para que los menores que asistían a los dormitorios públicos se habituaran al orden y la disciplina”.
De cualquier manera, y por las razones que fueran, en ese momento se ponía atención por vez primera en los niños en situaciones difíciles.
Ahora bien, después de ese impulso inicial, el resto del siglo más bien se tomó su tiempo para solventar los problemas infantiles.
En las leyes españolas, hasta 1973, el infanticidio “era un subtipo atenuado del delito de homicidio”.
Dicho de otra manera: había más castigo por matar a un adulto que a un niño.
Y había legislaciones específicas: “La madre que para ocultar su deshonra matare al hijo recién nacido será castigada con la pena de prisión menor”.
Todo esto nos lo refiere Paz Velasco de la Fuente en su brillante y perturbador libro Criminal-mente .
Me parece que es hasta el día de hoy cuando van apareciendo en los medios todas las atrocidades que se han perpetrado a niños en casi todas partes del mundo.
Recordemos: son un grupo que permanece callado.
No pueden tomar las calles en protesta, no pueden entablar una demanda.
Son el grupo más endeble. Necesitan de adultos que los defiendan.
Así de simple. Por desgracia, en demasiados casos, los adultos hacen exactamente lo opuesto.
En la primera mitad del siglo XX no encontré registro de una compañía que traficara con niños a la manera en que lo hicieron los primos Lemontrip.
Tal vez esto provoque una decepción para los lectores necesitados de hechos reales.
Para justificar las emociones de injusticia al leer una paliza o la tortura infligida a un niño.
Emociones que, con un poco de suerte, se pueden convertir en la necesidad de hacer algo al respecto.
Pero ¿cómo enojarse ante algo que no existió? Veamos.