El Club Barba Azul #88
La historia de este crimen es cierta y sucedió en septiembre de 1926.
La escena tenía el cadáver de Carlos Ray en el piso y a una María Poey asustada que había hecho todo para llamar el auxilio de los vecinos.
De nueva cuenta, la combinación de prototipos —la mujer disoluta, el hombre que solo cometió un pecadillo— y de la prensa logró crear el morbo suficiente para cocinar un escándalo que vendiera.
Pasado el tiempo, se determinó que la muerte de Carlos Ray fue a manos de dos criminales comunes.
Sin embargo, el amantazgo sugirió una historia falsa que muchos decidieron creer.
Durante largos días se especuló si María Poey lo había matado a tiros o incluso había vertido cianuro en su bebida.
Nadie estaba dispuesto a cambiar un ápice sus certezas y tampoco quería renunciar a una historia que ponía en evidencia la vileza de la amante.
Luego llegó el diagnóstico médico que apuntaba hacia el mismo lado: Poey no reaccionó como una mujer debería.
Era imposible que lanzara tiros al aire para llamar la atención del vecindario.
Era más lógico que la mujer, víctima de su histeria, hubiera arremetido contra el amante.
Ya se sabe: si es lo suficientemente inmoral para acostarse con un hombre casado, para tener una hija de otro matrimonio, entonces también lo es para cometer asesinato.
La ciencia médica, en este caso, se convirtió en ideología pura.
No importaba que no hubiera sangre en la escena del crimen —para subsanar eso, se eligió la teoría del cianuro—, no importaba que faltaran joyas en la casa, pieles y 20 000 pesos, María Poey había sido analizada con las técnicas más respetables e incuestionables de ese momento.
Era culpable. Sin embargo, ahora lo sabemos, era un momento en que muchos médicos hacían política de bisturí e imponían ideas sociales a partir de observaciones que eran poco concluyentes y que tenían más que ver con sus propias ideas de lo que estaba mal en el mundo.
El crimen nunca se resolvió del todo. Sí capturaron a dos ladrones, y aquí las versiones se dividen: una dice que se declararon culpables bajo tortura, otros que les encontraron parte del botín robado.
Lo único que sí fue contundente fue la inmolación mediática que se hizo en aquel momento y que nos habla también de otra dupla que ya es histórica: el escándalo y las ventas en los medios.
Si lo hay, estupendo. Si no, tal vez sea necesario forzar un poco las cosas.
C ASTRACIÓN Y ESTERILIZACIÓN
Jaime y Ricardo conversan sobre procedimientos quirúrgicos en homosexuales, niños y poblaciones que ahora llamamos vulnerables. Las operaciones incluyen castración y esterilización forzosa. Por desgracia, no forman parte de un ficticio catálogo del horror.
Como se dijo líneas arriba, el primer cuarto del siglo XX cobijó ideas prácticas que fueron la antesala de un horror que sería todavía más palpable durante las guerras mundiales de los recién creados Estados-nación.
El historiador Niall Ferguson ilustra lo anterior de manera magistral en su libro La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de Occidente, 1904-1953 .
La modernidad gestada a finales del siglo XIX tuvo un torpe ímpetu que quería resultados inmediatos y que imponía visiones racistas y xenófobas.
En general, atacaba de manera violenta a todo individuo que se saliera de los cánones de la normalidad .
Imaginen a un desquiciado que, cuchillo en mano, convence a demasiadas personas que el descuartizamiento de ciertas víctimas es una forma de progreso y civilización.
Así, la castración en homosexuales fue legal en la Dinamarca de 1930 y aunque no hubo un estatuto federal sobre la esterilización forzosa en Estados Unidos, se propuso una ley modelo en 1922.
Un nombre merece ser tomado en cuenta para la absurda intención de curar homosexuales: Carl Værnet, médico danés que terminó como mayor de las ss y doctor en el campo de concentración de Buchenwald durante la Segunda Guerra Mundial.
Værnet ejemplifica la estrecha relación que existe entre aquella obsesión médica de los veinte y los experimentos en los campos de concentración nazis.
Primero intentó con hormonas y luego con el trasplante de testículos.
En los primeros experimentos fallecieron más de 10 pacientes bajo su tutela, el segundo lo hizo con animales, al menos en un principio.
Con la pesadilla de los campos de concentración, Værnet tuvo luz verde para experimentar con humanos.
Mató a más de 20 pacientes que fueron forzados a las cirugías de su mente enferma.
Antes de aquel desenlace, aseguró que el experimento había sido un éxito porque varios de sus pacientes habían tenido sueños eróticos con mujeres.
La esterilización sin consentimiento se reconoce como un crimen de guerra hasta 1946, después de los juicios de Núremberg.
El ímpetu científico con alma de sadismo había procedido sin reservas hasta que fue considerado una práctica de guerra demasiado cruel incluso para la guerra.
Sin embargo, para ese momento, ya se había practicado de manera más o menos generalizada en algunos estados del país del norte.
Los elegidos: enfermos mentales, personas con deformidades físicas, incluso sordos, ciegos, epilépticos y personas con síndrome de Down.
Se calcula —aunque probablemente nunca se sabrá con certeza— que más de 50 mil personas fueron esterilizadas en las décadas de los veinte y treinta.
Los avances y retrocesos para aplicar leyes de esterilización forzosa en ese país fueron continuos a lo largo de todo ese siglo.
El estado de California siempre se mantuvo liderando la tendencia.
Hay tres paradigmas que tal vez nos muestren toda la contradicción de la medida:
1)
Uno de los principales reveses que tuvo esta práctica sucedió en 1942 en Oklahoma.
La meta era evitar la esterilización en criminales.
Los argumentos para echar atrás la ley pueden enervar: los abogados invocaron la “cláusula de protección igualitaria”.
En pocas palabras, si se permitía esterilizar a los delincuentes comunes como los asesinos, también debería aplicarse el mismo procedimiento para criminales que hubieran hecho fraudes financieros o estafas.
A partir de ahí, la medida perdió su ímpetu.
La clase social seguía determinando cuándo era bien visto o mal visto un mismo procedimiento.
2)
Hasta la década de los setenta, los gobiernos en varios estados eran los que decidían qué mujeres debían ser esterilizadas contra su voluntad.
De la misma manera, aquellas que buscaran la esterilización voluntaria por planeación anticonceptiva, debían someterse a la decisión del mismo estado.
En muchos otros, y hasta muy recientemente, era necesario el consentimiento del esposo.
3)
A finales de la misma década, 10 mujeres mexicanas demandaron a un hospital en Los Ángeles que las esterilizó después de practicarles una cesárea. Sin importar que la acción tenía un claro sesgo racial, perdieron la demanda.
Va una obviedad: somos consecuencia de nuestro pasado.
De sus contradicciones y violencias. Va algo que no es tan obvio: ese pasado muchas veces no se queda en el pasado: sigue existiendo, adoptando distintas formas en nuestro presente, solo que se sabe vestir de nuevos prejuicios.
Así, lo que en el ayer nos puede parecer extravagante o terrible, hoy se puede llegar a aceptar como normalidad.
L A PICANA ELÉCTRICA EN A RGENTINA
A veces pareciera que el siglo XX fue propenso a crear símbolos de aniquilación.
Un objeto que sintetizara la barbarie. Siempre que pienso en eso, se me viene a la cabeza la ametralladora.
Cómo, de finales del XIX a principios del XX , supieron aprovechar avances tecnológicos —metalúrgicos y mecánicos— para perfeccionar un objeto dedicado a la veloz aniquilación del hombre.
A la destrucción del otro . El otro piensa distinto y por ello se convierte en enemigo peligroso.
En el siglo XX , las razones para hacer distinciones sobraron: ideología, política, raza, clase social, lugar de nacimiento en un mapa.
Otro aparato que siempre me ha parecido paradigmático es el de la picana eléctrica en Argentina. Un artilugio creado originalmente para azuzar al ganado, que terminó siendo uno de los peores símbolos de las consecutivas dictaduras sudamericanas.
Como si el uso final de ese artilugio no fuera lo suficientemente terrible, una historia paradójica circula en torno a la picana.
La historia sugiere que fue Polo Lugones a quien se le ocurrió la idea de utilizarla como instrumento de tortura en humanos.
Polo fue jefe de gobierno durante la dictadura de José Félix Uriburu que inició en 1930, pero también fue hijo de Leopoldo Lugones, escritor, poeta y pedagogo que inauguró el modernismo y la ciencia ficción en Argentina.
El primer viaje se hace entonces de las letras a la barbarie.
Pero no termina ahí. En dictadura posterior —perpetrada en los setenta—, Susana Lugones, hija del policía y nieta del escritor, repudió las ideas militares de la familia, se decantó hacia la izquierda política y esto bastó para ser considerada subversiva, como muchos jóvenes del momento.
Así, fue apresada y después torturada justamente con el instrumento que tanto utilizó su padre.
El origen de la picana, sin embargo, está registrado desde mucho tiempo antes.
El sitio Periódico del barrio (periodicodelbarrio.com.ar) reproduce una nota aparecida en el diario Crónica de Villa Urquiza, Argentina, el 22 de julio de 1917.
Es la patente de aquel instrumento que crearía tanto dolor, tantas pesadillas: