El Club Barba Azul El Club Barba Azul #87
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El Club Barba Azul #87

De cualquier forma, la historia de Perrault —con esposas en vez de niños— tuvo un éxito que duró hasta los años cincuenta del XX , cuando la gente comenzó a pensar que la anécdota tal vez era demasiado tétrica para ser un cuento infantil.

En general, se ha tomado a la historia como una advertencia contra la “curiosidad femenina”, y aquí podríamos explayarnos sobre el sojuzgamiento contra mujeres y niños.

Como faltaba mucho tiempo para que la emancipación femenina iniciara y más aún para llegar a algo parecido a la manumisión infantil, sustituir niños por esposas hace un oscuro sentido si se imagina a ambos con falta de autonomía y con necesidad de tener siempre un tutor que decida sobre sus vidas… literalmente.

A finales del siglo XIX , el escritor, también francés, Joris-Karl Huysmans saca su novela Allá lejos (1891).

Desde hace mucho tiempo he tenido debilidad por Huysmans.

Me parece que sus libros son tan ecuménicos y críticos que resultan inclasificables.

La obsesión de la crítica literaria por catalogar tiene problemas con Huysmans: dicen que su estilo pasó de ser modernista, a decadente, a simbolista, a parnasiano, a satanista, para cerrar con una literatura cristiana.

Creo que el estilo en él es uno solo que tiene como objeto criticar al hombre inmerso en el nacimiento de la modernidad que le tocó vivir.

Y en esa voluntad aparece Allá lejos . En sus páginas, Durtal, alter ego de Huysmans, se dedica a investigar la vida de Gilles de Rais, y cuando llega a los varios crímenes que comete, no le tiembla la mano parta describirlos.

El sangriento episodio que Ángela le cuenta a Carlos aparece ahí, pero es una breve muestra de todo un catálogo de violencia que provocó una continua censura del libro.

Tal vez no era para menos. Huysmans nos cuenta, por ejemplo, uno de los episodios satánicos de Gilles de Rais: “El ritual de estas ceremonias era atroz. Generalmente se había raptado a un niño, al cual quemaban dentro de un horno, en el campo. Luego se revolvía este polvo humano con la sangre de otro niño al que degollaban, formando con todo una pasta semejante a la pasta excrementicia de los maniqueístas. Esa era la materia del sacramento”.

Los motivos de la censura, sin embargo, nos dan qué pensar.

El martirio hasta la muerte de un niño ha sido una constante.

Sucede demasiadas veces, desde 1440 hasta el día de hoy.

Narrar estas atrocidades, más que un acto inmoral, tal vez sea un espejo tan macabro que pocas personas se atreven a verse en él.

Con esa literatura se ha hecho lo mismo que con muchos niños: intentar desparecerlos, callar las contradicciones para fingir que no suceden, obviar los abusos que han sufrido, aunque ya no sea con fines satánicos ni en castillos.

Creer que el infierno que muchos de ellos viven es una excepción y no una práctica tan común como repugnante.

E L S ANTO N IÑO J ESÚS M ÉDICO

La idea del Santo Niño Jesús Médico, que el Club Barba Azul usa como parte de su estrategia de sumisión, está tomada del Santo Niño Jesús Doctor que, en efecto, se encuentra en Tepeaca.

El auténtico santo no tiene absolutamente nada que ver con las oscuras operaciones de la Compañía en ese lugar.

La imagen del niño doctor mide solo 50 centímetros de altura y llegó a Tepeaca más de una década después de lo narrado en la novela.

El 5 de mayo de 1942 se inauguró el hospital civil, y cuatro monjas servían como enfermeras, una de ellas (Carmen Barrios) llevó la figura que sus padres le habían regalado y que habían adquirido en Cuba.

Luego fue llevada a la parroquia de San Francisco de Asís en 1963, y finalmente fue colocada en el altar mayor en 2011.

La letanía real sobre el santo reza de la siguiente manera: “¡Oh, Divino niño doctor! Tú que curas todas las enfermedades, al ver los innumerables peligros que me rodean y las enfermedades de mi cuerpo y alma, quisiste ser mi Jesús, es decir, mi salud. ¡Gracias, Jesús mío! Concédeme, te ruego, la salud de cuerpo y alma a fin de que salga triunfante en la obra de mi salvación, a pesar de todos los males que padezco por mis pecados…”.

E L INFIERNO DEL SEÑOR A VELLANEDA SEGÚN Á NGELA

Varios infiernos aquejan la vida del señor Avellaneda, entre ellos el alcoholismo y el fantasma del suicidio.

Ángela está convencida de que, con un tratamiento adecuado, ambos podrían haber tenido un desenlace distinto.

Sin embargo, el señor Avellaneda tenía también dos elementos en contra: su familia y su época.

La confrontación de los dos infiernos y los dos elementos que Ángela analiza en sus notas se basan parcialmente en el ensayo “Entre lo insólito y lo profano. La representación narrativa del suicido en la nota roja de la Ciudad de México durante la primera mitad del siglo XX ”, de Esteban Terán Rodríguez.

De la misma manera, parte de la información para diseñar los matices y tormentos del alcoholismo, vienen de “Alcoholismo, criminalidad, vicios, enfermedad y seguridad entre 1870 y 1910 en la Ciudad de México”, de Nadia Menéndez Di Pardo; ambos copilados en el libro Nota roja.

Lo anormal y lo criminal en la historia de México ( INAH ).

El alcoholismo comienza a aparecer en el mapa de las preocupaciones nacionales con el crecimiento demográfico de la ciudad de México.

La fórmula más recurrida era: gente que llega del campo no encuentra trabajo y se dedica a beber en los espacios públicos.

La moral tiene un papel fundamental en esta propuesta: los borrachos que molestan son los que se ven y los que pertenecen a clases bajas .

Eso logró al menos dos cosas: que se arraigara la idea de que el alcoholismo era un problema solamente de un sector de la sociedad y que se promovieran leyes para reglamentar la ingesta de alcohol en las calles y plazas.

A nadie le importaba la salud de los alcohólicos: la molestia era que se veían mal.

Nos dice Menéndez Di Pardo: “El alcoholismo fue definido como vicio y enfermedad simultáneamente […] pero tendría que pasar casi un siglo para que fuera considerado como un problema de salud pública (para la década de 1960 en México, por lo menos)”.

Poco tiempo después, una tercera preocupación se crearía en torno al alcoholismo: los crímenes.

Nadie puede negar que existe una estrecha relación entre los estados alterados y los actos violentos; sin embargo, aún faltaba tiempo para que los especialistas dejaran de concentrarse tanto en leyes que castigaban y pusieran atención en programas que evitaran lo que podía suceder.

Otra vez Menéndez Di Pardo: “Con base en esos análisis médicos y legistas, redactores, escritores y ensayistas insistían en una visión claramente positivista de la realidad del dipsómano, con lo que justificaban y encausaban los crímenes de esos años, y veían su alta tasa de zcriminalidad con una apreciación del alcoholismo que tenía un sesgo de clase, raza, etnia e incluso género, lo cual no deja de llamar la atención, no solo por los prejuicios mostrados ante una realidad que no distingue los elementos económicos, sociales y culturales”.

No debemos pavonearnos mucho sobre la visión que existe hoy sobre el alcoholismo.

En realidad, la descripción hecha —y que corresponde a los principios del XX — sigue teniendo mucha vigencia 100 años después.

El error más común tal vez sea creer que con fuerza de voluntad el alcoholismo puede controlarse.

No ver el problema como una enfermedad sigue siendo una herencia muy arraigada y viva entre los moralistas de hoy.

M UJERES PASIONALES , MUJERES VOTANTES

Las notas de crímenes que ponían a las mujeres disolutas como la única causa de las desgracias, habla más de la moral de la época que de la esencia femenina.

Algunas de las notas que Ángela revisa en la hemeroteca aparecen en “El crimen pasional en la nota roja de la Ciudad de México, primera mitad del siglo XX ”, de Saydi Núñez Cetina, también recopilado en la antología de Nota roja.

La década de los veinte es rica en esas noticias que atizaban el morbo —siempre rentable—, sin importar contextos.

También es un periodo en el que las mujeres comienzan a pelear su participación política.

Estoy convencido de que ambos fenómenos están relacionados.

Donde unas veían búsqueda de justicia, otros veían una amenaza que debía ser escarmentada públicamente, y los diarios eran buena tribuna para eso.

Las mujeres empiezan a votar de manera nacional en 1953, pero ya en 1916 sucede el Primer Congreso Feminista en Yucatán.

En 1922 una delegación mexicana es enviada al Congreso de Mujeres Votantes en Baltimore.

Ese mismo año se funda la Liga Feminista también en Yucatán, y Elvia Carrillo Puerto es la primera diputada del congreso local del mismo estado, cargo al que tuvo que renunciar por las continuas amenazas de muerte que recibió.

En 1923 ocurre el Primer Congreso Nacional Feminista y finalmente Aurelio Manrique, gobernador de San Luis Potosí, decretó ese año que las mujeres pudieran votar en su estado, lo mismo que ser elegidas.

Estos datos aparecen en el artículo “20 fechas clave en la lucha por el voto femenino en México”, en Milenio , basados en las investigaciones que durante muchos años ha realizado la historiadora Enriqueta Tuñón Pablos.

L A MUERTE DE C ARLOS R AY Y EL DIAGNÓSTICO DE M ARÍA P OEY