El Club Barba Azul El Club Barba Azul #86
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El Club Barba Azul #86

Carlos J. Guzmán tiene un blog en donde convierte lo espeluznante en datos históricos: The Balming Kid.

Ahí nos cuenta que a principios del siglo XX “había poco más de mil marcas de líquidos para embalsamar”.

Los nombres de los productos con los que Ángela y Carlos tienen que trabajar vienen de la oficina de patentes norteamericana que, según Guzmán, eran los más utilizados en el mercado de esa década.

Sin embargo, las nuevas fórmulas siguen apareciendo hasta el día de hoy, lo que nos habla de una industria médica que sigue investigando en temas que, contrario a lo que se podría pensar, muchos quieren involucrarse.

L OS NIÑOS Y SUS ENFERMEDADES

Alrededor de 1930, la medicina comienza a ver a los niños como individuos con características específicas, diferentes a las de los adultos.

En enero de ese año “se firma el acta constitutiva de la Sociedad Mexicana de Puericultura, más tarde Sociedad Mexicana de Pediatría”.

Nacía entonces el interés por —al menos— saber cuáles eran los padecimientos físicos más recurrentes en ellos.

Veinte años antes, nos refiere Ana Cecilia Rodríguez de Romo en su ensayo “La aparición de la infancia: la medicina frente al cuerpo de los niños durante el porfiriato” ( Anales Médicos , octubre-diciembre de 2005), las enfermedades más señaladas eran los piojos, la tiña, las verrugas vulgares y la sarna.

En números menores, pero también comunes, estaba el sarampión, la escarlatina, la viruela y la varicela.

El doctor Manuel Uribe Troncoso —quien fue el encargado de hacer esas matemáticas— creía que la anemia estaba presente en una quinta parte de la población infantil.

Así, una de las primeras medidas tomadas por las instituciones que se dedicaban a los niños fue la instauración de los comedores escolares.

Una práctica que hasta el día de hoy no ha cesado y que nos refiere la manera en que la miseria y la infancia suelen ir, desgraciadamente, muy aparejadas.

Los padecimientos físicos evidentes eran un principio.

Aún faltaba mucho para que los especialistas se preocuparan por enfermedades relacionadas con la mente o que eran consecuencia de malas experiencias sufridas en los primeros años de vida.

Pero había avances. El mismo doctor Uribe se da cuenta de una mala interpretación: se creía que muchos de los niños estudiados —poco más de siete mil— eran “desatentos, desaplicados, de inteligencia torpe, en una palabra, retardados”, cuando en realidad lo que tenían era problemas del oído y de la vista.

Sin embargo, sí existían problemas como el “retardo psíquico” que mostraban 164 niños de esa muestra y que, a principios del siglo XX , resultaba difícil determinar su causa concreta.

En mayor medida, los niños seguían siendo una incógnita, y así como muchos especialistas comenzaban a interesarse por descifrar su universo fisiológico para curar padecimientos, otros sectores aprovechaban el silencio y misterio que los rodeaba para sacar provecho.

Una tendencia que con los años no ha aminorado.

El niño era un individuo al que por prejuicio —más que por antonomasia— apenas se le escuchaba.

Y en ese momento, era un misterio silente al que se menospreciaba, se ignoraba o se violaba, sin temor a represalias.

U NA AMENAZA CONOCIDA COMO B ARBA A ZUL

Hay símbolos que aparecen una y otra vez como un recordatorio de la crueldad inherente en el hombre.

Son advertencias que se repiten porque los testigos no pusieron suficiente atención, minimizaron el horror o se protegieron asegurando que esas acciones terribles no tenían nada que ver con ellos. Barba Azul entra en esta categoría.

Gilles de Rais (1405-1440) quedó huérfano a temprana edad de padre y madre, quedando al cuidado de un abuelo que solía odiar al padre de Gilles.

Como parte de la nobleza, el abuelo enseñó las ventajas de cubrir el sadismo con el título aristocrático.

Jean de Craon —el abuelo— era un asiduo practicante de esta premisa: en algún momento secuestró a una sobrina para casarla con Gilles.

Cuando la familia de la mujer —que pertenecía a un estrato social menor— protestó, Craon amenazó con meterla en un saco y lanzarla al río.

La familia de la sobrina no se amedrentó, y terminaron encerrados en uno de los calabozos donde un par de ellos murió.

Antes de pegar el grito por esos actos de la monarquía desde la holgura de nuestra modernidad, bien nos valdría hacer una equivalencia y pensar hasta qué punto los actos aberrantes que antes era solapados por un apellido, el día hoy se cubren con las fortunas económicas, por ejemplo.

Así, no debe sorprender que Jean de Craon “se convirtió en uno de los nobles más acaudalados y poderosos de Francia. Su violencia perseguía un objetivo económico, no así la de su nieto, que más bien buscaba divertirse”, nos cuenta César Cervera en su artículo “El verdadero Barba Azul , el amigo necrófilo de Juana de Arco que asoló Francia” (publicado en el diario ABC en febrero de 2018).

Pocos años después, Gilles de Rais participó en la guerra de los Cien Años que libraron Francia e Inglaterra.

Se volvió mariscal de los galos porque ganaba batalla tras batalla a punta de temeridad.

Juana de Arco y él se volvieron la fórmula perfecta que aterró a los ingleses hasta la captura de la líder y su posterior inmolación en la hoguera, acusada de herejía.

Pero mientras Juana de Arco se transformó de hereje en santa, Gilles de Rais se convirtió de encumbrado estratega en monstruo.

Se calcula que torturó y mató a 150 niños cuando se retiró a su castillo en Champtoceaux. Cervera cuenta:

Una vez en su poder, los criados se ocupaban de vestir a los niños con prendas lujosas y los sentaban a cenar con el señor y sus sádicos invitados.

Tras el banquete, Gilles de Rais y sus acólitos embriagados se retiraban con los menores a una sala preparada para el horror.

El hombre francés y sus hombres torturaban y violaban a los niños hasta la muerte.

Si el muchacho gritaba lo colgaban del cuello y De Rais lo violaba en esa postura.

La mayoría de los niños acababan la noche decapitados, desolladose incluso descuartizados.

La necrofilia del noble, a veces, alargaba la velada hasta más allá de la muerte de los muchachos. Así ordenaba que se les abriesen los cuerpos y disfrutaba con la visión de sus órganos internos.

Una de las explicaciones más cómodas que se han dado para explicar la brutalidad y la saña de Gilles de Rais es que se convirtió al satanismo.

Con este matiz, la crueldad se convierte en fanatismo místico y la vuelve un poco más comprensible ante los atónitos oídos que escuchan la historia.

Más cercano a la realidad, Georges Bataille sugiere en The Trial of Gilles de Rais que Barba Azul era producto de su lapso histórico.

Su familia descendía de los germanos y llegaba a un mundo en donde un tímido cristianismo apenas se instauraba.

Las batallas germánicas, copiadas por De Rais, incluían a los bersekers que no dudaban en realizar brutales ataques suicidas.

De la misma manera, era un mundo en el que la monarquía era espectacular en el sentido más estrafalario.

Todo debía ser excesivo para impresionar: las comidas, las batallas y los asesinatos.

En este sentido, sus crímenes tenían cierta consecuencia con su mundo…

hasta que la Iglesia cristiana lo descubrió.

Dos mundos con morales distintas colisionaron.

Lo que en el primer orbe era normal, en el segundo era un crimen.

Sin embargo, también sucede que el mariscal tenía tanto poder y dinero que hizo lo que le vino en gana sin tener miedo a represalias.

Las víctimas eran hijos de artesanos y campesinos.

Su captura ocurrió por dos motivos: secuestró a un sacerdote, lo que significó finalmente una razón política para apresarlo, y esto sucedió cuando la fortuna del mariscal ya estaba muy mermada.

El motor de su crueldad —que tal vez se hubiera quedado solo en fantasía si sus condiciones sociales hubieran sido otras— me parece que es materia para psicólogos muy avezados, pero de nueva cuenta incluye el factor de la despreocupación por seres que se consideran maleables al capricho de los adultos, hasta grados macabros.

El satanismo no llegó sino hasta las etapas finales de sus tropelías, tal vez para justificar desde un punto de vista místico el placer que el sadismo le daba.

En una época en la que los cuentos para niños se alimentaban de este tipo de anécdotas, es decir, alrededor de 1695, Charles Perrault escribe Barba Azul .

Habían pasado 250 años desde la muerte de Gilles de Rais, pero la leyenda mantenía vivo lo ocurrido.

Sin embargo, resulta curioso que los niños muertos hayan sido sustituidos por las esposas.

Varios historiadores han comentado al respecto.

Eugène Bossard fue quien propuso la relación Barba Azul-Gilles de Rais en el siglo XIX , aunque también expone que el personaje tiene algo de Enrique VIII de Inglaterra —nacido 50 años después de la muerte de Gilles de Rais—, quien se casó seis veces, una minucia comparada con su decisión de romper con la Iglesia católica para instaurar la religión anglicana.