El Club Barba Azul El Club Barba Azul #90
100%

El Club Barba Azul #90

Aquí, el presente tiene que asistir al pasado.

Como decía, es hasta ahora que los medios empiezan a poner atención en los abusos infantiles de manera francamente abierta.

No significa que de algunos años para acá comenzaran a suceder esos abusos, solo que hasta ahora se sabe de ellos de manera pública.

Lo más terrible, me parece, es que los niños eran considerados tan poca cosa que su tortura o tráfico ni siquiera lograría en aquel lapso llegar a una nota en los diarios.

Que hasta hoy salgan a la luz solo significa que hasta hace muy poco los académicos y los periodistas comienzan a pensar que esa constante no es normal.

A este respecto, la historiadora Susana Sosenski —que también aparece en las referencias de la anterior novela, Lo que los monstruos nos hicieron — es contundente.

Primero cita a Manfred Liebel sobre: “El hecho de que en los barrios pobres de las ciudades latinoamericanas (por ejemplo, en Argentina, Paraguay, Honduras, Guatemala o México) o en áreas rurales con población predominantemente indígena, los niños y niñas simplemente ‘desaparecen’ sin que las autoridades hagan un esfuerzo siquiera mínimo para descubrir la verdad…”.

Una sentencia lapidaria que lo mismo se puede aplicar al pasado remoto que al más reciente.

Luego nos dice: “Por lo menos hasta los años sesenta del siglo XX , el secuestro infantil y los delitos adyacentes a este —como el rapto, el estupro, la violación y la ‘corrupción de menores’— fueron narrados como contingencias previsibles, a lo que Michel Foucault denominó las ‘vidas ínfimas’ de los sectores populares, a quienes se concebía como predestinados a la fatalidad y el abuso”.

Así, las secuencias de escenas violentas que aparecen en la novela, por desgracia, tienen una base real.

Varios meses antes de comenzar la escritura, me topé demasiadas veces con noticias —contemporáneas y del pasado reciente— que hacían énfasis en el brutal maltrato infantil y, peor aún, en la ausencia de consecuencias de esos actos, incluso falta de empatía.

El abuso infantil —moderado, excesivo— ha estado encasillado dentro de una normalidad que permite pequeños pecados .

Los últimos años de nuestra historia están repletos de explotación infantil, prostitución infantil, tráfico de órganos de niños, campos de concentración poblados solo por menores, todos consignados en los medios.

Resultaría demasiado extenso e innecesario realizar una lista de cotejo entre el acto sobre violencia infantil y el fragmento literario que escribí basado en esa deleznable realidad.

Pero ofrezco un ejemplo: cuando Delfino narra su entrada al campo de concentración de Tepeaca, Luisito trata de escapar y un capataz lo tira al suelo, lo amaga y le dice que no tiene escapatoria.

La manera en que es sometido aparece en video.

Un niño de unos 10 años fue tirado al piso de cemento de esa manera por sus prefectos en el Hogar Cabañas de Jalisco.

El video fue reproducido por el diario La Jornada , el 17 de agosto de 2020, bajo el título “Denuncian nuevos abusos y maltrato en el Hogar Cabañas de Jalisco”, escrito por Juan Carlos G.

Partida. Todo lo escrito en ese episodio se queda corto comparado a los gritos del niño real en el video.

En los mismos meses, mi atención insistía en fijarse en otros testimonios similares: una niña de cuatro años que fue azotada en el piso y en la cama por su cuidadora mientras la cambiaba de ropa, dos niñas de alrededor de 10 años a las que su madre golpeaba con un leño en la espalda y piernas, un niño de cinco años al que su hermana amarró de pies y manos a una cama para latiguearlo con un cinturón durante tres minutos mientras el novio lo grababa, en Venezuela.

La brutalidad contra los niños no es lo nuevo, solo el hecho de que ahora puedan ser captados en video.

Sintonizado en ese espantoso canal —es solo culpa mía—, por los mismos días vi el documental Broken Child (2000) de Michael Mierendorf.

Más de lo mismo: hijos de adictos que durante días se alimentan con biberones que lo único que contienen es su propia saliva, niños vejados, abandonados, golpeados.

Si esto se presenta en una vida cotidiana —que me niego a llamarla normal — es posible imaginarnos lo que ocurre con los niños que son comerciados y en donde se cuida muy bien dejar cualquier evidencia.

Sugeyry Romina Gándara narra la sistematización criminal con niños en una publicación aparecida en Sin Embargo el 5 de diciembre de 2020, a propósito del descuartizamiento de dos niños mazahuas de 12 y 14 años.

Una noticia que sacudió durante unos días a los medios para luego pasar a otro escándalo.

Años atrás los criminales habían empezado a reclutar a los niños más desvalidos de la ciudad de México.

Así, la Red de Derechos por la Infancia avisó: “A los ocho años recogen goma o son vigías, pero a los 16 ya matan. Los grupos criminales, expresó, utilizan a los niños, niñas y adolescentes porque son desechables, no están pensando en construir escuelas criminales con niños para que después sean los líderes que coordinen el crimen en el futuro”.

Dejando un poco de lado las pavorosas particularidades y tratando de obtener una perspectiva más amplia, Mariblanca Staff Wilson nos hace un “Recorrido histórico sobre la trata de personas”.

Un delito que ocupa el tercer lugar en los crímenes internacionales, después del tráfico de drogas y de armas.

Aunque la autora cree que no faltará mucho para que esta práctica gane el primer sitio por los beneficios económicos que significa.

De ese tráfico humano, se estima que el 50% son niños.

Me interesa poner aquí un acento: drogas, armas y niños.

Su tráfico es conveniente porque no hay queja.

Porque los tres son maleables y se encuentra poca resistencia.

El problema es que, de los tres, uno es humano.

El humano que nuestro idealismo de dientes para afuera señala como el ser humano más preciado.

El tráfico de niños es también un termómetro que nos habla del fracaso que como sociedad tenemos.

El destino de estos niños es terrible, pero se puede esconder bien dentro de las prácticas cotidianas: prostitución, trabajo forzado, servidumbre, prácticas esclavistas.

Y sí, uno de los factores fundamentales para lograr este crimen es la situación de miseria en la que viven las familias de los niños que tendrán un destino que no toma en cuenta su voluntad.

A la par que se comienzan a implementar medidas contra este infierno, también hay cierta impunidad estacionada en las personas que —casi siempre por medios económicos— se mantienen por encima de la ley.

Como referencia digo un nombre que en 2020 y 2021 ha sonado mucho: Jeffrey Epstein.

Aunque en México tenemos nuestros propios demonios: Marcial Maciel o Kamel Nacif y Mario Marín.

Los dos últimos visibles gracias a la investigación que en su momento hizo Lydia Cacho y por lo que a cambio ha tenido que vivir todo el tiempo con la espada sobre su cabeza.

La información que delata estos abusos no termina.

En el tiempo que me llevó hacer las primeras correcciones de la novela (2021), apareció una pesadilla más: los cementerios de niños indígenas de Canadá.

Primero más de mil tumbas en los terrenos aledaños a antiguos internados gubernamentales, luego 751 tumbas más en la Escuela Residencial Indígena Marieval, en Saskatchewan.

La agencia de noticias EFE en Canadá señala: “A Marieval fueron enviados miles de niños indígenas. Allí sufrieron todo tipo de abusos físicos, emocionales y sexuales como parte de un sistema de reeducación para eliminar la cultura indígena”.

La realidad ejecutó con mano firme lo que no me atreví a poner en mi ficción. Que nadie se enorgullezca.

Es imposible saber con precisión cuál es el origen de las historias que escribimos, pero hay momentos, vivencias, lecturas, que empujan el ánimo para obligar a los dedos a escribir lo que se tiene en la cabeza.

Resulta inevitable que mi contexto me haya llevado a escribir sobre niños.

Mi familia se ha dedicado casi 50 años al teatro para niños, Susana Sosenski y yo fuimos a la misma escuela primaria en Cuernavaca, por ejemplo.

Ahí hay factores que van definiendo los intereses, en mi caso, de escritura.

Pero para este tema identifico con precisión un momento concreto: un reportaje que hablaba de la relación que existe entre la deep web y el tráfico de niños.

Era una nota que no se preocupaba mucho por corroborar su información y que con mucha probabilidad tenía mucho de ficción.

O tal vez, después de lo leído, decidí que lo prefería de esa manera: que fuera más ficción que realidad.

En una serie de capturas de pantalla se leían los supuestos comentarios de una red de prostitución infantil que, aseguraban, funcionaba en secreto, pero con total impunidad en el estado de Michoacán.

Un hombre narraba cómo le llevaron a un niño de tres años.

Cuenta cómo lo trasladó del punto de recogida hacia su casa.

El niño le preguntaba llorando si ya lo iba a llevar con su mamá, y luego describe que eso le comenzó a provocar una fuerte erección bajo sus pantalones.

El miedo del niño lo excitaba. Repito: espero con todas mis fuerzas que la historia sea falsa, pero después de lo que investigué para esta novela, no me parece que sea una escena extraña.

Mi cabeza se encargó, durante varios días, de regresarme a lo leído.

Cómo un hombre llega a ese nivel de falta de empatía.

Las respuestas médicas —es un sociópata— no me satisfacen.

Me niego a prestarle un etiquetado médico que lo perdone. Es la verdad.

Los comentarios de los lectores eran abundantes.

En su enorme mayoría señalaban lo que le harían a ese hombre si lo tuvieran a la mano.

Descuartizarlo, matarlo lentamente, empalarlo.

Resultaba difícil no coincidir con esas fantasías de venganza sanguinaria.

Pero luego pensé algo más: ninguna de las reacciones se centraba en el niño.

Otra vez habían sido olvidados. Era más importante la venganza adulta contra otro adulto para liberar la presión del enojo que se sentía.

Otra vez estábamos pensando solo en nosotros.

En nuestra venganza, en nuestra catarsis.

Ahí, estoy casi seguro, se forjó la idea que, como fantasma, quería que apareciera en esta historia.

En ese momento supe a lo que la pobre Ángela se tendría que enfrentar ahora.

Además, me parece que aquella nota y sus reacciones se convierten en una síntesis clínica, casi quirúrgica, de un malestar demasiado extendido.

Desde la existencia de Barba Azul hasta el día de hoy.