El Club Barba Azul El Club Barba Azul #84
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El Club Barba Azul #84

Luis Alfonso Martínez Montaño hace un gran análisis de la novela en su texto “La máscara que vela un mito: Salamandra , de Efrén Rebolledo”, publicado en Letra Franca , y ahí recupera una cita de B.

Rocha: “Creo que una de las virtudes de esta novela es el retrato moroso de dos naturalezas opuestas pero complementarias: Eugenio, perdido en la molicie del deseo, anulada la voluntad viril; Elena regocijada y satisfecha en la provocación del macho y la huida graciosa”.

Este juego, en el contexto de la segunda década del XX , propone muchos análisis sobre la manera en que iban cambiando los roles de género.

Nazarena lo intuía y trataba de emularlo.

Carlos cayó en el juego. De esta manera, ambos interpretaron su propia Salamandra .

No es culpa suya que terminaran haciendo una especie de homenaje a la novela de Efrén Rebolledo.

D ATOS DE LA GUERRA RELIGIOSA

Existen varios estudios que analizan la guerra entre el gobierno y la Iglesia en los años veinte del XX .

No me meteré mucho: acepto cierto temor.

El tema, 100 años después, sigue siendo leña para polémicas ardientes, y comienza desde la denominación: algunos los llaman cristeros, otros los llaman la Cristiada.

Algunos se inclinan por la crueldad de los religiosos, otros por el salvajismo del ejército mexicano.

Prefiero dar algunos datos, a manera de inventario.

El presidente Calles intentó aplicar de manera práctica las leyes de la Constitución de 1917 referentes a la contención del poder de la Iglesia.

A partir de ahí, sucedieron varios excesos.

Fue una guerra en la que se calculan 250 mil muertos: cristeros, del ejército y, como siempre, civiles.

Algunos eventos ayudaron a escalar el conflicto: el asesinato de Álvaro Obregón, pero también otro peculiar atentado ocurrido en noviembre de 1921, en donde se buscaba dinamitar la imagen de la virgen en la basílica de Guadalupe.

El atentado resultó fallido y algunos lo llamaron un milagro.

De la misma manera, la Confederación Regional Obrera Mexicana, que apoyaba al gobierno, intentó crear una Iglesia alterna opuesta al Vaticano.

En Tabasco se exigió que los curas fueran casados para oficiar misas.

En Tamaulipas se prohibió a los religiosos extranjeros dar cualquier tipo de discurso.

La Iglesia inició un boicot para que sus fieles no consumieran productos nacionales.

El año de 1927, justo cuando la clínica del doctor Campuzano cierra sus puertas, varios sectores rurales comenzaron a armarse al grito de ¡Viva Cristo Rey!

e iniciaron los enfrentamientos en distintas partes del país, sobre todo en el Bajío.

Aunque parezca producto de la ficción, las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco sí existieron.

Calculadas en un principio en 135 miembros, actuaron sobre todo en Zapopan, Jalisco y en la ciudad de México a partir de junio de 1927.

Eran mujeres solteras entre los 15 y los 25 años.

Tal como aparecen en la novela, se dedicaban al tráfico de armas y comida para los combatientes religiosos.

También solían curar a los enfermos. El voto de silencio las convertía en perfectas espías.

Y sí: su contacto con el mundo eran los colegios católicos.

Para 1928 se calcula que ya había unas 10 mil reclutadas y su manera de operación eran los falsos días de campo, que era el momento en el que entregaban las armas.

La percepción de Ángela, hay que decirlo, en este caso fue admirable.

E MILIANO PROSTITUYE AL ARTE : T HE G RAND C ENTRAL A RT G ALLERIES

Hay un catálogo publicado en 1927 que es un hallazgo para quien quiera husmear en el mundo del arte de Nueva York de esa época. En medio del jazz, del alcohol prohibido, de las flappers y el Art Nouveau, el arte se ponía en sintonía.

The Grand Central Art Galleries era un conjunto de salas que buscaba una nueva manera de venderse.

Su cuartel general era esa estación de trenes, pero incluía casas y bodegas que funcionaban como espacios satélites para sus exposiciones.

Era un colectivo financiado por los hoteles Bowman, líderes en una industria que crecía con rabia, y por la compañía de vías New Heaven.

Uno de sus anzuelos sí eran modelos vestidas a la usanza colonial, y la venta de obra a partir de las rifas que Emiliano le relata a su primo.

Presumían tener un total de 1 300 metros cuadrados distribuidos en la ciudad —y en otras localidades del país— como el Texas Museum o el High Museum of Art en Georgia.

Sin embargo, nunca sucedió nada parecido a lo que Emiliano inventó.

El muralismo sí era una tendencia estética de moda en Estados Unidos, la historia del Centro Rockefeller es cierta, pero jamás hubo una exposición al respecto en estas galerías, menos aún sirvió de tapadera para el tráfico de personas.

Eso fue idea de un Emiliano que supo hacer bien su investigación y aprovechar la oportunidad de un negocio al que no le importaba transgredir ninguna ética.

Ahí donde terminaba el arte, la perversa inventiva de Emiliano nacía.

L OS MAESTROS MÁRTIRES

Una guerra, de cualquier índole, tiene muertos. Tiene tortura, tiene crueldad. Y el enfrentamiento entre el gobierno y los grupos religiosos fue eso: una guerra. A pesar de que hubo bajas en ambos lados, Ángela se entera de aquellas ocurridas con los maestros rurales.

El gobierno lanzó una campaña —tal vez la más simbólica de todas— que deseaba llevar la educación laica a todos los rincones del país.

Era la primera vez que se tenía ese impulso, así de rabioso, así de ambicioso.

El programa retó muchas de las estructuras que hasta ese momento eran pilares sociales.

La voluntad de educar se puso entonces en el centro de ese nuevo episodio bélico.

Marco A. Calderón nos dice en su artículo “Educación rural, trabajo social y Estado en México: 1920-1933”: “Durante el Callismo y el Maximato, la escuela rural llegó a ser concebida como una célula de la cual no solo habría de surgir una nueva sociedad, sino que desplazaría a la Iglesia y a la familia como espacios de socialización primaria”.

Y justo así lo tomaron los grupos religiosos más radicales: como una amenaza.

Las bravuconerías de algunos miembros del ejército en templos religiosos tampoco ayudaron.

La reacción por parte de los cristeros fue implacable.

La historia que Ángela escucha está basada en la muerte de la maestra María Rodríguez Murillo, sucedida en la madrugada del 26 de octubre de 1935.

Sí, hay un desfase temporal, pero eso no significa que para 1928 no estuvieran sucediendo ya ese tipo de atrocidades, y el caso de María Rodríguez me resultó especialmente revelador.

La violaron, la golpearon, la amarraron de los pies y la arrastraron jalada por un caballo hasta la salida del pueblo de Huiscolco, en Zacatecas.

Le cortaron los senos y los colocaron en arbustos que estaban a la orilla del camino.

Querían hacer de ella un ejemplo para que los maestros rurales no se presentaran más en la zona.

Eran épocas en las que palabras como socialismo y comunismo , para muchos, estaban emparentadas con el satanismo.

Y esos eran los fundamentos de la educación que estos maestros tenían que impartir.

Algunos curas incitaban a esta violencia, otros servían de tapadera.

En el caso de María Rodríguez, el cura del pueblo absolvió a los asesinos al día siguiente del bestial crimen.

El periodista Salvador Frausto hizo una serie de entrevistas para El Universal en el año 2001 sobre esta muerte.

Lo que escuchó de los exalumnos es espeluznante: “Recuerdan los gemidos que emitía la maestra agonizante, abandonada por la turba de cristeros, tras ser acribillada, a la salida del poblado…”.

Los maestros también llevaban la consigna de educar sobre la nueva repartición agraria, y esto enervó a un cacique de la zona, que fue el responsable de instigar a la turba: “La maestra se peleó con el cacique, don Antonio, porque él no quería que sus trabajadores aprendieran a leer y escribir: don Antonio fue el que le calentó la cabeza al cura que dizque la maestra era protestante, le decía… Total que María Murillo se vino para acá y aquí era muy querida, pero se peleó con el cura porque le pidió que mandara a la escuela a los niños que iban al catecismo”.

Rubén Lara, cronista del municipio de Tabasco donde se ubica Huiscolco —sí, los nombres del lugar confunden porque seguimos hablando de Zacatecas—, también aporta algunos datos: “…la maestra Murillo se limitaba a impartir clases de español, matemáticas, algo de ciencias sociales y un poco de ciencias naturales. En cuanto a la cuestión sexual, solamente les hablaba a sus alumnos sobre el funcionamiento de los aparatos reproductores. Les aclaraba que los bebés no venían de la cigüeña ni los dejaba alguien en una canasta a la puerta de las casas, no más”.

Finalmente otorga una estampa de los momentos previos a la tortura que sufrió la maestra, eventos que desde finales de la década de los veinte fueron muy comunes: “Los cristeros le pidieron a la maestra los libros con los que enseñaba, para ver si no eran inmorales o procomunistas, fueron a la escuela y los revisaron durante largo rato, pero ¿qué podían revisar?, la mayoría no sabían leer, eran analfabetas, pero aun así dictaminaron que la maestra era comunista, lo que le mereció el castigo…. Algunos vecinos, al oírla gemir, se despertaron y trataron de salvarle la vida, la llevaron en un ‘tepeiste’ (suerte de una camilla) a la cabecera municipal pero ahí murió antes de ser atendida por algún médico”.