El Club Barba Azul #83
La ciudad a la que Ángela sale de la clínica le parece bulliciosa y caótica.
Lo era. La década de los veinte vieron el nacimiento —o auge— de muchos espectáculos en la ciudad de México.
Eran los locos años veinte en Estados Unidos, pero también en esta urbe.
Un rasgo que a la distancia resulta sorprendente es la permisividad.
Tal vez porque la ley y la moral aún no se habían aparejado a la velocidad del entretenimiento para amonestarlo, los contenidos eran tremendamente satíricos con las figuras públicas.
En 1925, por ejemplo, Lupe Rivas Cacho y Amelia Wilhelmy presentaban el teatro lírico “Las mulas de don Plutarco” en clara alusión al presidente.
El teatro de carpa era el más solicitado, y el público pagaba un boleto buscando la catarsis de la vida política.
Los espectáculos, sin embargo, se hacían en espacios muy improvisados y los argumentos cambiaban cada noche, dependiendo de las noticias del día.
No resulta exagerado decir que era un momento en que la oposición estaba arriba de esos escenarios, que los utilizaba como plataforma de contrapeso político.
La ciudad de México fue poco afectada por la guerra cristera.
Eso le permitía crear una especie de burbuja que fue alimentada por su crecimiento urbano.
Las nuevas colonias y barrios también proyectaban recreaciones como las plazas de toros o los hipódromos.
Las salas de cine comenzaron a aparecer tímidamente en la misma época con películas silentes, lo mismo que los salones de baile y cabarets, aunque si algo tenían estos últimos eran bullicio.
La ópera y la música clásica comenzaron a venderse como un espectáculo menos elitista que deseaba acaparar a un mayor público, aunque la competencia que tenían no era poca.
Las tiples —llamadas así por el registro de su voz, aunque el término después sería sinónimo de diva— se volvían obsesión en la mente de los caballeros.
Mujeres de ojos muy grandes, que se acentuaban con maquillaje en párpados y delineadores aplicados con generosidad, con el pelo muy corto o recogido, se convertían en el primer modelo de belleza de esa misma modernidad.
La ciencia se volvía práctica en tramoyas y luces de teatro.
La moral comenzaba a vivir oleadas de relajación patente.
Todo ello viene documentado con delicioso detalle en el libro 200 años del espectáculo. Ciudad de México (Trilce Ediciones).
D WIGHT M ORROW Y P LUTARCO E LÍAS C ALLES EN C UERNAVACA
La clínica del doctor Campuzano tiene varios reveses que la llevan a su desaparición.
Solo uno tiene fundamento histórico. Ubiqué las instalaciones en una pequeña hacienda que se encuentra a dos cuadras del jardín Borda y de la catedral de la ciudad de Cuernavaca.
Para la mala suerte de la clínica, Dwight Whitney Morrow, embajador de Estados Unidos en México de 1927 a 1930, se enamoró de aquella ciudad y decidió establecer ahí su residencia.
El año que inició su mandato, Morrow compró esa hacienda a Fred Davis, un empresario también norteamericano, quien a su vez se enamoró de las artesanías de México, en especial de su platería.
De hecho, es conocido por ser el pionero de esa industria.
Morrow compró también los terrenos contiguos, remodeló las viviendas y aparece así lo que se conoció durante muchos años como la Casa Mañana que, en palabras del embajador, se refería a la manía que los mexicanos tenían de dejar todo para el día siguiente.
Poco después se alojaron ahí Diego Rivera y Frida Kahlo durante el tiempo que le llevó al muralista pintar los muros del palacio de Hernán Cortés.
Fue en esa casa también donde la fotógrafa Tina Modotti junto con Edward Weston se refugiaron de la persecución política.
El día de hoy esa hacienda es un restaurante cuya puerta principal desemboca a la calle de nombre, sí, Dwight Morrow.
Pero el papel del embajador no se limitó solo al apoyo artístico.
Fue en esa época en la que Plutarco Elías Calles también se instaló medio tiempo en la misma ciudad.
Ambos políticos desayunaban juntos casi a diario.
Y fue en esas reuniones donde Calles aflojó un poco su postura contra los cristeros, lo que con el tiempo ayudaría a acabar con ese episodio de la guerra.
Así que, aunque la pérdida de la clínica fue un infortunio que lamentaron Rogelio, Luisa, Ángela y hasta Sebastián, sirva de consuelo que aquellas instalaciones contribuyeron para desarrollar un breve periodo de paz.
E L ATENTADO DE LA M ADRE C ONCHITA Y L EÓN T ORAL
Por una simple coincidencia, Ángela conoció en la excursión del colegio Santa Juana de Arco a quien se consideraría la autora intelectual del asesinato del presidente Álvaro Obregón: Concepción Acevedo de la Llata, alias la Madre Conchita.
El 17 de agosto de 1928 sucedió una de las violentas cúspides en el enfrentamiento religioso que el país vivía.
José de León Toral siguió al presidente de su casa al restaurante La Bombilla en San Ángel.
Ahí se hizo pasar por un caricaturista, terminó un dibujo de Obregón, se acercó para enseñárselo y de paso le reventó seis tiros en la cara y espalda.
En febrero de 1929, León Toral fue fusilado en la cárcel de Lecumberri.El epílogo de la Madre Conchita fue más largo.
Concepción pertenecía la orden de las capuchinas sacramentarias.
A principios del mismo año del atentado, la madre había asistido a reuniones con los cristeros y había conversado largamente con León Toral.
Ambos repudiaron la Ley Calles y les parecía una afrenta máxima que las iglesias y capillas fueran despojadas de sus reliquias.
Después de la aprehensión de Toral, la Madre Conchita fue capturada y, en un juicio poco aseado —que habla de la laxitud del sistema judicial—, fue condenada a las islas Marías durante 20 años, aunque solo se queda 10 —que vuelve a hablar de la laxitud del sistema judicial—.
Cuando obtuvo la libertad, se unió a una asociación para cuidar a niños otomíes.
Su propósito era elevar moral y socialmente a los niños.
Resulta imposible saber si Ángela estaría de acuerdo con los objetivos de esta asociación.
Al final de su vida, con un libro de memorias, artículos y entrevistas, se convirtió en una especie de celebridad religiosa, con todo y las polémicas que suelen acompañar a las celebridades.
El tema de la guerra cristera siguió levantando ámpula y morbo muchos años después de que el enfrentamiento hubiera terminado.
M UJERES SALAMANDRA
El escritor decadentista Efrén Rebolledo publica a destiempo su novela Salamandra (1919) donde narra la terrible historia de Elena y Eugenio.
Digo a destiempo porque el estilo de Rebolledo pertenecía más al cambio de siglo que a la época revolucionaria.
Rebolledo formó parte del grupo de escritores decadentes que se juntaron alrededor de la Revista Moderna , y que eran aficionados a tramas llenas de mujeres crueles y hombres siempre aquejados por enfermedades, a punto de morir.
Sin embargo, existe una ventaja con el año de publicación.
La década de los veinte fue muy agitada para la condición de la mujer.
No solo se trataba de la lucha por el voto femenino o la conquista de escaños públicos, como lo analiza Ángela en la Hemeroteca Nacional, sino la idea de una mujer un poco más liberada en el espacio público.
Salamandra entonces, con sus temas obsesivos, encuentra buen contrapunto en la sociedad de esa década.
Elena es lo mismo atractiva que cruel. Según la historia, martiriza a tal grado a Eugenio que este termina quitándose la vida utilizando como soga una cola de caballo hecha con el cabello de la propia Elena.
La novela causó tal revuelo en su momento —era una literatura que mezclaba el erotismo con la novela rosa— que varios mitos se cernieron en torno a la identidad real del personaje femenino.
El misterio se ahonda porque Rebolledo, al final de su historia, agradece a la señorita Magdalena Cabuis “por haberse dignado esclarecer este libro con el esplendor de su expresiva y refinada belleza”.
Sin más información, se ha decidido que esa Magdalena no es otra que la mujer que aparece en la fotografía de la portada del libro.
Nada se sabe de ella y más se ha hablado del sitio en el que posa: una habitación retacada de ornamentos orientales: esculturas, tapetes y marcos de cuadros retacados hasta la claustrofobia.
Tal vez se trate de un prostíbulo, tal vez esa mujer trabajaba ahí, tal vez incluso su nombre real no era Magdalena.
Pero más allá de las quinielas que buscan las coincidencias, el personaje de Elena puede representar esa ligera liberación femenina, pero, sobre todo, el no tan ligero temor masculino.
A Elena le gusta fumar, pero al mismo tiempo se lamenta de no poder fumar opio.
Le gusta más el vertiginoso cine que el pausado teatro.
Se sublima ante las historias de crímenes históricos y los paseos por los barrios peligrosos de la ciudad.
Mientras tanto, Eugenio se pierde en la poesía más bien decimonónica, prefiere el teatro a las películas y muere de amor.
Tenemos entonces a una mujer moderna y a un hombre de viejo cuño.
Ambos excesivos al estilo decadente, pero por lo mismo simbólicos.
Eugenio ha gastado parte de su fortuna en regalos para Elena y su frágil economía se ha ido mermado hasta que tiene que vivir en un cuarto de vecindad (recuerden que el libro tiene mucho de novela rosa).
Y la estocada final sucede cuando coinciden en la ópera, el espectáculo que Elena decía detestar.
Ella va bien vestida, él casi como un mendigo.
Ella con un hombre con el que coquetea sin discreción. Él solo.