El Club Barba Azul #82
La información histórica más sutil se suele pasar por alto.
Seguimos pensando en los grandes próceres como los únicos responsables de los cambios.
Nos da seguridad y orden pensar que en un presidente o caudillo histórico se forjan todos los resortes de la transformación.
Tampoco es culpa de nadie: es el resultado de años de educación histórica broncínea.
De los niños héroes, del Pípila. Los cambios históricos suelen ser más colectivos y aparecen poco a poco en la vida sin trompetas que anuncien su llegada.
Esa fue la intención histórica que pretendí en esta novela.
Al respecto, mi relato histórico favorito sigue siendo El nombre de la rosa de Umberto Eco.
Intentar cualquier comparación sería risible, pero lo digo para señalar que es una novela de ambientes y no de personajes públicos, y que tal vez por lo mismo termina regalando información más recóndita y humana.
Sin embargo, estamos los que somos más duros de mollera, y necesitamos un poco más de referencias para apuntalar esos cambios sutiles, pero contundentes.
Por ese motivo presento estas cápsulas del tiempo.
No es necesario leerlas si no se quiere —no va a haber examen mañana—, pero me gusta pensar que, para algunos, complementar la información de la ficción con notas —estas sí— estrictamente históricas será igual de interesante que la lectura de las líneas que están arriba.
No se trata de cubrir todos los matices históricos que aparecen en la novela, sino abundar en algunos que me resultan significativos.
Se las dejo entonces como opción para que las tome quien así lo quiera.
E L A LCOHOLISMO SEGÚN J UNG Y EL G RUPO O XFORD
Muchos procesos históricos no coinciden con los cambios de siglo.
La década de los veinte del siglo XX , vieron bastante más transformaciones en la medicina, en la psicología y en la tecnología que el cabalístico año de 1900.
Fue una época en la que colisionaron —para bien y para mal— ideas decimonónicas y aquellas que se consideraban modernas .
Fue en ese momento cuando las adicciones comenzaron a volverse preocupación en muchos especialistas .
Pongo “especialistas” en cursivas porque no había una especialización formal al respecto.
Lo mismo pasaba con la pedagogía o con la medicina preventiva.
Fue un lapso en donde lo mismo había avances sorprendentes —que retaban a las certezas antiguas— que teorías tremendamente salvajes.
Entendiendo a medias los avances científicos, y obligándolos a caminar por los senderos de las obsesiones personales, la medicina fue usada por varios grupos para respaldar teorías racistas, xenófobas, clasistas.
Si se quieren entender fenómenos como el nazismo y su limpieza étnica, hay que poner atención en algunos discursos médicos de la década de los veinte y treinta.
Sin embargo, fue también en ese periodo cuando nacieron asociaciones que lograron entender padecimientos como nunca antes.
Fue el caso del Grupo Oxford y de Carl Gustav Jung respecto a la adicción al alcohol.
El padecimiento que aquejaba al señor Avellaneda, y antes al paciente que pidió el anonimato, y que por lo mismo le seguiremos llamando Q.
R., apenas comenzaba a imaginarse como algo que no necesariamente tenía que ver con el simple vicio, las tentaciones demoniacas o la falta de fuerza de voluntad.
La historia inicia con un paciente norteamericano, Rowland H.
, que estaba sufriendo los estragos del alcoholismo.
Rowland tenía el dinero suficiente para ir a tratarse con Jung, médico reconocido por su trayectoria en Zúrich y por su amistad con Sigmund Freud.
Las propuestas de Jung incluían fuertes dosis de simbología casi esotérica que, sin embargo, explicaban con bastante exactitud ciertos padecimientos.
Jung trató entonces a Rowland y durante una temporada dejó de beber.
Pero esa buena noticia duró poco y después recayó.
Al volver con Jung, el médico le anunció que, desde el punto de vista estrictamente médico, ya nada podía hacerse.
Le dijo que tal vez si viviera algo parecido a una revelación religiosa, podría curarse, pero que esas epifanías no se podían adquirir en farmacias o dispensarios.
Rowland entonces conoció al Grupo Oxford, un movimiento cristiano evangélico que sonaba mucho a finales de la década de los veinte y principios de los treinta.
El grupo fue fundado en Inglaterra por el luterano Frank Buchman, y proponía un maridaje entre los preceptos religiosos y los psicoanalíticos.
Era un híbrido entre estudio de grupo, terapia de grupo y misión religiosa.
Aunque no era su objetivo, el Grupo Oxford logró que Rowland dejara de beber.
Le dio esa epifanía necesaria que, sin embargo, se alejaba de los lineamientos más conservadores de las instituciones religiosas.
No fue el único: otro alcohólico, Ebby T.
, también dejó de beber ayudado por el mismo grupo.
Había un mensaje que se estaba repitiendo: lo que Jung le había sugerido a Rowland, Rowland se lo sugirió a Ebby, y este último también lo hizo con otro amigo más: Bill W.
, quien pasó del escepticismo frente a las ideas metafísicas a adoptarlas para poder dejar de beber.
Bill W. es el fundador de Alcohólicos Anónimos.
Esta combinación de psicología, fundamentos médicos y espiritualidad, el día de hoy parecen extravagantes.
Tal vez la furiosa especialización médica del resto del siglo XX , y su negación a ser emparentada con cualquier vertiente metafísica , sean el motivo de nuestro escepticismo.
Sin embargo, la semilla plantada por aquel grupo de Oxford terminó germinando en una asociación que hasta el día de hoy es considerada la mejor opción para el tratamiento de adicciones.
Ya con la nueva agrupación en marcha, Bill W.
le escribió a Jung para agradecerle la sugerencia inicial que había detonado esta feria de asociaciones para contener el alcoholismo.
La respuesta de Jung, ya en enero de 1961, puede poner los pelos de punta a varios científicos.
Jung escribe sobre dios y el diablo; sin embargo, nada tiene que ver con lo que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en dios o el diablo.
En una parte escribe: “Alcohol en latín es spiritus y se utiliza la misma palabra para la más alta experiencia religiosa, al igual que para el más depravante veneno. Por lo tanto, la fórmula útil es spiritus contra spiritum ”.
El doctor Campuzano decidió su postura en medio de esta tormenta de dicotomías, creyéndole más a Jung, a Rowland y a Bill. Y es responsabilidad suya la elección que hizo para definir sus tratamientos.
J EAN L ORRAIN Y SUS ADICCIONES
El señor Avellaneda utiliza a Lorrain para explicar sus padecimientos.
Ángela lo usa para mostrarle una realidad que no acepta.
Este escritor francés nació en 1855 bajo el nombre de Paul Alexandre Martin Duval, y no debe de extrañarnos que decidiera cambiarlo.
Primero, porque esa era una práctica común entre escritores, y segundo porque Jean Lorrain fue un experto en el arte de reinventarse a sí mismo.
En un mundo sin cine, sin televisión y sin una industria musical vigorosa, las figuras públicas más reconocidas eran sobre todo escritores.
Lorrain fue uno de los primeros en explotar esta condición en el mundo moderno.
Inventó personajes con su pluma, pero también lo hizo consigo mismo: aceptó sin problema su adicción al éter, que era la droga de moda junto con el ajenjo antes de la cocaína o la marihuana, exageró su amaneramiento para acentuar su homosexualidad y le dedicó mucha energía a pelearse públicamente con otros escritores como Robert de Montesquieu o Guy de Maupassant.
Tanto por sus libros como por su leyenda, tuvo hordas de seguidores entre los jóvenes de las primeras décadas del siglo XX .
La influencia de Lorrain se sentía desde la publicación de su novela Señor de Phocas en 1901.
Eran épocas en que la vida de un libro podía durar varias décadas.
Lorrain ayudó a construir modelos que muchos querían imitar.
Lo mismo sucedió con el Mal de Werther, basado en la novela Las penas del joven Werther de Johann Wolfgang von Goethe.
Por alguna razón, la tragedia (instalada en drogas, suicidios, melancolías) siempre parece el ingrediente fundamental para lograr el oscuro encanto desde Jean Lorrain hasta Kurt Cobain.
Pero para el caso de Lorrain, es difícil saber hasta qué punto la construcción de su personaje público era completamente real, o era una especie de marketing de sí mismo.
Lo cierto es que su adicción al éter le provocó úlceras en el estómago, por lo que tuvo que ser operado en varias ocasiones.
El éter que consumía era el mismo que se utilizaba como anestesia en los hospitales, y su consumo en realidad no tenía mucha gracia: simplemente se vertían algunas gotas en el alcohol y así se alcanzaba con mayor rapidez el efecto embriagante.
Fue en este lapso cuando se gestó la mancuerna entre ídolos populares rebeldes o incomprendidos y seguidores fascinados.
L OS ESPECTÁCULOS EN LOS VEINTE DEL VEINTE